viernes, 21 de octubre de 2016

El sueño profundo de Mireya


ALEJANDRO SE LAVABA LOS DIENTES después de un desayuno apresurado. Ya era tarde y le quedaba poco tiempo para llegar al trabajo. Se enjuagó muy bien la boca, con dos buches. Se rasuró y procedió a peinarse.

Mientras se peinaba la observó de reojo por el espejo: inmóvil sobre la cama, con el cabello negro alborotado y tapada a medias con el edredón. Una pierna al descubierto. No le veía el rostro, vuelto hacia el clóset.

Esperaba no verse en una situación muy incómoda al volver a casa. Era impensable el impacto que tendría al encontrarla, probablemente, en la misma posición: su hermosa pierna al descubierto, los ojos cerrados, la boca semiabierta, con la vitalidad menguante de quien ha llegado al clímax del agotamiento. 

Salió a la calle. El frescor de la mañana, los rostros que se cruzaban con él, las miradas fugaces, los murmullos, el rumor del tráfico, lo hicieron suspirar mientras sus nudos interiores se iban aflojando.

Mireya era muy cariñosa con él, pobre chica. Estaba ahí para complacerlo, no tenía a donde ir. Se le entregaba con devoción. Vivaracha y genial, cada día inventaba un platillo nuevo. Lo peinaba sin aviso, carcajeándose, divirtiéndose con los aspectos, de pronto cómicos, que el hombre iba adquiriendo con cada peinado. Le masajeaba el cuerpo. Realmente lo quería. No deseaba separarse de él. Y Alejandro de golpe se sorprendía aprovechándose de ese amor incondicional. Se volvía poco atento, desconsiderado. Un verdadero egoísta. No recuerda haberle preocupado su bienestar, hacerla sentir cómoda e importante. Y Mireya estaba tan agradecida con el refugio que Alejandro le ofreció en su casa, que nunca dio importancia a su frialdad y sus desatenciones, se conformaba con que se dejara mimar.

Varias jovencitas se cruzaron con él. Sus carcajadas límpidas y frescas lo llenaban todo. Al parecer platicaban de algún compañero de escuela, y del profesor de física. Mientras se alejaban sus voces se empezaron a diluir en el cuchillo helado de la mañana. Alejandro no sabía por qué las miró casi sin pestañear, atento a la bulla que desplegaban con entusiasmo, como si desease ser incluido dentro de ese mundo luminoso, escapar, huir, olvidarse de la atmósfera densa y gris que lo atrapaba.

En el trabajo todo seguía igual. Todos iban y venían, sin tregua. Las secretarias contestaban teléfonos y algunas apuntaban algo. La rubia teñida, con falda corta, como siempre, se sentaba delante de él cruzando unas piernas atléticas, mostrando casi los glúteos. Se adivinaba la suavidad de su piel. Alejandro estaba acostumbrado a sus coqueteos. Ni le molestaban ni lo emocionaban.

Al salir del trabajo hubiese deseado ir a cualquier lugar, menos a su casa. Pero no, tenía que regresar... Mientras más se acercaba su corazón parecía hincharse, golpeando con desesperación su pecho. Respiró profundo antes de dar vuelta a la llave. Abrió la puerta bruscamente y entró. Se sorprendió de encontrar un ambiente cálido. El sol entraba en cúmulo por la ventana y caía en la duela como un baño dorado. El olor de los tulipanes y las rosas llegaba en oleadas invisibles a través de las ventilas. No se atrevía a mirar de frente a su pareja, se esbozaba de reojo, como un sueño desdibujado. Se sorprendió a sí mismo conduciéndose cautelosamente, de puntitas, para no interrumpir el sueño de Mireya, de seguro quería descansar más.

Poco a poco fue deteniendo su vista en ella: el pie fuera del edredón, la pierna torneada, la melena negra revuelta, el cabello sedoso, la cara hacia el clóset, tal como la había dejado. Creyó advertir la incesante, aunque apenas perceptible, respiración de quien está entregado a un profundo sueño.

Se sentó en el borde de la cama y retiró el cabello del rostro ¡Bellísima! Como siempre, nada había cambiado. Mireya, Mireya, le susurró en el oído, pero Mireya no respondió. Dio unos golpecitos a la mejilla y procedió a acariciarle la frente y el cabello. ¡No, Mireya, no te puedes ir así, te debo mucho, por lo menos deja que corresponda un poco a todas tus atenciones y a tu amor! se sorprendió a sí mismo de sus palabras, atizado de golpe por la desesperación y los remordimientos. Le besó los labios, después de darse cuenta que había disminuido la intensidad de su habitual carmín. ¡Abre los ojos, Mireya! Lentamente hizo a un lado el edredón hasta que el cuerpo desnudo quedó al descubierto. ¡Dios, qué hermosa! Por primera vez Alejandro advertía la belleza de su amante. La apretó contra su cuerpo y se retiró nuevamente para observarla. El golpe que te diste anoche resultó más grave de lo que pensé, Mireya, pero no me eches la culpa, fue un forcejeo como cualquiera de los que tenemos de vez en cuando. Debes aceptar que tú fuiste la que empezaste. Pisaste mal cuando te zarandeé por necia. Quien iba a imaginar que en la mera nuca te ibas a dar, sobre el filo de la cama. Sólo traías tu bata... No encontré la pijama... Pero, por lo visto no tuviste frío durante la noche. De pronto Alejandro aceptó que Mireya jamás le respondería. Como una ráfaga cruzaron por su mente el velorio, los preparativos del entierro, los gastos.

Levantó a su compañera de las axilas y la sentó, recargándola en la pared. ¡Oh Dios! Alejandro se excitaba, no lo podía evitar. ¡Mireya! Encendió el aparato de sonido y puso el disco de Enigma, el que Mireya solía oír en similares situaciones. Los cantos gregorianos ascendían salpicados de sensualidad. Acarició los senos con ambas manos. Se desvistió. La empezó a besar con firmeza y suavidad a un tiempo. No descuidó ningún detalle, hasta penetrarla satisfactoriamente. Los acordes parecían susurrar alrededor de la pareja, mientras se aceleraba el ritmo de la respiración de Alejandro, hasta convertirse en jadeos verticales, rematando en un alarido de placer. Le había hecho el amor como nunca. No pensó más en el entierro, por lo menos en esos momentos. Cargó a su mujer para tomar una ducha juntos. La enjabonó toda, quería vestirla como toda una dama. La secó y la peinó. Tenía que atenderla, como ella lo había hecho con él. Le puso su mejor vestido y procedió a maquillarla.

La luna de miel se prolongó dos días más en los que Alejandro ni siquiera se acordó de ir a trabajar. Pero ya no era lo mismo, el cuerpo presentaba una rigidez difícil de manejar y un leve tufo a carne descompuesta se introducía por los rincones.

Se sentía parcialmente satisfecho. Había devuelto a Mireya el cariño y las atenciones que ella le había entregado. Ya era hora de arreglar los preparativos para lo inevitable y de ingeniárselas para evadir la autoridad.


2 comentarios :

  1. Te ha quedado de perlas!, Rocío. Mantiene el ritmo, la curiosidad por saber qué va a pasar en las siguientes líneas y descubrir por que duerme tanto Mireya es todo un hallazgo. Felicitaciones y un abrazo.

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