domingo, 7 de agosto de 2016

Luz vibrante



Vano paladar de siglos


Respóndeme tú, fabricante de lunas.

¿Dónde están las flores aureoladas del poeta?

¿Dónde encuentro la honda cavidad del verso en llamas?

Todo es vano paladar de siglos.

Todo es epidérmico secreto.

Todo es tan falso

como el peluquín de mi vecina.

No hay sitio, sólo sombras.



He buscado arrastrando mi nombre.

He llorado como nube en otoño.

Me he agotado

recorriendo desiertos y valles y mares

y la luna terminó en mi casa

como un plato de lentejas.

Sólo el Dios de siete cirios

sabe lo que se deshizo ante mis ojos,

sabe que mi lugar estaba lejos, tan lejos

como relámpago de nácar

en Oriente,

como la Atlántida

que aún refulge bajo el agua.



Cuando me respondas

romperé estos versos.








Druidesa de la noche rumorosa


Sabes que llego

con los labios deshechos

de repetir la misma plegaria.

Tú, que rompiste amarras antes de hora,

Tú, que clamaste siete veces hasta dar con mis pasos.

Tú, princesa de las cinco lunas

me dijiste que yo era tu espejo

y miro en tus ojos

el endrino fulgor de los míos.



Druidesa de la noche rumorosa,

ardiente pensamiento erguido.

Llámame más allá del horizonte

para que mis huellas queden ancladas

en la luz vibrante de los árboles.

Llámame más allá del eco cósmico.



¿Y quién dirá que aquí

se aposentó la estrella que guía al nómada?

¿Quién dirá que la ventisca congeló la música?

Dame el corazón salino de los mares.

Dame un poco de abono

para plantar mi árbol.

Dame el pan

que con tanto esfuerzo he amasado.

Dame de la madre tierra la sustancia.

Y he aquí que mi canto se vuelve nube

en el desierto, perenne fuego en noche

de manos pálidas.



Huye, vete sin volver el rostro

(somos una dividida)

Si lo vuelves

también seré

estatua de sal

sin rumbo y sin consuelo.







Huérfana del oleaje de reflejos púrpura



¿Dónde está el lecho de azucenas

donde arribaron los mancebos

a compartir contigo?

¿Qué fue de tu cuerpo de tibieza fértil

donde otros cuerpos ardieron

deshojando las guirnaldas de tus pechos?

¿Dónde la cicatriz que cada uno te ha dejado?

¿Dónde te volviste pira inextinguible

que de pronto en soledad te consumías?



Levántate, oh bella, camina despacio, sin mirar atrás

no sea que tú también te petrifiques.

Aún el calor de tu cuerpo deja un hechizo

en cada paso.

Aún la curva de tu cadera se llena

de constelaciones lúbricas.



Sal de ti

a contemplar el mundo.

Sigue tu ruta

aún cuando todo sucumba en tu camino.

Aún cuando sientas

que las flores más radiantes se marchitan

con el ácido sanguíneo del silencio.


El amor verdadero aún no te toca.

Cuando llegues sentirás el ardor

que te convertirá en guerrera.

Sabrás que has sido huérfana del oleaje

de reflejos púrpura.

Sabrás que sólo la luz

penetrará en tu vida.



La sal dulce de la tierra


Me dijiste que vendrías

cuando se encendieran las velas de mis sueños.

Cuando supiera, con certeza,

que me daba al mundo.

Se calcina el horizonte y aún estás ausente.

El recuerdo de tus manos

me hace bulto.



Recoge la planta

que germinó en mi almohada.

Recoge la sal dulce de la tierra.

Recoge el canto que riego tras mis pasos.

Recoge lo que de ti vive

y aún me pertenece.

Y he aquí que llego con firmeza

a esparcir la simiente

que verdeará

cuando todo lo visible esté acabado.



He aquí que mi cuerpo se humedece al recordarte

y todo cuanto amo lo retengo.



No te esperaré, lo sabes.

Voy tras el cachorro

bullicioso

de mi instinto.



Retomo el camino de los bulevares.

Retomo el periplo de las calles místicas

donde mi ser manaba

al efluvio enamorado de la noche, al placer amargo,

hacia el halo errante de quimeras.

Vino la muerte a visitarme

y me dijo: Aún no estás madura, préñate de vida aventurera

para que huelles los caminos.

Vino la serpiente y me tentó antes de tiempo.

Vino Dios con su olor a nube rancia

y el cuento de su tierra prometida.

Y he aquí que lo cociné

con las santas escrituras y le dije: ¡calla!

¿no ves ahora la desdicha circundante?

Te busqué y no llegaste.

Escribí tu nombre

en un altar de fuego

y sólo se agostaron las orquídeas.



Por eso me voy ahora,

porque la inocencia se hace humo,

porque no sé vivir de otra manera.





No basta


No basta la turquesa derretida

de los mares

para cantar a la luna.

No basta el desayuno apresurado para llegar a tiempo.

No basta la palabra dulce

en la boca seca del sicario.

No basta que se escinda el mar

ante mi paso firme.

El cielo es sórdido y derrite su pureza.

Y he aquí que estoy sobre la cama.

Sólo me levanto

a comprobar que el niño duerme.

Hay una quietud extraña

en mis pensamientos.

Alarga la noche sus tentáculos fríos.

Quiero saber que estas manos

se abrirán cual mariposas,

que buscarán el pan

más allá de su hambre y su nostalgia,

más allá de su propia identidad sin rostro.

Buscarán el tacto que acaricie

y la suavidad arisca de la rosa.



Estoy sobre la cama

con un febril delirio que atormenta.



Miro el sueño frágil

de mi niño, el pulso intermitente de su pecho,

la calentura que ha menguado.

Esta noche

se calcinan las estrellas.



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