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miércoles, 5 de septiembre de 2018

Entre la sombra



ERA INÚTIL, ESE VACÍO CONTINUABA ALLÍ; había agotado recursos a su alcance junto con su amiga Alicia: teatro, cine, libros, fiestas... ni los cuadros que tan magistralmente comenzaba a pintar lograban llenarlo. ¿Sería la falta de amor? Luisa aseguraba que cuando lo encontrara ese vacío automáticamente empezaría a cerrarse. Deprimida, se mordía los labios. Tantos hombres intentaban traspasar la barrera de sólida transparencia, para lograr conmoverla un poco, interesarla siquiera mínimamente y rescatarla de su hermetismo, que se había obligado a interesarse por alguno de ellos. Las emociones requieren de alguna motivación externa, específica, al margen de la voluntad, y no podía obligarse a sentir algo que carecía del suficiente incentivo para hacerlo brotar de lo más hondo de sí. Tarde o temprano sus constantes pretendientes se sentían humillados y heridos, sobre todo Roberto que había sido el más tenaz de sus perseguidores, el único que no se desalentó por la indiferencia y el aparente rechazo. Luisa se fijó en él y aceptaba gustosa algunas citas. Quizá hasta llegó a sentir algo por Roberto, ahora no estaba segura. Tal vez un cariño pasajero, un amor tibio que no consiguió dejar huella y que abandonó sin miramientos.

Roberto no se resignó y continuó buscándola, cada vez con más evidentes muestras de resentimiento y despecho. A Luisa empezó a molestarle esa insistencia, aquella obstinada persecución que no cejaba ni con las humillaciones involuntarias que forzosamente debía extraer de ella. Una desconfianza aterradora se adhirió a su epidermis y su anterior sentimiento se trocó en recelo, en rechazo. Un miedo patológico hacia ese ser maligno que no sabía de amor propio ni de dignidad, y que continuaba persiguiéndola con sospechosas e incontrolables intenciones.

Sin embargo, de golpe, en el paroxismo de aquel escabroso malestar, él se retiró bruscamente de su vida. Al fin la tranquilidad regresaba a ella, era como renacer y recuperar la libertad después de un tiempo prolongado de prisión. No obstante, advirtió que aquel hueco sepultado transitoriamente, ignorado por la urgencia de avivar sus antenas defensivas para librarse de Roberto, de pronto resurgía; el siguiente paso sería colmar ese abismo de soledad. Se inscribió en clubes, iba a reuniones, coqueteaba con cuanto chico le resultaba agradable. Cálmate un poco, Luisa, los muchachos están captando tu necesidad desesperada de cariño y compañía y se asustan, le había dicho Alicia. Ella comprendió y cambió de actitud, pero aun así ningún hombre logró remover en algo sus hormonas, transportarla a aquella necesidad de fusión y plenitud que buscaba. Pobre Luisa, dijo Alicia, tu problema, creo, es que tienes grabado en la mente algún tipo de hombre ideal que no existe; es una ilusión pensar que hay alguien capaz de llenarnos por completo, siempre habrá huecos inllenables. Y Luisa llegó a envidiar a Alicia (que ni siquiera era bonita) la compenetración que había logrado con su pareja, ese sentirse bien con lo que tenía sin aspirar a más, esa armonía interior que parecía funcionar al margen de influencias externas.

Vista desde afuera Luisa era lo que se podría decir una chica con suerte. Los hombres la admiraban y hasta la asediaba. Como pintora comenzaba a destacar y a tener éxito. Poseía dinero, talento. Materialmente nunca le faltó nada, sin embargo...

PUEDO SENTIRLO A MI LADO. Ahora lo siento con más fuerza, antes era una sensación vaga, un aleteo de mariposa o un hálito indefinible de algún aroma desconocido. Como si empezara a delinearse ha dejado de ser fugaz y se vuelve indeleble, casi palpable. Algo en mi interior me dice que debo retener la emoción que me inspira para que con el paso del tiempo adquiera rostro, voz, se materialice. Aún no lo veo y su invisibilidad me atormenta. Tal vez deba alejarme del bullicio citadino, de la rutina, para que tome verdadera forma y venga hacia mí, no ya con un susurro indescifrable o un suspiro místico, sino plenamente, convertido de seguro en un hombre. Escapo de la ciudad, necesito su compañía, sentirlo tan cerca que casi sea un hecho palpar la textura de su piel, mirar el color de sus ojos...

Camino sobre la playa, el mar agita sus bramidos abismales. La frescura toca mi cara suavemente, me acaricia con sus dedos tersos que dejan susurros al oído. Su voz grave y sedosa intenta articular frases, pero se desintegran en la atmósfera. Y, cuando llego a mi hotel, de acabados rústicos, de madera y barro, percibo de pronto su presencia. Sé que está ahí, esperándome. Oigo sus pasos, su aliento tan cerca que un estremecimiento recorre mi piel como una ducha de agua electrizante y tibia. Me había dejado sola en la playa, se había adelantado, quizá quería prepararlo todo para que el encuentro fuese por fin nítido, palpable.
Sé que debo sentirlo intensamente para que su figura abstracta tome forma. Lo siento, lo estoy sintiendo con tanta fuerza que cierro los ojos y de golpe, empiezo a percibir su calor, unas manos aún etéreas me recorren. Le pongo un nombre y lo llamo: Alejandro. Las manos son cada vez más firmes. Su boca se adhiere a la mía. Sus labios carnosos, húmedos... De pronto mi cuerpo está desnudo, entregándose a una vertiginosidad delirante, a una epilepsia de placer indescriptible, como fundiéndose en el universo, poseyéndolo todo. La locura, el éxtasis... Alejandro, repito, y Alejandro me responde por mi nombre: Eres mía Luisa, eres mía, al fin, al fin... Grito. De improviso me entra la urgencia de mirarlo, de saber exactamente como es. En la semipenumbra sólo vislumbro su silueta firme de hombre joven, atisbo la brillantez de unos ojos gatunos, grandes, un eventual rayo de luna me permite advertir que son verdes, muy verdes. Pero sobre todo puedo sentirlo, hasta el fondo de mí. Su esencia logró trasminar mi piel hasta confundirse con la mía. ¡Alejandro! grito ¡Alejaaandro, no te vayas! Y su silueta se disuelve como el humo antes de que yo logre encender la luz ¡Alejaaandro, regresa! Pero... ahora, sólo la soledad, el silencio, el rumor de los animalillos nocturnos. Quizá fue un sueño, pero no, las huellas de sus caricias están impresas en mi piel.

LUISA EXPERIMENTÓ unos segundos de irrealidad, como si algún alucinógeno hubiera trasminado muellemente por su organismo. Se levantó con brusquedad de la cama, llamando a Alejandro con desesperación, como queriendo asir para siempre ese trozo de realidad imaginaria, y ahora desconcertante, que se le acababa de escapar. Por unos momentos pensó también en su amiga Alicia, que había aceptado gustosa acompañarla. De seguro estará cenando con su novio. No creo que se enojen por habérmeles escapado, pero el llamado de Alejandro...

Abrió la puerta, daba a una frondosa vegetación que en ese instante la luna hollaba con suavidad láctea. Aspiró el perfume de frescura vegetal que le llegaba en oleadas. Percibió el murmullo de la habitada naturaleza: cigarras, grillos... el destello fugaz y alado de las luciérnagas. Y la luna de pronto desbordándose con más efusividad, envolviendo la espesura con un tul lechoso y reverberantemente etéreo. ¡Alejaaandro! volvió a gritar, acezante, embriagada aún de irrealidad y una equívoca emoción, mezcla de dolor y asombro, éxtasis y desencanto.
De pronto ahí, entre la fronda, la sombra de Alejandro, escabulléndose como un fantasma. ¡Alejandro! Corrió tras él. Más adelante el crujido de la hierba pisoteada. Luisa lo seguía, desesperada, tras la alternancia de chasquido y sombra. No supo cuánto tiempo duró esta persecución, hasta que se sintió agotada y defraudada. Sin embargo, de improviso, la sombra se hizo un cuerpo. Por fin Luisa pudo contemplarlo a plenitud, al fin adquirió un rostro, una voz: Ahora sí nada te va a valer, Luisa, dijo, y se abalanzó sobre ella. Gritó desgarradoramente, forcejeó como leona rabiosa, con todas las fuerzas que disponía. Hasta que, derrotada, sucumbió, dominada por esa lascivia vengadora que de pronto sintió familiar. Los ojos verdes de Roberto poseían una nueva luz, desconocida, como si hubiera logrado algo tanto tiempo deseado. Casi la vencía cuando una renovada furia emergió de su interior: se defendió a mordiscos y rasguños, gritó con un grito terrible que parecía salir de otra boca, estremeciéndola.

Un hombre, emergido de aquella vegetación, cayó de golpe sobre Roberto. Se batieron enconadamente unos minutos que a Luisa parecieron interminables. De repente Roberto se ovilló llevándose las manos a la cara, herido. Una figura recia, unos ojos más verdes que los de Roberto, una boca carnosa y húmeda, llegaron hasta ella. Por fin sintió esa fuerza protectora y envolvente. Al fin ese hueco impenetrable empezaría a ser parte de su historia.

viernes, 6 de abril de 2018

Noches de cuchillos en Irak



El ciclón de fuego se desata,
las noches son de siglos.

Thor y los Titanes
pisan odaliscas

¿Dónde los históricos paisajes?
¿Dónde mis sueños de Bagdad?
¿Dónde los corceles negros
de príncipes gallardos?
¿Dónde Ur, la cuna del profeta Abraham?

Ahora sólo escombros.
Las viscosas furias rasgan sueños
y cavan las tumbas de los niños.

Las gorgonas se adueñan
de las calles.
Las flores se marchitan,
Las noches de cuchillos
caen sobre Bagdad.

Y aún dice el sionista:
Jehová, mi Dios, nos heredó
del Eufrates al Nilo.

Cuánto daño.
Cuánta miseria.
Cuánta crueldad en la locura
y la ignorancia.
Cuánta perversión enajenada.

Se cierne la noche
y los jardines colgantes
se hacen pira.

La mitología rige al mundo
con su sabia quimera
vuelta realidad absurda.

Lloro al ver el nene
para siempre inmóvil
en brazos de su madre muerta.

Cierro los ojos
ante el joven mutilado
en el horno oscuro de la sima.

Percibo el llanto de las madres
buscando a tientas,
desgarrando el cielo con su grito.

¿Dónde el código
de Hamurabi?
¿Dónde Babilonia
de ensueños, de palmeras?
¿Dónde el país de Scherezada
descubridora de minas de diamantes?
¿Dónde el árabe bizarro
galopando en los desiertos
con su varonil figura
y su rostro de gentil conquista?

Los sordos invasores arrasaron
con inteligentes bombas,
tan inteligentes como ellos.

El gringo y el sionista
llegan de la mano
con sofismas negros
y falacias de papel raído.

No más Coca Cola
en los hogares.
No más cultura chatarra
que envenena.
No más efectos especiales
en el cine.

La verdadera identidad humana
se hace trizas.

No más Bush fanfarroneando
con su cara de reptil primario.
No más la coalición
de orcos genocidas.

=========&=========

Los dragones enjoyados
cercan a camellos.
Los dragones tiene bombas racimos
que lanzan desde lejos.
Los masacran, buscan destruir su hogar.

Los dragones son cobardes,
tienen miedo de camellos.
Al mundo dicen:
El fuego del camello es peligroso
Habrá que destruir camellos
por su fuego.

Los dragones mandan a sicarios
a matarlos y a cortar pezuñas
antes de enfrentase cuerpo a cuerpo.

Los dragones lanzan lumbre
insistiendo que la lumbre
del camello
al mundo amaga.

Los camellos son valientes,
logran resistir hasta la muerte.

Los dragones enjoyados
no mencionan
que la perla negra
es su objetivo.
Hay que exterminar camellos
y robar su perla.

De Hebrón, Leviatán,
enorme hijito de dragones,
anticipa la victoria:
¡Casi está listo mi regalo!

Scherezada tiembla en su palacio.
Le cortaron las uñas,
el dragón llega a violarla.
El dragón no quiere ni un rasguño.

El dragón se enorgullece
de su “fuerza”.


========&========

Desiertos congelados.
Milenarias sombras.
Muñones pétreos, purulentos.

Una calma helada
en los corazones
late.
Humo en remolino
entre los brazos.

Levántate pueblo
si aún respiras.
Monta el lomo de la luna.
Que de nuevo vibre
tu inquietante fuerza.



Diciembre 2004


Sangre vencida




Miro pasar los hombres,
ídolos de agua.

En sus acuáticos músculos
te reflejas.
Sus miradas de fuego:
tus cenizas.

Palpo tu torso etéreo
epidérmica imagen,
rostro de arena derrumbado.

Ya no más confundirte
con las olas,
con el hiriente coral
de mano salada,
con la muralla en ruinas
que de ti me aísla.
Sazón en su punto
consumido.
Sangre vencida,
piedra sonora.

Sabes dónde,
entre licores y orquídeas,
mi invierno arde.

Sé donde encontrar
la eléctrica paz
de tus ojos
como gemas.

Pero me quedo quieta,
con esta quietud
que te desea.


Del poemario "Ceniza erguida" 1995

Como una sombra


CUANDO DESPERTÉ, los resabios grisáceos de la noche seguían estancados en los rincones. No lo comprendía. Siempre fui noctámbula y, en toda mi existencia, no había logrado modificar mi reloj biológico para dormir a buena hora y despertarme temprano, pero aquí... No lograba acostumbrarme. No era mi casa y además no me sentía a gusto. Joaquín no podía entenderlo. Mi estado de alerta sobrepasaba mi necesidad de descanso. Antes del amanecer los murmullos y la celeridad de estas ordenadas personas se dejaba sentir y yo no podía ignorarlas. Por eso le insistía a Joaquín en la necesidad de tener nuestra propia casa. Pero a él le aterraba la idea. Su vida se convertiría en una máquina. Tendría que trocar el placer y la creatividad del artista, por algún trabajo mecánico, de seguro castrante y mal remunerado, y sólo para pagar gastos innecesarios, pues aquí tenemos todo y espacio de sobra, decía.


Pero no se trataba sólo de mi incomodidad, sentía que ellos tampoco estaban a gusto con nuestra presencia. o tal vez sólo con la mía, pues Joaquín seguía siendo parte de la casa. Y además, no estaba dispuesta a seguir fingiendo, haciéndome pasar por una más de aquellas descoloridas damas hechas para el hogar. Estaba harta de eso, pero la culpable era yo. Temía el rechazo si me mostraba tal cual era. Esa estúpida necesidad de querer quedar bien con todo el mundo, hasta con los que no son de mi agrado. Sin embargo, de pronto me pasaba por la cabeza que tal vez les hubiese molestado menos si me hubieran conocido tal y como soy. Seamos conscientes o no, todos olfateamos la autenticidad y la falsedad. Aunque las personas acostumbradas a vivir de apariencias, la mayoría en esta sociedad decadente, aceptan la hipocresía y el fingimiento como algo natural.


¡No entendía cómo Joaquín siendo tan irreverente y libre podía tener una familia tan desabrida! No parecía ser parte de ellos, ni en el aspecto ni en las costumbres. Parecía regirlo un astro mucho más luminoso y potente, pese a su exasperante pasividad y conformismo en cuanto a lo material. Quizá por ser el más pequeño lo dejaron libre, quizá sus padres ya no tenían la misma energía cuando lo trajeron al mundo. Tampoco el ejemplo y el ambiente circundante habían influido mucho en él, de seguro porque los años cruciales de su vida, en la niñez, había vivido con un tío de España que le trasmitió todo el esplendor de su arte, pues decían que había sido muy buen pintor ¡No sé cómo no se sofocaba con su verdadera familia! Más bien creo que era capaz de aguantarlo todo con tal de no tener que sacrificarse y hacer esfuerzos extras que le robaran su preciado tiempo, que lo sacaran de su zona de confort. Yo lo entendía y apoyaba, pero aquella situación se tornaba cada vez más insostenible. No, no era que me hicieran groserías, se lo dije varias veces. Ni siquiera tenían que hablar para generar una atmósfera de pesada tirantez, de pasiones y deseos insatisfechos, aunque no fueran conscientes de ello, pues, por lo que había oído hablar, se sentían realizados y felices.


De pronto apareció Toñita, una de las hermanas de Joaquín, con más peso del necesario para su estatura, las piernas cortas,  unas piernas poco acostumbradas a la fuerza y al vigor, apegadas más bien a una vida sedentaria. Nos sirvió el café en la sala. La mamá de Joaquín había encendido el televisor. Toñita sonreía y me vi forzada a corresponderle. No quería parecer hostil y desdeñosa y empezar a tener problemas. No obstante, casi de inmediato, me recriminé a mí misma. Quería sentirme como en mi casa y dejar de tener cortesías huecas que en lugar de propiciar la comunicación la alejarían definitivamente. Estaba harta de esas amabilidades fingidas. Me hubiera encantado toparme, de vez en cuando, con algún gesto espontáneo y natural, emergido desde el mismo centro de aquellos seres. Pero estaban tan acostumbrados al fingimiento que ya no podrían cambiar. Toñita siempre se portó amable, pero no se me escapaba la tensión que acompañaba su gesto más cordial. Y más de una vez advertí que su rostro se transformaba, momentáneamente, en un rictus de ansia reprimida. Sin advertirlo de pronto dejaba entrever esa necesidad de desbordar un caudal de emociones que llenaban su espíritu, sin lograr reconocerlas, sin siquiera sospechar cómo expresarlas. ¿Qué te pasa, Toñita, te duele algo? No, nada, contestaba, y volvía al bordado. Parecía querer taladrar la tela con una impresionante habilidad, donde sus manos se volvían invisibles y su rostro se encendía tal vez acallando algún pecaminoso pensamiento que se le había incrustado. Pasada esta transitoria etapa regresaba a la normalidad y retomaba la actitud mansa con la que había sido educada. Joaquín me había platicado que de chica fue caprichosa y demandante, impositiva y coqueta. Se tiraba al suelo y pataleaba para conseguir lo que quería. Pedía que le compraran collares y pulseras y se observaba en el espejo, siempre con un moño sujetando su cabello. ¿Qué había sucedido con ese temperamento? Advertí que mi antipatía hacia ella se debía a un tenaz conformismo que proyectaba a raudales, gracias a una vida mediocre, sin ambiciones ni metas. Estoy segura que yo tampoco le era grata, y no me caería tan mal si alguna vez me hubiese mostrado abiertamente esa hostilidad, perceptible a pesar de todo. Su irrevocable amabilidad simulada me resultaba un trapo sucio y maloliente que no me podía desprender. No era capaz de aceptar que dentro de ella pudiera albergar alguna verdadera pasión. Despreciaba la lectura y el conocimiento, pues no les encontraba utilidad. Sus ideales eran la comodidad y el matrimonio, una casa limpia, formar un hogar y ser feliz.

A Joaquín no le importaba eso, o más bien no se daba cuenta, pues se enfrascaba tanto en la pintura, que la vida de su familia pasaba inadvertida. Ahora me daba cuenta del egoísmo de Joaquín, pues tampoco parecía preocuparle lo que estuviera sucediendo conmigo. Subestimaba mis temores, mis dudas, mi malestar. Me decía que exageraba, que era muy delicada, que me tenía que acostumbrar, pues nunca se puede tener todo. Joaquín era ciego y hasta insensible. De qué le valía pintar tan bien si su egoísmo lo volvía torpe y poco perceptivo. Amaba la naturaleza e intuía los cambios sociales. Pero cuando se trataba de lo más cercano... Yo sospechaba de una postura comodina y confiada. Sí, era incapaz de valorar lo que poseía, quizá porque creía (sin pensarlo) que lo tenía seguro. Ahora advertía lo poco que me conocía. Yo necesitaba una verdadera comunicación, establecer un vínculo real de pareja, que me dedicara tan sólo una parte de su tiempo. Me entristecía al pensar en lo rápido que había olvidado los grandes momentos climáticos y fulgurantes que nos unieron al principio de la relación: se transformaba de tal forma con mi compañía que la inspiración llegaba a él en ondas vaporosas y electrizantes, prestas a manifestarse en cualquier momento. Se sentía rejuvenecido, lleno de vitalidad. En ese tiempo pintó los cuadros más geniales. A mi lado creció espiritualmente, y se había descubierto a sí mismo, y no lo reconocía. Mi sentimiento se tambaleaba y Joaquín no lo notaba.

Toñita tejía viendo el televisor. Ya habíamos preparado juntas la comida, muy temprano, y me parecía intolerable ser consciente de estar viviendo una vida ajena. Yo nunca había sido tan puntual y metódica, pero dentro de mi desorden funcionaba. Distribuía mi tiempo arbitrariamente Y ahora… todo en orden, todo limpio, todo al pie de la letra. Eso estaba muy bien, pero se lograba a costa de otros valores, para mí elementales, la superación personal.


Toñita esperaba casarse. Todavía era joven, pero con ese recato... Ya no volví a ser testigo de esos arranques esporádicos que la convertían, inconscientemente, en una especie de felina en celo. Ya no la descubrí triturando casi la tela con el rostro sudoroso y acezante. Su piel ya no se volvió a encender. El cristo, entre los senos pletóricos, se interponía como un escudo. Se cansó, sin confesárselo, de esperar al hombre valiente que rodara por su piel y la transportara a paraísos palaciegos, etéreos y candentes. Nunca advirtió lo que en realidad quería, y los innumerables y magistrales tejidos, de distintos colores, formas y usos, se fueron acumulando en la estancia mientras Toñita se iba convirtiendo cada vez más en una sombra.


Preparé mis cosas, ya lo había decidido. Me largaría de ahí, me independizaría. Necesitaba reencontrarme. Joaquín estaba enamorado de su pintura, no de mí. Estaba teniendo mucho éxito, pues pintaba apasionadamente, casi de tiempo completo. Y mientras mi admiración hacia él crecía, como pintor, el amor que le había profesado se estaba enranciando sin remedio. Cuando se lo comuniqué su rostro adquirió una tonalidad marmórea, y tragó saliva pensativo. Ya sea por orgullo, o porque tal vez pensara que era lo mejor, no intentó retenerme. Ni me afectó ni me sorprendió. Le había caído de golpe y seguro estaba confundido. Tal vez más adelante me buscaría y trataría de reconquistarme. Era lo de menos. Lo único que me interesaba, en esos momentos, era buscar mi propia realización y mi camino. No quería terminar igual que Toñita, como una sombra.



miércoles, 23 de agosto de 2017

El regreso de Laura


SE DEJÓ CAER EN EL SOFÁ COMO EN LAS NUBES. Todo parecía flotar en un cosmos de sándalo y aromas de tibieza vegetal. Laura, aquella joven irreal, enigmática, como salida de un cuento de las Mil y una noches, era la responsable

Andrés nunca imaginó que con sólo oír su voz volvería a estar inmerso en las sensaciones mágicas que ella le inspiró alguna vez; pero que con el devenir de los años se habían convertido en una imagen difusa, como sumergida en el fondo de un estanque.

Nunca sospechó que Laura sería, nuevamente, la única y cimera propietaria de sus pensamientos. Recordaba sus manos hábiles, los dedos largos, tan independientes como palomas inquietas, la mirada distante e intensa a la vez, matizando el presente de algún lejano paraíso. Siempre tan ella misma, hasta en los momentos más difíciles. El cabello dócil, desbordante, la boca sensual. Aquella facilidad para la entrega, para metamorfosearse en un mero instrumento de placer cuando era necesario, lo habían atado a un amor que nunca reconoció. La manía de rascarse la cabeza al despertar, su vocación para la cólera, y el insufrible desorden, se habían oscurecido en su memoria ante ese algo tan singular que la hacía única, y que no había logrado encontrar en otra mujer. Se sabía hechizado por ese magnetismo que lo transformaba. Algo mezquino y animal moría en su interior y resplandecía su yo que lo ensalzaba. Laura le confesó que lo mismo le sucedía. Entonces... tendría que haber alguna interconexión magnética entre ambos que se sentía, casi se palpaba.

Tristemente advertía que había acabado con eso, que su machismo no le había permitido reconocer su constante entrega hacia esa mujer, por glorificante que fuera. Pero Laura no se resignaba a perder aquello que sabía insustituible. Por eso luchó, por eso aguantó tanto.

En el fondo Andrés tenía la seguridad del regreso de Laura. Nunca había fallado la manipulación sicológica que, lo sabía, llevaba a cabo con sus novias y amantes.

Se portó como un patán, lo advirtió; la engañó infinidad de veces. Hizo y deshizo a su antojo para que, al primer reclamo, al primer reproche, se quejara de su incomprensión, de su falta de sensibilidad. Se separó de ella adoptando el papel de víctima. Sabía que la culpabilidad acosaría a Laura, sin remedio.

Sin embargo, pasó el tiempo y ella no volvió a buscarlo. Se sintió tan amargado, tan frustrado, que decidió olvidarla entregado a las parrandas y al libertinaje, en lugar de reconocerse él el principal responsable y pedirle una segunda oportunidad con el propósito de reparar errores. Nunca imaginó que después de cuatro años Laura aparecería nuevamente en su vida, buscando una reconciliación, dándole a entender que jamás lo había olvidado, reconociendo sus propias fallas. Le había pedido una cita para ese mismo día. El tono de su voz era angustiado, impaciente, denotaba tristeza. Quedaba clara su desesperación por verlo. Sí, él deseaba estar con ella, estaba dispuesto a cambiar si Laura se lo pedía. Era la vecina de su mamá y quizá pudiera informarle de su vida, de su salud, porque su madre no había querido saber más de él, debido a su mal comportamiento.

Laura y Anita se llevaban muy bien. Esa niña de ojos como gemas encendidas y mejillas tersas, le gustó para su hijo. Qué tonterías dices, le dijo su esposo, son unos niños. Anita le dio la razón reconociendo que estaba desvariando, y no volvió a pensar en el asunto. Nunca imaginó que aquel deseo fugaz se cumpliría. Con el matrimonio de Laura y Andrés la relación entre ambas pasó de una simpatía común, atizada por los enigmas y la curiosidad natural que surge entre dos personas con pocas posibilidades de tratarse, a una relación de confianza acostumbrada y distante. Entre familia el nexo emocional se intensifica, pero decaen las atenciones y el mutuo interés. Cuando Andrés se marchó, el vínculo amistoso entre ambas se intensificó. Laura compensaba la carencia provocada por una madre dura y autoritaria. Y Anita llenaba parcialmente la necesidad de sentir a la hija que nunca tuvo. Además la atosigaban sentimientos de culpa cuando reconoció que había fallado en la educación de Andrés, que lo había acostumbrado a ver a las mujeres como simples servidoras e instrumentos de los hombres, con su propio ejemplo.

Sonó el teléfono. Andrés contestó con la respiración contenida. Laura, otra vez.

---Te hablo porque quedaste de llamarme y no lo has hecho --reclamó Laura con ese matiz de angustia que Andrés había captado-- Necesito verte. No podemos posponer el encuentro.

Andrés calló un instante. Sí, él quería y esperaba la insistencia de Laura. Sin embargo, se le hizo fácil aplazar la llamada acordada, para acentuar la dependencia de una joven de transparencia masoquista. Pero no esperaba que le volviera a marcar tan rápido. De hecho él pensaba buscarla unos días más tarde.

---No pude telefonearte, estuve muy ocupado. Además ¿cuál es la prisa? Tenemos mucho tiempo sin vernos. Deja que termine de arreglar unos asuntos y yo te hablo ¿okey?

---No, tengo que verte ahora, me urge hablar contigo.

---Hoy no puedo, luego te busco. Adiós. ---colgó con premura, sintiéndose deseado e importante, dueño de la situación.

Un mecanismo automático de defensa, de incontenibles deseos de huir, cada vez que Andrés se sentía acosado. En instantes se descubría odiando blandamente a Laura, por ser incapaz de amoldarse a las excitantes expectativas elaboradas por sus sueños. Con la continua insistencia y el tono inseguro de su voz, con la dignidad perdida sometiéndose a esa exacerbada necesidad de estar con él, destruía la imagen ideal, la que él necesitaba para hacer resurgir el amor. De pronto se sorprendía huyendo de ella. La imagen que conservaba de Laura se disolvía en el flujo vano e insípido de la realidad.

--- Qué pasó, Andrés ---Laura le habló por teléfono después de una semana--- He estado esperando tu llamada, por eso tuve que hablarte de nuevo.

---¿Para qué? Yo te iba a marcar al rato. Me acabo de desocupar ---le contestó secamente, desilusionado. Con tanta insistencia opacaba la magia, el suspenso que podría unirlos con la pasión de antes.

---Como ya veo que es imposible verte ---habló con voz enérgica, entrecortada-- te voy a tener que informar por teléfono... Eres un tonto Andrés, te juro que eres el hombre más tonto que conozco. Estoy sorprendida de lo que sentí por ti en un tiempo. Pensaste que quería verte para regresar contigo. Creías que estaba mendigando un poco de tu amor. Pero ¿en qué cabeza cabe, después de todo lo que me hiciste? Sí, porque yo te amaba de verdad y tú abusaste de ese amor. Lo mataste para siempre, no supiste cultivarlo ¿Crees que valgo tan poco? Me da risa lo torpe que eres, ahora me lo confirmas más que nunca. Yo, para lo único que te estoy buscando es para decirte... Es muy duro, por eso no quería decírtelo por teléfono. Tu mamá... falleció... Ya ni al entierro fuiste por cretino. Tuvieron un accidente. Tu papá está en el hospital. Adiós.

Laura colgó y Andrés se congeló de golpe. Todo su entorno se derritió hundiéndose en un remolino lento y oscuro. De pronto se dio cuenta que lo único que tenía... ¡Laura! ¡mamaaaaaá! ¡papá! Su cuerpo se hizo de tela.


Domador de soles




Ven a compartir conmigo
Ven desde el origen turbulento del océano,
desde el arcano tibio que brilla
entre la noche.
Ven con toda tu inocencia deshojada,
con tu paso suelto de viajero
enfebrecido.
Sólo hay que escanciar el vino
de florida espuma
entre ménades, sátiros, silenos; entre ninfas y Pegaso
en las hamacas de Dionisos
trovador de leyendas embriagantes.
Ven, amigo, con tus ojos
donde un reflejo ancestral de transparencia
sella tus pupilas
y los cantos del silencio se desgajan.
Tu voz profunda
la noche ciega
de velos perfumados,
sueño musical que se aquieta
poco a poco.
Dime ¿dónde comienza tu cuerpo
y termina el mío?

Estrellas de vibrante cabellera,
rosa en su perfume
evaporada.

Ven, domador de soles,
no entiendo aún de entregas errabundas,
de besos sin grilletes
que llevan cataclismos
de constelación eterna
y arrebatan nuestro ser de toda vestidura.

¿Dónde la humedad dorada nos envuelve?
Y no puedo ya reconocerme en tu mirada.
Algo mío se quedó en tus manos
y mi pecho, acezante, pide un febril renacimiento.




Polvo de sol


Quisiera explicar
el pétalo envolvente y dúctil de tu cuerpo,
la tibieza dura que sella
tu epidermis,
el sol que se levanta
de tu piel dormida,
la dulzura fértil que nace de tus labios.
Pero no puedo explicar tanta magia,
tanta fuerza de lluvia
sobre las hojas tiernas,
tanto polvo de sol
acumulado en tu sonrisa.

Por eso vengo, mariposa perdida
entre tus brazos,
como alguien que perdió sus lunas hace tiempo
y encuentra los reflejos del cosmos
en el roce de tu piel de ámbar.
Por eso vengo
náufraga de mis propios mares,
amarrada a las cadenas de humo
en ti desvanecidas.
Por eso se ablandó el diluvio de mi almohada
y las flores ríen con todo su clamor
de frescura silenciosa.
Por eso las puertas de la sombra
se cerraron para siempre.

Y soy de ti
en este refugio de coagulada luz
donde la ola encendida de tus manos
conoce los secretos
de mi piel de brisa.

Y puedo decir ahora
que todas las noches
en esta noche se apiñaron.

Se desborda la rosa
de nocturnos parpadeos
y la luna sangra
con placer violeta.



La despedida


ME SUJETÓ DEL BRAZO REPENTINAMENTE, mirándome con largueza. Su mirada era dolorosa, resentida, alguna perturbadora desilusión velaba sus párpados, un reproche controlado y a la vez intenso. Pero nada dije. Éramos dos seres silenciosos con las palabras a flor de piel que traspasaban muros. Él aún atenazaba mi brazo con toda su fuerza, sin advertirlo. Y yo también, sin advertirlo, empecé a sentir la carne triturada, las venas magulladas, hasta que un dolor paroxístico me hizo reaccionar ¡basta! Entonces él se dio cuenta de su bestialidad y me soltó, aún mirándome. Sus músculos se distendieron, retrocedió y se fue cabizbajo. Lo vi alejarse. Algo muy amado sin posibilidad de retorno, algo perdido para siempre. Derramé algunas lágrimas. Todo mi rostro se congestionó y no supe si era por el dolor del antebrazo que me punzaba, o por la conclusión de aquel mundo que me había pertenecido y ahora se marchaba.

Caminé sin rumbo, solitaria. Buscaba consuelo, sustitutos. Mi ser se había vaciado. Su esencia parecía palpitar en cada  objeto circundante, se adhería a la piel de otros hombres, hasta que supe que en realidad lo buscaba a él. Y así pasaron los días, sintiéndome culpable, defraudada, incomprendida, hasta tal punto inexistente que parecía un fantasma tratando sin éxito de encontrarlo para al mismo tiempo dar conmigo. Sabía que esto no tendría remedio, tontamente sin remedio. Pues el amor es un cascarón epidérmico cuya fragilidad requiere de buen tacto y paciencia, de renovados esfuerzos y mucha intuición. Yo lo había herido sutilmente, sin quererlo, con el sólo propósito de salir de la monotonía, de no parecerle aburrida y fácil. Emilio tendría que entender que sólo se trataba de una forma de autodefensa natural, para fingir en algo la fragilidad inerme que me otorgaba el amor recién descubierto. No obstante, ya me era imposible solucionarlo. Él me había malinterpretado y eso significaba una ofensa considerablemente mayor que cualquiera que yo pudiera haberle hecho. Además ¿quién en este mundo no comete errores? Sobre todo me humillaba su falta de tolerancia, su nula paciencia para darme otra oportunidad. No soportaba mi coquetería, según él, mi carácter impulsivo y demasiado alegre, riéndome a destiempo, como si la ironía fuese la sombra más destellante de mi rostro. Pero lo más triste era que Emilio no podía entender que su compañía me daba esa felicidad que mi ser reverberaba en cada minuto y que sin él, sin aquella fuerza que hacía mancuerna con mi temperamento, me volvía una pobre transparencia perdida y solitaria, quizá como Emilio lo hubiera preferido, pues era notorio que mi independencia y lucidez resultaban una amenaza para su hombría. Además, ¿quién puede asegurar que en él todo me gustaba? De pronto era demasiado rígido, insociable, muy quisquilloso y delicado para mi gusto. Parecía un niño consentido, acostumbrado a la comodidad y a obtener las cosas sin esfuerzo. No me atraía por excesivamente criticón e impaciente, como si nada en él estuviera fuera de lugar. Sin embargo, después me di cuenta que todo eso ya no me disgustaba, que aquella apariencia guardaba la pasión inconfesada de un hombre en cuyo interior bullen los sentimientos más nobles. Noté que, inconscientemente, hacía uso de un mecanismo de defensa como el mío, presto a acallar su verdadero sentir del que sin remedio se avergonzaba. ¿Acaso yo lo había condenado por su frecuente incomprensión, por su poco tacto que lo obligaba a ofenderme con suposiciones suyas que no pasaban de ser puras creencias subjetivas? Yo había aguantado sus errores, ¿por qué no toleraba él los míos? Una posición demasiado cómoda otra vez, propia del hombre que evita los sacrificios, por más que valgan la pena y desemboquen en satisfactorias recompensas. Sí, Emilio escogió alejarse del peligro y en apariencia todo estaba concluso. Sin embargo, al parecer la ruptura sólo había sido física, un lazo indisoluble nos mantenía conectados en sintonía telepática imposible de transgredir, a pesar de nosotros mismos. Como si mi propia esencia se hubiese quedado con él y la suya vibrara en los objetos que salían a mi paso.

Un día lo descubrí de lejos, apreté los ojos para distinguirlo. Abrazaba a una mujer, una feliz señora embarazada: el fruto de su amor se manifestaba plenamente. A él le brillaban los ojos y parecía rejuvenecido, contemplando con ternura a su esposa. De pronto la sujetó del brazo y la miró con largueza. Su mirada era dolorosa, resentida, alguna perturbadora desilusión velaba sus párpados, un reproche controlado y a la vez profundo. Pero nada dije. Éramos dos seres silenciosos con las palabras a flor de piel que traspasaban muros. Él se mordió los labios, abrazándome de nuevo. Sonrió y me di cuenta que había comprendido. Suspiré satisfecha. Ya no podía seguir, el peso me vencía, daría a luz en dos semanas. Y a mi translúcida emoción se agregó el impacto de mi propio encuentro.

Aromas de tibieza


Quiero sentir
que estoy en mí
que aún dispongo
de mi aliento,
que mis pies no se adelantan
a mis pasos
y confunden los caminos.

Mi eje vacila
y es como buscar en el aire
peces.

Debo romper este albedrío
imaginario, hacerlo verdadero.
Entre aromas de tibieza
adherirme a la sustancia
de encendidos
corazones.

Hacer las paces
con mi ego y entregarme
al caudal
de la simiente.

Como pájaro ser
plumaje de viento,
canto celeste, libertad en llamas.

A los elementos restituida,
disuelta como polen
en el agua
hasta la esencia palpitante
arribo.

(De mis primeros poemas)


Bostezo de espesuras


Nada queda, sólo páramo.
Sólo este cuerpo
como roca transparente,
estas manos inútiles
que antes de alcanzar el fruto
se derriten.
Sólo este latido
de febriles ecos.

La noche es larga,
da un bostezo de espesuras.
Clorofila negra cala
árboles
que flotan
en pedestres nubes.

Vaho, cíclopes de piedra.
Vuelan esqueletos de aire.
Transfiguración del horizonte.
Rotación confusa e invertida.

(De mis primeros poemas)




viernes, 10 de marzo de 2017

La escapada




AL DESCUBRIRLO ME CONGELÉ DE GOLPE. Una corriente embravecida de coches se interponía fatalmente entre él y yo, entre él y la acera salvadora, igual que una playa cercana, pero inaccesible, debido a la ferocidad de las olas.

El perro estaba atrapado en un camellón. A ambos lados sólo un río tumultuoso de autos, como el mensaje interminable de la muerte.

Yo seguía paralizada. Una de las cosas que más me angustian es mirar a estos inocentes animalitos acosados por la agresividad citadina que los deja solos, a su suerte, en medio del océano.

Eran las doce y media de la noche, demasiado tarde para que una mujer anduviera sola. La atmósfera tenía un matiz sombrío, y en instantes las callejuelas traseras parecían palpitar arrítmicamente en forma de rostros acechantes y grotescos. Pensé en tomar un taxi, pero en media hora no pasó alguno, además sólo tendría que caminar cinco cuadras para llegar a mi casa, pero en esas cinco cuadras...

Fue un impulso inevitable, pero ahora me doy cuenta que ha sido la peor estupidez. Todos estaban tomados y el ambiente dio un giro vulgar y despreciable que provocó mi huida. Los desconocidos empezaron a formar parejas eventuales que los incitaría a hurgar sus respectivos cuerpos con manoseos sin futuro. Cada uno violaría la intimidad del otro dentro de una excitación grosera y servil. En ese estado nadie se acordaría de los condones y se propiciaría un cultivo del sida al por mayor. Si siempre me han repugnado los encuentros ocasionales, degradantes, ahora con mayor razón, por eso me fui, pese a mi paranoia enfermiza que adquiría tintes enloquecedores con el paso de la noche.

Caminaba rígida, como caña; el corazón golpeaba mi pecho con febril desorden. Me olvidé del perro, de la angustia por su vida, y me concentré en mi propio instinto de supervivencia. Sin embargo, de pronto me acordaba del can y me volvía. Parecía entregado resignadamente a su destino.

En la mañana me había peleado con mi esposo y quise castigarlo con esta escapada a una fiesta que me invitó una amiga, la cual quedó muy formal de llevarme a casa, pero en esas condiciones... Tito estaría por regresar del trabajo. Hoy salía temprano, porque otras veces aparecía hasta la madrugada. ¿Cuándo no me viera en casa...? No quiero imaginarlo. Generalmente era un hombre comprensivo y cariñoso de pronto hasta el empalagamiento, pero cuando se enfurecía...

Tito me ganó a pulso. No se rindió con mi rechazo. Una y otra vez lo rechazaba, no podía ser de otra manera. Yo amaba a Daniel y no quería saber de alguien más. Pero las cosas con Daniel no resultaron y parecía que Tito lo sabía. Daniel me engañaba, se portó como un patán. No cedía en nada, pero yo tenía que dar mi brazo a torcer en todo. Era desgastante hasta el agotamiento. Y mientras Daniel se iba desprendiendo cada vez más de mi corazón, más necesidad tenía de refugiarme en el calor incondicional de Tito que anduvo cuatro años tras de mí: el único que en verdad me amaba y aceptaba como soy. Finalmente eso fue un estímulo, que alguien me amara a pesar de mis defectos, reafirmaba mi valor como mujer y ser humano. Me hizo sentir tan importante que de pronto creía flotar en una dimensión irreal, fortalecedora. Era impredecible, detallista. Sin motivo especial me obsequiaba algún regalo, o me preparaba alguna sorpresa estimulante; hasta que un día me topé con un Tito desconocido: una sabandija venenosa que me agredía por cualquier insignificancia, ofendiéndome como si quisiese desquitar la humillación de haberme perseguido por cuatro largos años en los que me ocupé de otros... Y esos momentos esporádicos se fueron haciendo más frecuentes… El Tito extraño se adueñaba cada vez más del que yo tanto quería, y me costaba trabajo asimilar esa parte suya tan desagradable y nueva que me tenía horrorizada y escandalizada. Sin embargo, cuando volvía a ser el de antes, en mi mente sólo permanecía la imagen del Tito acostumbrado, del Tito que ha vivido conmigo durante dos años.

Mi paranoia ya adquiría niveles de demencia. No había alguien alrededor de mí y yo me sentía la presa idónea para el sinnúmero de violadores y criminales que sólo esperan una oportunidad como la que yo generosamente ofrecía. Los delincuentes no atacan a cualquiera. Hay personas que en el subconsciente arrastran alguna lacra de masoquismo que las hace proclives, en cualquier instante, a ofrecerse como víctimas. Desde aquella noche me di cuenta que yo era una de ellas.

En la nota roja aparecen a diario noticias escalofriantes, inconcebibles, de lo que las mentes enfermas son capaces de hacer. Los crímenes del Pípila eran lo más monstruoso que alguien pudiera imaginar. No era muy sano pensar en todo eso. En las condiciones en que me encontraba atraería el mal, sin remedio. No podía evitarlo. El Pípila, ese jorobado que apuñalaba a sus víctimas después de violarlas y torturarlas, merodeaba la Por-ta-les ¡mi colonia! Donde yo me encontraba, sola e inerme a las doce de la noche.

El terror me hundió su garra destructora. Observé al perro: un perro grande, cruza de colie. Parecía fuerte a pesar de su vida errante, sin hogar. Fue como un acuerdo mutuo. Nuestras miradas se cruzaron en un desesperado y angustiante pacto de camaradería protectora; era mi esperanza. Los autos no cesaban de pasar. Esta ciudad... ni en el fondo de la noche ofrece momentos de calma.

Casi llorando, apretando las manos contra el pecho, elevé una oración sin palabras, fugaz pero intensa. Por fin, a los diez minutos la acera quedó libre, los fanales de los autos se vislumbraban muy lejos. Corrí hacia el camellón y posé mi mano sobre la frente del can. Yo, que en condiciones normales no me hubiera atrevido a tocar un animal callejero, ahora cualquier peligro era insignificante junto al horror que vislumbraba.

De algún modo el perro entendió la solidaridad que había entre ambos. Se pegó a mí y corriendo cruzamos la calle, con las luces de los autos ya muy cerca. Está de más decir lo agradecidos que son estos animales. Me dirigió unos ojos expresivos, de gratitud, y me acompañó en mi camino. Tan enternecida me sentí que pensé en adoptarlo.

Las callejuelas estaban solas y tenebrosas. Alguna que otra desganada lucecilla sólo contribuía a acentuar el terror de la noche. Sombras susurrantes se interponían. Caminaba aprisa, con el corazón momentáneamente paralizado. La compañía de mi amigo me hizo más confiada. Pensaba en Tito, de seguro ya había llegado y estaría despotricando en mi contra, sin duda tendríamos una acalorada y desagradable discusión.

De pronto me paralicé, una de las sombras se movió. Mi respiración aumentó ruidosamente su ritmo. Mis manos se hicieron líquidas. Miré de nuevo a mi compañero y me tranquilicé un poco. Estaba gruñendo, a la defensiva. Aceleré el paso, como huyendo de alguna amenaza oculta. La sombra salió de la penumbra y cayó sobre mí con un golpe que casi me hace perder el sentido. Grité al tiempo que el can se aventaba contra mi agresor, ladrando furiosamente. Forcejearon mientras yo seguía gritando, aterrorizada. ¡El Pípila! No pude distinguir su cara, pero la giba grotesca y deforme era inconfundible. Un policía apareció repentinamente y le ordenó apartarse de mí. El malhechor parecía no oír y siguió  atacándome. Entonces el oficial disparó tres veces. Una bala hizo volar la joroba postiza. Otras dos se incrustaron en su cuerpo, y una más pegó superficialmente en el cuerpo de mi amiguito peludo que aulló de dolor. Enternecida y emocionada le expliqué que no lo abandonaría. Luego, con el corazón encogido y aun dando tumbos, me acerqué a observar el rostro del delincuente que el policía iluminaba con una linterna: un rostro maquillado. Era obvio que el malhechor ocultaba su identidad, pero... esas facciones, ese cabello... era... era… No puedo describir lo que sentí. Todo se hizo negro y mis huesos se derritieron de golpe.


Perla



NO FUI FELIZ JUNTO A MI HERMANA. Nunca me acostumbré a que las atenciones fueran sólo para ella. Mis papás y toda la familia siempre la acariciaban y le daban regalos y a mí a veces ni me veían. Y yo me quedaba con los brazos cruzados, reventando de rabia al convencerme que no habría algún regalo para mí. Sólo de vez en cuando se acordaban de mi existencia y me compraban algo, pero casi nunca. Por eso me volví muy arisca y repleta de odio y envidia, como dijo mi mamá la otra vez. Lo cierto es que yo sufría un montón, tanto, que llegué a pensar en la mejor forma de desaparecer de este planeta. Bueno, pero eso ya fue hace mucho, porque ahora ya no importa, ya nada importa...
     Perla y yo nacimos el mismo día y de la misma panza de mi mamá. La gente no podía creer que fuéramos hermanas y además cuatas, pues decían que ella era tan preciosa como una perla y que a mí no me debieron haber puesto Rosa, porque no tenía nada de rosa, sino Pancha o Soledad. Eso le oí comentar a la vecina. Y lo peor del asunto era que, cuando mi hermana y yo salíamos a la calle, ella siempre llamaba la atención con sus cachetes rosados, con sus ojos así de grandotes como aceitunas frescas, y el cabello rojizo que le caía en bucles hasta el hombro. Los niños se le quedaban mirando como tontos, hasta Carlitos que era la atracción del barrio… cómo me gustaba Carlitos. Su sonrisa ladeada, como acordándose de sus travesuras. Su ceja levantada y los ojos risueños. Parecía que estaba muy contento con su persona. Su cabello lacio era una luna negra de otoño. Pero nunca me miraba.
     Siempre lo mismo, siempre, desde la mañana hasta la noche, todos los días, la atracción era Perla. Y cada vez me daban más ganas de desbaratar con las uñas esa cara blanca y hermosa, pero estúpida. Sí, porque en inteligencia no, no era la gran cosa, en inteligencia yo era la mera mera. Rápido aprendí a robarme los dulces de la tienda y les ganaba en los juegos a mis amigas. En la escuela todo me lo sabía. Tenía unas ideas tan geniales que mucha gente decía que a mí me tocó la materia gris y a mi hermana la belleza, pero, por lo visto, esto era lo que más les gustaba porque siguieron admirándola nomás a ella. Y yo me sentía igual que chinche, como si no valiera nada. Ya ni mi talento tuvo valor al lado de la hermosura de mi hermana. Y pues, aunque la odiaba, empecé a acostumbrarme a mi suerte y a tratar de aceptarme así como soy, una niña fea y, según mis papás, llena de rencor y envidia.
     Pero sucedió lo que siempre temí, llegó la fecha de nuestros quince años. Por nada del mundo hubiera querido que se hiciera una fiesta con baile y toda la cosa, y está de más decir por qué no quería eso. Desde aquel día tuve ganas de matarla. Cada vez que me acordaba de la fiesta y de la gente amontonada alrededor de Perla felicitándola, de Carlitos y los muchachos peleandose por bailar con ella y yo, sentada en un rincón, como si no existiera, sintiendo que mi corazón se despellejaba poco a poco, y que algo me ardía por dentro igual que si hubiera tragado ácido, me daban unas ganas locas de ahorcarla. Sobre todo cuando Carlitos y ella se quedaron juntos, hasta el final, contemplándose con ojos brillantes, como si el mundo se hubiera derretido. Y Perla agitando los bucles y contoneándose con modales empalagosos de estrella de cine. A partir de ese día me puse a pensar en la mejor manera de deshacerme de ella. Ideé muchas formas, pero en todas había peligro de que me descubrieran, si no desde el principio, al investigar acabarían por saber que yo era la asesina, aunque, la verdad, no me importaba, ya ni eso me importaba. Y la hubiera matado con un fierrazo en la nuca si Marcela, mi única amiga, no me hubiera platicado de la bruja de la vecindad de enfrente. Me dijo que esa hechicera me podría solucionar el problema, que fuera con ella. Y así lo hice, rápido fui con la bruja esa. Al contarle lo que sucedía y mis propósitos, luego luego sacó de una caja vieja unos polvitos verdes. Me dijo que los espolvoreara tantito una vez al día en la comida de Perla y que todo se iba a arreglar.
     Ese mismo día empecé con la receta. Eché de los polvitos a su consomé, pero pasó una semana y yo no veía nada raro en mi hermana, hasta llegué a pensar que la dizque bruja esa era una charlatana, una estafadora.
     Después de dos semanas noté que Perla, siempre más alta que yo, me llegaba a las cejas. Lo primerito que pensé fue que yo había crecido, pero no, me medí y seguía igual. Me dije que a lo mejor era el efecto de los polvos.
     Al mes mis papás se dieron cuenta que mi hermana se estaba achicando y se la llevaron asustados al doctor, a muchos doctores. Le recetaron muchísimas medicinas. Le hicieron análisis y nada, Perla seguía achaparrándose. A los cuatro meses ya me llegaba a la cintura y mis papás lloraban y lloraban. A mí no me daba tristeza, pues que me había de dar tristeza si ni me querían.
     Y las lágrimas que derramaban los ojotes aterrorizados de Perla, como lluvia picante sobre su cara, eran lo mejor de la película, sólo que, mientras más chiquita se hacía, esa cochina hermosura se hinchaba más.
     A los dos años ya me llegaba a los talones y, aún así, las atenciones seguían siendo para ella. Mi mamá le mandó a hacer unos vestiditos y unos huaraches como para un ratón. A veces yo me burlaba, pero la burla se me atragantaba al darme cuenta que, aunque del tamaño de un conejito, su ropa era mucho más bonita que la mía. También le compró unos trastecitos de juguete donde le servía a Perla, siempre a su gusto. Y esa belleza continuaba allí, insultándome a diario, restregándose en mi cara como zacate enchilado.
     Ahora tengo que limpiar bien esta cochina sangre de mi zapato, para que cuando mis papás lleguen, crean que la Perla se perdió. 



Mi corazón



A MI PRIMER NOVIO LE ENTREGUÉ MI CORAZÓN, limpio, deslumbrante como un estero de luz. Él lo aceptó contentísimo. La emoción pintó en su rostro brochazos destellantes de vitalidad. Lo tomó con delicadeza y lo guardó en un estuche de terciopelo. Y, aunque ya sin corazón, me sentía muy contenta de que Hildebrando lo tuviera en su casa, cuidándolo como un tesoro, hasta el punto de que, en ocasiones, me costaba mucho trabajo localizarlo porque siempre estaba embebido en su contemplación.
     Después de un mes ya me había arrepentido de habérselo dado. Me puse muy celosa porque le gustaba estar más con mi corazón que conmigo. Y fue tanto su amor por él, que se puso demacrado y flaco pues no comía ni dormía por estar a su lado. Un día su mamá descubrió el estuche y me habló por teléfono para que fuera por él. Y, aunque perdí a Hildebrando, me sentí mucho mejor de haber recuperado mi corazón.
     Un buen tiempo duró en su sitio, desbocándose en sus latidos que mis emociones y sentimientos le provocaban, estremeciéndose ante las penalidades y desencantos de la vida, hasta que conocí a Teadoro y me deslumbró su andar principesco cuando atravesaba las calles. Quise dárselo, pero recordé lo perdida que me sentí cuando Hildebrando lo tuvo. Es mejor conservar los cinco sentidos que da el corazón en su sitio, pensé. Pero ese caminar de Teadoro me cautivaba tanto que, por fin, se lo entregué.
     Teadoro no era amoroso como Hildebrando y tenía una sensibilidad tan infantil que le gustaba jugar con todo lo que caía en sus manos. No respetaba nada ni a nadie, y al poco tiempo mi pobre corazón estaba tan estropeado que no lo reconocí. Teadoro exhibía su destreza malabar con él y, como decía que era muy blandito, varias veces sirvió de almohada a sus sueños fatuos de fama y posesiones materiales. Está de más decir lo que yo sufría. Temí que cuando todo terminara con Teadoro me quedaría sin corazón. Se lo pedí antes que sucediera esa inminente catástrofe, lloré, supliqué hasta la desesperación que no lo hiriera y maltratase más, que me lo regresara aunque estuviese deteriorado. Pero él se envanecía cada vez más ante mis vehementes peticiones. Y en el extremo de su sadismo, casi lo destroza delante de mí. Estuvo a punto de desangrarlo cuando se lo arrebaté y me fui corriendo. Corrí hasta más no poder, llorando con mi corazón medio desecho entre las manos.
     Llegué a mi casa, le di una friega de alcohol y con merthiolate y pomadas se fue recuperando. A los seis meses ya había sanado, aunque las cicatrices parecían gusanillos inmóviles. Desde esa vez decidí nunca más entregarlo a nadie, por lo menos no sin saber que lo cuidarían como al suyo propio. Además pensé que era más sano para él repartirse entre varios.
     Después de dos años, al recuperarse por completo, lo puse sobre una tabla y comencé una tarea delicadísima. Corté varios pedacitos de amor palpitante y los repartí, en tamaños desiguales, entre mi familia, un gato, un perro, y un niño desnutrido y harapiento que pasaba todos los días por mi casa cantando y dando vueltas de carro mientras comía hojas y flores para olvidar la tortura de su hambre. Al principio los recibieron con mucho gusto, pero después de un tiempo mi papá lo descuidó y el trocito de mi corazón se quemó en la parrilla. Mi mamá se confundió y se lo dio al gato después de haberse trincado él el suyo. Mis hermanos lo dejaron expuesto al sol y rápidamente se secó. El perro olvidó donde lo había enterrado, y al niño anémico le sirvió de comida durante dos días. Y yo me sentí más infeliz que nunca. Robotizada anduve por las calles terrosas y humeantes de la ciudad. Desolada, deprimida y sin esperanzas hasta que mis pasos se detuvieron con brusquedad al descubrir un letrero en una esquina: Hacemos corazones a su medida y al ritmo de su temperamento. Entré emocionada a aquella tienda. Hablé cinco minutos con el sicólogo y fueron suficientes para que él supiera las medidas exactas de mi nuevo corazón. Me dijeron que pasara por él en dos semana. 
    Y ahora, después de traer uno postizo, me doy cuenta que me queda chico y es mucho más duro que el original. Pero ya no quiero seguir buscando, más vale uno defectuoso que nada. Y además, así duro me sirve mejor. No se sale fácilmente de su sitio.

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