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sábado, 22 de abril de 2017

No me reconoce



Busco su rostro,
el sonido sordo de sus días,
su corazón pedestre de gigante,
el espíritu aleatorio que le vive,
las murallas que ha vencido
en la faz innumerable de los vientos,
en la ancha cadera de este mundo.

Buscando estrellas y soles milagrosos,
cayendo del pináculo de mi alma,
llego a los abismos sin fronteras.

Encuentro las plegarias soterradas
que me habitan,
los salmos que me fluyen en la sangre,
el remoto parpadeo de un ancestro.

Más allá de mí,
en el fondo donde rondan
los arcángeles caídos
busco el eco de los ríos despeñados,
la huella de Goliat petrificada.

Doy con él y es un encuentro vano.
No me reconoce ni lo veo,
pasa de largo
con el lío de su huida,
con la cicatriz aún sangrante,
con la mirada de vástago maduro.

Se ha perdido.
Las palabras de su esencia
me devastan.
Mi corazón difunde
un púrpura clamor
que lo persigue.
Hay tormento, castigo a la ceguera,
a la desobediencia tácita del cielo,
a la dura mansedumbre,
a la coraza que me asfixia.

La búsqueda se vuelve inútil,
los caminos no se juntan
y en el aire flota la nostalgia
y su olor a muerto resucita
fresco hervor
a los tejidos.




Ángel prostituido



Como licor
de cálidas
efervescencias
me llenaste:
cántaro vacío,
canción de amor sin melodía.

Llegaste a mí
con paso de ala.
Sombra de luz
que me penetra.
Fuego morado
inextinguible.

¿Y dónde estás ahora?
¿Bajo qué cielo, sobre qué piedra,
entre qué brazos
el eco de tu voz
llega susurrante con el viento,
el efluvio perfumado de tu piel
enlaza firme mis sentidos?

Estás tan lejos
tan fatalmente lejos
que te confundo con las flores,
con el pájaro de vuelos encarnados,
con la mariposa
de huella tornasol
dormida entre las hojas.

Brisa torrencial,
canto de sirena en ruinas.

Tuya soy, inevitablemente,
tercamente tuya,
como la estrella en tu mirada,
como el fulgor que anida
entre la selva

Quiero sentir tus manos:
beso de tibio manantial.
Abrazo de ángel
prostituido
entre el que sueño
y me consumo.
Vivo en cada latido de aire
que respiras.

Desde mi centro me derramo, líquida,
hasta llenar tu copa.
La certeza del amor
me arrastra
a tu espejismo, al néctar fértil
de tus labios.


(De "Ceniza erguida"  de mis primeros poemas)


viernes, 10 de marzo de 2017

De Bagdad a Cisjordania




Se anuncia el estallido de las aguas,
la voz que sangra entre los vientos.
Vengo con el rostro de los niños y las manos
que buscan la dulzura.
Vengo desde la aurora más antigua
a llorar
           el derrumbe
                              de los cielos
                                                   más sagrados.

Tócame, espejismo milagroso,
sumerge a la tormenta que renueva
su exterminio.

¿Qué hacer para apagar
el rugido de la bestia desatada?
¿Qué para detener las aguas
que anegan a mi gente?
¿Qué para arropar al niño
expuesto al blanco
del engendro puntiagudo?

Voy por los caminos recogiendo el cáliz de las mentes florecidas.
Voy por el sendero iluminado que conduce a la victoria.
Voy pisando sombras de los ogros insensibles.
Voy por la vereda limpia de abismos parpadeantes.
Voy cansada, pero firme, desoyendo
al marketing come humanos.

¿Y qué fue del simún arcaico
que cantaba entre las dunas
la canción de los siete cielos,
de Al Burak* y su profeta?

De Bagdad a Cisjordania
una conmoción de oscuras luces,
un grito de silencios entubados,
una estación subterránea y pedregosa,
una caída al precipicio
de infinitas muertes.

Muchedumbre inerme ante máquinas depredadoras,
propiedad del imperio que acumula
pírricos laureles.

El sofisma del sionismo
del orbe se apodera,
esclavos desahuciados de sus propias fantasías.
Sobre los hijos de Alá hincan el diente,
sus hogares destruyen
con táctica cobarde
de quien nunca asoma el rostro.

¿A dónde nos llevará este caos sanguinario
de falacia y corazón torcido?
¿Dónde se escondió el aliento
de niños y pájaros translúcidos?
¿Dónde la humedad serena que roza las mejillas?

El mundo pertenece a quien rompe sus cadenas
interiores
y camina, sin tropiezo, hacia la vida.




*Al Burak (el relámpago) Nombre de la yegua materializada por el arcángel Gabriel. Tenía rostro humano, cuerpo de equino y alas. Transportó a Muhammad (Mahoma) a un recorrido por los siete cielos.


9 de noviembre 2004
Después de la reelección de George W. Bush.

Me entrego a mis andanzas



Innombrable y repetida
cada vez más yo
en disociación de internas notas.

Palpitante rosa entre los cardos.
Átomo de sol reblandecido.

Y me entrego a mis andanzas
sin oficio,
me entrego a lo que creo ser
sin ser del todo.

Me entrego al animal interno
que me acosa,
a mi propio abismo sin fronteras.

Queriendo salir de mí
para encontrarme.
Queriendo sumergirme
en las aguas tibias
de mi ardor.

Sol y luna en la tiniebla.

Y sólo doy con este cuarto,
con este ritornelo sin cauce
que va desde el teléfono
hasta el diario desayuno
de yogur y frutas.

Soy menos de lo que soy a veces.
Soy la luna y la muralla.
Soy la prolongación goteante
de mis noches.
Soy la sombra derramada,
la estrella muerta de frío.
La inconmensurable.
La viajera alrededor de los suburbios.

La que nunca quise ser
y me domina.


viernes, 21 de octubre de 2016

Tulúm


He aquí la roca viva.
He aquí el mar y su destello azul errante.
Reverberación del sol airado.
He aquí la selva murmurante y hechicera,
habla a cada uno por su nombre.
El eco del salvaje sabio
y su ritual
de música sagrada.
He aquí la mano fresca de las olas,
los pies envuelve con su ritmo.
He aquí la primitiva iguana
de terrosa piel salina.
Su quietud de efigie sorda
al arcano remite
                            de la tierra.
He aquí la fuerza que retorna
hacia su centro.

De los árboles
                         la hechura
el viento cimbra
y levanta la maleza
de sus verdes dedos
espejeantes.

La cobrínea sombra
amaina el fuego, el azul se yergue
en lontananza.
Agua de abismal destello.
Agua sísmica que rasga
en azulado hechizo.
Boca abierta de cristal preñado.
Piedra y altitud pulidas.
Espejismo
somnoliento.
Henchida sal que estalla
en el candente aliento de los aires.

Me fundo entre las olas
batiéndome en espejos líquidos.
Me asimilo
al destierro que se esponja
en sutil plumaje
y transparencia.

Vibrante punto suspendido
                                             el pelícano
                    hiende el agua,
                                             zigzagueante.
No existe paraíso
más allá de este calor dormido.

No hay misterio solitario
sin rumor de selva erguida.

Los dioses emergieron
musitando eléctricos conjuros.

Kukulkán reptó de frente al horizonte.
Chac cavó fulgores
                                 en su tumba
           de presagios.

Brotan bocas pétreas,
inhumanas frentes monolíticas.
Sacerdotes perfumados de claveles,
ceibas hasta el cielo de diamantes.
En la sombra verde
plata y oropeles.




jueves, 25 de agosto de 2016

No tengo raíces




Como un sueño en ti renazco.
Sigo tus pasos.
Voy tras espejismos.

Por un espejismo naufrago.
Entre mis ruinas tropiezo
como una ciega.
Los ecos me perturban.

Hurgo en mi interior
como una larva.
Destellos fugaces
me lastiman.

Huyo en silencio,
entre el mar y la espiga
huyo de mí misma.
No tengo raíces,
a medio latir un tronco soy.

Busco al día
entre tus noches.
Busco la luz
que me levante.

Péndulo lunar,
lunar de tu hombro.
Huyendo de ti
te busco.

Estéril búsqueda
de sonámbula.
Infructuosa búsqueda
entre las sombras.

Bajo tu almohada me agazapo.
Convertida en lince tus huellas persigo.
De tu alma palpo heridas.
Siento el hielo y una hoguera.

La luz se derrite
en tu mirada.
La luz renace
y se hace fuente.

Firmas la paz con una flecha.


Semilla de escarcha



Corcel del aire
una ráfaga de espinas eres,
un fantasma de sensual asombro,
un suspiro
reverdeciendo
en paulatino fuego justo:
fuego de hielo
desbordante

Entera me dejaste,
con un beso de arena
ennegrecida.

Roca de pulso
moribundo,
semilla de escarcha
en mis arterias.

Tal vez un sueño
enrarecido,
una copa de elemental destello,
mar naciente
de añosa espuma.

Cada vez más sumergida
rastreo el túnel
de cristales que florecen
y siento un titilar
de huesos mudos.

La luz, el cascabel
me son remotos,
el árbol de aguerridas hojas.
La sal, el vino,
la rama inmaculada
de frutos pecadores.
La herida añeja
de los hombres.

Y somos, tú y yo
la misma piel inversa.
Efervescencia antigua,
subliminal lujuria
en trozos enterrada.
Diabólico espejismo
en el mar de los suicidas.

Hago bien, haces bien
espiga desgranada,
cometa paralítico y oscuro.
Hacemos bien al enterrarnos vivos
y nuestra muerte contemplar
cantando.



Bosque de seis lunas



Rostro que se esfuma al tacto.
Luz intensa que encandila y ensombrece.
Aceite que resbala por mi piel
hasta cubrirla.

Tu talle se quiebra
en el espejo.
En fragmentos cae al piso.
Junto los pedazos.

Castamente y con lujuria me los como
en el mar de tus caricias minerales.

Sabes a sexo y geranios.
Tu aroma es un bosque
de seis lunas.

Reconozco mi morada de silencios.
Reconozco mi sangre dividida.
Reconozco que a tu lado me lastimo.
Reconozco que soy otra y soy la misma.

La noche se pinta los labios y te llama.
Se enamoró de su estrella
más brillante.

Como un sueño me desdoblo.
El viento me arrastra
hacia tu sombra.

Llego a tu aliento como a las nubes.
Llego a tu cuello, a tu tibieza...

Emerges del amor
igual que un niño.
Robas el silencio,
raptas la nostalgia.

Sueñas que te sueño
soñando conmigo.

Rosa, plegaria, mar purpúreo.
Valle de higueras y ninfas.
Llorosa luz nocturna.

Tu mirada resplandece
con llanto risueño
enamorado,
con canto ancestral de flores y papiros,
y la vida renace
en arco iris.

Cristales que se vuelven mariposas.



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