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viernes, 21 de octubre de 2016

El bulto



NO HABÍA ALTERNATIVA. Tendría que atreverse a manejar esa camioneta vieja Suburban que hace tiempo no usaba. Irse sin rumbo, soltar el instinto y la intuición para que la guiaran al punto correcto. Llevaba un día encerrada con ese bulto abominable y no podía esperar más. Ahora o nunca, antes que la perdición la hundiera en la más insalvable y profunda marisma.

Miraba el bulto una y otra vez, no podía hacer otra cosa más que mirarlo, con el entrecruzamiento del placer liberador, como si fuera en un arrullante barco, en aguas mansas, y el horror de un acto despiadado, escalofriante, del que nunca se creyó capaz. Aún no podía recuperarse, fue algo tan monstruoso, tan vil, igual que si algún espíritu ajeno, sádico y endemoniado, la hubiese poseído. El sentimiento de culpa le era remoto. No se reconocía la autora, como si hubiera sido un testigo pasivo y mudo de algo que de alguna manera la hacía cómplice.

Sara suspiró con devoción, queriendo recuperar la personalidad perdida, buscando su identidad destrozada como un vaso roto. Desde aquel instante sus actos eran mecánicos: algún deber impuesto por un enemigo superior.

El teléfono sonó repetidas veces, lo ignoró con una indiferencia que no le pertenecía. Se desnudó ante el espejo para reconocerse poco a poco hasta la aceptación y la ternura. Se vio hermosa y libre, sobre todo libre, como siempre debió ser. Se abandonó en la ducha, agudizando los sentidos como verdadera sibarita. Otra vez desnuda frente al espejo procedió a arreglarse.

Lo más difícil fue arrastrar el bulto, envolverlo, echarlo en la cajuela, para lo cual tuvo que ingeniárselas con una tabla, y con la ayuda de dos amistades de confianza que la auxiliaron con estoicismo y, una de ellas, con desconcierto. Al final del trabajo la última le confesaría que por unos instantes la estaba desconociendo, pero que, a la vez, la había comprendido, pues lo más seguro es que ella en su lugar hubiera echo algo parecido. Les pesó como si hubieran arrastrado una ballena.

Condujo la Suburban con estremecedor aplomo, con una frialdad ajena a su temperamento nervioso, como si después del impacto inicial la vida resplandeciera en otra dimensión.

La frontera entre la vida y la muerte se confundía y desdibujaba. Se apoderaba de ella la temeridad de los suicidas. Nunca imaginó existiera tanta libertad, tanta potestad hacia el mundo.

Todo había sucedido imperceptiblemente. Miguel se fue adueñando de su vida, en pequeñas y sutiles cantidades. Sara, ciega de pasión, lo dejaba hacer sin advertir que aquel calculador trabajaba para posesionarse de ella, de sus actos, de su voluntad. Desde los desnudos cargados de sensualidad y erotismo que Miguel le tomó en el clímax de un tormentoso y feliz romance, hasta las confesiones apócrifas que le obligó a grabar con el pretexto de las clases de actuación. Sara entregaba todo, como toda enamorada abierta, sin prejuicios. Nunca imaginó que Miguel las utilizaría en su contra: no le interesaba el amor, su principal arma era la posesión y el poder. Se requería demasiado sacrificio para mantener vivo el amor de una mujer como Sara: constantes galanteos, detalles elocuentes. La deposición eventual del egoísmo con el fin de complacer a la amada no era para Miguel, acostumbrado a obtener las cosas fácil, sin esfuerzo. Cuando terminó de reunir los elementos necesarios para sus propósitos, desechó la para él fastidiosa cortesía y falsa caballerosidad. Hiciera lo que hiciera su novia estaba en sus manos.

De pronto Sara se dio cuenta que ya no se sentía bien con él, que la inconmensurable y repentina mezquindad de aquel hombre atizaba sus pequeñas mezquindades y defectos. Lo percibió vulgar con sus jeans ajustados, con su camisa desabrochada en la parte superior, mostrando un pecho sembrado de vellos, al estilo Elvis Presley; con sus modales fanfarrones y jactanciosos al expresarse, y sus aires de superioridad y galantería espuria. Miguel también la había criticado, alguna vez le dijo que era cobarde y sin decisiones, y muy desordenada, pues de pronto todo lo mantenía fuera de su lugar. En parte era cierto, aunque también advertía que, con frecuencia, intentaba hacerla sentir inferior. Empezaba a odiarlo y autodiarse destructivamente. Debía huir antes de volverse loca. Lo intentó por todos los medios, pero Miguel la amenazó con la exhibición de los desnudos, con anunciar a la gente que aquella prestigiada bióloga era capaz de tales bajezas como las de la grabación. Circularían por Youtube y por todas las redes sociales. Sara llegó al colmo de la angustia. Quiso persuadirlo de mil maneras, apoderarse de las fotos, pero el poder de Miguel era ilimitado. No podía más...

Se sorprendía de no haber adivinado antes la verdadera naturaleza de Miguel. O si la había visto fue a través del oleaje tórrido de su pasión. El Miguel real siempre estuvo ahí y, a medida que los vapores arrulladores y excitantes se fueron disipando, esa realidad quedaba más a la vista, hasta abarcar la superficie. Algo en él provocaba a Sara vergüenza ajena: era autoritario y se dirigía a los demás con desplantes agrios de prepotencia. Sin embargo, era necesario hacérselo notar. Nadie le ha hecho ver sus errores, se decía ingenuamente, con amor podrá ir cambiando. El amor daba esperanzas a Sara, esperanzas que sabía, en el fondo, con pocas probabilidades de realización. Recurría al autoengaño, pues con ella no actuaba así; la hacía vibrar con las canciones que le componía y le cantaba, con los ramos de rosas que le obsequiaba, espontáneamente.

Miguel desdeñaba con ostentación todo lo que significara verdadera creatividad: el arte, la literatura, y la ciencia no le interesaban por carecer de un fin práctico, de algo que le sirviera materialmente para su bienestar personal. Llenaba su vida viendo películas de acción, de efectos especiales, componiendo cancioncillas de letra fácil y acordes obsoletos, y consintiendo a su coche de lujo con un mantenimiento esmerado y cuidados de hijo único. Era formalmente católico. Sara no lo reconocía en su puntualidad para asistir a misa y cuando, delante de una iglesia, se persignaba. Y de pronto se descubría sintiendo un rechazo episódico ante un ser tan elemental que, sin embargo, en raros momentos, se llenaba de una grandeza que no le pertenecía, que tomaba de la potencia de aquella unión y de la falsa e incomprensible creencia de su propia superioridad (un artilugio para compensar complejos de inferioridad inconscientes) Sara se llegó a sorprender de lo interesante que puede parecer un hombre mediocre que, no obstante, se siente por encima de los demás. Después las fotos, las clases de actuación...

Una felicidad sombría la ofuscaba. Algo nuevo, hermoso y maligno, nacía en su interior como un ente de invicta fuerza. Parecía otra, pero no, era ella misma en la máxima potencialidad de sus facultades. Sabía que desde ahora todo cambiaría, que su vida se adueñaría de un arcano revitalizador de sorpresas.

Tomó la carretera vieja a Cuernavaca. Pisaba el acelerador y casi sentía que la camioneta se deslizaba sola. ¡Al fin dueña de sí! Atrás el bulto saltaba. Cada golpe se hacía más enérgico, más violento, seco, acusador, recordando a Sara  la urgencia de librarse de aquella carga. Pues todavía tenía que terminar de limpiar terreno al regresar.

Empezaba a oscurecer. Lo mejor sería detenerse en una posada, descansar, comer, beber agua, y continuar ya entrada la noche. Pero no, si no desechaba rápido el bulto, en contacto con la gente su inconmovible energía la podía delatar en algún temblor, en cualquier tartamudeo o sonrojo. Después de tirar aquello jamás la traicionarían los nervios subyugados. No había hecho nada malo al librarse de esa forma de Miguel, ahora estaba convencida de eso. Sólo había salvado su honor y su prestigio, su dignidad como mujer y la vida misma. Estaba por completo despersonalizada por el maltrato sicológico,  en manos de un barbaján que había robado su vida, de un verdadero sicópata llegó a pensar. Se armó de valor, con mucho trabajo, para decidirse a agarrar el cuchillo mientras él dormía. Actuó como sonámbula, empujada por una fuerza superior.

Ahora su floreciente fuerza era un estímulo a seguir, sin detenerse, sin rumbo, hasta llegar a algún despeñadero donde el fardo pudiera volar sin testigos y reventar en los miasmas de su propia podredumbre.

Planeaba su nueva vida. Nunca más se sentiría atraída por un hombre con características semejantes a las de Miguel. No se dejaría llevar por su excesiva necesidad de amor y sus carencias, y para eso tendría que dedicarse a su plena realización como mujer y ser humano. Después de aquella mala experiencia sería más objetiva y reservada. Habría que conducirse con tiento, rastreando terreno antes de involucrarse sentimentalmente.

De pronto se empezó a poner nerviosa. La ocasión idónea no se presentaba y el poder deshacerse del bulto se le estaba complicando. El inmenso agotamiento estaba velado por la adrenalina que aún circulaba en su cuerpo. Respiró profundo para recuperar su aplomo. Tendría que esperar, estacionada en algún lugar, a que llegara la madrugada. Lo hizo y continuó el viaje a las 12 de la noche.

Serían la una de la mañana cuando a Sara la deslumbró una luz insoportable que le cayó encima como un sol atronador de cristales rotos. Después de oír las ambulancias no supo más.




El sueño profundo de Mireya


ALEJANDRO SE LAVABA LOS DIENTES después de un desayuno apresurado. Ya era tarde y le quedaba poco tiempo para llegar al trabajo. Se enjuagó muy bien la boca, con dos buches. Se rasuró y procedió a peinarse.

Mientras se peinaba la observó de reojo por el espejo: inmóvil sobre la cama, con el cabello negro alborotado y tapada a medias con el edredón. Una pierna al descubierto. No le veía el rostro, vuelto hacia el clóset.

Esperaba no verse en una situación muy incómoda al volver a casa. Era impensable el impacto que tendría al encontrarla, probablemente, en la misma posición: su hermosa pierna al descubierto, los ojos cerrados, la boca semiabierta, con la vitalidad menguante de quien ha llegado al clímax del agotamiento. 

Salió a la calle. El frescor de la mañana, los rostros que se cruzaban con él, las miradas fugaces, los murmullos, el rumor del tráfico, lo hicieron suspirar mientras sus nudos interiores se iban aflojando.

Mireya era muy cariñosa con él, pobre chica. Estaba ahí para complacerlo, no tenía a donde ir. Se le entregaba con devoción. Vivaracha y genial, cada día inventaba un platillo nuevo. Lo peinaba sin aviso, carcajeándose, divirtiéndose con los aspectos, de pronto cómicos, que el hombre iba adquiriendo con cada peinado. Le masajeaba el cuerpo. Realmente lo quería. No deseaba separarse de él. Y Alejandro de golpe se sorprendía aprovechándose de ese amor incondicional. Se volvía poco atento, desconsiderado. Un verdadero egoísta. No recuerda haberle preocupado su bienestar, hacerla sentir cómoda e importante. Y Mireya estaba tan agradecida con el refugio que Alejandro le ofreció en su casa, que nunca dio importancia a su frialdad y sus desatenciones, se conformaba con que se dejara mimar.

Varias jovencitas se cruzaron con él. Sus carcajadas límpidas y frescas lo llenaban todo. Al parecer platicaban de algún compañero de escuela, y del profesor de física. Mientras se alejaban sus voces se empezaron a diluir en el cuchillo helado de la mañana. Alejandro no sabía por qué las miró casi sin pestañear, atento a la bulla que desplegaban con entusiasmo, como si desease ser incluido dentro de ese mundo luminoso, escapar, huir, olvidarse de la atmósfera densa y gris que lo atrapaba.

En el trabajo todo seguía igual. Todos iban y venían, sin tregua. Las secretarias contestaban teléfonos y algunas apuntaban algo. La rubia teñida, con falda corta, como siempre, se sentaba delante de él cruzando unas piernas atléticas, mostrando casi los glúteos. Se adivinaba la suavidad de su piel. Alejandro estaba acostumbrado a sus coqueteos. Ni le molestaban ni lo emocionaban.

Al salir del trabajo hubiese deseado ir a cualquier lugar, menos a su casa. Pero no, tenía que regresar... Mientras más se acercaba su corazón parecía hincharse, golpeando con desesperación su pecho. Respiró profundo antes de dar vuelta a la llave. Abrió la puerta bruscamente y entró. Se sorprendió de encontrar un ambiente cálido. El sol entraba en cúmulo por la ventana y caía en la duela como un baño dorado. El olor de los tulipanes y las rosas llegaba en oleadas invisibles a través de las ventilas. No se atrevía a mirar de frente a su pareja, se esbozaba de reojo, como un sueño desdibujado. Se sorprendió a sí mismo conduciéndose cautelosamente, de puntitas, para no interrumpir el sueño de Mireya, de seguro quería descansar más.

Poco a poco fue deteniendo su vista en ella: el pie fuera del edredón, la pierna torneada, la melena negra revuelta, el cabello sedoso, la cara hacia el clóset, tal como la había dejado. Creyó advertir la incesante, aunque apenas perceptible, respiración de quien está entregado a un profundo sueño.

Se sentó en el borde de la cama y retiró el cabello del rostro ¡Bellísima! Como siempre, nada había cambiado. Mireya, Mireya, le susurró en el oído, pero Mireya no respondió. Dio unos golpecitos a la mejilla y procedió a acariciarle la frente y el cabello. ¡No, Mireya, no te puedes ir así, te debo mucho, por lo menos deja que corresponda un poco a todas tus atenciones y a tu amor! se sorprendió a sí mismo de sus palabras, atizado de golpe por la desesperación y los remordimientos. Le besó los labios, después de darse cuenta que había disminuido la intensidad de su habitual carmín. ¡Abre los ojos, Mireya! Lentamente hizo a un lado el edredón hasta que el cuerpo desnudo quedó al descubierto. ¡Dios, qué hermosa! Por primera vez Alejandro advertía la belleza de su amante. La apretó contra su cuerpo y se retiró levemente, para observarla. El golpe que te diste anoche resultó más grave de lo que pensé, Mireya, pero no me eches la culpa, fue un forcejeo como cualquiera de los que tenemos de vez en cuando. Debes aceptar que tú fuiste la que empezaste. Pisaste mal cuando te zarandeé por necia. Quien iba a imaginar que en la mera nuca te ibas a dar, sobre el filo de la cama. Sólo traías tu bata... No encontré la pijama... Pero, por lo visto no tuviste frío durante la noche. De pronto Alejandro aceptó que Mireya jamás le respondería. Como una ráfaga cruzaron por su mente el velorio, los preparativos del entierro, los gastos.

Levantó a su compañera de las axilas y la sentó, recargándola en la pared. ¡Oh Dios! Alejandro se excitaba, no lo podía evitar. ¡Mireya! Encendió el aparato de sonido y puso el disco de Enigma, el que Mireya solía poner en el preludio de la pasión. Los cantos gregorianos ascendían salpicados de sensualidad. Acarició los senos con ambas manos. Se desvistió. La empezó a besar con firmeza y suavidad a un tiempo. No descuidó ningún detalle, hasta penetrarla satisfactoriamente. Los acordes parecían susurrar alrededor de la pareja, mientras se aceleraba el ritmo de la respiración de Alejandro, hasta convertirse en jadeos verticales, rematando en un alarido de placer. Le había hecho el amor como nunca. No pensó más en el entierro, por lo menos en esos momentos. Cargó a su mujer para tomar una ducha juntos. La enjabonó toda, quería vestirla como toda una dama. La secó y la peinó. Tenía que atenderla, como ella lo había hecho con él. Le puso su mejor vestido y procedió a maquillarla.

La luna de miel se prolongó dos días más en los que Alejandro ni siquiera se acordó de ir a trabajar. Pero ya no era lo mismo, el cuerpo presentaba una rigidez difícil de manejar y un leve tufo a carne descompuesta se introducía por los rincones.

Se sentía parcialmente satisfecho. Había devuelto a Mireya el cariño y las atenciones que ella le había entregado. Ya era hora de arreglar los preparativos para lo inevitable y de ingeniárselas para evadir la autoridad.


jueves, 25 de agosto de 2016

Los amores de Nacho Camacho


LOS PENSAMIENTOS DE NACHO SE MEZCLAN CON EL SMOG que cachetea a la ciudad. Casi no puede caminar, rostros y más rostros se abalanzan contra él, vertiginosamente. Sin darse cuenta el malhumor se filtra en sus sentidos como una sustancia pegajosa y corrosiva que pide ser expulsada a la menor provocación. Lo empujan, casi lo atropella un coche(s): monstruos, máquinas nauseabundas, amenazadoras. Ya hasta olvidó hacia dónde va y a qué. Ah, sí, Susana, y es una asunto muy delicado, pero se lo tengo que decir, hoy mismo… ¡¿cómo empezaré!?... Oye Susana… en el café y… antes que le sirvan el pay, no, mejor no, se le va a amargar, mejor cuando se lo haya terminado. Y ya de una vez, no quiero seguir fingiendo. No ir a ninguna parte sin decírselo, pero, es muy doloroso. No me ha dado motivos para terminarla y cantárselo nomás así. Ni modo, no hay de otra… Martha dio un giro de noventa grados a mi vida y no hay vuelta de hoja. Se tropieza con la pierna de un mendigo sentado en el piso pidiendo limosna. Cae al suelo, sobre los perendengues de un mercachácharas furioso que lo insulta, le llama idiota, pendejo, fíjate por donde caminas, güey. Perdón, me empujaron, me tropecé, fue sin querer. Todos los comerciantes le gritan sandeces, groserías, pobre tonto, no sabe caminar. La gente mirando: ojos sorprendidos, risillas burlonas, miradas despectivas. Se aleja reventando de rabia e impotencia: ganas de matar. Si fuera judoca los hubiera puesto en su sitio, le pedirían perdón: bajos, vulgares, frustrados, montoneros. Está a punto de cruzar la calle, pero de pronto la muchedumbre lo derriba y pasa sobre él. Varias cruces rojas se adueñan de la avenida y la gente retrocedió empujada por los coches, para ceder el camino a las ambulancias. Nacho grita al sentir los pisotones por todo el cuerpo, nadie lo escucha, su grito se confunde con las sirenas.

Hasta que las ambulancias desaparecen y la gente se dispersa puede levantarse, trabajosamente. Siente como si acabara de salir de una pelea brutal de cantina. Entra en el metro con el cuerpo adolorido. Los baratijeros obstruyen los andenes y las personas tienen que caminar de puntitas para no pisar los dulces fayuca cachivaches al por mayor. Penetra en el vagón. Una mujer morena y gorda, sin maquillaje, destempla sus tímpanos con voy aguda: ¡Aproveche la oferta de chocolates, cacahuates y mazapanes, treees por diez pesos! Su mano quedó afuera. Cerraron la puerta antes de que pudiera meter su mano. La jala hacia adentro, le duele, se resigna. Ni modo, hasta la siguiente parada… De pronto no puede respirar. Es chaparrito. Cuatro grandulones y una mujer fornida lo apretujan, untando sudores. Le lastiman el brazo (con la mano afuera) Trata de meterla. Los hules se le pegan como resistol. En la siguiente parada se abren las puertas: Uf, al fin, pobre manita. Soba su muñeca. Sana sana, colita de rana. Hace movimientos de rotación. Entra un cantante, un ciego limosnero y más mercachácharas. Encienden su vocerío al unísono ¡Aproveche la oferta de plumas werever…! ¡Lleve ricas paletas de caramelo diez por veinte pesooos!... En el nombre de Dios señores, ayuden a este pobre ciego… Odiame siiin medida ni clemeencia. Odio quiero más que indiferencia… que tuvo la desgracia de perder la vista… El ciego extiende la mano hacia Nacho. Qué bien chingan. Se baja en la siguiente parada. Pobre Susana, pero ella debe comprender, esto ya no funciona. Ya no hay deseo, ni enamoramiento. Quizá un poco de cariño todavía, eso sí, pero… de hermanos, a poco no, se apagó el fuego. Y a ella como que no le importa, lo ve normal. Tal vez aún está enamorada… pero yo no. Prefiero terminar, de una vez… Ahora sólo Martha, Martha… Se recarga en un muro para sobarse las contusiones que aún mordisquean su piel. Con el ceño fruncido se dirige a los colectivos. Hay una fila de dos cuadras. Se forma. ¡Con  un demonio, qué larga está la cola!… ¿Para qué seguir con Susana? No tiene caso. Ya no la extraño, ni me emociono cuando la veo… ¡Carajo, esta fila no avanza!

--- ¿Me aparta un momento mi lugar? ---le dice a un joven que está antes que él… Voy a ver por qué no camina la cola.

Varias personas están sentadas en la banqueta, dormitando, otros de plano roncan acurrucados sobre sus petacas, bolsas o portafolios. Los demás comen tortas y sándwiches y beben refrescos.

--- Qué pasa ---pregunta Nacho, sorprendido--- ¿qué esta fila no es la de los microbuses?

---Sí ---le contesta una señora.

--- ¿Entonces?

--- Ay, pues… es que siempre es lo mismo. Al chofer no se le da la gana irse porque falta un pasajero. Nadie quiere sentarse en ese asiento tan incómodo. Por eso traemos nuestro lunch, por mientras… Mis hijos aprovechan para echarse un sueñito ---la señora señala a tres niños dormidos a sus pies…

--- ¡Son unos imbéciles, estúpidos, no tienen educación! ---grita un señor trajeado.

Pasa hora y media. Mientras las tortas hacen la digestión, y los que empiezan a despertar se despabilan, el malhumor y la insatisfacción se condensan a punto de erupcionar. Cólera reprimida, ganas de matar, histeria germinando. A pesar de haber suficientes colectivos el primero no puede irse.

--- ¡Una persona más! ---grita un jovencito hacia la fila de los formantes.

Nadie hace caso.

--- ¡No vamos a pagar para que nos lleven como becerros!

--- ¡Carajo, voy a llegar tardísimo! ---Nacho quiere golpear al primero que se le ponga enfrente.

--- ¡Ya vámonos, señor, recoge a la persona en el camino! ---una mujer se dirige al chofer.

--- ¿¡Qué!? ¿Usted va a pagar ese pasaje? ---el chofer gruñe, displicente, y sigue platicando con otros choferes, recargado en el cofre del microbús. De pronto unas orejas como de gatito brotan sobre las suyas. A medida que crecen, todos pueden observar que se trata de unas hermosas orejas asnales, sobre todo cuando la boca del hombre se abulta en un sensual hocico. La gente infla los ojos por la sorpresa, pero el chofer no lo advierte.

Nacho se aleja ¡carajo! Da una patada al vacío, masculla mentadas de madre. Trata de tomar un camión. Se tarda media hora y no puede subirse; de las ventanillas del autobús cuelgan traseros, piernas, brazos y casi cuerpos completos. Una mujer detiene a su hijito de las manos, afuera de la ventanilla, adentro no hay espacio y se puede sofocar. Todos los taxis transitan ocupados. Después de una hora Nacho logra subir a un camión, de palomita.

Por fin llega a casa de Susana. Ella denota aburrimiento, mal genio.

--- ¡Por qué te tardaste tanto! ---reclama sin mirarlo--- Quedaste de llegar a las 4 y ya son las 7, y tu celular apagado

--- Había mucho tráfico, no conseguía transporte… No me acordaba ---mira el bolsillo del pantalón, extrae el celular y lo enciende.

--- Mm, bueno ¿a dónde vamos?

--- Te invito un café.

De pronto Susana se fija en él.

--- Qué te pasó, estás todo moreteado.

--- Me caí de las escaleras por bajar corriendo.

--- Ah ---Susana levanta una ceja, con incredulidad, pero nada dice. Su atención se disuelve en el vacío.

Bajan los tres pisos. Se detienen junto a un Golf.

Abordan el auto. Nacho no deja que ella maneje y empuña el volante. El fastidio por la espera huye pronto de Susana. Coloca un CD de Madonna. Nacho la mira de reojo. Lo mejor será preparar terreno. Adopta una expresión distante, pero sin groserías, más bien una amabilidad fría para que a Susana no le caiga de sopetón.

Llegan al café Gino,s, aburridos por el tráfico. Está llenísimo. Tienen suerte, se desocupa una mesa. Se sientan y Susana enciende un cigarrillo, sonríe para sí misma, como pensando o acordándose de algo. Nacho la mira, está al tanto de ella. Susana pide una Sopa inglesa y un capuchino. El prefiere pay de queso y café americano. Cómo se lo suelto. Ojalá y me dé motivos. Pero Susana (sonriente) sigue fumando y le aprisiona un dedo, dulce y cachonda. Va a ser difícil decírselo.

--- ¿Qué hiciste ayer? ---pregunta a Susana.

--- Fui de compras al centro con mi mamá.

Les sirven el pedido y empiezan a degustar.

--- Me compré dos vestidos ---continúa Susana--- Están padrísimos. Cuando lleguemos a mi casa te los enseño.

Nacho sonríe, forzado. Ella dejó de aprisionar su mano y él se siente mejor, más libre. Susana, sonriente, lo mira de pronto a los ojos. Nacho desvía la vista, no puede sostenérsela. Nunca ha podido y menos ahora, se siente culpable.

--- Oye Nacho, quiero decirte algo.

Nacho entonces la observa, intrigado. Ella calla un momento. Sus ojos enfocan hacia el fondo y se detienen en un cuadro surrealista que destaca en la pared blanca, apaga el cigarrillo.

--- Desde hace algún tiempo quería decírtelo. ---prosigue Susana--- Pero no sabía cómo. Lo que quiero decirte es… es… que mejor seamos amigos ---Habla aprisa, para acabar pronto.

Nacho abre más los párpados, no sabe si escuchó bien.

--- Tú debes entenderlo, Nacho, lo nuestro hace tiempo se convirtió en pura costumbre. Y he estado viendo a otro y… bueno, debes comprender.

--- ¡Cómo! ---Nacho da un puñetazo en la mesa. Miradas sorprendidas de los comensales aledaños. Susana baja la vista, su sonrisa desapareció--- ¡Qué te pasa, cómo has podido salir con otro después de tanto tiempo de andar conmigo! ¿¡Cómo puedes tirar siete años a la basura así nomás!? ¡Quién es ese tipo!

--- Por favor Nacho, no te alteres.

--- ¿¡Qué no me altere!? ¿Te parece poco lo que me estás diciendo?

--- Pues es que… es natural. Lo nuestro hace mucho no funciona, pensé que lo sentías igual.

--- Pero es que no podemos terminar nomás así ¡Después de siete años! Yo te quiero, Susana, no puedes hacerme esto  ---Toma su mano, la besa. Ella lo rechaza.

--- No, Nacho, ya lo pensé bien. Ya no quiero andar contigo. No te amo, desde hace mucho.

Nacho mueve la cabeza y la deja caer en su puño sobre la mesa.

--- No Susana, tú no puedes hacerme esto. Todas las parejas tienen sus problemas. En toda relación hay altibajos, pero ese no es motivo para terminar. No voy a dejarte ir nomás así.

Susana lo observa apenada, compasiva. Le acaricia el hombro.

--- Lo siento, Nacho ---se endereza y se va.

Pasan cinco minutos. Sigue con la frente apoyada sobre el puño, diez minutos, con un esfuerzo descomunal reprime las lágrimas. La sopa inglesa de Susana está a la mitad, el capuchino se lo bebió de un jalón. Quince minutos y la mesera le da la cuenta.

¿Qué me pasa, no es lo que quería? Sí, por supuesto, pero con los papeles invertidos. Se siente humillado, derrotado. Quisiera correr tras Susana. Ahora que ella ¿lo abandonó? la desea, la añora. Empina el café con el pay, pero le saben a harina mojada. Paga la cuenta. La gente de las mesas de alrededor se fija en él. Nacho se va. Camina con las manos en los bolsillos, pensativo. Todo se salió de sus planes. Sigue el tránsito en su plenitud.

Está convencido que no tiene suerte en el amor. Miriam antes que Susana. Miriam lo deslumbró en la prepa ¡Qué belleza! Una mujer tan guapa jamás se fijaría en él. Varios chavos andaban tras ella, pero a la mera hora… ninguno se atrevía, temían el rechazo. Hay que tener mucha experiencia para soportarlo y hacerle frente. Nacho no la tenía. Aún no sabe cómo pudo hacerle un par de preguntas tímidas: que qué materia le gustaba más, que si quería salir con él a tomar un café… de pronto ella lo miró, observándolo. Él estaba nervioso, esperando, de improviso, un rotundo no. Bueno, sí, salgo contigo, le contestó Miriam afirmativamente y él no supo qué hacer. Jamás esperó que aceptara la invitación. Titubeante acudió a la cita y, de pronto, se hicieron novios. Él se esforzaba en agradarla, hasta el punto de perder su personalidad. Paseaba con ella orgulloso, hacía la presentación a cuanto conocido encontraba: Mi novia. Y se henchía de placer al advertir las miradas de envidia. Sin embargo… al conocer a Susana se enamoró de ella. Fue entonces cuando supo que lo de Miriam era pura vanidad. La obsesión por darle gusto en todo, por miedo al abandono, era muy desgastante. Todos la admiraban, pero nadie se atrevía a llevar una verdadera relación con ella, pues, se dio cuenta, la belleza y la fealdad convergen en el mismo cauce de aislamiento y desconfianza. Miriam era como una diosa, lejana e inaccesible; en cambio Susana era más real y palpable, más afín a él. Se sintió cómodo con ella desde el principio. Pero, después de siete años se había vuelto pura costumbre. Quizá les faltó creatividad para mantener fresca la relación, o tal vez Susana estaba evolucionando, pues le gustaba el conocimiento y la lectura, mientras que Nacho se dejaba llevar más por la zona de confort y, de esa manera, la afinidad entre ambos se había resquebrajando con el tiempo… Una chica trigueña atraviesa la bocacalle, corre porque casi la atropellan, varios autos dieron vuelta cuando a los de enfrente los detuvo el alto. Pasa junto a Nacho, lo mira: Ese chavo calvito se me hace conocido. No deja de mirarlo, directamente, trata de reconocerlo. Ya ligué; Nacho se infla como una abubilla, nota que aún tiene pegue. Hace mucho que nadie lo miraba con tanta insistencia. La cautivé, flechazo a primera vista. Algo le cosquillea en el abdomen. Intenta sonreír, sonrojado, pero el nerviosismo paraliza su sonrisa en una geometría desdibujada. Ah, no, no lo conozco, se parece al tonto de mi cuñado. La chica se sigue de largo sin modificar su andar ondulante. Nacho la persigue con los ojos. Qué tonto soy. Le hubiera dicho algo. Le gusté, se notó… y a lo menso deje escapar esta oportunidad. Sigue inmóvil, la mente en blanco por unos segundos. Todavía es tiempo, la sigue. Ella se detiene junto a un Volkswagen. Abre la portezuela y entra. Mira al conductor mientras le planta un beso prolongado. Nacho es de nuevo una estatua, observando la escena, desilusionado. El coche arranca y se aleja. Se entristece. Sigue caminando, con las manos en los bolsillos. Sí, era lo que quería, debería estar contento, sin embargo… Se le hubiera adelantado, pero no, ahora que Susana lo dejó siente que la extraña. Qué raro. Bueno, ya, que se vaya al carajo, a donde quería enviarla desde hace mucho. A las ocho y media… cita con Martha. Se recarga en un poste mientras piensa en ella. Lo tiene cautivado, hace años que no conocía una chica como Martha, tan dulcemente etérea, sí, porque ahora las mujeres son rete aventadas, ya me harté de ellas. En cambio Martha... Le recuerda a sus compañeras tímidas de la secundaria. Qué hermosa se ve cuando la tomo de la mano y se pone colorada, cuando le acaricio el cuello y se estremece, hasta tiembla, mientras me mira con sus lindos ojos verdes y húmedos como aceitunas, cuando se avergüenza que observe con detenimiento ese su fabuloso cuerpo de vedette virgen ¡Oh Martha, tú sí que me enloqueciste desde el principio! Por ti me chocó Susana, por ti este mundo gris y monótono tiene colores. Sigue caminando. El ruido citadino lo aturde ¿Qué hago por mientras? Si me voy orita llegaría muy temprano. Mejor caminando, diez minutos tarde. Así Martha estaría esperando ansiosa, creyendo ver, con pupilas palpitantes, la silueta de su galán en cada chico que se acerque al cine. Al fin aparecería él, la besaría, la invitaría al Cinépolis. Ya dentro la abrazaría mientras la sangre de ella empezaría a bombear violentamente. Después se irían al motel, pero no donde exhiben películas pornográficas y se iba con sus amiguitas reventadas, sino a uno decente, propio de su linda Marha, de tonos pastel. Ella se sentaría, asustada y nerviosa. Él deslizaría sus labios, ardientemente húmedos, sobre aquel cuello de princesa, la apretaría con suavidad, para relajar su cuerpo (el de ella) susurrando palabras cálidas y vibrantes. Ella se abandonaría a aquella seducción. Él bajaría poco a poco el cierre de su vestido mientras Martha, estremecida, cerraría los ojos. Le besaría la boca, el cuello… La haría gritar, disolverse en el placer, pues, por otro lado, él también estaría excitado hasta los cabellos ante esa inocente actitud y esa entrega total. Se sentiría un verdadero hombre. Un seductor y ya no un seducido como tantas veces ¡Oh Martha, qué fortuna conocerte!

Llega al Cinépolis quince minutos tarde. Entra por la derecha. Martha está mirando a la izquierda. 
Unos ojillos mortificados que se humedecen con cada latido. Nacho sonríe satisfecho. La abraza por atrás. Martha respinga por el susto y la sorpresa. Descansa.

--- Hasta que llegas, pensé que ya no venías ---lo mira con pupilas acuosas y enamoradas. Tiembla y se abraza a él. Nacho siente con placer la irradiación de aquel cuerpo frágil y vigoroso. Compra los boletos y entran al cine. Se sientan atrás. A los diez minutos Nacho acerca la cabeza de Martha hacia su hombro. Ella de pronto se tensa. La oscuridad protege el rubor de sus mejillas contra miradas, cierra los ojos. Nacho la abraza, acaricia devotamente su brazo. En la pantalla una pareja hace el amor. La punta de los dedos de Nacho roza un seno. Martha se estremece y Nacho rebosa satisfacción y seguridad: qué perspicacia la suya, conoce a Martha más que ella misma. Las mujeres han dejado de ser un misterio para él.

Salen del cine. Está dispuesto a ir al motel, pero Martha tiene hambre, quiere comer algo. Después de cenar en el Sanborns al fin se van. Ella está nerviosa, dubitativa.

--- No Nacho, mejor otro día, es que…

--- Para qué esperar más, ya no quiero esperar. Nos amamos ¿o no?

Martha no responde. Lo observa con una mezcla de sentimientos dispares y lo abraza. Ya no vuelven a hablar del asunto, sin embargo, Nacho advierte que ha aceptado. Toman un taxi para llegar más rápido. A Nacho casi se le revientan las venas de histeria cuando el ruletero le cobra quinientos pesos.

--- ¿¡Qué, quinientos pesos!? No traigo tanto dinero. Qué le pasa, ratero ---se apea rápidamente sujetando a Martha del brazo. Hurga su bolsillo, extrae un billete de veinte pesos, y lo avienta al chófer--- ¡Es lo único que traigo! ---corre con Martha de la mano.

--- ¡Hey, vengan acá, cabrones! ---el taxista los sigue, pero se le escabullen bajo las tinieblas.

--- ¡Ay, Nacho, qué atrevido!

Entran al motel. La ira de Nacho se derrite cuando contempla a Martha.

--- No te asustes, ese güey nos perdió de vista.

Piden un cuarto a una mujer morena, caderona, algo renca. Sin molestarse en mirarlos la señora saca una llave con una tablita que indica el número 10. Masca un chicle acompasadamente, desdeñosa. De pronto, sin disimulo, echa una mirada burlona a Martha. Martha se siente desnuda ante esa mujer. Pulga a punto de ser pisada, cara encendida, pómulos calientes. Las apariencias la colocan muy por debajo de sí misma. Se siente en desventaja con respecto a la coja, una situación bochornosamente necesaria de su vida. La incomodidad la atrapa por unos minutos. La señora los conduce al zaguán del fondo. Camacho paga y la coja se aleja sin hablar.

Nacho observa el rostro asustado y a la defensiva de Martha. Le besa suavemente el oído mientras sus manos auscultan aquella piel de nieve tibia, undívaga, palpitante. Trata de relajarla, para que se deje llevar por las sensaciones y se entregue a él sin reservas. Te amo, le susurra, y la respiración de Martha se agita hasta sentir que una hoguera se enciende en su vientre. De pronto cae sobre Nacho como un alud de margaritas salvajes. La epidermis de Nacho parece corcho pulido, olorosa a maderas tropicales. Martha aprieta, encaja uñas, muerde… el deseo y el amor explotando, reprimido tanto tiempo. Nacho está desconcertado. Me engañó. Me hizo creer que era una palomita inexperta… Oh mi amor, nunca me había pasado esto. Me hiciste sentir como jamás me había sentido, piensa Martha, y siente que flota en nubes ardientes. Está sorprendida de sí misma. Nunca imaginó llegar a ese punto. No sospechó que el amor fuera capaz de realizar tales milagros. Y todo gracias a Nacho. Él le inspiró lo que nadie y ella, tan pasiva, se convirtió en leona en celo. Lo abraza, está feliz, pero… Nacho, enojado, la mira detenidamente, como a una extraña. Ella palidece.

--- ¿Qué te pasa, no te gustó? ---pregunta mortificada.

Nacho no contesta, no sabe qué decir. Sus ojos son los de un desconocido. Está incómodo. La impotencia lo aprisionó por unos minutos y Martha se dio cuenta. Pero ¿si supiera que para ella eso fue lo de menos? Martha cree que su corazón se pulveriza mientras él sigue observándola con pupilas endurecidas y desconfiadas. Es una piruja, se portó como vil piruja. Más experta que todas mis amigas reventadas. A Martha se le tapizan los ojos de lágrimas. Siente la lejanía de Nacho. No puede ser, es la primera vez que estoy feliz con un hombre, que me hacen sentir mujer. Empieza a sentir culpabilidad, como si fuera prostituta. Baja los ojos. Nunca debió dejarse llevar por el amor y el deseo. Se visten sin hablar.


II

Nacho decidió hacer un viaje, está confundido y la confusión lo perturba. Después de sentir que todo lo conocía se da cuenta que nada sabe. Las cosas han resultado contrarias a lo previsto: Susana, Miriam, Martha… lo mejor y más sano será no adelantar el porvenir imaginándolo anticipadamente. Que salga lo que salga, total, para lo corta que es la vida.

Una gringa rubia, con bikini, pasa junto a él. Las meditaciones de Nacho se desintegran posándose en aquellos pechos frutales ¡guau! La chica sigue caminando, nalguita parada y ondulante.

La espuma enreda sus burbujas de cristal en los pies de Nacho, y desaparece bajo la arena. El sol ya no pega tan fuerte ¿serán como las cuatro? Más o menos ¡carajo! Qué solo me siento. Más mujeres transitan a su lado, todas gringas y la mayoría guapas. Las palabras inglesas se desbordan circulares, círculos de todos tamaños que se alargan hasta romperse. Se desespera. Qué frustración no saber hablar ese pinche idioma. No puedo ligarme ni una de esas gabachitas.

El sol ya toca el mar y expande su luz en tonos rojizos y ámbar. La gente parece flotar, asimilada a la naturaleza marítima. Nacho se sienta en la resaca y disfruta los lengüetazos frescos de las olas, humedeciendo su piel. Absorbe la brisa con toda la potencia de sus pulmones y deja escapar el aire poco a poco, con ojos cerrados. En la última expiración los abre y queda paralizado y sin aliento. Otra chica rubia pasa junto a él. Lo mira con la intensidad de un rayo láser. Sin proponérselo Nacho la sigue con los ojos, como si fueran arrastrados por un imán. Qué suerte, la joven se detiene a unos pasos de él, y se sienta sobre la arena. Su cabellera rubia ondea al viento y juguetea sobre su rostro. Observa a Nacho con una expresión indefinida que no llega a ser de coquetería, pero menos de indiferencia. Una lejanía presente envuelve a Nacho en su aura mágica, como si la chica se encontrara en otro mundo y en otra dimensión y, de pronto, notara la presencia de Nacho. Pero ¿por qué Nacho se sintió de golpe envuelto en ese torbellino de placeres sublimados si ni siguiera la ha visto con detalle, si no se ha fijado bien si es bonita o no? Sea lo que sea no importa. Él sintió esa atracción irresistible y extraña que trasciende lo físico y se experimenta en raras ocasiones, y es lo único que importa. Sin embargo, la joven es muy bonita. Qué piernas, qué cintura… Su piel brilla, de seguro por el aceite bronceador. Con un demonio, y ora… cómo me le acerco, qué le digo si no hablo inglés. Ella le sonríe, Nacho se levanta y se deja empujar por una fuerza visceral que lo domina. La frase en inglés fluye de sus labios con naturalidad.

---- How are you?

La chica ríe.

---- Where do you live now?

La joven ríe con más fuerza.

----My name is Nacho ---le extiende la mano--- and what is of yours?

La chica sigue riéndose.

---- No me hables en inglés, tonto, soy mexicana.

Nacho se apena, pero le da gusto.

---- ¿Eres mexicana? Qué bueno, uff. ---también ríe y se sienta a su lado.

A Nacho le da la sensación que el pedazo de arena bajo sus cuerpos se convierte en una alfombra mágica que empieza a flotar y a remontarse por encima de todo.

---- ¿Llevas mucho tiempo aquí? ---La joven pregunta, ahora sí con expresión de coquetería. Extrae un cigarrillo y lo enciende.

Las bocanadas de humo se desintegran en la brisa.

---- ¿Vienes sola?

----Sí, bueno no, ahorita estoy sola, pero en dos días llegan mis primos.

---- Ah ---Nacho la mira y siente algo extraño. Y aún más extraño de sentir eso por una desconocida. 
Una atracción que va más allá de lo tangible, más que un simple gusto, una poderosa identificación del alma y los sentidos.

---- ¿Quieres nadar? ---pregunta Nacho, observando la potencia sísmica del mar azul turquesa que amenaza con sus feroces mandíbulas de pronto vueltas espuma.

---- No puedo nadar, no tengo dónde dejar esto ---y muestra un morralito de gamuza.

---- Por qué ¿qué es?

---- Algo muy valioso que no puedo dejar en ningún lado porque se lo robarían. Pero… tal vez tú… ---mira a Nacho a los ojos.

---- ¿Quieres que te lo cuide mientras nadas?

---- No, mientras voy a arreglar un asunto ---señala con la barbilla hacia la dirección donde tiene que ir.

---- Oye, pero yo quería que nadáramos juntos.

---- Tal vez, espérame un rato. ---le entrega el morralito y se aleja.

Nacho se retira de la marea y extiende una toalla sobre la arena seca. Se unta aceite bronceador y se acuesta a tomar un poco de sol que aún asoma tibiamente en lontananza. Observa el morralito con ojos lánguidos. Lo aprieta entre sus manos, siente algo cuadrado y duro, y cierra los ojos. Piensa en la chica y… otra vez adelantando acontecimientos, imaginando el porvenir. Qué delicia sentir esas piernas de durazno entre las suyas, ese vientre liso y cálido, esa boca que parece besar y prometer paraísos mientras habla. Ojalá y no se tarde. Pasan cinco minutos, diez. Nacho se incorpora y se vuelve hacia el lugar donde ella desapareció. Nada ¿dónde andará? Quizá llegue por otro lado. Observa hacia todas partes, ni rastro de la joven. Hey, el morral pesa bastante ¿qué tendrá? Está lleno de nudos que Nacho deshace con rapidez de pronto aguijoneado por la curiosidad. Es un cofrecillo. El desconcierto engurruña sus facciones. De improviso se siente en otra época e imagina un barco de corsarios a la vista, extrayendo tesoros y cofres de pedrería. Lo más insólito es que la pequeña arca parece de oro ¿qué será? De seguro necesita llave, pero no, la abre con facilidad y se desbordan innumerables huevecillos, de todos tamaños y colores: jades, oro, plata, turquesas, brillantes… por todos lados. No es posible. Nacho recorre nuevamente la mirada por todas partes, ahora con el sentimiento contrario. Pero ¿por qué confiaría en él? Y si se fuera, si escapara. Sería rico y podría realizar todos sus planes, tendría lo que siempre ha soñado: viajes, ropa, diversiones, casas, coches… Las manos le sudan. Sólo sería cuestión de decidirlo y… Ella no podría encontrarlo, no sabe donde vive. Vuelve a observar su entorno: nada de la joven. Con ese tesoro se podrían solucionar sus problemas económicos y ya no tendría que trabajar. Pero ¿serán auténticos? No cabía duda. Desde chico le enseñaron a distinguir las piedras verdaderas de las artificiales. Su abuelo coleccionaba anillos de pedrería y los falsificaba para venderlos. Y lo que ahora tenía en las manos… A todos estos pensamientos se interponen las piernas de durazno, la mirada dulcemente agresiva, la boca sensual. Tiene años que no siento algo así por alguien, mejor la espero. El enamoramiento empieza a palpitar con la energía de un potro salvaje. Observa el cofrecillo, podría tener las mujeres que quisiera, conocería el mundo… Se dedicaría a disfrutar la vida. Total, sienta lo que sienta por ella nada dura, todo acaba tarde o temprano.

De improviso los huevitos empiezan a crecer, ya no caben en el cofre y se desbordan, siguen creciendo. Nacho se asusta. Adquieren una consistencia etérea y flotan, siempre creciendo. Trata de atraparlos, pero se le escapan igual que pompas de jabón. El firmamento se tapiza de huevecillos que brillan como soles de diversos colores. Siguen subiendo, se empiezan a ver chiquitos, hasta que se los traga la lejanía. La gente observa con estupefacción mientras una mano firme y tibia se posa con suavidad en su hombro, como una gaviota.

---- Ya regresé.


sábado, 9 de julio de 2016

Tres cuentos



La pérdida

CUANDO ME DESVESTÍ para bañarme, no lo podía creer. Algo me faltaba y mis nervios se tensaron en notas de confusión. De momento no supe de qué se trataba, pero tenía que averiguarlo cuanto antes. Llena de ansiedad comencé a recorrer las partes de mi cuerpo: cinco dedos en cada mano y en cada pie, ojos, nariz, piernas, brazos. Me miré en el espejo: senos, pubis, todo en su lugar. Sin embargo, aún la sensación de pérdida me agobiaba.
     Entonces me fijé con más detalle, repasando meticulosamente cada centímetro de mi piel y... por fin lo descubrí. Mi vientre estaba más liso que de costumbre. El hoyito reluciente y coqueto se había borrado sin dejar huella. ¿¡Qué pasaría con mi ombligo!? exclamé con trabajo, a media voz. ¡Mi ombligo! ¡Mi ombligo! ¡No puede ser! ¿cómo voy a vivir así?
     Perdí el hambre, el sueño huyó de mi almohada. Mi querido ombligo había desaparecido lo cual significaba un insalvable problema, pues llevaba dos meses trabajando como bailarina en un centro nocturno y, por supuesto, la danza del vientre era la principal atracción ¡Qué iba a ser!
     No quise hablar del asunto con nadie. En el trabajo me reporté enferma de neumonía y conseguí, con escabrosas artimañas, una receta médica que una amiga doctora, a la cual no veía hace tiempo, después de pensarlo mucho me entregó con algo de extrañeza y mucha desconfianza.
      Era desesperante, pero mi ombligo no debía andar lejos, de seguro en algún rincón de mi propia casa. Busqué afanosamente, en los huequitos más recónditos, en los cajones más inaccesibles, en los resquicios olvidados, hasta que perdí la fe.
     Sólo faltaban diez días para que se venciera la incapacidad. Pronto debía idear algo y lo mejor que pensé fue pintarme uno, lo más parecido que se pudiera al original. Necesitaba un modelo y ahí empezó el obstáculo. Soslayando las miradas burlonas y llenas de sospechas de la voceadora, las cuales me colocaron por un instante en el centro de una desamparada intemporalidad que le brindaron la satisfacción de instalarse, un par de segundos, por encima de mí, compré varias revistas Play boy, y una Play girl, pero me decepcioné al comprobar que en todas ellas los ombligos eran lo que menos se destaca. No tenía otro remedio que realizar un viaje relámpago a la playa y, sin titubear, me fui a Acapulco en el primer vuelo que conseguí.
     Muchos ombligos pasaban a mi lado, pero tan fugaces que no alcanzaba a captar alguno con detalle. Hasta que vislumbré a un grupo de muchachas que tomaban el sol con ese abandono hedonista, propio de la ficticia despreocupación que otorga el contacto con el mar, donde el tiempo parece suspendido en un suave viento que descansa apaciblemente sobre las olas. Me acerqué con la mayor naturalidad posible y me tendí muy cerca de ellas, aparentando incontenibles deseos de que la mano del sol acariciara sin prisa los contornos de mi piel y, con el mayor disimulo, observé los ombligos mientras mi mano se deslizaba con suavidad sobre un trozo de cartulina. Por desgracia, no pude ponerme el bikini. Traía un traje de baño completo, algo incómodo.
     Hice varios bocetos y después escogí el mejor que perfeccioné con esa habilidad innata que desde niña mis padres me habían descubierto para el dibujo y que, por desgracia, por falta de voluntad y disciplina, nunca llegué a desarrollar.
     Regresé de inmediato a la ciudad. No me fue difícil trasladar la figura a mi abdomen, pero... se veía tan artificial. Sin embargo, desde una distancia prudente nadie notaría la farsa, pues en lo que la gente menos se fija es precisamente en el ombligo. Todos los días tendría que retocarlo con tinta indeleble.
     Me presenté a trabajar y, en apariencia, todo transcurrió dentro de los parámetros normales, hasta que un día advertí que Gladis, una de mis compañeras más punzantes y destructivas, poseedora de una implacable e insaciable envidia y un velado complejo de inferioridad que sin excepciones inyectaba su ponzoña al menor estímulo, se fijaba en mi vientre con insistencia. Yo me hacía la desentendida y empezaba a moverme con cualquier pretexto, para no darle ocasión de comprobar su sospecha, pero no podía estarme cuidando de ella en cada minuto y, de pronto, se desató el rumor: mi ombligo era postizo.      Todas las chicas me empezaron a mirar con mezcla de burla y desconfianza. Perdí la tranquilidad y lo incómodo de mi situación alentaba síntomas de abatimiento.
     No podía estar a gusto y me volví insegura. Sudaba en los momentos pre escénicos cuando las bailarinas esperábamos nuestro turno en los pasillos. Me tapaba el ombligo con cualquier excusa y no puedo explicar mi desolación, mi vergüenza, cuando mis compañeras me sujetaron, entre todas, cerca del camerino, y me metieron a empujones para observar de cerca mi vientre que ya me resultó imposible esconder.
     Gladis blandió una lámpara de mano que traía lista para sus malintencionados propósitos. Me vaciaron aceite de bebé, alcohol, hasta que mi ombligo se borró ante sus ojos primero atónitos y después sarcásticos. Me defendí alegando justificadamente que los senos de Olivia eran de silicón, las nalgas de Patricia y Emma viles y vulgares implantes, y que Gladis estaba reconstruida por completo y junto a tales horrores el pobre dibujo sobre mi cintura resultaba trivial. No se dieron por aludidas, como si sus postizas modificaciones corporales estuviesen dentro de lo normal, y mi carencia de ombligo fuera algo infrahumano.
     Me deprimí tanto que otra vez tuve que reportarme enferma, pues un llanto convulsivo me apresó por siete días y siete noches, después de los cuales me sentí recuperada y aquella pérdida empezaba a perder importancia.
     Abandoné ese trabajo, ahora me daba cuenta que no me satisfacía, y decidí buscar un empleo más acorde con mi personalidad. Un día mi hermana me telefoneó; el sábado por la tarde habría reunión familiar y mi asistencia era importante. Fue un descanso reunirme con los que en verdad quiero y olvidarme de aquella mala experiencia que desde entonces ya no quise recordar.
     Al principio éramos una mezcla confusa que, sin distinción, intercambiaba impresiones y comentarios. Después de un par de horas, los grupos se disociaron conforme a intereses propios de cada sexo y edad. Las mujeres hablábamos de alimentación, cocina, hombres. Ellos chanceaban y bebían cervezas en el jardín, y los niños jugaban a las canicas.
     Cuando salí por una cerveza observé a los niños. Echaban las bolitas en un hoyito bien hecho sobre un trozo de tierra despejada de césped. Los contemplé por un rato, tomando mi cerveza, mientras ese hoyito se me iba haciendo cada vez más familiar. Sí, ese agujerito era mi ombligo, ¡mi ombligo! ¿Qué estaba haciendo ahí? Lo reclamé ante el azoro de todos, recriminando a mi sobrino Pepe, con verdadera alteración, que lo hubiera tomado sin mi permiso; pues de pronto recordé que él y su mamá me habían visitado la víspera de su desaparición. Me lo encontré en el baño, tía, me contestó mortificado y resentido, me pareció perfecto para jugar a las canicas. Nunca imaginé que... No le permití concluir.       Recogí mi ombligo, lo eché a la bolsa, y me despedí de todos cuya expresión había virado hacia signos inequívocos de incredulidad y sorpresa.
     Una tía me acompañó a la puerta. Celebraba mi sentido del humor. Abordé mi auto y, antes de arrancar, salió mi parentela para desearme buena suerte.


Mi corazón

A MI PRIMER NOVIO LE ENTREGUÉ MI CORAZÓN, limpio, deslumbrante como un estero de luz. Él lo aceptó contentísimo. La emoción pintó en su rostro brochazos destellantes de vitalidad. Lo tomó con delicadeza y lo guardó en un estuche de terciopelo. Y, aunque ya sin corazón, me sentía muy contenta de que Hildebrando lo tuviera en su casa, cuidándolo como un tesoro, hasta el punto de que, en ocasiones, me costaba mucho trabajo localizarlo porque siempre estaba embebido en su contemplación.
     Después de un mes ya me había arrepentido de habérselo dado. Me puse muy celosa porque le gustaba estar más con mi corazón que conmigo. Y fue tanto su amor por él, que se puso demacrado y flaco pues no comía ni dormía por estar a su lado. Un día su mamá descubrió el estuche y me habló por teléfono para que fuera por él. Y, aunque perdí a Hildebrando, me sentí mucho mejor de haber recuperado mi corazón.
     Un buen tiempo duró en su sitio, desbocándose en sus latidos que mis emociones y sentimientos le provocaban, estremeciéndose ante las penalidades y desencantos de la vida, hasta que conocí a Teadoro y me deslumbró su andar principesco cuando atravesaba las calles. Quise dárselo, pero recordé lo perdida que me sentí cuando Hildebrando lo tuvo. Es mejor conservar los cinco sentidos que da el corazón en su sitio, pensé. Pero ese caminar de Teadoro me cautivaba tanto que, por fin, se lo entregué.
     Teadoro no era amoroso como Hildebrando y tenía una sensibilidad tan infantil que le gustaba jugar con todo lo que caía en sus manos. No respetaba nada ni a nadie, y al poco tiempo mi pobre corazón estaba tan estropeado que no lo reconocí. Teadoro exhibía su destreza malabar con él y, como decía que era muy blandito, varias veces sirvió de almohada a sus sueños fatuos de fama y posesiones materiales. Está de más decir lo que yo sufría. Temí que cuando todo terminara con Teadoro me quedaría sin corazón. Se lo pedí antes que sucediera esa inminente catástrofe, lloré, supliqué hasta la desesperación que no lo hiriera y maltratase más, que me lo regresara aunque estuviese deteriorado. Pero él se envanecía cada vez más ante mis vehementes peticiones. Y en el extremo de su sadismo, casi lo destroza delante de mí. Estuvo a punto de desangrarlo cuando se lo arrebaté y me fui corriendo. Corrí hasta más no poder, llorando con mi corazón medio desecho entre las manos.
     Llegué a mi casa, le di una friega de alcohol y con merthiolate y pomadas se fue recuperando. A los seis meses ya había sanado, aunque las cicatrices parecían gusanillos inmóviles. Desde esa vez decidí nunca más entregarlo a nadie, por lo menos no sin saber que lo cuidarían como al suyo propio. Además pensé que era más sano para él repartirse entre varios.
     Después de dos años, al recuperarse por completo, lo puse sobre una tabla y comencé una tarea delicadísima. Corté varios pedacitos de amor palpitante y los repartí, en tamaños desiguales, entre mi familia, un gato, un perro, y un niño desnutrido y harapiento que pasaba todos los días por mi casa cantando y dando vueltas de carro mientras comía hojas y flores para olvidar la tortura de su hambre. Al principio los recibieron con mucho gusto, pero después de un tiempo mi papá lo descuidó y el trocito de mi corazón se quemó en la parrilla. Mi mamá se confundió y se lo dio al gato después de haberse trincado él el suyo. Mis hermanos lo dejaron expuesto al sol y rápidamente se secó. El perro olvidó donde lo había enterrado, y al niño anémico le sirvió de comida durante dos días. Y yo me sentí más infeliz que nunca. Robotizada anduve por las calles terrosas y humeantes de la ciudad. Desolada, deprimida y sin esperanzas hasta que mis pasos se detuvieron con brusquedad al descubrir un letrero en una esquina: Hacemos corazones a su medida y al ritmo de su temperamento. Entré emocionada a aquella tienda. Hablé cinco minutos con el sicólogo y fueron suficientes para que él supiera las medidas exactas de mi nuevo corazón. Me dijeron que pasara por él en dos semanas.
     Y ahora, después de traer uno postizo, me doy cuenta que me queda chico y es mucho más duro que el original. Pero ya no quiero seguir buscando, más vale uno defectuoso que nada. Y además, así duro me sirve mejor. No se sale fácilmente de su sitio.


Perla

NO FUI FELIZ JUNTO A MI HERMANA. Nunca me acostumbré a que las atenciones fueran sólo para ella. Mis papás y toda la familia siempre la acariciaban y le daban regalos y a mí a veces ni me veían. Y yo me quedaba con los brazos cruzados, reventando de coraje al convencerme que no habría algún regalo para mí. Sólo de vez en cuando se acordaban de mi existencia y me compraban algo, pero casi nunca. Por eso me volví muy arisca y repleta de odio y envidia, como dijo mi mamá la otra vez. Lo cierto es que yo sufría un montón, tanto, que llegué a pensar en la mejor forma de desaparecer de este planeta. Bueno, pero eso ya fue hace mucho, porque ahora ya no importa, ya nada importa...
     Perla y yo nacimos el mismo día y de la misma panza de mi mamá. La gente no podía creer que fuéramos hermanas y además cuatas, pues decían que ella era tan preciosa como una perla y que a mí no me debieron haber puesto Rosa, porque no tenía nada de rosa, sino Pancha o Soledad. Eso le oí comentar a la vecina. Y lo peor del asunto era que, cuando mi hermana y yo salíamos a la calle, ella siempre llamaba la atención con sus cachetes rosados, con sus ojos así de grandotes como aceitunas frescas, y el cabello rojizo que le caía en bucles hasta el hombro. Los niños se le quedaban mirando como tontos, hasta Carlitos que era la atracción del barrio… cómo me gustaba Carlitos. Su sonrisa ladeada, como acordándose de sus travesuras. Su ceja levantada y los ojos risueños. Parecía que estaba muy contento con su persona. Su cabello lacio era una luna negra de otoño. Pero nunca me miraba.
Siempre lo mismo, siempre, desde la mañana hasta la noche, todos los días, la atracción era Perla. Y cada vez me daban más ganas de desbaratar con las uñas esa cara blanca y hermosa, pero estúpida. Sí, porque en inteligencia no, no era la gran cosa, en inteligencia yo era la mera mera. Rápido aprendí a robarme los dulces de la tienda y les ganaba en los juegos a mis amigas. En la escuela todo me lo sabía. Tenía unas ideas tan geniales que mucha gente decía que a mí me tocó la materia gris y a mi hermana la belleza, pero, por lo visto, esto era lo que más les gustaba porque siguieron admirándola nomás a ella. Y yo me sentía igual que chinche, como si no valiera nada. Ya ni mi talento tuvo valor al lado de la hermosura de mi hermana. Y pues, aunque la odiaba, empecé a acostumbrarme a mi suerte y a tratar de aceptarme así como soy, una niña fea y, según mis papás, llena de rencor y envidia.
     Pero sucedió lo que siempre temí, llegó la fecha de nuestros quince años. Por nada del mundo hubiera querido que se hiciera una fiesta con baile y toda la cosa, y está de más decir por qué no quería eso. Desde aquel día tuve ganas de matarla. Cada vez que me acordaba de la fiesta y de la gente amontonada alrededor de Perla felicitándola, de Carlitos y los muchachos peleandose por bailar con ella y yo, sentada en un rincón, como si no existiera, sintiendo que mi corazón se despellejaba poco a poco, y que algo me ardía por dentro igual que si hubiera tragado ácido, me daban unas ganas locas de ahorcarla. Sobre todo cuando Carlitos y ella se quedaron juntos, hasta el final, contemplándose con ojos brillantes, como si el mundo se hubiera derretido. Y Perla agitando los bucles y contoneándose con modales empalagosos de estrella de cine. A partir de ese día me puse a pensar en la mejor manera de deshacerme de ella. Ideé muchas formas, pero en todas había peligro de que me descubrieran, si no desde el principio, al investigar acabarían por saber que yo era la asesina, aunque, la verdad, no me importaba, ya ni eso me importaba. Y la hubiera matado con un fierrazo en la nuca si Marcela, mi única amiga, no me hubiera platicado de la bruja de la vecindad de enfrente. Me dijo que esa hechicera me podría solucionar el problema, que fuera con ella. Y así lo hice, rápido fui con la bruja esa. Al contarle lo que sucedía y mis propósitos, luego luego sacó de una caja vieja unos polvitos verdes. Me dijo que los espolvoreara tantito una vez al día en la comida de Perla y que todo se iba a arreglar.
     Ese mismo día empecé con la receta. Eché de los polvitos a su consomé, pero pasó una semana y yo no veía nada raro en mi hermana, hasta llegué a pensar que la dizque bruja esa era una charlatana, una estafadora.
     Después de dos semanas noté que Perla, siempre más alta que yo, me llegaba a las cejas. Lo primerito que pensé fue que yo había crecido, pero no, me medí y seguía igual. Me dije que a lo mejor era el efecto de los polvos.
     Al mes mis papás se dieron cuenta que mi hermana se estaba achicando y se la llevaron asustados al doctor, a muchos doctores. Le recetaron muchísimas medicinas. Le hicieron análisis y nada, Perla seguía achaparrándose. A los cuatro meses ya me llegaba a la cintura y mis papás lloraban y lloraban. A mí no me daba tristeza, pues que me había de dar tristeza si ni me querían.
     Y las lágrimas que derramaban los ojotes aterrorizados de Perla, como lluvia picante sobre su cara, eran lo mejor de la película, sólo que, mientras más chiquita se hacía, esa cochina hermosura se hinchaba más.
     A los dos años ya me llegaba a los talones y, aún así, las atenciones seguían siendo para ella. Mi mamá le mandó a hacer unos vestiditos y unos huaraches como para un ratón. A veces yo me burlaba, pero la burla se me atragantaba al darme cuenta que, aunque del tamaño de un conejito, su ropa era mucho más bonita que la mía. También le compró unos trastecitos de juguete donde le servía a Perla, siempre a su gusto. Y esa belleza continuaba allí, insultándome a diario, restregándose en mi cara como zacate enchilado.
     Ahora tengo que limpiar bien esta cochina sangre de mi zapato, para que cuando mis papás lleguen, crean que la perla se perdió. 



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