sábado, 9 de julio de 2016

Tres cuentos



La pérdida

CUANDO ME DESVESTÍ para bañarme, no lo podía creer. Algo me faltaba y mis nervios se tensaron en notas de confusión. De momento no supe de qué se trataba, pero tenía que averiguarlo cuanto antes. Llena de ansiedad comencé a recorrer las partes de mi cuerpo: cinco dedos en cada mano y en cada pie, ojos, nariz, piernas, brazos. Me miré en el espejo: senos, pubis, todo en su lugar. Sin embargo, aún la sensación de pérdida me agobiaba.
     Entonces me fijé con más detalle, repasando meticulosamente cada centímetro de mi piel y... por fin lo descubrí. Mi vientre estaba más liso que de costumbre. El hoyito reluciente y coqueto se había borrado sin dejar huella. ¿¡Qué pasaría con mi ombligo!? exclamé con trabajo, a media voz. ¡Mi ombligo! ¡Mi ombligo! ¡No puede ser! ¿cómo voy a vivir así?
     Perdí el hambre, el sueño huyó de mi almohada. Mi querido ombligo había desaparecido lo cual significaba un insalvable problema, pues llevaba dos meses trabajando como bailarina en un centro nocturno y, por supuesto, la danza del vientre era la principal atracción ¡Qué iba a ser!
     No quise hablar del asunto con nadie. En el trabajo me reporté enferma de neumonía y conseguí, con escabrosas artimañas, una receta médica que una amiga doctora, a la cual no veía hace tiempo, después de pensarlo mucho me entregó con algo de extrañeza y mucha desconfianza.
      Era desesperante, pero mi ombligo no debía andar lejos, de seguro en algún rincón de mi propia casa. Busqué afanosamente, en los huequitos más recónditos, en los cajones más inaccesibles, en los resquicios olvidados, hasta que perdí la fe.
     Sólo faltaban diez días para que se venciera la incapacidad. Pronto debía idear algo y lo mejor que pensé fue pintarme uno, lo más parecido que se pudiera al original. Necesitaba un modelo y ahí empezó el obstáculo. Soslayando las miradas burlonas y llenas de sospechas de la voceadora, las cuales me colocaron por un instante en el centro de una desamparada intemporalidad que le brindaron la satisfacción de instalarse, un par de segundos, por encima de mí, compré varias revistas Play boy, y una Play girl, pero me decepcioné al comprobar que en todas ellas los ombligos eran lo que menos se destaca. No tenía otro remedio que realizar un viaje relámpago a la playa y, sin titubear, me fui a Acapulco en el primer vuelo que conseguí.
     Muchos ombligos pasaban a mi lado, pero tan fugaces que no alcanzaba a captar alguno con detalle. Hasta que vislumbré a un grupo de muchachas que tomaban el sol con ese abandono hedonista, propio de la ficticia despreocupación que otorga el contacto con el mar, donde el tiempo parece suspendido en un suave viento que descansa apaciblemente sobre las olas. Me acerqué con la mayor naturalidad posible y me tendí muy cerca de ellas, aparentando incontenibles deseos de que la mano del sol acariciara sin prisa los contornos de mi piel y, con el mayor disimulo, observé los ombligos mientras mi mano se deslizaba con suavidad sobre un trozo de cartulina. Por desgracia, no pude ponerme el bikini. Traía un traje de baño completo, algo incómodo.
     Hice varios bocetos y después escogí el mejor que perfeccioné con esa habilidad innata que desde niña mis padres me habían descubierto para el dibujo y que, por desgracia, por falta de voluntad y disciplina, nunca llegué a desarrollar.
     Regresé de inmediato a la ciudad. No me fue difícil trasladar la figura a mi abdomen, pero... se veía tan artificial. Sin embargo, desde una distancia prudente nadie notaría la farsa, pues en lo que la gente menos se fija es precisamente en el ombligo. Todos los días tendría que retocarlo con tinta indeleble.
     Me presenté a trabajar y, en apariencia, todo transcurrió dentro de los parámetros normales, hasta que un día advertí que Gladis, una de mis compañeras más punzantes y destructivas, poseedora de una implacable e insaciable envidia y un velado complejo de inferioridad que sin excepciones inyectaba su ponzoña al menor estímulo, se fijaba en mi vientre con insistencia. Yo me hacía la desentendida y empezaba a moverme con cualquier pretexto, para no darle ocasión de comprobar su sospecha, pero no podía estarme cuidando de ella en cada minuto y, de pronto, se desató el rumor: mi ombligo era postizo.      Todas las chicas me empezaron a mirar con mezcla de burla y desconfianza. Perdí la tranquilidad y lo incómodo de mi situación alentaba síntomas de abatimiento.
     No podía estar a gusto y me volví insegura. Sudaba en los momentos pre escénicos cuando las bailarinas esperábamos nuestro turno en los pasillos. Me tapaba el ombligo con cualquier excusa y no puedo explicar mi desolación, mi vergüenza, cuando mis compañeras me sujetaron, entre todas, cerca del camerino, y me metieron a empujones para observar de cerca mi vientre que ya me resultó imposible esconder.
     Gladis blandió una lámpara de mano que traía lista para sus malintencionados propósitos. Me vaciaron aceite de bebé, alcohol, hasta que mi ombligo se borró ante sus ojos primero atónitos y después sarcásticos. Me defendí alegando justificadamente que los senos de Olivia eran de silicón, las nalgas de Patricia y Emma viles y vulgares implantes, y que Gladis estaba reconstruida por completo y junto a tales horrores el pobre dibujo sobre mi cintura resultaba trivial. No se dieron por aludidas, como si sus postizas modificaciones corporales estuviesen dentro de lo normal, y mi carencia de ombligo fuera algo infrahumano.
     Me deprimí tanto que otra vez tuve que reportarme enferma, pues un llanto convulsivo me apresó por siete días y siete noches, después de los cuales me sentí recuperada y aquella pérdida empezaba a perder importancia.
     Abandoné ese trabajo, ahora me daba cuenta que no me satisfacía, y decidí buscar un empleo más acorde con mi personalidad. Un día mi hermana me telefoneó; el sábado por la tarde habría reunión familiar y mi asistencia era importante. Fue un descanso reunirme con los que en verdad quiero y olvidarme de aquella mala experiencia que desde entonces ya no quise recordar.
     Al principio éramos una mezcla confusa que, sin distinción, intercambiaba impresiones y comentarios. Después de un par de horas, los grupos se disociaron conforme a intereses propios de cada sexo y edad. Las mujeres hablábamos de alimentación, cocina, hombres. Ellos chanceaban y bebían cervezas en el jardín, y los niños jugaban a las canicas.
     Cuando salí por una cerveza observé a los niños. Echaban las bolitas en un hoyito bien hecho sobre un trozo de tierra despejada de césped. Los contemplé por un rato, tomando mi cerveza, mientras ese hoyito se me iba haciendo cada vez más familiar. Sí, ese agujerito era mi ombligo, ¡mi ombligo! ¿Qué estaba haciendo ahí? Lo reclamé ante el azoro de todos, recriminando a mi sobrino Pepe, con verdadera alteración, que lo hubiera tomado sin mi permiso; pues de pronto recordé que él y su mamá me habían visitado la víspera de su desaparición. Me lo encontré en el baño, tía, me contestó mortificado y resentido, me pareció perfecto para jugar a las canicas. Nunca imaginé que... No le permití concluir.       Recogí mi ombligo, lo eché a la bolsa, y me despedí de todos cuya expresión había virado hacia signos inequívocos de incredulidad y sorpresa.
     Una tía me acompañó a la puerta. Celebraba mi sentido del humor. Abordé mi auto y, antes de arrancar, salió mi parentela para desearme buena suerte.


Mi corazón

A MI PRIMER NOVIO LE ENTREGUÉ MI CORAZÓN, limpio, deslumbrante como un estero de luz. Él lo aceptó contentísimo. La emoción pintó en su rostro brochazos destellantes de vitalidad. Lo tomó con delicadeza y lo guardó en un estuche de terciopelo. Y, aunque ya sin corazón, me sentía muy contenta de que Hildebrando lo tuviera en su casa, cuidándolo como un tesoro, hasta el punto de que, en ocasiones, me costaba mucho trabajo localizarlo porque siempre estaba embebido en su contemplación.
     Después de un mes ya me había arrepentido de habérselo dado. Me puse muy celosa porque le gustaba estar más con mi corazón que conmigo. Y fue tanto su amor por él, que se puso demacrado y flaco pues no comía ni dormía por estar a su lado. Un día su mamá descubrió el estuche y me habló por teléfono para que fuera por él. Y, aunque perdí a Hildebrando, me sentí mucho mejor de haber recuperado mi corazón.
     Un buen tiempo duró en su sitio, desbocándose en sus latidos que mis emociones y sentimientos le provocaban, estremeciéndose ante las penalidades y desencantos de la vida, hasta que conocí a Teadoro y me deslumbró su andar principesco cuando atravesaba las calles. Quise dárselo, pero recordé lo perdida que me sentí cuando Hildebrando lo tuvo. Es mejor conservar los cinco sentidos que da el corazón en su sitio, pensé. Pero ese caminar de Teadoro me cautivaba tanto que, por fin, se lo entregué.
     Teadoro no era amoroso como Hildebrando y tenía una sensibilidad tan infantil que le gustaba jugar con todo lo que caía en sus manos. No respetaba nada ni a nadie, y al poco tiempo mi pobre corazón estaba tan estropeado que no lo reconocí. Teadoro exhibía su destreza malabar con él y, como decía que era muy blandito, varias veces sirvió de almohada a sus sueños fatuos de fama y posesiones materiales. Está de más decir lo que yo sufría. Temí que cuando todo terminara con Teadoro me quedaría sin corazón. Se lo pedí antes que sucediera esa inminente catástrofe, lloré, supliqué hasta la desesperación que no lo hiriera y maltratase más, que me lo regresara aunque estuviese deteriorado. Pero él se envanecía cada vez más ante mis vehementes peticiones. Y en el extremo de su sadismo, casi lo destroza delante de mí. Estuvo a punto de desangrarlo cuando se lo arrebaté y me fui corriendo. Corrí hasta más no poder, llorando con mi corazón medio desecho entre las manos.
     Llegué a mi casa, le di una friega de alcohol y con merthiolate y pomadas se fue recuperando. A los seis meses ya había sanado, aunque las cicatrices parecían gusanillos inmóviles. Desde esa vez decidí nunca más entregarlo a nadie, por lo menos no sin saber que lo cuidarían como al suyo propio. Además pensé que era más sano para él repartirse entre varios.
     Después de dos años, al recuperarse por completo, lo puse sobre una tabla y comencé una tarea delicadísima. Corté varios pedacitos de amor palpitante y los repartí, en tamaños desiguales, entre mi familia, un gato, un perro, y un niño desnutrido y harapiento que pasaba todos los días por mi casa cantando y dando vueltas de carro mientras comía hojas y flores para olvidar la tortura de su hambre. Al principio los recibieron con mucho gusto, pero después de un tiempo mi papá lo descuidó y el trocito de mi corazón se quemó en la parrilla. Mi mamá se confundió y se lo dio al gato después de haberse trincado él el suyo. Mis hermanos lo dejaron expuesto al sol y rápidamente se secó. El perro olvidó donde lo había enterrado, y al niño anémico le sirvió de comida durante dos días. Y yo me sentí más infeliz que nunca. Robotizada anduve por las calles terrosas y humeantes de la ciudad. Desolada, deprimida y sin esperanzas hasta que mis pasos se detuvieron con brusquedad al descubrir un letrero en una esquina: Hacemos corazones a su medida y al ritmo de su temperamento. Entré emocionada a aquella tienda. Hablé cinco minutos con el sicólogo y fueron suficientes para que él supiera las medidas exactas de mi nuevo corazón. Me dijeron que pasara por él en dos semanas.
     Y ahora, después de traer uno postizo, me doy cuenta que me queda chico y es mucho más duro que el original. Pero ya no quiero seguir buscando, más vale uno defectuoso que nada. Y además, así duro me sirve mejor. No se sale fácilmente de su sitio.


Perla

NO FUI FELIZ JUNTO A MI HERMANA. Nunca me acostumbré a que las atenciones fueran sólo para ella. Mis papás y toda la familia siempre la acariciaban y le daban regalos y a mí a veces ni me veían. Y yo me quedaba con los brazos cruzados, reventando de coraje al convencerme que no habría algún regalo para mí. Sólo de vez en cuando se acordaban de mi existencia y me compraban algo, pero casi nunca. Por eso me volví muy arisca y repleta de odio y envidia, como dijo mi mamá la otra vez. Lo cierto es que yo sufría un montón, tanto, que llegué a pensar en la mejor forma de desaparecer de este planeta. Bueno, pero eso ya fue hace mucho, porque ahora ya no importa, ya nada importa...
     Perla y yo nacimos el mismo día y de la misma panza de mi mamá. La gente no podía creer que fuéramos hermanas y además cuatas, pues decían que ella era tan preciosa como una perla y que a mí no me debieron haber puesto Rosa, porque no tenía nada de rosa, sino Pancha o Soledad. Eso le oí comentar a la vecina. Y lo peor del asunto era que, cuando mi hermana y yo salíamos a la calle, ella siempre llamaba la atención con sus cachetes rosados, con sus ojos así de grandotes como aceitunas frescas, y el cabello rojizo que le caía en bucles hasta el hombro. Los niños se le quedaban mirando como tontos, hasta Carlitos que era la atracción del barrio… cómo me gustaba Carlitos. Su sonrisa ladeada, como acordándose de sus travesuras. Su ceja levantada y los ojos risueños. Parecía que estaba muy contento con su persona. Su cabello lacio era una luna negra de otoño. Pero nunca me miraba.
Siempre lo mismo, siempre, desde la mañana hasta la noche, todos los días, la atracción era Perla. Y cada vez me daban más ganas de desbaratar con las uñas esa cara blanca y hermosa, pero estúpida. Sí, porque en inteligencia no, no era la gran cosa, en inteligencia yo era la mera mera. Rápido aprendí a robarme los dulces de la tienda y les ganaba en los juegos a mis amigas. En la escuela todo me lo sabía. Tenía unas ideas tan geniales que mucha gente decía que a mí me tocó la materia gris y a mi hermana la belleza, pero, por lo visto, esto era lo que más les gustaba porque siguieron admirándola nomás a ella. Y yo me sentía igual que chinche, como si no valiera nada. Ya ni mi talento tuvo valor al lado de la hermosura de mi hermana. Y pues, aunque la odiaba, empecé a acostumbrarme a mi suerte y a tratar de aceptarme así como soy, una niña fea y, según mis papás, llena de rencor y envidia.
     Pero sucedió lo que siempre temí, llegó la fecha de nuestros quince años. Por nada del mundo hubiera querido que se hiciera una fiesta con baile y toda la cosa, y está de más decir por qué no quería eso. Desde aquel día tuve ganas de matarla. Cada vez que me acordaba de la fiesta y de la gente amontonada alrededor de Perla felicitándola, de Carlitos y los muchachos peleandose por bailar con ella y yo, sentada en un rincón, como si no existiera, sintiendo que mi corazón se despellejaba poco a poco, y que algo me ardía por dentro igual que si hubiera tragado ácido, me daban unas ganas locas de ahorcarla. Sobre todo cuando Carlitos y ella se quedaron juntos, hasta el final, contemplándose con ojos brillantes, como si el mundo se hubiera derretido. Y Perla agitando los bucles y contoneándose con modales empalagosos de estrella de cine. A partir de ese día me puse a pensar en la mejor manera de deshacerme de ella. Ideé muchas formas, pero en todas había peligro de que me descubrieran, si no desde el principio, al investigar acabarían por saber que yo era la asesina, aunque, la verdad, no me importaba, ya ni eso me importaba. Y la hubiera matado con un fierrazo en la nuca si Marcela, mi única amiga, no me hubiera platicado de la bruja de la vecindad de enfrente. Me dijo que esa hechicera me podría solucionar el problema, que fuera con ella. Y así lo hice, rápido fui con la bruja esa. Al contarle lo que sucedía y mis propósitos, luego luego sacó de una caja vieja unos polvitos verdes. Me dijo que los espolvoreara tantito una vez al día en la comida de Perla y que todo se iba a arreglar.
     Ese mismo día empecé con la receta. Eché de los polvitos a su consomé, pero pasó una semana y yo no veía nada raro en mi hermana, hasta llegué a pensar que la dizque bruja esa era una charlatana, una estafadora.
     Después de dos semanas noté que Perla, siempre más alta que yo, me llegaba a las cejas. Lo primerito que pensé fue que yo había crecido, pero no, me medí y seguía igual. Me dije que a lo mejor era el efecto de los polvos.
     Al mes mis papás se dieron cuenta que mi hermana se estaba achicando y se la llevaron asustados al doctor, a muchos doctores. Le recetaron muchísimas medicinas. Le hicieron análisis y nada, Perla seguía achaparrándose. A los cuatro meses ya me llegaba a la cintura y mis papás lloraban y lloraban. A mí no me daba tristeza, pues que me había de dar tristeza si ni me querían.
     Y las lágrimas que derramaban los ojotes aterrorizados de Perla, como lluvia picante sobre su cara, eran lo mejor de la película, sólo que, mientras más chiquita se hacía, esa cochina hermosura se hinchaba más.
     A los dos años ya me llegaba a los talones y, aún así, las atenciones seguían siendo para ella. Mi mamá le mandó a hacer unos vestiditos y unos huaraches como para un ratón. A veces yo me burlaba, pero la burla se me atragantaba al darme cuenta que, aunque del tamaño de un conejito, su ropa era mucho más bonita que la mía. También le compró unos trastecitos de juguete donde le servía a Perla, siempre a su gusto. Y esa belleza continuaba allí, insultándome a diario, restregándose en mi cara como zacate enchilado.
     Ahora tengo que limpiar bien esta cochina sangre de mi zapato, para que cuando mis papás lleguen, crean que la perla se perdió. 



"Espejo del mundo" y más




He quedado ciega, muda,
paralizada
en el bache
de mis tropiezos.

Soy el espejo
del mundo
y en el mundo
me reflejo.

El rostro más amado
nos puede resultar
extraño.




Aquí en la cama

Qué inútil me siento
aquí en mi alcoba,
mirando esa flor de durazno
que asoma por la ventana
y el tráfico y el smog, y la vergüenza
de aquel mendigo que brinda con el hambre
 y la desesperanza.
Qué voy a hacer con tanto hastío
que me trago, con recuerdos que exprimen mi energía,
con esta percepción desnuda
que no soporta caras agrias.

Ya me cansé de los libros
engañosos.
Qué ilusorios mundos,
qué bellezas,
qué sabidurías
que no enseñan
a vivir
y a salvar esta desgracia.




Silencios audibles

Mirar y callar.
Seguir el camino bifurcado.
En este día oscuro
todo se comprime
en silencios audibles.
Los zapatos me lastiman,
mi cabello se rebela,
la sopa me sabe agria
y el néctar de sus besos
se fermenta.

Pero ¿a dónde ir?
¿Dónde la ilusión florece
como una copa de místico licor
que embriaga
en copos alados, rutilantes?

Ahora todo me parece ajeno,
hasta el gato que miro a todas horas.
Cuando esta soledad me habla
yo me callo.




Al otro lado de la almohada

Mi cuerpo se anuda, como cráter
se agrieta.

La inmovilidad quiero escuchar
de una noche de pájaros etéreos,
de un beso escondido
entre las rocas.

Ahora es tiempo de huir
del murmullo flotante,
de la ebullición de rosas
y espinas.

Sólo un cuarto borroso
y un olor a medicina
enroscado en los muebles.
Los pensamientos ascienden
en espirales, y regresan:
transfigurados recuerdos.

Estoy aquí, sobre la cama,
como en el fondo
de un elevador
que no termina de bajar.

Delirio, fuego, escalofrío.
La vida se ha pulverizado:
un soplo que llega
hasta el dolor de huesos.
La pared, el médico,
la quietud acechando
tras la almohada.


(De mis primeros poemas)

miércoles, 6 de julio de 2016

"Corazón de roca negra" y más


Qué vértigos de nubes
me amenazan,
qué sueños profundos
pasan por la almohada.

Eres humo, aire
comprimido, canto
que se extingue.

La noche es inmensa,
como el último eslabón
de mi destino.

Tejo y destejo
las horas de los muertos.
Rompo un corazón
de roca negra.
Cuánta soledad
en tu mirada,
cuánto vacío,
cuánta perpetuidad
a cuestas.

Qué a deshoras
vine a encontrarme,
qué a tiempo
me descubres.

Mírame. Con la solidez
de mis plegarias
amanezco.

Me despliego
y sólo queda ese astro,
esa quietud
explosiva.
El ojo del sol
parpadea
en la montaña.



Desintegrada
        
         Contemplo mi pierna
         poco a poco se transforma
en otra pierna.
Veo mis manos, y de pronto
no me perteneces.
Son medusas perdidas,
despeñados pétalos.

Son como mi rostro,
tan ajeno y tan mío
multiplicado en prismas
que se encadenan, se aman,
se destruyen.

Simetrías rotas,
corpúsculos
de imágenes.



Canción

La tormenta está en la mente,
el fantasma, el sonsonete.

Sólo se escapa con la muerte.




Corazón derruído 
        
         Acostumbrada a la fugacidad
         como río de luciérnagas
viajo sin destino.

Traigo una taza de chocolate,
un estimulante de amor
y de ilusiones,
una olla repleta
de claridades,
un camino seguro…

Como ladrona
llego a mi esencia
y la doy al mundo.
La reparto por igual
a los que callan,
a la mano que quiere
atrapar
y todo se le esfuma.

Me miro en los ojos de los demás.
Me miro como me miran
ellos. No soy yo, todos, distinta.

Pesada, como el plomo,
arrastro mis años
como un reo.
Los cargo
sobre mi espalda y camino
hasta el final
con el saco roto
amarrada
a mi muerte.



(De mis primeros poemas)

"Desdibujados ecos" y más




        A veces miro todo
        como un sueño.
Fluyo, me detengo.
Mi mano toma forma:
es metal maleable
pero firme.

Ahora no puedo decir
si esto que me está pasando
en verdad me pasa.

Mi cerebro es un nudo
comprimido.

No entiendo cómo
lo que ayer amaba
lo olvidé de pronto.
Me deslizo como sombra,
un eco prolongado
oigo.

Se extingue.

Busco la verdad
y escapa de las manos
como anfibio.

La última verdad
que respuesta a todo
tenga.

Mi ser se tambalea
y me siento espiga de agua.

No entiendo aún de pérdidas,
brusco adiós
entre la noche.

Es el juego de la vida.
La sombrilla que se cierra
de repente.

Regalos de cristal
cortante.

Me doy cuenta ahora
que la vida
es un puñal de oro.




Caricia antigua

De un recuerdo venidero
a la geometría me consagro.

Caricia antigua
en la piel de mi universo,
en sus ebrias rotaciones
llega al puente divisorio
que me habita.

Colecciono retazos de memorias
de espejismos desdoblados
de sed multiplicada
en la quietud sin rostro
de los sueños.

Laberinto de dulzura,
a la vuelta de su miel
se amarga.

Cuántas redondeces
vueltas polvo.
Cuánto candor
en holocausto.
A la hechura de los santos me asimilo
con las manos empapadas
de pecado.



Parto de mí misma

Lento el caminar ciego hacia todas partes.
Parto de mí misma
viajera sombra translúcida
polen almidonado que vuela 
entre luz y polvo.

Cuánta muralla.
Cuántos ojos silenciosos
en el corazón de la noche.

Todo anida en la memoria
como pájaro sin viento,
se agita, revienta
en corolas de humo.

Allí se construyen imágenes de la vida
Allí florecen los recuerdos.
Los sueños se visten
de semilla fértil.
No hay más.


(De mis primeros poemas)

"Horas paralíticas" y más





Ronroneo de gato, sopor redondo.
¿Para qué despertar siempre
con una pesadez de aceite y nube?
La misma gente, los mismos sitios
y el devorarme yo sola
con los dientes de una santa.

Quiero meter la cabeza
en la funda de la almohada
y perderme y olvidarme.

Horas paralíticas
se consumen.
El aire es puño manso.
Efluvios de beleño me trasminan.




Rasgo la mortaja

Nada puedo decir ahora
que no esté dicho.
Sólo un aletear
que surca
el cristal del cielo.

No entiendo
que el canto del gorrión
se extinga
para dejar paso al aullido.
Recorro las venas de los años, las noches 
de remotos parpadeos.
En el sitio de los muertos
me demoro.
Me hundo en su aposento frío,
en una soledad
de nieve y mármol.

Rasgo la mortaja,
la humedad nocturna
de la piedra.

Mi corazón se agrieta
y soy estatua descollante
en la penumbra, enterrada roca,
páramo, herida.

El eco
de mi propio grito soy
un palpitar de tierra
sin retorno.



Valle de metal y frío
      
        En este valle
de metal y frío
a solas con mis manos.
Una flor de asfalto
corona el horizonte
de acústicas marañas.
Platico con la sal de mi epidermis,
con mi corazón
de grieta y desamores
hablo.

Cajones negros
de la duda.
Cadenas del olvido.
Bebo un trago de nostalgia,
la memoria de un adiós
anticipado,
el cristal verdoso
de una infancia
vieja.

Hablo de la muerte,
del primer dolor,
de la angustia
de tener a mis neuronas
fraccionadas
como cóncavos
espejos.

Las horas
enmohecidas
decapito
con tajadas silenciosas.

Y es como anudarse,
como buscar a ciegas
el centro vital de lo que vibra,
de lo que aletea estérilmente
en el subsuelo del coraje.

Los días me como lentamente,
las noches con sus lunas,
el sabor de un árbol saboreo
de savia como sabias predicciones.

Un árbol de hojas
como ojos deshojados.
Sustancia original del suelo
sepultura y vida

Doy una mordida al tiempo
atrapada por mis huesos y mi carne
donde los ayes del pasado
reverberan.

El sabor a origen retomo del manzano,
el llanto turbio
que al mar junta
con los siglos,
la costra que desangra
en cada herida
hasta volverse llaga y rostro.

Regreso a la partícula,
a la neblina sin gerundios,
a la estrella solitaria
que regó a la sombra
su mercurio,
al infinito lento, a la selva, a la saliva
derramada desde el cielo,
a la pierna de Dios, celeste,
al estornudo de Dios,
a la borrachera cósmica,
a la bacanal del mar,
al primer pecado
de los ángeles,
a la ruptura con el diablo,
al silencio sordo
de la emperatriz del fuego.

Rasguño a mi ignorancia,
a mi entendimiento doy la mano y lo levanto.

En este valle de metal y frío
a solas con mis manos.

(De mis primeros poemas)

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