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viernes, 6 de abril de 2018

Como una sombra


CUANDO DESPERTÉ, los resabios grisáceos de la noche seguían estancados en los rincones. No lo comprendía. Siempre fui noctámbula y, en toda mi existencia, no había logrado modificar mi reloj biológico para dormir a buena hora y despertarme temprano, pero aquí... No lograba acostumbrarme. No era mi casa y además no me sentía a gusto. Joaquín no podía entenderlo. Mi estado de alerta sobrepasaba mi necesidad de descanso. Antes del amanecer los murmullos y la celeridad de estas ordenadas personas se dejaba sentir y yo no podía ignorarlas. Por eso le insistía a Joaquín en la necesidad de tener nuestra propia casa. Pero a él le aterraba la idea. Su vida se convertiría en una máquina. Tendría que trocar el placer y la creatividad del artista, por algún trabajo mecánico, de seguro castrante y mal remunerado, y sólo para pagar gastos innecesarios, pues aquí tenemos todo y espacio de sobra, decía.


Pero no se trataba sólo de mi incomodidad, sentía que ellos tampoco estaban a gusto con nuestra presencia. o tal vez sólo con la mía, pues Joaquín seguía siendo parte de la casa. Y además, no estaba dispuesta a seguir fingiendo, haciéndome pasar por una más de aquellas descoloridas damas hechas para el hogar. Estaba harta de eso, pero la culpable era yo. Temía el rechazo si me mostraba tal cual era. Esa estúpida necesidad de querer quedar bien con todo el mundo, hasta con los que no son de mi agrado. Sin embargo, de pronto me pasaba por la cabeza que tal vez les hubiese molestado menos si me hubieran conocido tal y como soy. Seamos conscientes o no, todos olfateamos la autenticidad y la falsedad. Aunque las personas acostumbradas a vivir de apariencias, la mayoría en esta sociedad decadente, aceptan la hipocresía y el fingimiento como algo natural.


¡No entendía cómo Joaquín siendo tan irreverente y libre podía tener una familia tan desabrida! No parecía ser parte de ellos, ni en el aspecto ni en las costumbres. Parecía regirlo un astro mucho más luminoso y potente, pese a su exasperante pasividad y conformismo en cuanto a lo material. Quizá por ser el más pequeño lo dejaron libre, quizá sus padres ya no tenían la misma energía cuando lo trajeron al mundo. Tampoco el ejemplo y el ambiente circundante habían influido mucho en él, de seguro porque los años cruciales de su vida, en la niñez, había vivido con un tío de España que le trasmitió todo el esplendor de su arte, pues decían que había sido muy buen pintor ¡No sé cómo no se sofocaba con su verdadera familia! Más bien creo que era capaz de aguantarlo todo con tal de no tener que sacrificarse y hacer esfuerzos extras que le robaran su preciado tiempo, que lo sacaran de su zona de confort. Yo lo entendía y apoyaba, pero aquella situación se tornaba cada vez más insostenible. No, no era que me hicieran groserías, se lo dije varias veces. Ni siquiera tenían que hablar para generar una atmósfera de pesada tirantez, de pasiones y deseos insatisfechos, aunque no fueran conscientes de ello, pues, por lo que había oído hablar, se sentían realizados y felices.


De pronto apareció Toñita, una de las hermanas de Joaquín, con más peso del necesario para su estatura, las piernas cortas,  unas piernas poco acostumbradas a la fuerza y al vigor, apegadas más bien a una vida sedentaria. Nos sirvió el café en la sala. La mamá de Joaquín había encendido el televisor. Toñita sonreía y me vi forzada a corresponderle. No quería parecer hostil y desdeñosa y empezar a tener problemas. No obstante, casi de inmediato, me recriminé a mí misma. Quería sentirme como en mi casa y dejar de tener cortesías huecas que en lugar de propiciar la comunicación la alejarían definitivamente. Estaba harta de esas amabilidades fingidas. Me hubiera encantado toparme, de vez en cuando, con algún gesto espontáneo y natural, emergido desde el mismo centro de aquellos seres. Pero estaban tan acostumbrados al fingimiento que ya no podrían cambiar. Toñita siempre se portó amable, pero no se me escapaba la tensión que acompañaba su gesto más cordial. Y más de una vez advertí que su rostro se transformaba, momentáneamente, en un rictus de ansia reprimida. Sin advertirlo de pronto dejaba entrever esa necesidad de desbordar un caudal de emociones que llenaban su espíritu, sin lograr reconocerlas, sin siquiera sospechar cómo expresarlas. ¿Qué te pasa, Toñita, te duele algo? No, nada, contestaba, y volvía al bordado. Parecía querer taladrar la tela con una impresionante habilidad, donde sus manos se volvían invisibles y su rostro se encendía tal vez acallando algún pecaminoso pensamiento que se le había incrustado. Pasada esta transitoria etapa regresaba a la normalidad y retomaba la actitud mansa con la que había sido educada. Joaquín me había platicado que de chica fue caprichosa y demandante, impositiva y coqueta. Se tiraba al suelo y pataleaba para conseguir lo que quería. Pedía que le compraran collares y pulseras y se observaba en el espejo, siempre con un moño sujetando su cabello. ¿Qué había sucedido con ese temperamento? Advertí que mi antipatía hacia ella se debía a un tenaz conformismo que proyectaba a raudales, gracias a una vida mediocre, sin ambiciones ni metas. Estoy segura que yo tampoco le era grata, y no me caería tan mal si alguna vez me hubiese mostrado abiertamente esa hostilidad, perceptible a pesar de todo. Su irrevocable amabilidad simulada me resultaba un trapo sucio y maloliente que no me podía desprender. No era capaz de aceptar que dentro de ella pudiera albergar alguna verdadera pasión. Despreciaba la lectura y el conocimiento, pues no les encontraba utilidad. Sus ideales eran la comodidad y el matrimonio, una casa limpia, formar un hogar y ser feliz.

A Joaquín no le importaba eso, o más bien no se daba cuenta, pues se enfrascaba tanto en la pintura, que la vida de su familia pasaba inadvertida. Ahora me daba cuenta del egoísmo de Joaquín, pues tampoco parecía preocuparle lo que estuviera sucediendo conmigo. Subestimaba mis temores, mis dudas, mi malestar. Me decía que exageraba, que era muy delicada, que me tenía que acostumbrar, pues nunca se puede tener todo. Joaquín era ciego y hasta insensible. De qué le valía pintar tan bien si su egoísmo lo volvía torpe y poco perceptivo. Amaba la naturaleza e intuía los cambios sociales. Pero cuando se trataba de lo más cercano... Yo sospechaba de una postura comodina y confiada. Sí, era incapaz de valorar lo que poseía, quizá porque creía (sin pensarlo) que lo tenía seguro. Ahora advertía lo poco que me conocía. Yo necesitaba una verdadera comunicación, establecer un vínculo real de pareja, que me dedicara tan sólo una parte de su tiempo. Me entristecía al pensar en lo rápido que había olvidado los grandes momentos climáticos y fulgurantes que nos unieron al principio de la relación: se transformaba de tal forma con mi compañía que la inspiración llegaba a él en ondas vaporosas y electrizantes, prestas a manifestarse en cualquier momento. Se sentía rejuvenecido, lleno de vitalidad. En ese tiempo pintó los cuadros más geniales. A mi lado creció espiritualmente, y se había descubierto a sí mismo, y no lo reconocía. Mi sentimiento se tambaleaba y Joaquín no lo notaba.

Toñita tejía viendo el televisor. Ya habíamos preparado juntas la comida, muy temprano, y me parecía intolerable ser consciente de estar viviendo una vida ajena. Yo nunca había sido tan puntual y metódica, pero dentro de mi desorden funcionaba. Distribuía mi tiempo arbitrariamente Y ahora… todo en orden, todo limpio, todo al pie de la letra. Eso estaba muy bien, pero se lograba a costa de otros valores, para mí elementales, la superación personal.


Toñita esperaba casarse. Todavía era joven, pero con ese recato... Ya no volví a ser testigo de esos arranques esporádicos que la convertían, inconscientemente, en una especie de felina en celo. Ya no la descubrí triturando casi la tela con el rostro sudoroso y acezante. Su piel ya no se volvió a encender. El cristo, entre los senos pletóricos, se interponía como un escudo. Se cansó, sin confesárselo, de esperar al hombre valiente que rodara por su piel y la transportara a paraísos palaciegos, etéreos y candentes. Nunca advirtió lo que en realidad quería, y los innumerables y magistrales tejidos, de distintos colores, formas y usos, se fueron acumulando en la estancia mientras Toñita se iba convirtiendo cada vez más en una sombra.


Preparé mis cosas, ya lo había decidido. Me largaría de ahí, me independizaría. Necesitaba reencontrarme. Joaquín estaba enamorado de su pintura, no de mí. Estaba teniendo mucho éxito, pues pintaba apasionadamente, casi de tiempo completo. Y mientras mi admiración hacia él crecía, como pintor, el amor que le había profesado se estaba enranciando sin remedio. Cuando se lo comuniqué su rostro adquirió una tonalidad marmórea, y tragó saliva pensativo. Ya sea por orgullo, o porque tal vez pensara que era lo mejor, no intentó retenerme. Ni me afectó ni me sorprendió. Le había caído de golpe y seguro estaba confundido. Tal vez más adelante me buscaría y trataría de reconquistarme. Era lo de menos. Lo único que me interesaba, en esos momentos, era buscar mi propia realización y mi camino. No quería terminar igual que Toñita, como una sombra.



miércoles, 23 de agosto de 2017

El regreso de Laura


SE DEJÓ CAER EN EL SOFÁ COMO EN LAS NUBES. Todo parecía flotar en un cosmos de sándalo y aromas de tibieza vegetal. Laura, aquella joven irreal, enigmática, como salida de un cuento de las Mil y una noches, era la responsable

Andrés nunca imaginó que con sólo oír su voz volvería a estar inmerso en las sensaciones mágicas que ella le inspiró alguna vez; pero que con el devenir de los años se habían convertido en una imagen difusa, como sumergida en el fondo de un estanque.

Nunca sospechó que Laura sería, nuevamente, la única y cimera propietaria de sus pensamientos. Recordaba sus manos hábiles, los dedos largos, tan independientes como palomas inquietas, la mirada distante e intensa a la vez, matizando el presente de algún lejano paraíso. Siempre tan ella misma, hasta en los momentos más difíciles. El cabello dócil, desbordante, la boca sensual. Aquella facilidad para la entrega, para metamorfosearse en un mero instrumento de placer cuando era necesario, lo habían atado a un amor que nunca reconoció. La manía de rascarse la cabeza al despertar, su vocación para la cólera, y el insufrible desorden, se habían oscurecido en su memoria ante ese algo tan singular que la hacía única, y que no había logrado encontrar en otra mujer. Se sabía hechizado por ese magnetismo que lo transformaba. Algo mezquino y animal moría en su interior y resplandecía su yo que lo ensalzaba. Laura le confesó que lo mismo le sucedía. Entonces... tendría que haber alguna interconexión magnética entre ambos que se sentía, casi se palpaba.

Tristemente advertía que había acabado con eso, que su machismo no le había permitido reconocer su constante entrega hacia esa mujer, por glorificante que fuera. Pero Laura no se resignaba a perder aquello que sabía insustituible. Por eso luchó, por eso aguantó tanto.

En el fondo Andrés tenía la seguridad del regreso de Laura. Nunca había fallado la manipulación sicológica que, lo sabía, llevaba a cabo con sus novias y amantes.

Se portó como un patán, lo advirtió; la engañó infinidad de veces. Hizo y deshizo a su antojo para que, al primer reclamo, al primer reproche, se quejara de su incomprensión, de su falta de sensibilidad. Se separó de ella adoptando el papel de víctima. Sabía que la culpabilidad acosaría a Laura, sin remedio.

Sin embargo, pasó el tiempo y ella no volvió a buscarlo. Se sintió tan amargado, tan frustrado, que decidió olvidarla entregado a las parrandas y al libertinaje, en lugar de reconocerse él el principal responsable y pedirle una segunda oportunidad con el propósito de reparar errores. Nunca imaginó que después de cuatro años Laura aparecería nuevamente en su vida, buscando una reconciliación, dándole a entender que jamás lo había olvidado, reconociendo sus propias fallas. Le había pedido una cita para ese mismo día. El tono de su voz era angustiado, impaciente, denotaba tristeza. Quedaba clara su desesperación por verlo. Sí, él deseaba estar con ella, estaba dispuesto a cambiar si Laura se lo pedía. Era la vecina de su mamá y quizá pudiera informarle de su vida, de su salud, porque su madre no había querido saber más de él, debido a su mal comportamiento.

Laura y Anita se llevaban muy bien. Esa niña de ojos como gemas encendidas y mejillas tersas, le gustó para su hijo. Qué tonterías dices, le dijo su esposo, son unos niños. Anita le dio la razón reconociendo que estaba desvariando, y no volvió a pensar en el asunto. Nunca imaginó que aquel deseo fugaz se cumpliría. Con el matrimonio de Laura y Andrés la relación entre ambas pasó de una simpatía común, atizada por los enigmas y la curiosidad natural que surge entre dos personas con pocas posibilidades de tratarse, a una relación de confianza acostumbrada y distante. Entre familia el nexo emocional se intensifica, pero decaen las atenciones y el mutuo interés. Cuando Andrés se marchó, el vínculo amistoso entre ambas se intensificó. Laura compensaba la carencia provocada por una madre dura y autoritaria. Y Anita llenaba parcialmente la necesidad de sentir a la hija que nunca tuvo. Además la atosigaban sentimientos de culpa cuando reconoció que había fallado en la educación de Andrés, que lo había acostumbrado a ver a las mujeres como simples servidoras e instrumentos de los hombres, con su propio ejemplo.

Sonó el teléfono. Andrés contestó con la respiración contenida. Laura, otra vez.

---Te hablo porque quedaste de llamarme y no lo has hecho --reclamó Laura con ese matiz de angustia que Andrés había captado-- Necesito verte. No podemos posponer el encuentro.

Andrés calló un instante. Sí, él quería y esperaba la insistencia de Laura. Sin embargo, se le hizo fácil aplazar la llamada acordada, para acentuar la dependencia de una joven de transparencia masoquista. Pero no esperaba que le volviera a marcar tan rápido. De hecho él pensaba buscarla unos días más tarde.

---No pude telefonearte, estuve muy ocupado. Además ¿cuál es la prisa? Tenemos mucho tiempo sin vernos. Deja que termine de arreglar unos asuntos y yo te hablo ¿okey?

---No, tengo que verte ahora, me urge hablar contigo.

---Hoy no puedo, luego te busco. Adiós. ---colgó con premura, sintiéndose deseado e importante, dueño de la situación.

Un mecanismo automático de defensa, de incontenibles deseos de huir, cada vez que Andrés se sentía acosado. En instantes se descubría odiando blandamente a Laura, por ser incapaz de amoldarse a las excitantes expectativas elaboradas por sus sueños. Con la continua insistencia y el tono inseguro de su voz, con la dignidad perdida sometiéndose a esa exacerbada necesidad de estar con él, destruía la imagen ideal, la que él necesitaba para hacer resurgir el amor. De pronto se sorprendía huyendo de ella. La imagen que conservaba de Laura se disolvía en el flujo vano e insípido de la realidad.

--- Qué pasó, Andrés ---Laura le habló por teléfono después de una semana--- He estado esperando tu llamada, por eso tuve que hablarte de nuevo.

---¿Para qué? Yo te iba a marcar al rato. Me acabo de desocupar ---le contestó secamente, desilusionado. Con tanta insistencia opacaba la magia, el suspenso que podría unirlos con la pasión de antes.

---Como ya veo que es imposible verte ---habló con voz enérgica, entrecortada-- te voy a tener que informar por teléfono... Eres un tonto Andrés, te juro que eres el hombre más tonto que conozco. Estoy sorprendida de lo que sentí por ti en un tiempo. Pensaste que quería verte para regresar contigo. Creías que estaba mendigando un poco de tu amor. Pero ¿en qué cabeza cabe, después de todo lo que me hiciste? Sí, porque yo te amaba de verdad y tú abusaste de ese amor. Lo mataste para siempre, no supiste cultivarlo ¿Crees que valgo tan poco? Me da risa lo torpe que eres, ahora me lo confirmas más que nunca. Yo, para lo único que te estoy buscando es para decirte... Es muy duro, por eso no quería decírtelo por teléfono. Tu mamá... falleció... Ya ni al entierro fuiste por cretino. Tuvieron un accidente. Tu papá está en el hospital. Adiós.

Laura colgó y Andrés se congeló de golpe. Todo su entorno se derritió hundiéndose en un remolino lento y oscuro. De pronto se dio cuenta que lo único que tenía... ¡Laura! ¡mamaaaaaá! ¡papá! Su cuerpo se hizo de tela.


La despedida


ME SUJETÓ DEL BRAZO REPENTINAMENTE, mirándome con largueza. Su mirada era dolorosa, resentida, alguna perturbadora desilusión velaba sus párpados, un reproche controlado y a la vez intenso. Pero nada dije. Éramos dos seres silenciosos con las palabras a flor de piel que traspasaban muros. Él aún atenazaba mi brazo con toda su fuerza, sin advertirlo. Y yo también, sin advertirlo, empecé a sentir la carne triturada, las venas magulladas, hasta que un dolor paroxístico me hizo reaccionar ¡basta! Entonces él se dio cuenta de su bestialidad y me soltó, aún mirándome. Sus músculos se distendieron, retrocedió y se fue cabizbajo. Lo vi alejarse. Algo muy amado sin posibilidad de retorno, algo perdido para siempre. Derramé algunas lágrimas. Todo mi rostro se congestionó y no supe si era por el dolor del antebrazo que me punzaba, o por la conclusión de aquel mundo que me había pertenecido y ahora se marchaba.

Caminé sin rumbo, solitaria. Buscaba consuelo, sustitutos. Mi ser se había vaciado. Su esencia parecía palpitar en cada  objeto circundante, se adhería a la piel de otros hombres, hasta que supe que en realidad lo buscaba a él. Y así pasaron los días, sintiéndome culpable, defraudada, incomprendida, hasta tal punto inexistente que parecía un fantasma tratando sin éxito de encontrarlo para al mismo tiempo dar conmigo. Sabía que esto no tendría remedio, tontamente sin remedio. Pues el amor es un cascarón epidérmico cuya fragilidad requiere de buen tacto y paciencia, de renovados esfuerzos y mucha intuición. Yo lo había herido sutilmente, sin quererlo, con el sólo propósito de salir de la monotonía, de no parecerle aburrida y fácil. Emilio tendría que entender que sólo se trataba de una forma de autodefensa natural, para fingir en algo la fragilidad inerme que me otorgaba el amor recién descubierto. No obstante, ya me era imposible solucionarlo. Él me había malinterpretado y eso significaba una ofensa considerablemente mayor que cualquiera que yo pudiera haberle hecho. Además ¿quién en este mundo no comete errores? Sobre todo me humillaba su falta de tolerancia, su nula paciencia para darme otra oportunidad. No soportaba mi coquetería, según él, mi carácter impulsivo y demasiado alegre, riéndome a destiempo, como si la ironía fuese la sombra más destellante de mi rostro. Pero lo más triste era que Emilio no podía entender que su compañía me daba esa felicidad que mi ser reverberaba en cada minuto y que sin él, sin aquella fuerza que hacía mancuerna con mi temperamento, me volvía una pobre transparencia perdida y solitaria, quizá como Emilio lo hubiera preferido, pues era notorio que mi independencia y lucidez resultaban una amenaza para su hombría. Además, ¿quién puede asegurar que en él todo me gustaba? De pronto era demasiado rígido, insociable, muy quisquilloso y delicado para mi gusto. Parecía un niño consentido, acostumbrado a la comodidad y a obtener las cosas sin esfuerzo. No me atraía por excesivamente criticón e impaciente, como si nada en él estuviera fuera de lugar. Sin embargo, después me di cuenta que todo eso ya no me disgustaba, que aquella apariencia guardaba la pasión inconfesada de un hombre en cuyo interior bullen los sentimientos más nobles. Noté que, inconscientemente, hacía uso de un mecanismo de defensa como el mío, presto a acallar su verdadero sentir del que sin remedio se avergonzaba. ¿Acaso yo lo había condenado por su frecuente incomprensión, por su poco tacto que lo obligaba a ofenderme con suposiciones suyas que no pasaban de ser puras creencias subjetivas? Yo había aguantado sus errores, ¿por qué no toleraba él los míos? Una posición demasiado cómoda otra vez, propia del hombre que evita los sacrificios, por más que valgan la pena y desemboquen en satisfactorias recompensas. Sí, Emilio escogió alejarse del peligro y en apariencia todo estaba concluso. Sin embargo, al parecer la ruptura sólo había sido física, un lazo indisoluble nos mantenía conectados en sintonía telepática imposible de transgredir, a pesar de nosotros mismos. Como si mi propia esencia se hubiese quedado con él y la suya vibrara en los objetos que salían a mi paso.

Un día lo descubrí de lejos, apreté los ojos para distinguirlo. Abrazaba a una mujer, una feliz señora embarazada: el fruto de su amor se manifestaba plenamente. A él le brillaban los ojos y parecía rejuvenecido, contemplando con ternura a su esposa. De pronto la sujetó del brazo y la miró con largueza. Su mirada era dolorosa, resentida, alguna perturbadora desilusión velaba sus párpados, un reproche controlado y a la vez profundo. Pero nada dije. Éramos dos seres silenciosos con las palabras a flor de piel que traspasaban muros. Él se mordió los labios, abrazándome de nuevo. Sonrió y me di cuenta que había comprendido. Suspiré satisfecha. Ya no podía seguir, el peso me vencía, daría a luz en dos semanas. Y a mi translúcida emoción se agregó el impacto de mi propio encuentro.

sábado, 22 de abril de 2017

Buscando a Jazmín



ENTRÓ SIN DETENERSE, hasta su cuarto. Su madre contuvo la respiración en un instante de eterna angustia. El padre frunció el entrecejo, apretó los puños y los dientes. Tuvo el impulso de ir tras él, jalonearlo de esa maleza ensortijada y pajosa hasta arrancársela de raíz; rugirle en la cara lo repugnante y ridículo que se veía, pero se contuvo.

¿Qué está pasando, Toño? preguntó doña Claudia a su esposo, apretando nerviosamente las manos.

El señor Antonio, aún con los puños como magmas, no contestó. Cada vez se le parece más, susurró la señora Claudia, cerrando los ojos. Sin aflojar los puños el señor Antonio miró a su mujer. Algún recuerdo lejano y triste se interpuso entre aquellas miradas.

Ricky empezaba a sufrir las consecuencias de aquella insensata transformación. Se tumbó en la cama, sumergiéndose en sí mismo como caracol olvidado. ¿Qué está pasando? Las palabras de su madre eran correctas, pero desacertadas. Algo estaba pasando, pero no lo que sus padres creían. Toda esa incertidumbre, ese miedo, eran impropios de él. Con brusquedad, en un impulso iracundo, deshizo la posición de feto aletargado y se levantó, echando hacia atrás la abultada cabellera. Había que desbaratar pronto esa imagen, empezaba a resultarle fatal.

Salió de casa, la presencia de sus padres lo incomodaba, lo hacían sentirse culpable. Ellos no podían entender que la apariencia pocas veces coincide con la esencia y, además, él estaba tan seguro de sí, tan definido, que ni llevando las más íntimas prendas femeninas dejaría de ser un hombre.
Sus recuerdos eran un enredijo de imágenes sueltas y confusas. Parecía que lo más importante de su vida se hubiese estancado tres años atrás. Desde entonces no había vivido algo trascendental, quizá porque el recuerdo de Jazmín lo llenaba todo. Fluía en su sangre, se revelaba en su rostro, palpitaba en su corazón y en sus arterias. Con ella llegó al clímax de la felicidad y el placer. Palpó el infinito, como si ambos fueran el cátodo y el ánodo que al unirse echaran a andar el mundo. Mirarla era como mirarse a sí mismo: los ojos azules que entornaba cada vez que algún recuerdo añorado se instalaba en su centro. Jazmín tan romántica, tan cursi en ocasiones, tan impredecible, terrenalmente etérea. De pronto irradiaba una fuerza interior como un águila que se desprendiese de ella, independiente de la cotidianidad sumergida en mezquindades y rutinas. A veces tan otra que Ricky no la reconocía, adusta y ausente como una visión.

Jazmín se acercaba a él cuando necesitaba sentirse real y quería vibrar y perderse en su instinto de animal selvático; reconocerse mujer capaz de entregar una feminidad luminosa, pero reservada a momentos especiales. Ricky la amaba tal cual era y confundía su ser con el de Jazmín, tan parecidos, tan idénticos al amar, al reconocer las sutilezas del mundo. Luego la paradoja: después de galopar como amazona primitiva Jazmín aterrizaba en sus incurables sueños de romántica. Anhelaba serenatas bajo la luna llena, flores rojas que culminaran en un altar. Construía palacios de humo y edificaba su vida en planos de paradisíaca fantasía. Entonces Ricky la trataba con cierto recelo y desconfianza, como si estuviese frente a una lunática, preguntándose si él también provocaba aquella impresión en otros. Pero había algo que a Ricky embelesaba: la espontaneidad y la autenticidad que no conocían temores ni trabas. Jazmín hacía lo que sentía y nunca traicionaba sus convicciones. Algo que él había perdido y ella conservaba como venerable niña anciana. Desde aquella separación brusca... Ricky no la recordaba de niña, sólo conservaba una sensación de rompimiento vital, como si le hubieran cortado los brazos o las piernas. Después el impacto del reencuentro.

Recargado en el poste de una calle desierta, casi a la una de la mañana, con su gabán largo, sus botas, y su guitarra eléctrica, Ricky se veía hermoso. Estaba agotado de una intensa tocada en el antro y su rostro, tras el aleteo transparente de la luna, adquiría una expresión virginalmente salvaje.

El borracho se introdujo en el silencio con su voz gutural, ahogada en quién sabe qué extraño mundo de alucinaciones. La inesperada presencia de Ricky resultó una aparición edénica. Se paralizó un segundo, mirándolo con ojos semicerrados y turbulentos. Preciosa, musitó después dificultosamente. Preciosa, repitió mientras se acercaba al descontrolado Ricky. Pre-cio-sí-sima, terminó de decir, arrastrando las sílabas, antes que el guitarrista se esfumara, sobrecogido de repulsión y azoro.

La semana anterior, al bajar del autobús, un hombre chaparrito le dio la mano. Ricky alargó la suya, de varonil delicadeza, y afianzó fuertemente, hasta el dolor, aquella caballerosidad solícita y amable. La acercó hacia sí, con la brusquedad que lo caracterizaba. Muchas gracias por ayudar a las damas, caballero, dijo con su voz de barítono ronco. El moreno abrió los ojos, asustado, y tragó saliva.

Se sentó en la banca de un jardín, hundió la cabeza entre las manos mientras la apretaba desesperadamente: No pudo hacer algo. La lancha daba tumbos, el preludio de algún huracán que después se arrepintió, la agitaba con sus dedos feroces. Tomó al vuelo el visor que se iba dentro del aire. El mar empezó a jadear descompasadamente, como un monstruo líquido que despertara con violencia, herido de pronto por algún enemigo invisible.

Jazmín a veces parecía chiquilla. Su grito quedó vibrando en la atmósfera salina, ensordecedoramente. Lo desmenuzó el viento, lo sepultó después bajo las olas. Ricky no supo cómo algún trozo de aquel alarido penetró en sus oídos, enloqueciéndolo. Alcanzó a ver los ojos de Jazmín, sobre el agua, navegando entre el terror y el vacío. Había resbalado de la lancha sin que él pudiera impedirlo, todo intento por ayudarla resultó vano. Ricky gritó, rasguñó su cara, mesó sus cabellos, se arrodilló como si lo hubieran acribillado. La sangre de Jazmín se extendía hasta llenar el océano. La aleta del tiburón volvió a surcar el agua. No supo cuánto tiempo zozobró la lancha, al arbitrio del viento, hasta que unos pescadores la encontraron. Tuvieron que cargarlo entre varios, cobijarlo, darle de beber. Estaba congelado, con la mirada derretida y petrificada. Pasaron dos años antes que empezara a recuperarse. Buscó mujeres que lo ayudaran a olvidar; como esa Miriam de formas opulentas que logró retenerlo por algún tiempo. Miriam le entregaba la piel cálida, los pechos acezantes, igual que un arrullo afrodisíaco. Sin embargo, Ricky no tardó en comprender que la mujer sólo era una evasión, un autoengaño pasional. Buscaba con desesperación a Jazmín en las personas, a través de algún objeto que, de alguna manera, se asociara a su personalidad; en él mismo. Quería resucitarla, a toda costa.

Se incorporó de la banca, le zumbaban los oídos. Desde el día de la tragedia era así, como si un torbellino lo hubiese penetrado. Llegó a su casa, directo a su cuarto. Sus padres estaban de viaje, por suerte. Se detuvo frente al espejo y observó el cabello largo y teñido. Aquella transformación no lo había convertido en el viril rockero que pretendió imitar en un principio, semejante a sus compañeros de banda. Un halo de femenina sensualidad lo envolvía.


En el espejo estaba Jazmín, su hermana gemela y el amor de su vida, con la urgencia de renacer. Ahora Ricky estaba seguro de eso, Jazmín renacería.



viernes, 10 de marzo de 2017

La escapada




AL DESCUBRIRLO ME CONGELÉ DE GOLPE. Una corriente embravecida de coches se interponía fatalmente entre él y yo, entre él y la acera salvadora, igual que una playa cercana, pero inaccesible, debido a la ferocidad de las olas.

El perro estaba atrapado en un camellón. A ambos lados sólo un río tumultuoso de autos, como el mensaje interminable de la muerte.

Yo seguía paralizada. Una de las cosas que más me angustian es mirar a estos inocentes animalitos acosados por la agresividad citadina que los deja solos, a su suerte, en medio del océano.

Eran las doce y media de la noche, demasiado tarde para que una mujer anduviera sola. La atmósfera tenía un matiz sombrío, y en instantes las callejuelas traseras parecían palpitar arrítmicamente en forma de rostros acechantes y grotescos. Pensé en tomar un taxi, pero en media hora no pasó alguno, además sólo tendría que caminar cinco cuadras para llegar a mi casa, pero en esas cinco cuadras...

Fue un impulso inevitable, pero ahora me doy cuenta que ha sido la peor estupidez. Todos estaban tomados y el ambiente dio un giro vulgar y despreciable que provocó mi huida. Los desconocidos empezaron a formar parejas eventuales que los incitaría a hurgar sus respectivos cuerpos con manoseos sin futuro. Cada uno violaría la intimidad del otro dentro de una excitación grosera y servil. En ese estado nadie se acordaría de los condones y se propiciaría un cultivo del sida al por mayor. Si siempre me han repugnado los encuentros ocasionales, degradantes, ahora con mayor razón, por eso me fui, pese a mi paranoia enfermiza que adquiría tintes enloquecedores con el paso de la noche.

Caminaba rígida, como caña; el corazón golpeaba mi pecho con febril desorden. Me olvidé del perro, de la angustia por su vida, y me concentré en mi propio instinto de supervivencia. Sin embargo, de pronto me acordaba del can y me volvía. Parecía entregado resignadamente a su destino.

En la mañana me había peleado con mi esposo y quise castigarlo con esta escapada a una fiesta que me invitó una amiga, la cual quedó muy formal de llevarme a casa, pero en esas condiciones... Tito estaría por regresar del trabajo. Hoy salía temprano, porque otras veces aparecía hasta la madrugada. ¿Cuándo no me viera en casa...? No quiero imaginarlo. Generalmente era un hombre comprensivo y cariñoso de pronto hasta el empalagamiento, pero cuando se enfurecía...

Tito me ganó a pulso. No se rindió con mi rechazo. Una y otra vez lo rechazaba, no podía ser de otra manera. Yo amaba a Daniel y no quería saber de alguien más. Pero las cosas con Daniel no resultaron y parecía que Tito lo sabía. Daniel me engañaba, se portó como un patán. No cedía en nada, pero yo tenía que dar mi brazo a torcer en todo. Era desgastante hasta el agotamiento. Y mientras Daniel se iba desprendiendo cada vez más de mi corazón, más necesidad tenía de refugiarme en el calor incondicional de Tito que anduvo cuatro años tras de mí: el único que en verdad me amaba y aceptaba como soy. Finalmente eso fue un estímulo, que alguien me amara a pesar de mis defectos, reafirmaba mi valor como mujer y ser humano. Me hizo sentir tan importante que de pronto creía flotar en una dimensión irreal, fortalecedora. Era impredecible, detallista. Sin motivo especial me obsequiaba algún regalo, o me preparaba alguna sorpresa estimulante; hasta que un día me topé con un Tito desconocido: una sabandija venenosa que me agredía por cualquier insignificancia, ofendiéndome como si quisiese desquitar la humillación de haberme perseguido por cuatro largos años en los que me ocupé de otros... Y esos momentos esporádicos se fueron haciendo más frecuentes… El Tito extraño se adueñaba cada vez más del que yo tanto quería, y me costaba trabajo asimilar esa parte suya tan desagradable y nueva que me tenía horrorizada y escandalizada. Sin embargo, cuando volvía a ser el de antes, en mi mente sólo permanecía la imagen del Tito acostumbrado, del Tito que ha vivido conmigo durante dos años.

Mi paranoia ya adquiría niveles de demencia. No había alguien alrededor de mí y yo me sentía la presa idónea para el sinnúmero de violadores y criminales que sólo esperan una oportunidad como la que yo generosamente ofrecía. Los delincuentes no atacan a cualquiera. Hay personas que en el subconsciente arrastran alguna lacra de masoquismo que las hace proclives, en cualquier instante, a ofrecerse como víctimas. Desde aquella noche me di cuenta que yo era una de ellas.

En la nota roja aparecen a diario noticias escalofriantes, inconcebibles, de lo que las mentes enfermas son capaces de hacer. Los crímenes del Pípila eran lo más monstruoso que alguien pudiera imaginar. No era muy sano pensar en todo eso. En las condiciones en que me encontraba atraería el mal, sin remedio. No podía evitarlo. El Pípila, ese jorobado que apuñalaba a sus víctimas después de violarlas y torturarlas, merodeaba la Por-ta-les ¡mi colonia! Donde yo me encontraba, sola e inerme a las doce de la noche.

El terror me hundió su garra destructora. Observé al perro: un perro grande, cruza de colie. Parecía fuerte a pesar de su vida errante, sin hogar. Fue como un acuerdo mutuo. Nuestras miradas se cruzaron en un desesperado y angustiante pacto de camaradería protectora; era mi esperanza. Los autos no cesaban de pasar. Esta ciudad... ni en el fondo de la noche ofrece momentos de calma.

Casi llorando, apretando las manos contra el pecho, elevé una oración sin palabras, fugaz pero intensa. Por fin, a los diez minutos la acera quedó libre, los fanales de los autos se vislumbraban muy lejos. Corrí hacia el camellón y posé mi mano sobre la frente del can. Yo, que en condiciones normales no me hubiera atrevido a tocar un animal callejero, ahora cualquier peligro era insignificante junto al horror que vislumbraba.

De algún modo el perro entendió la solidaridad que había entre ambos. Se pegó a mí y corriendo cruzamos la calle, con las luces de los autos ya muy cerca. Está de más decir lo agradecidos que son estos animales. Me dirigió unos ojos expresivos, de gratitud, y me acompañó en mi camino. Tan enternecida me sentí que pensé en adoptarlo.

Las callejuelas estaban solas y tenebrosas. Alguna que otra desganada lucecilla sólo contribuía a acentuar el terror de la noche. Sombras susurrantes se interponían. Caminaba aprisa, con el corazón momentáneamente paralizado. La compañía de mi amigo me hizo más confiada. Pensaba en Tito, de seguro ya había llegado y estaría despotricando en mi contra, sin duda tendríamos una acalorada y desagradable discusión.

De pronto me paralicé, una de las sombras se movió. Mi respiración aumentó ruidosamente su ritmo. Mis manos se hicieron líquidas. Miré de nuevo a mi compañero y me tranquilicé un poco. Estaba gruñendo, a la defensiva. Aceleré el paso, como huyendo de alguna amenaza oculta. La sombra salió de la penumbra y cayó sobre mí con un golpe que casi me hace perder el sentido. Grité al tiempo que el can se aventaba contra mi agresor, ladrando furiosamente. Forcejearon mientras yo seguía gritando, aterrorizada. ¡El Pípila! No pude distinguir su cara, pero la giba grotesca y deforme era inconfundible. Un policía apareció repentinamente y le ordenó apartarse de mí. El malhechor parecía no oír y siguió  atacándome. Entonces el oficial disparó tres veces. Una bala hizo volar la joroba postiza. Otras dos se incrustaron en su cuerpo, y una más pegó superficialmente en el cuerpo de mi amiguito peludo que aulló de dolor. Enternecida y emocionada le expliqué que no lo abandonaría. Luego, con el corazón encogido y aun dando tumbos, me acerqué a observar el rostro del delincuente que el policía iluminaba con una linterna: un rostro maquillado. Era obvio que el malhechor ocultaba su identidad, pero... esas facciones, ese cabello... era... era… No puedo describir lo que sentí. Todo se hizo negro y mis huesos se derritieron de golpe.


Perla



NO FUI FELIZ JUNTO A MI HERMANA. Nunca me acostumbré a que las atenciones fueran sólo para ella. Mis papás y toda la familia siempre la acariciaban y le daban regalos y a mí a veces ni me veían. Y yo me quedaba con los brazos cruzados, reventando de coraje al convencerme que no habría algún regalo para mí. Sólo de vez en cuando se acordaban de mi existencia y me compraban algo, pero casi nunca. Por eso me volví muy arisca y repleta de odio y envidia, como dijo mi mamá la otra vez. Lo cierto es que yo sufría un montón, tanto, que llegué a pensar en la mejor forma de desaparecer de este planeta. Bueno, pero eso ya fue hace mucho, porque ahora ya no importa, ya nada importa...
     Perla y yo nacimos el mismo día y de la misma panza de mi mamá. La gente no podía creer que fuéramos hermanas y además cuatas, pues decían que ella era tan preciosa como una perla y que a mí no me debieron haber puesto Rosa, porque no tenía nada de rosa, sino Pancha o Soledad. Eso le oí comentar a la vecina. Y lo peor del asunto era que, cuando mi hermana y yo salíamos a la calle, ella siempre llamaba la atención con sus cachetes rosados, con sus ojos así de grandotes como aceitunas frescas, y el cabello rojizo que le caía en bucles hasta el hombro. Los niños se le quedaban mirando como tontos, hasta Carlitos que era la atracción del barrio… cómo me gustaba Carlitos. Su sonrisa ladeada, como acordándose de sus travesuras. Su ceja levantada y los ojos risueños. Parecía que estaba muy contento con su persona. Su cabello lacio era una luna negra de otoño. Pero nunca me miraba.
     Siempre lo mismo, siempre, desde la mañana hasta la noche, todos los días, la atracción era Perla. Y cada vez me daban más ganas de desbaratar con las uñas esa cara blanca y hermosa, pero estúpida. Sí, porque en inteligencia no, no era la gran cosa, en inteligencia yo era la mera mera. Rápido aprendí a robarme los dulces de la tienda y les ganaba en los juegos a mis amigas. En la escuela todo me lo sabía. Tenía unas ideas tan geniales que mucha gente decía que a mí me tocó la materia gris y a mi hermana la belleza, pero, por lo visto, esto era lo que más les gustaba porque siguieron admirándola nomás a ella. Y yo me sentía igual que chinche, como si no valiera nada. Ya ni mi talento tuvo valor al lado de la hermosura de mi hermana. Y pues, aunque la odiaba, empecé a acostumbrarme a mi suerte y a tratar de aceptarme así como soy, una niña fea y, según mis papás, llena de rencor y envidia.
     Pero sucedió lo que siempre temí, llegó la fecha de nuestros quince años. Por nada del mundo hubiera querido que se hiciera una fiesta con baile y toda la cosa, y está de más decir por qué no quería eso. Desde aquel día tuve ganas de matarla. Cada vez que me acordaba de la fiesta y de la gente amontonada alrededor de Perla felicitándola, de Carlitos y los muchachos peleandose por bailar con ella y yo, sentada en un rincón, como si no existiera, sintiendo que mi corazón se despellejaba poco a poco, y que algo me ardía por dentro igual que si hubiera tragado ácido, me daban unas ganas locas de ahorcarla. Sobre todo cuando Carlitos y ella se quedaron juntos, hasta el final, contemplándose con ojos brillantes, como si el mundo se hubiera derretido. Y Perla agitando los bucles y contoneándose con modales empalagosos de estrella de cine. A partir de ese día me puse a pensar en la mejor manera de deshacerme de ella. Ideé muchas formas, pero en todas había peligro de que me descubrieran, si no desde el principio, al investigar acabarían por saber que yo era la asesina, aunque, la verdad, no me importaba, ya ni eso me importaba. Y la hubiera matado con un fierrazo en la nuca si Marcela, mi única amiga, no me hubiera platicado de la bruja de la vecindad de enfrente. Me dijo que esa hechicera me podría solucionar el problema, que fuera con ella. Y así lo hice, rápido fui con la bruja esa. Al contarle lo que sucedía y mis propósitos, luego luego sacó de una caja vieja unos polvitos verdes. Me dijo que los espolvoreara tantito una vez al día en la comida de Perla y que todo se iba a arreglar.
     Ese mismo día empecé con la receta. Eché de los polvitos a su consomé, pero pasó una semana y yo no veía nada raro en mi hermana, hasta llegué a pensar que la dizque bruja esa era una charlatana, una estafadora.
     Después de dos semanas noté que Perla, siempre más alta que yo, me llegaba a las cejas. Lo primerito que pensé fue que yo había crecido, pero no, me medí y seguía igual. Me dije que a lo mejor era el efecto de los polvos.
     Al mes mis papás se dieron cuenta que mi hermana se estaba achicando y se la llevaron asustados al doctor, a muchos doctores. Le recetaron muchísimas medicinas. Le hicieron análisis y nada, Perla seguía achaparrándose. A los cuatro meses ya me llegaba a la cintura y mis papás lloraban y lloraban. A mí no me daba tristeza, pues que me había de dar tristeza si ni me querían.
     Y las lágrimas que derramaban los ojotes aterrorizados de Perla, como lluvia picante sobre su cara, eran lo mejor de la película, sólo que, mientras más chiquita se hacía, esa cochina hermosura se hinchaba más.
     A los dos años ya me llegaba a los talones y, aún así, las atenciones seguían siendo para ella. Mi mamá le mandó a hacer unos vestiditos y unos huaraches como para un ratón. A veces yo me burlaba, pero la burla se me atragantaba al darme cuenta que, aunque del tamaño de un conejito, su ropa era mucho más bonita que la mía. También le compró unos trastecitos de juguete donde le servía a Perla, siempre a su gusto. Y esa belleza continuaba allí, insultándome a diario, restregándose en mi cara como zacate enchilado.
     Ahora tengo que limpiar bien esta cochina sangre de mi zapato, para que cuando mis papás lleguen, crean que la Perla se perdió. 



La pérdida





La pérdida

CUANDO ME DESVESTÍ para bañarme, no lo podía creer. Algo me faltaba y mis nervios se tensaron en notas de confusión. De momento no supe de qué se trataba, pero tenía que averiguarlo cuanto antes. Llena de ansiedad comencé a recorrer las partes de mi cuerpo: cinco dedos en cada mano y en cada pie, ojos, nariz, piernas, brazos. Me miré en el espejo: senos, pubis, todo en su lugar. Sin embargo, aún la sensación de pérdida me agobiaba.
     Entonces me fijé con más detalle, repasando meticulosamente cada centímetro de mi piel y... por fin lo descubrí. Mi vientre estaba más liso que de costumbre. El hoyito reluciente y coqueto se había borrado sin dejar huella. ¿¡Qué pasaría con mi ombligo!? exclamé con trabajo, a media voz. ¡Mi ombligo! ¡Mi ombligo! ¡No puede ser! ¿cómo voy a vivir así?
     Perdí el hambre, el sueño huyó de mi almohada. Mi querido ombligo había desaparecido lo cual significaba un insalvable problema, pues llevaba dos meses trabajando como bailarina en un centro nocturno y, por supuesto, la danza del vientre era la principal atracción ¡Qué iba a ser!
     No quise hablar del asunto con nadie. En el trabajo me reporté enferma de neumonía y conseguí, con escabrosas artimañas, una receta médica que una amiga doctora, a la cual no veía hace tiempo, después de pensarlo mucho me entregó con algo de extrañeza y mucha desconfianza.
      Era desesperante, pero mi ombligo no debía andar lejos, de seguro en algún rincón de mi propia casa. Busqué afanosamente, en los huequitos más recónditos, en los cajones más inaccesibles, en los resquicios olvidados, hasta que perdí la fe.
     Sólo faltaban diez días para que se venciera la incapacidad. Pronto debía idear algo y lo mejor que pensé fue pintarme uno, lo más parecido que se pudiera al original. Necesitaba un modelo y ahí empezó el obstáculo. Soslayando las miradas burlonas y llenas de sospechas de la voceadora, las cuales me colocaron por un instante en el centro de una desamparada intemporalidad que le brindaron la satisfacción de instalarse, un par de segundos, por encima de mí, compré varias revistas Play boy, y una Play girl, pero me decepcioné al comprobar que en todas ellas los ombligos eran lo que menos se destaca. No tenía otro remedio que realizar un viaje relámpago a la playa y, sin titubear, me fui a Acapulco en el primer vuelo que conseguí.
     Muchos ombligos pasaban a mi lado, pero tan fugaces que no alcanzaba a captar alguno con detalle. Hasta que vislumbré a un grupo de muchachas que tomaban el sol con ese abandono hedonista, propio de la ficticia despreocupación que otorga el contacto con el mar, donde el tiempo parece suspendido en un suave viento que descansa apaciblemente sobre las olas. Me acerqué con la mayor naturalidad posible y me tendí muy cerca de ellas, aparentando incontenibles deseos de que la mano del sol acariciara sin prisa los contornos de mi piel y, con el mayor disimulo, observé los ombligos mientras mi mano se deslizaba con suavidad sobre un trozo de cartulina. Por desgracia, no pude ponerme el bikini. Traía un traje de baño completo, algo incómodo.
     Hice varios bocetos y después escogí el mejor que perfeccioné con esa habilidad innata que desde niña mis padres me habían descubierto para el dibujo y que, por desgracia, por falta de voluntad y disciplina, nunca llegué a desarrollar.
     Regresé de inmediato a la ciudad. No me fue difícil trasladar la figura a mi abdomen, pero... se veía tan artificial. Sin embargo, desde una distancia prudente nadie notaría la farsa, pues en lo que la gente menos se fija es precisamente en el ombligo. Todos los días tendría que retocarlo con tinta indeleble.
     Me presenté a trabajar y, en apariencia, todo transcurrió dentro de los parámetros normales, hasta que un día advertí que Gladis, una de mis compañeras más punzantes y destructivas, poseedora de una implacable e insaciable envidia y un velado complejo de inferioridad que sin excepciones inyectaba su ponzoña al menor estímulo, se fijaba en mi vientre con insistencia. Yo me hacía la desentendida y empezaba a moverme con cualquier pretexto, para no darle ocasión de comprobar su sospecha, pero no podía estarme cuidando de ella en cada minuto y, de pronto, se desató el rumor: mi ombligo era postizo.      
    Todas las chicas me empezaron a mirar con mezcla de burla y desconfianza. Perdí la tranquilidad y lo incómodo de mi situación alentaba síntomas de abatimiento.
     No podía estar a gusto y me volví insegura. Sudaba en los momentos pre escénicos cuando las bailarinas esperábamos nuestro turno en los pasillos. Me tapaba el ombligo con cualquier excusa y no puedo explicar mi desolación, mi vergüenza, cuando mis compañeras me sujetaron, entre todas, cerca del camerino, y me metieron a empujones para observar de cerca mi vientre que ya me resultó imposible esconder.
     Gladis blandió una lámpara de mano que traía lista para sus malintencionados propósitos. Me vaciaron aceite de bebé, alcohol, hasta que mi ombligo se borró ante sus ojos primero atónitos y después sarcásticos. Me defendí alegando justificadamente que los senos de Olivia eran de silicón, las nalgas de Patricia y Emma viles y vulgares implantes, y que Gladis estaba reconstruida por completo y junto a tales horrores el pobre dibujo sobre mi cintura resultaba trivial. No se dieron por aludidas, como si sus postizas modificaciones corporales estuviesen dentro de lo normal, y mi carencia de ombligo fuera algo infrahumano.
     Me deprimí tanto que otra vez tuve que reportarme enferma, pues un llanto convulsivo me apresó por siete días y siete noches, después de los cuales me sentí recuperada y aquella pérdida empezaba a perder importancia.
     Abandoné ese trabajo, ahora me daba cuenta que no me satisfacía, y decidí buscar un empleo más acorde con mi personalidad. Un día mi hermana me telefoneó; el sábado por la tarde habría reunión familiar y mi asistencia era importante. Fue un descanso reunirme con los que en verdad quiero y olvidarme de aquella mala experiencia que desde entonces ya no quise recordar.
     Al principio éramos una mezcla confusa que, sin distinción, intercambiaba impresiones y comentarios. Después de un par de horas, los grupos se disociaron conforme a intereses propios de cada sexo y edad. Las mujeres hablábamos de alimentación, cocina, hombres. Ellos chanceaban y bebían cervezas en el jardín, y los niños jugaban a las canicas.
     Cuando salí por una cerveza observé a los niños. Echaban las bolitas en un hoyito bien hecho sobre un trozo de tierra despejada de césped. Los contemplé por un rato, tomando mi cerveza, mientras ese hoyito se me iba haciendo cada vez más familiar. Sí, ese agujerito era mi ombligo, ¡mi ombligo! ¿Qué estaba haciendo ahí? Lo reclamé ante el azoro de todos, recriminando a mi sobrino Pepe, con verdadera alteración, que lo hubiera tomado sin mi permiso; pues de pronto recordé que él y su mamá me habían visitado la víspera de su desaparición. Me lo encontré en el baño, tía, me contestó mortificado y resentido, me pareció perfecto para jugar a las canicas. Nunca imaginé que... No le permití concluir.       
     Recogí mi ombligo, lo eché a la bolsa, y me despedí de todos cuya expresión había virado hacia signos inequívocos de incredulidad y sorpresa.
      Una tía me acompañó a la puerta. Celebraba mi sentido del humor. Abordé mi auto y, antes de arrancar, salió mi parentela para desearme buena suerte.


viernes, 21 de octubre de 2016

El bulto



NO HABÍA ALTERNATIVA. Tendría que atreverse a manejar esa camioneta vieja Suburban que hace tiempo no usaba. Irse sin rumbo, soltar el instinto y la intuición para que la guiaran al punto correcto. Llevaba un día encerrada con ese bulto abominable y no podía esperar más. Ahora o nunca, antes que la perdición la hundiera en la más insalvable y profunda marisma.

Miraba el bulto una y otra vez, no podía hacer otra cosa más que mirarlo, con el entrecruzamiento del placer liberador, como si fuera en un arrullante barco, en aguas mansas, y el horror de un acto despiadado, escalofriante, del que nunca se creyó capaz. Aún no podía recuperarse, fue algo tan monstruoso, tan vil, igual que si algún espíritu ajeno, sádico y endemoniado, la hubiese poseído. El sentimiento de culpa le era remoto. No se reconocía la autora, como si hubiera sido un testigo pasivo y mudo de algo que de alguna manera la hacía cómplice.

Sara suspiró con devoción, queriendo recuperar la personalidad perdida, buscando su identidad destrozada como un vaso roto. Desde aquel instante sus actos eran mecánicos: algún deber impuesto por un enemigo superior.

El teléfono sonó repetidas veces, lo ignoró con una indiferencia que no le pertenecía. Se desnudó ante el espejo para reconocerse poco a poco hasta la aceptación y la ternura. Se vio hermosa y libre, sobre todo libre, como siempre debió ser. Se abandonó en la ducha, agudizando los sentidos como verdadera sibarita. Otra vez desnuda frente al espejo procedió a arreglarse.

Lo más difícil fue arrastrar el bulto, envolverlo, echarlo en la cajuela, para lo cual tuvo que ingeniárselas con una tabla, y con la ayuda de dos amistades de confianza que la auxiliaron con estoicismo y, una de ellas, con desconcierto. Al final del trabajo la última le confesaría que por unos instantes la estaba desconociendo, pero que, a la vez, la había comprendido, pues lo más seguro es que ella en su lugar hubiera echo algo parecido. Les pesó como si hubieran arrastrado una ballena.

Condujo la Suburban con estremecedor aplomo, con una frialdad ajena a su temperamento nervioso, como si después del impacto inicial la vida resplandeciera en otra dimensión.

La frontera entre la vida y la muerte se confundía y desdibujaba. Se apoderaba de ella la temeridad de los suicidas. Nunca imaginó existiera tanta libertad, tanta potestad hacia el mundo.

Todo había sucedido imperceptiblemente. Miguel se fue adueñando de su vida, en pequeñas y sutiles cantidades. Sara, ciega de pasión, lo dejaba hacer sin advertir que aquel calculador trabajaba para posesionarse de ella, de sus actos, de su voluntad. Desde los desnudos cargados de sensualidad y erotismo que Miguel le tomó en el clímax de un tormentoso y feliz romance, hasta las confesiones apócrifas que le obligó a grabar con el pretexto de las clases de actuación. Sara entregaba todo, como toda enamorada abierta, sin prejuicios. Nunca imaginó que Miguel las utilizaría en su contra: no le interesaba el amor, su principal arma era la posesión y el poder. Se requería demasiado sacrificio para mantener vivo el amor de una mujer como Sara: constantes galanteos, detalles elocuentes. La deposición eventual del egoísmo con el fin de complacer a la amada no era para Miguel, acostumbrado a obtener las cosas fácil, sin esfuerzo. Cuando terminó de reunir los elementos necesarios para sus propósitos, desechó la para él fastidiosa cortesía y falsa caballerosidad. Hiciera lo que hiciera su novia estaba en sus manos.

De pronto Sara se dio cuenta que ya no se sentía bien con él, que la inconmensurable y repentina mezquindad de aquel hombre atizaba sus pequeñas mezquindades y defectos. Lo percibió vulgar con sus jeans ajustados, con su camisa desabrochada en la parte superior, mostrando un pecho sembrado de vellos, al estilo Elvis Presley; con sus modales fanfarrones y jactanciosos al expresarse, y sus aires de superioridad y galantería espuria. Miguel también la había criticado, alguna vez le dijo que era cobarde y sin decisiones, y muy desordenada, pues de pronto todo lo mantenía fuera de su lugar. En parte era cierto, aunque también advertía que, con frecuencia, intentaba hacerla sentir inferior. Empezaba a odiarlo y autodiarse destructivamente. Debía huir antes de volverse loca. Lo intentó por todos los medios, pero Miguel la amenazó con la exhibición de los desnudos, con anunciar a la gente que aquella prestigiada bióloga era capaz de tales bajezas como las de la grabación. Circularían por Youtube y por todas las redes sociales. Sara llegó al colmo de la angustia. Quiso persuadirlo de mil maneras, apoderarse de las fotos, pero el poder de Miguel era ilimitado. No podía más...

Se sorprendía de no haber adivinado antes la verdadera naturaleza de Miguel. O si la había visto fue a través del oleaje tórrido de su pasión. El Miguel real siempre estuvo ahí y, a medida que los vapores arrulladores y excitantes se fueron disipando, esa realidad quedaba más a la vista, hasta abarcar la superficie. Algo en él provocaba a Sara vergüenza ajena: era autoritario y se dirigía a los demás con desplantes agrios de prepotencia. Sin embargo, era necesario hacérselo notar. Nadie le ha hecho ver sus errores, se decía ingenuamente, con amor podrá ir cambiando. El amor daba esperanzas a Sara, esperanzas que sabía, en el fondo, con pocas probabilidades de realización. Recurría al autoengaño, pues con ella no actuaba así; la hacía vibrar con las canciones que le componía y le cantaba, con los ramos de rosas que le obsequiaba, espontáneamente.

Miguel desdeñaba con ostentación todo lo que significara verdadera creatividad: el arte, la literatura, y la ciencia no le interesaban por carecer de un fin práctico, de algo que le sirviera materialmente para su bienestar personal. Llenaba su vida viendo películas de acción, de efectos especiales, componiendo cancioncillas de letra fácil y acordes obsoletos, y consintiendo a su coche de lujo con un mantenimiento esmerado y cuidados de hijo único. Era formalmente católico. Sara no lo reconocía en su puntualidad para asistir a misa y cuando, delante de una iglesia, se persignaba. Y de pronto se descubría sintiendo un rechazo episódico ante un ser tan elemental que, sin embargo, en raros momentos, se llenaba de una grandeza que no le pertenecía, que tomaba de la potencia de aquella unión y de la falsa e incomprensible creencia de su propia superioridad (un artilugio para compensar complejos de inferioridad inconscientes) Sara se llegó a sorprender de lo interesante que puede parecer un hombre mediocre que, no obstante, se siente por encima de los demás. Después las fotos, las clases de actuación...

Una felicidad sombría la ofuscaba. Algo nuevo, hermoso y maligno, nacía en su interior como un ente de invicta fuerza. Parecía otra, pero no, era ella misma en la máxima potencialidad de sus facultades. Sabía que desde ahora todo cambiaría, que su vida se adueñaría de un arcano revitalizador de sorpresas.

Tomó la carretera vieja a Cuernavaca. Pisaba el acelerador y casi sentía que la camioneta se deslizaba sola. ¡Al fin dueña de sí! Atrás el bulto saltaba. Cada golpe se hacía más enérgico, más violento, seco, acusador, recordando a Sara  la urgencia de librarse de aquella carga. Pues todavía tenía que terminar de limpiar terreno al regresar.

Empezaba a oscurecer. Lo mejor sería detenerse en una posada, descansar, comer, beber agua, y continuar ya entrada la noche. Pero no, si no desechaba rápido el bulto, en contacto con la gente su inconmovible energía la podía delatar en algún temblor, en cualquier tartamudeo o sonrojo. Después de tirar aquello jamás la traicionarían los nervios subyugados. No había hecho nada malo al librarse de esa forma de Miguel, ahora estaba convencida de eso. Sólo había salvado su honor y su prestigio, su dignidad como mujer y la vida misma. Estaba por completo despersonalizada por el maltrato sicológico,  en manos de un barbaján que había robado su vida, de un verdadero sicópata llegó a pensar. Se armó de valor, con mucho trabajo, para decidirse a agarrar el cuchillo mientras él dormía. Actuó como sonámbula, empujada por una fuerza superior.

Ahora su floreciente fuerza era un estímulo a seguir, sin detenerse, sin rumbo, hasta llegar a algún despeñadero donde el fardo pudiera volar sin testigos y reventar en los miasmas de su propia podredumbre.

Planeaba su nueva vida. Nunca más se sentiría atraída por un hombre con características semejantes a las de Miguel. No se dejaría llevar por su excesiva necesidad de amor y sus carencias, y para eso tendría que dedicarse a su plena realización como mujer y ser humano. Después de aquella mala experiencia sería más objetiva y reservada. Habría que conducirse con tiento, rastreando terreno antes de involucrarse sentimentalmente.

De pronto se empezó a poner nerviosa. La ocasión idónea no se presentaba y el poder deshacerse del bulto se le estaba complicando. El inmenso agotamiento estaba velado por la adrenalina que aún circulaba en su cuerpo. Respiró profundo para recuperar su aplomo. Tendría que esperar, estacionada en algún lugar, a que llegara la madrugada. Lo hizo y continuó el viaje a las 12 de la noche.

Serían la una de la mañana cuando a Sara la deslumbró una luz insoportable que le cayó encima como un sol atronador de cristales rotos. Después de oír las ambulancias no supo más.




El sueño profundo de Mireya


ALEJANDRO SE LAVABA LOS DIENTES después de un desayuno apresurado. Ya era tarde y le quedaba poco tiempo para llegar al trabajo. Se enjuagó muy bien la boca, con dos buches. Se rasuró y procedió a peinarse.

Mientras se peinaba la observó de reojo por el espejo: inmóvil sobre la cama, con el cabello negro alborotado y tapada a medias con el edredón. Una pierna al descubierto. No le veía el rostro, vuelto hacia el clóset.

Esperaba no verse en una situación muy incómoda al volver a casa. Era impensable el impacto que tendría al encontrarla, probablemente, en la misma posición: su hermosa pierna al descubierto, los ojos cerrados, la boca semiabierta, con la vitalidad menguante de quien ha llegado al clímax del agotamiento. 

Salió a la calle. El frescor de la mañana, los rostros que se cruzaban con él, las miradas fugaces, los murmullos, el rumor del tráfico, lo hicieron suspirar mientras sus nudos interiores se iban aflojando.

Mireya era muy cariñosa con él, pobre chica. Estaba ahí para complacerlo, no tenía a donde ir. Se le entregaba con devoción. Vivaracha y genial, cada día inventaba un platillo nuevo. Lo peinaba sin aviso, carcajeándose, divirtiéndose con los aspectos, de pronto cómicos, que el hombre iba adquiriendo con cada peinado. Le masajeaba el cuerpo. Realmente lo quería. No deseaba separarse de él. Y Alejandro de golpe se sorprendía aprovechándose de ese amor incondicional. Se volvía poco atento, desconsiderado. Un verdadero egoísta. No recuerda haberle preocupado su bienestar, hacerla sentir cómoda e importante. Y Mireya estaba tan agradecida con el refugio que Alejandro le ofreció en su casa, que nunca dio importancia a su frialdad y sus desatenciones, se conformaba con que se dejara mimar.

Varias jovencitas se cruzaron con él. Sus carcajadas límpidas y frescas lo llenaban todo. Al parecer platicaban de algún compañero de escuela, y del profesor de física. Mientras se alejaban sus voces se empezaron a diluir en el cuchillo helado de la mañana, se hicieron ininteligibles, murmullos ahogados... Alejandro no sabía por qué las miró casi sin pestañear, atento a la bulla que desplegaban con entusiasmo, como si desease ser incluido dentro de ese mundo luminoso, escapar, huir, olvidarse de la atmósfera densa y gris que lo atrapaba.

En el trabajo todo seguía igual. Todos iban y venían, sin tregua. Las secretarias contestaban teléfonos y algunas apuntaban algo. La rubia teñida, con falda corta, como siempre, se sentaba delante de él cruzando unas piernas atléticas, mostrando casi los glúteos. Se adivinaba la suavidad de su piel. Alejandro estaba acostumbrado a sus coqueteos. Ni le molestaban ni lo emocionaban.

Al salir del trabajo hubiese deseado ir a cualquier lugar, menos a su casa. Pero no, tenía que regresar... Mientras más se acercaba su corazón parecía hincharse, golpeando con desesperación su pecho. Respiró profundo antes de dar vuelta a la llave. Abrió la puerta bruscamente y entró. Se sorprendió de encontrar un ambiente cálido. El sol entraba en cúmulo por la ventana y caía en la duela como un baño dorado. El olor de los tulipanes y las rosas llegaba en oleadas invisibles a través de las ventilas. No se atrevía a mirar de frente a su pareja, se esbozaba de reojo, como un sueño desdibujado. Se sorprendió a sí mismo conduciéndose cautelosamente, de puntitas, para no interrumpir el sueño de Mireya, de seguro quería descansar más.

Poco a poco fue deteniendo su vista en ella: el pie fuera del edredón, la pierna torneada, la melena negra revuelta, el cabello sedoso, la cara hacia el clóset, tal como la había dejado. Creyó advertir la incesante, aunque apenas perceptible, respiración de quien está entregado a un profundo sueño.

Se sentó en el borde de la cama y retiró el cabello del rostro ¡Bellísima! Como siempre, nada había cambiado. Mireya, Mireya, le susurró en el oído, pero Mireya no respondió. Dio unos golpecitos a la mejilla y procedió a acariciarle la frente y el cabello. ¡No, Mireya, no te puedes ir así, te debo mucho, por lo menos deja que corresponda un poco a todas tus atenciones y a tu amor! se sorprendió a sí mismo de sus palabras, atizado de golpe por la desesperación y los remordimientos. Le besó los labios, después de darse cuenta que había disminuido la intensidad de su habitual carmín. ¡Abre los ojos, Mireya! Lentamente hizo a un lado el edredón hasta que el cuerpo desnudo quedó al descubierto. ¡Dios, qué hermosa! Por primera vez Alejandro advertía la belleza de su amante. La apretó contra su cuerpo y se retiró nuevamente para observarla. El golpe que te diste anoche resultó más grave de lo que pensé, Mireya, pero no me eches la culpa, fue un forcejeo como cualquiera de los que tenemos de vez en cuando. Debes aceptar que tú fuiste la que empezaste. Pisaste mal cuando te zarandeé por necia. Quien iba a imaginar que en la mera nuca te ibas a dar, sobre el filo de la cama. Sólo traías tu bata... No encontré la pijama... Pero, por lo visto no tuviste frío durante la noche. De pronto Alejandro aceptó que Mireya jamás le respondería. Como una ráfaga cruzaron por su mente el velorio, los preparativos del entierro, los gastos.

Levantó a su compañera de las axilas y la sentó, recargándola en la pared. ¡Oh Dios! Alejandro se excitaba, no lo podía evitar. ¡Mireya! Encendió el aparato de sonido y puso el disco de Enigma, el que Mireya solía oír en similares situaciones. Los cantos gregorianos ascendían salpicados de sensualidad. Acarició los senos con ambas manos. Se desvistió. La empezó a besar con firmeza y suavidad a un tiempo. No descuidó ningún detalle, hasta penetrarla satisfactoriamente. Los acordes parecían susurrar alrededor de la pareja, mientras se aceleraba el ritmo de la respiración de Alejandro, hasta convertirse en jadeos verticales, rematando en un alarido de placer. Le había hecho el amor como nunca. No pensó más en el entierro, por lo menos en esos momentos. Cargó a su mujer para tomar una ducha juntos. La enjabonó toda, quería vestirla como toda una dama. La secó y la peinó. Tenía que atenderla, como ella lo había hecho con él. Le puso su mejor vestido y procedió a maquillarla.

La luna de miel se prolongó dos días más en los que Alejandro ni siquiera se acordó de ir a trabajar. Pero ya no era lo mismo, el cuerpo presentaba una rigidez difícil de manejar y un leve tufo a carne descompuesta se introducía por los rincones.

Se sentía parcialmente satisfecho. Había devuelto a Mireya el cariño y las atenciones que ella le había entregado. Ya era hora de arreglar los preparativos para lo inevitable y de ingeniárselas para evadir la autoridad.


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