viernes, 6 de abril de 2018

Como una sombra


CUANDO DESPERTÉ, los resabios grisáceos de la noche seguían estancados en los rincones. No lo comprendía. Siempre fui noctámbula y, en toda mi existencia, no había logrado modificar mi reloj biológico para dormir a buena hora y despertarme temprano, pero aquí... No lograba acostumbrarme. No era mi casa y además no me sentía a gusto. Joaquín no podía entenderlo. Mi estado de alerta sobrepasaba mi necesidad de descanso. Antes del amanecer los murmullos y la celeridad de estas ordenadas personas se dejaba sentir y yo no podía ignorarlas. Por eso le insistía a Joaquín en la necesidad de tener nuestra propia casa. Pero a él le aterraba la idea. Su vida se convertiría en una máquina. Tendría que trocar el placer y la creatividad del artista, por algún trabajo mecánico, de seguro castrante y mal remunerado, y sólo para pagar gastos innecesarios, pues aquí tenemos todo y espacio de sobra, decía.


Pero no se trataba sólo de mi incomodidad, sentía que ellos tampoco estaban a gusto con nuestra presencia. o tal vez sólo con la mía, pues Joaquín seguía siendo parte de la casa. Y además, no estaba dispuesta a seguir fingiendo, haciéndome pasar por una más de aquellas descoloridas damas hechas para el hogar. Estaba harta de eso, pero la culpable era yo. Temía el rechazo si me mostraba tal cual era. Esa estúpida necesidad de querer quedar bien con todo el mundo, hasta con los que no son de mi agrado. Sin embargo, de pronto me pasaba por la cabeza que tal vez les hubiese molestado menos si me hubieran conocido tal y como soy. Seamos conscientes o no, todos olfateamos la autenticidad y la falsedad. Aunque las personas acostumbradas a vivir de apariencias, la mayoría en esta sociedad decadente, aceptan la hipocresía y el fingimiento como algo natural.


¡No entendía cómo Joaquín siendo tan irreverente y libre podía tener una familia tan desabrida! No parecía ser parte de ellos, ni en el aspecto ni en las costumbres. Parecía regirlo un astro mucho más luminoso y potente, pese a su exasperante pasividad y conformismo en cuanto a lo material. Quizá por ser el más pequeño lo dejaron libre, quizá sus padres ya no tenían la misma energía cuando lo trajeron al mundo. Tampoco el ejemplo y el ambiente circundante habían influido mucho en él, de seguro porque los años cruciales de su vida, en la niñez, había vivido con un tío de España que le trasmitió todo el esplendor de su arte, pues decían que había sido muy buen pintor ¡No sé cómo no se sofocaba con su verdadera familia! Más bien creo que era capaz de aguantarlo todo con tal de no tener que sacrificarse y hacer esfuerzos extras que le robaran su preciado tiempo, que lo sacaran de su zona de confort. Yo lo entendía y apoyaba, pero aquella situación se tornaba cada vez más insostenible. No, no era que me hicieran groserías, se lo dije varias veces. Ni siquiera tenían que hablar para generar una atmósfera de pesada tirantez, de pasiones y deseos insatisfechos, aunque no fueran conscientes de ello, pues, por lo que había oído hablar, se sentían realizados y felices.


De pronto apareció Toñita, una de las hermanas de Joaquín, con más peso del necesario para su estatura, las piernas cortas,  unas piernas poco acostumbradas a la fuerza y al vigor, apegadas más bien a una vida sedentaria. Nos sirvió el café en la sala. La mamá de Joaquín había encendido el televisor. Toñita sonreía y me vi forzada a corresponderle. No quería parecer hostil y desdeñosa y empezar a tener problemas. No obstante, casi de inmediato, me recriminé a mí misma. Quería sentirme como en mi casa y dejar de tener cortesías huecas que en lugar de propiciar la comunicación la alejarían definitivamente. Estaba harta de esas amabilidades fingidas. Me hubiera encantado toparme, de vez en cuando, con algún gesto espontáneo y natural, emergido desde el mismo centro de aquellos seres. Pero estaban tan acostumbrados al fingimiento que ya no podrían cambiar. Toñita siempre se portó amable, pero no se me escapaba la tensión que acompañaba su gesto más cordial. Y más de una vez advertí que su rostro se transformaba, momentáneamente, en un rictus de ansia reprimida. Sin advertirlo de pronto dejaba entrever esa necesidad de desbordar un caudal de emociones que llenaban su espíritu, sin lograr reconocerlas, sin siquiera sospechar cómo expresarlas. ¿Qué te pasa, Toñita, te duele algo? No, nada, contestaba, y volvía al bordado. Parecía querer taladrar la tela con una impresionante habilidad, donde sus manos se volvían invisibles y su rostro se encendía tal vez acallando algún pecaminoso pensamiento que se le había incrustado. Pasada esta transitoria etapa regresaba a la normalidad y retomaba la actitud mansa con la que había sido educada. Joaquín me había platicado que de chica fue caprichosa y demandante, impositiva y coqueta. Se tiraba al suelo y pataleaba para conseguir lo que quería. Pedía que le compraran collares y pulseras y se observaba en el espejo, siempre con un moño sujetando su cabello. ¿Qué había sucedido con ese temperamento? Advertí que mi antipatía hacia ella se debía a un tenaz conformismo que proyectaba a raudales, gracias a una vida mediocre, sin ambiciones ni metas. Estoy segura que yo tampoco le era grata, y no me caería tan mal si alguna vez me hubiese mostrado abiertamente esa hostilidad, perceptible a pesar de todo. Su irrevocable amabilidad simulada me resultaba un trapo sucio y maloliente que no me podía desprender. No era capaz de aceptar que dentro de ella pudiera albergar alguna verdadera pasión. Despreciaba la lectura y el conocimiento, pues no les encontraba utilidad. Sus ideales eran la comodidad y el matrimonio, una casa limpia, formar un hogar y ser feliz.

A Joaquín no le importaba eso, o más bien no se daba cuenta, pues se enfrascaba tanto en la pintura, que la vida de su familia pasaba inadvertida. Ahora me daba cuenta del egoísmo de Joaquín, pues tampoco parecía preocuparle lo que estuviera sucediendo conmigo. Subestimaba mis temores, mis dudas, mi malestar. Me decía que exageraba, que era muy delicada, que me tenía que acostumbrar, pues nunca se puede tener todo. Joaquín era ciego y hasta insensible. De qué le valía pintar tan bien si su egoísmo lo volvía torpe y poco perceptivo. Amaba la naturaleza e intuía los cambios sociales. Pero cuando se trataba de lo más cercano... Yo sospechaba de una postura comodina y confiada. Sí, era incapaz de valorar lo que poseía, quizá porque creía (sin pensarlo) que lo tenía seguro. Ahora advertía lo poco que me conocía. Yo necesitaba una verdadera comunicación, establecer un vínculo real de pareja, que me dedicara tan sólo una parte de su tiempo. Me entristecía al pensar en lo rápido que había olvidado los grandes momentos climáticos y fulgurantes que nos unieron al principio de la relación: se transformaba de tal forma con mi compañía que la inspiración llegaba a él en ondas vaporosas y electrizantes, prestas a manifestarse en cualquier momento. Se sentía rejuvenecido, lleno de vitalidad. En ese tiempo pintó los cuadros más geniales. A mi lado creció espiritualmente, y se había descubierto a sí mismo, y no lo reconocía. Mi sentimiento se tambaleaba y Joaquín no lo notaba.

Toñita tejía viendo el televisor. Ya habíamos preparado juntas la comida, muy temprano, y me parecía intolerable ser consciente de estar viviendo una vida ajena. Yo nunca había sido tan puntual y metódica, pero dentro de mi desorden funcionaba. Distribuía mi tiempo arbitrariamente Y ahora… todo en orden, todo limpio, todo al pie de la letra. Eso estaba muy bien, pero se lograba a costa de otros valores, para mí elementales, la superación personal.


Toñita esperaba casarse. Todavía era joven, pero con ese recato... Ya no volví a ser testigo de esos arranques esporádicos que la convertían, inconscientemente, en una especie de felina en celo. Ya no la descubrí triturando casi la tela con el rostro sudoroso y acezante. Su piel ya no se volvió a encender. El cristo, entre los senos pletóricos, se interponía como un escudo. Se cansó, sin confesárselo, de esperar al hombre valiente que rodara por su piel y la transportara a paraísos palaciegos, etéreos y candentes. Nunca advirtió lo que en realidad quería, y los innumerables y magistrales tejidos, de distintos colores, formas y usos, se fueron acumulando en la estancia mientras Toñita se iba convirtiendo cada vez más en una sombra.


Preparé mis cosas, ya lo había decidido. Me largaría de ahí, me independizaría. Necesitaba reencontrarme. Joaquín estaba enamorado de su pintura, no de mí. Estaba teniendo mucho éxito, pues pintaba apasionadamente, casi de tiempo completo. Y mientras mi admiración hacia él crecía, como pintor, el amor que le había profesado se estaba enranciando sin remedio. Cuando se lo comuniqué su rostro adquirió una tonalidad marmórea, y tragó saliva pensativo. Ya sea por orgullo, o porque tal vez pensara que era lo mejor, no intentó retenerme. Ni me afectó ni me sorprendió. Le había caído de golpe y seguro estaba confundido. Tal vez más adelante me buscaría y trataría de reconquistarme. Era lo de menos. Lo único que me interesaba, en esos momentos, era buscar mi propia realización y mi camino. No quería terminar igual que Toñita, como una sombra.



No hay comentarios :

Publicar un comentario

Deja un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
"