viernes, 21 de octubre de 2016

Cenote Xkeken


A las entrañas desciendo de la tierra.
Bocanada, rumor latente.

Aquí, en esta eternidad
de sombras cristalinas
se vierten lágrimas violáceas.
Petrificadas lágrimas de siglos.
Sólo agua, sudor de piedra
donde las ondinas duermen
sueños de diamantes.
Empozada agua
de caudales frescos.
Reverberante cueva de susurros.

Con tu amor a cuestas te levantas
y sabes del hechizo de tu sangre oscura.
Madre de todas las criaturas
descendiste más abajo del infierno
a borrar tus huellas.
Recoges el musgo de las rocas,
el verdín que pinta el recorrido
burbujeante de los lustros.
Los Bacabs1 titilan en cortejo
suspendidos en los puntos cardinales.

Mi cuerpo se estremece.
Mis manos de princesa
desgarran vestiduras
y tu nombre grito
hasta agotarme.

Ecos prisioneros.
Ecos del milenio.
Inmortales ecos
de la diosa maya.

Ix Chel 2, todo lo cubres
en esta gruta de líquidos
                                         presagios
donde respiran las paredes,
donde los Xibalba3
acechan sumergidos
con un ojo entre la tierra.

Y sales en la noche
a devorar el cielo.
Sabes que despunta el día
con sus manos de azucena errante.
Sabes que los astros mueven
el destino de tu estirpe.

Aquí la añoranza vive congelada.
Aquí dejó su paso la doncella.
Aquí se habló del sacrificio que llegó del norte.
Aquí se oye el corazón
de las tinieblas.

Estalactitas
de goteantes dedos.
Cavidades de conjuros
trashumantes.




1 Bacabs: los cuatro dioses del mundo celestial en la mitología maya.
2 Ix Chel: Diosa creadora lunar de la mitología maya.
3 Xibalba: inframundo de nueve estratos en la mitología maya.






Tulúm


He aquí la roca viva.
He aquí el mar y su destello azul errante.
Reverberación del sol airado.
He aquí la selva murmurante y hechicera,
habla a cada uno por su nombre.
El eco del salvaje sabio
y su ritual
de música sagrada.
He aquí la mano fresca de las olas,
los pies envuelve con su ritmo.
He aquí la primitiva iguana
de terrosa piel salina.
Su quietud de efigie sorda
al arcano remite
                            de la tierra.
He aquí la fuerza que retorna
hacia su centro.

De los árboles
                         la hechura
el viento cimbra
y levanta la maleza
de sus verdes dedos
espejeantes.

La cobrínea sombra
amaina el fuego, el azul se yergue
en lontananza.
Agua de abismal destello.
Agua sísmica que rasga
en azulado hechizo.
Boca abierta de cristal preñado.
Piedra y altitud pulidas.
Espejismo
somnoliento.
Henchida sal que estalla
en el candente aliento de los aires.

Me fundo entre las olas
batiéndome en espejos líquidos.
Me asimilo
al destierro que se esponja
en sutil plumaje
y transparencia.

Vibrante punto suspendido
                                             el pelícano
                    hiende el agua,
                                             zigzagueante.
No existe paraíso
más allá de este calor dormido.

No hay misterio solitario
sin rumor de selva erguida.

Los dioses emergieron
musitando eléctricos conjuros.

Kukulkán reptó de frente al horizonte.
Chac cavó fulgores
                                 en su tumba
           de presagios.

Brotan bocas pétreas,
inhumanas frentes monolíticas.
Sacerdotes perfumados de claveles,
ceibas hasta el cielo de diamantes.
En la sombra verde
plata y oropeles.




El bulto



NO HABÍA ALTERNATIVA. Tendría que atreverse a manejar esa camioneta vieja Suburban que hace tiempo no usaba. Irse sin rumbo, soltar el instinto y la intuición para que la guiaran al punto correcto. Llevaba un día encerrada con ese bulto abominable y no podía esperar más. Ahora o nunca, antes que la perdición la hundiera en la más insalvable y profunda marisma.

Miraba el bulto una y otra vez, no podía hacer otra cosa más que mirarlo, con el entrecruzamiento del placer liberador, como si fuera en un arrullante barco, en aguas mansas, y el horror de un acto despiadado, escalofriante, del que nunca se creyó capaz. Aún no podía recuperarse, fue algo tan monstruoso, tan vil, igual que si algún espíritu ajeno, sádico y endemoniado, la hubiese poseído. El sentimiento de culpa le era remoto. No se reconocía la autora, como si hubiera sido un testigo pasivo y mudo de algo que de alguna manera la hacía cómplice.

Sara suspiró con devoción, queriendo recuperar la personalidad perdida, buscando su identidad destrozada como un vaso roto. Desde aquel instante sus actos eran mecánicos: algún deber impuesto por un enemigo superior.

El teléfono sonó repetidas veces, lo ignoró con una indiferencia que no le pertenecía. Se desnudó ante el espejo para reconocerse poco a poco hasta la aceptación y la ternura. Se vio hermosa y libre, sobre todo libre, como siempre debió ser. Se abandonó en la ducha, agudizando los sentidos como verdadera sibarita. Otra vez desnuda frente al espejo procedió a arreglarse.

Lo más difícil fue arrastrar el bulto, envolverlo, echarlo en la cajuela, para lo cual tuvo que ingeniárselas con una tabla, y con la ayuda de dos amistades de confianza que la auxiliaron con estoicismo y, una de ellas, con desconcierto. Al final del trabajo la última le confesaría que por unos instantes la estaba desconociendo, pero que, a la vez, la había comprendido, pues lo más seguro es que ella en su lugar hubiera echo algo parecido. Les pesó como si hubieran arrastrado una ballena.

Condujo la Suburban con estremecedor aplomo, con una frialdad ajena a su temperamento nervioso, como si después del impacto inicial la vida resplandeciera en otra dimensión.

La frontera entre la vida y la muerte se confundía y desdibujaba. Se apoderaba de ella la temeridad de los suicidas. Nunca imaginó existiera tanta libertad, tanta potestad hacia el mundo.

Todo había sucedido imperceptiblemente. Miguel se fue adueñando de su vida, en pequeñas y sutiles cantidades. Sara, ciega de pasión, lo dejaba hacer sin advertir que aquel calculador trabajaba para posesionarse de ella, de sus actos, de su voluntad. Desde los desnudos cargados de sensualidad y erotismo que Miguel le tomó en el clímax de un tormentoso y feliz romance, hasta las confesiones apócrifas que le obligó a grabar con el pretexto de las clases de actuación. Sara entregaba todo, como toda enamorada abierta, sin prejuicios. Nunca imaginó que Miguel las utilizaría en su contra: no le interesaba el amor, su principal arma era la posesión y el poder. Se requería demasiado sacrificio para mantener vivo el amor de una mujer como Sara: constantes galanteos, detalles elocuentes. La deposición eventual del egoísmo con el fin de complacer a la amada no era para Miguel, acostumbrado a obtener las cosas fácil, sin esfuerzo. Cuando terminó de reunir los elementos necesarios para sus propósitos, desechó la para él fastidiosa cortesía y falsa caballerosidad. Hiciera lo que hiciera su novia estaba en sus manos.

De pronto Sara se dio cuenta que ya no se sentía bien con él, que la inconmensurable y repentina mezquindad de aquel hombre atizaba sus pequeñas mezquindades y defectos. Lo percibió vulgar con sus jeans ajustados, con su camisa desabrochada en la parte superior, mostrando un pecho sembrado de vellos, al estilo Elvis Presley; con sus modales fanfarrones y jactanciosos al expresarse, y sus aires de superioridad y galantería espuria. Miguel también la había criticado, alguna vez le dijo que era cobarde y sin decisiones, y muy desordenada, pues de pronto todo lo mantenía fuera de su lugar. En parte era cierto, aunque también advertía que, con frecuencia, intentaba hacerla sentir inferior. Empezaba a odiarlo y autodiarse destructivamente. Debía huir antes de volverse loca. Lo intentó por todos los medios, pero Miguel la amenazó con la exhibición de los desnudos, con anunciar a la gente que aquella prestigiada bióloga era capaz de tales bajezas como las de la grabación. Circularían por Youtube y por todas las redes sociales. Sara llegó al colmo de la angustia. Quiso persuadirlo de mil maneras, apoderarse de las fotos, pero el poder de Miguel era ilimitado. No podía más...

Se sorprendía de no haber adivinado antes la verdadera naturaleza de Miguel. O si la había visto fue a través del oleaje tórrido de su pasión. El Miguel real siempre estuvo ahí y, a medida que los vapores arrulladores y excitantes se fueron disipando, esa realidad quedaba más a la vista, hasta abarcar la superficie. Algo en él provocaba a Sara vergüenza ajena: era autoritario y se dirigía a los demás con desplantes agrios de prepotencia. Sin embargo, era necesario hacérselo notar. Nadie le ha hecho ver sus errores, se decía ingenuamente, con amor podrá ir cambiando. El amor daba esperanzas a Sara, esperanzas que sabía, en el fondo, con pocas probabilidades de realización. Recurría al autoengaño, pues con ella no actuaba así; la hacía vibrar con las canciones que le componía y le cantaba, con los ramos de rosas que le obsequiaba, espontáneamente.

Miguel desdeñaba con ostentación todo lo que significara verdadera creatividad: el arte, la literatura, y la ciencia no le interesaban por carecer de un fin práctico, de algo que le sirviera materialmente para su bienestar personal. Llenaba su vida viendo películas de acción, de efectos especiales, componiendo cancioncillas de letra fácil y acordes obsoletos, y consintiendo a su coche de lujo con un mantenimiento esmerado y cuidados de hijo único. Era formalmente católico. Sara no lo reconocía en su puntualidad para asistir a misa y cuando, delante de una iglesia, se persignaba. Y de pronto se descubría sintiendo un rechazo episódico ante un ser tan elemental que, sin embargo, en raros momentos, se llenaba de una grandeza que no le pertenecía, que tomaba de la potencia de aquella unión y de la falsa e incomprensible creencia de su propia superioridad (un artilugio para compensar complejos de inferioridad inconscientes) Sara se llegó a sorprender de lo interesante que puede parecer un hombre mediocre que, no obstante, se siente por encima de los demás. Después las fotos, las clases de actuación...

Una felicidad sombría la ofuscaba. Algo nuevo, hermoso y maligno, nacía en su interior como un ente de invicta fuerza. Parecía otra, pero no, era ella misma en la máxima potencialidad de sus facultades. Sabía que desde ahora todo cambiaría, que su vida se adueñaría de un arcano revitalizador de sorpresas.

Tomó la carretera vieja a Cuernavaca. Pisaba el acelerador y casi sentía que la camioneta se deslizaba sola. ¡Al fin dueña de sí! Atrás el bulto saltaba. Cada golpe se hacía más enérgico, más violento, seco, acusador, recordando a Sara  la urgencia de librarse de aquella carga. Pues todavía tenía que terminar de limpiar terreno al regresar.

Empezaba a oscurecer. Lo mejor sería detenerse en una posada, descansar, comer, beber agua, y continuar ya entrada la noche. Pero no, si no desechaba rápido el bulto, en contacto con la gente su inconmovible energía la podía delatar en algún temblor, en cualquier tartamudeo o sonrojo. Después de tirar aquello jamás la traicionarían los nervios subyugados. No había hecho nada malo al librarse de esa forma de Miguel, ahora estaba convencida de eso. Sólo había salvado su honor y su prestigio, su dignidad como mujer y la vida misma. Estaba por completo despersonalizada por el maltrato sicológico,  en manos de un barbaján que había robado su vida, de un verdadero sicópata llegó a pensar. Se armó de valor, con mucho trabajo, para decidirse a agarrar el cuchillo mientras él dormía. Actuó como sonámbula, empujada por una fuerza superior.

Ahora su floreciente fuerza era un estímulo a seguir, sin detenerse, sin rumbo, hasta llegar a algún despeñadero donde el fardo pudiera volar sin testigos y reventar en los miasmas de su propia podredumbre.

Planeaba su nueva vida. Nunca más se sentiría atraída por un hombre con características semejantes a las de Miguel. No se dejaría llevar por su excesiva necesidad de amor y sus carencias, y para eso tendría que dedicarse a su plena realización como mujer y ser humano. Después de aquella mala experiencia sería más objetiva y reservada. Habría que conducirse con tiento, rastreando terreno antes de involucrarse sentimentalmente.

De pronto se empezó a poner nerviosa. La ocasión idónea no se presentaba y el poder deshacerse del bulto se le estaba complicando. El inmenso agotamiento estaba velado por la adrenalina que aún circulaba en su cuerpo. Respiró profundo para recuperar su aplomo. Tendría que esperar, estacionada en algún lugar, a que llegara la madrugada. Lo hizo y continuó el viaje a las 12 de la noche.

Serían la una de la mañana cuando a Sara la deslumbró una luz insoportable que le cayó encima como un sol atronador de cristales rotos. Después de oír las ambulancias no supo más.




El sueño profundo de Mireya


ALEJANDRO SE LAVABA LOS DIENTES después de un desayuno apresurado. Ya era tarde y le quedaba poco tiempo para llegar al trabajo. Se enjuagó muy bien la boca, con dos buches. Se rasuró y procedió a peinarse.

Mientras se peinaba la observó de reojo por el espejo: inmóvil sobre la cama, con el cabello negro alborotado y tapada a medias con el edredón. Una pierna al descubierto. No le veía el rostro, vuelto hacia el clóset.

Esperaba no verse en una situación muy incómoda al volver a casa. Era impensable el impacto que tendría al encontrarla, probablemente, en la misma posición: su hermosa pierna al descubierto, los ojos cerrados, la boca semiabierta, con la vitalidad menguante de quien ha llegado al clímax del agotamiento. 

Salió a la calle. El frescor de la mañana, los rostros que se cruzaban con él, las miradas fugaces, los murmullos, el rumor del tráfico, lo hicieron suspirar mientras sus nudos interiores se iban aflojando.

Mireya era muy cariñosa con él, pobre chica. Estaba ahí para complacerlo, no tenía a donde ir. Se le entregaba con devoción. Vivaracha y genial, cada día inventaba un platillo nuevo. Lo peinaba sin aviso, carcajeándose, divirtiéndose con los aspectos, de pronto cómicos, que el hombre iba adquiriendo con cada peinado. Le masajeaba el cuerpo. Realmente lo quería. No deseaba separarse de él. Y Alejandro de golpe se sorprendía aprovechándose de ese amor incondicional. Se volvía poco atento, desconsiderado. Un verdadero egoísta. No recuerda haberle preocupado su bienestar, hacerla sentir cómoda e importante. Y Mireya estaba tan agradecida con el refugio que Alejandro le ofreció en su casa, que nunca dio importancia a su frialdad y sus desatenciones, se conformaba con que se dejara mimar.

Varias jovencitas se cruzaron con él. Sus carcajadas límpidas y frescas lo llenaban todo. Al parecer platicaban de algún compañero de escuela, y del profesor de física. Mientras se alejaban sus voces se empezaron a diluir en el cuchillo helado de la mañana. Alejandro no sabía por qué las miró casi sin pestañear, atento a la bulla que desplegaban con entusiasmo, como si desease ser incluido dentro de ese mundo luminoso, escapar, huir, olvidarse de la atmósfera densa y gris que lo atrapaba.

En el trabajo todo seguía igual. Todos iban y venían, sin tregua. Las secretarias contestaban teléfonos y algunas apuntaban algo. La rubia teñida, con falda corta, como siempre, se sentaba delante de él cruzando unas piernas atléticas, mostrando casi los glúteos. Se adivinaba la suavidad de su piel. Alejandro estaba acostumbrado a sus coqueteos. Ni le molestaban ni lo emocionaban.

Al salir del trabajo hubiese deseado ir a cualquier lugar, menos a su casa. Pero no, tenía que regresar... Mientras más se acercaba su corazón parecía hincharse, golpeando con desesperación su pecho. Respiró profundo antes de dar vuelta a la llave. Abrió la puerta bruscamente y entró. Se sorprendió de encontrar un ambiente cálido. El sol entraba en cúmulo por la ventana y caía en la duela como un baño dorado. El olor de los tulipanes y las rosas llegaba en oleadas invisibles a través de las ventilas. No se atrevía a mirar de frente a su pareja, se esbozaba de reojo, como un sueño desdibujado. Se sorprendió a sí mismo conduciéndose cautelosamente, de puntitas, para no interrumpir el sueño de Mireya, de seguro quería descansar más.

Poco a poco fue deteniendo su vista en ella: el pie fuera del edredón, la pierna torneada, la melena negra revuelta, el cabello sedoso, la cara hacia el clóset, tal como la había dejado. Creyó advertir la incesante, aunque apenas perceptible, respiración de quien está entregado a un profundo sueño.

Se sentó en el borde de la cama y retiró el cabello del rostro ¡Bellísima! Como siempre, nada había cambiado. Mireya, Mireya, le susurró en el oído, pero Mireya no respondió. Dio unos golpecitos a la mejilla y procedió a acariciarle la frente y el cabello. ¡No, Mireya, no te puedes ir así, te debo mucho, por lo menos deja que corresponda un poco a todas tus atenciones y a tu amor! se sorprendió a sí mismo de sus palabras, atizado de golpe por la desesperación y los remordimientos. Le besó los labios, después de darse cuenta que había disminuido la intensidad de su habitual carmín. ¡Abre los ojos, Mireya! Lentamente hizo a un lado el edredón hasta que el cuerpo desnudo quedó al descubierto. ¡Dios, qué hermosa! Por primera vez Alejandro advertía la belleza de su amante. La apretó contra su cuerpo y se retiró nuevamente para observarla. El golpe que te diste anoche resultó más grave de lo que pensé, Mireya, pero no me eches la culpa, fue un forcejeo como cualquiera de los que tenemos de vez en cuando. Debes aceptar que tú fuiste la que empezaste. Pisaste mal cuando te zarandeé por necia. Quien iba a imaginar que en la mera nuca te ibas a dar, sobre el filo de la cama. Sólo traías tu bata... No encontré la pijama... Pero, por lo visto no tuviste frío durante la noche. De pronto Alejandro aceptó que Mireya jamás le respondería. Como una ráfaga cruzaron por su mente el velorio, los preparativos del entierro, los gastos.

Levantó a su compañera de las axilas y la sentó, recargándola en la pared. ¡Oh Dios! Alejandro se excitaba, no lo podía evitar. ¡Mireya! Encendió el aparato de sonido y puso el disco de Enigma, el que Mireya solía oír en similares situaciones. Los cantos gregorianos ascendían salpicados de sensualidad. Acarició los senos con ambas manos. Se desvistió. La empezó a besar con firmeza y suavidad a un tiempo. No descuidó ningún detalle, hasta penetrarla satisfactoriamente. Los acordes parecían susurrar alrededor de la pareja, mientras se aceleraba el ritmo de la respiración de Alejandro, hasta convertirse en jadeos verticales, rematando en un alarido de placer. Le había hecho el amor como nunca. No pensó más en el entierro, por lo menos en esos momentos. Cargó a su mujer para tomar una ducha juntos. La enjabonó toda, quería vestirla como toda una dama. La secó y la peinó. Tenía que atenderla, como ella lo había hecho con él. Le puso su mejor vestido y procedió a maquillarla.

La luna de miel se prolongó dos días más en los que Alejandro ni siquiera se acordó de ir a trabajar. Pero ya no era lo mismo, el cuerpo presentaba una rigidez difícil de manejar y un leve tufo a carne descompuesta se introducía por los rincones.

Se sentía parcialmente satisfecho. Había devuelto a Mireya el cariño y las atenciones que ella le había entregado. Ya era hora de arreglar los preparativos para lo inevitable y de ingeniárselas para evadir la autoridad.


jueves, 25 de agosto de 2016

No tengo raíces




Como un sueño en ti renazco.
Sigo tus pasos.
Voy tras espejismos.

Por un espejismo naufrago.
Entre mis ruinas tropiezo
como una ciega.
Los ecos me perturban.

Hurgo en mi interior
como una larva.
Destellos fugaces
me lastiman.

Huyo en silencio,
entre el mar y la espiga
huyo de mí misma.
No tengo raíces,
a medio latir un tronco soy.

Busco al día
entre tus noches.
Busco la luz
que me levante.

Péndulo lunar,
lunar de tu hombro.
Huyendo de ti
te busco.

Estéril búsqueda
de sonámbula.
Infructuosa búsqueda
entre las sombras.

Bajo tu almohada me agazapo.
Convertida en lince tus huellas persigo.
De tu alma palpo heridas.
Siento el hielo y una hoguera.

La luz se derrite
en tu mirada.
La luz renace
y se hace fuente.

Firmas la paz con una flecha.


Semilla de escarcha



Corcel del aire
una ráfaga de espinas eres,
un fantasma de sensual asombro,
un suspiro
reverdeciendo
en paulatino fuego justo:
fuego de hielo
desbordante

Entera me dejaste,
con un beso de arena
ennegrecida.

Roca de pulso
moribundo,
semilla de escarcha
en mis arterias.

Tal vez un sueño
enrarecido,
una copa de elemental destello,
mar naciente
de añosa espuma.

Cada vez más sumergida
rastreo el túnel
de cristales que florecen
y siento un titilar
de huesos mudos.

La luz, el cascabel
me son remotos,
el árbol de aguerridas hojas.
La sal, el vino,
la rama inmaculada
de frutos pecadores.
La herida añeja
de los hombres.

Y somos, tú y yo
la misma piel inversa.
Efervescencia antigua,
subliminal lujuria
en trozos enterrada.
Diabólico espejismo
en el mar de los suicidas.

Hago bien, haces bien
espiga desgranada,
cometa paralítico y oscuro.
Hacemos bien al enterrarnos vivos
y nuestra muerte contemplar
cantando.



Bosque de seis lunas



Rostro que se esfuma al tacto.
Luz intensa que encandila y ensombrece.
Aceite que resbala por mi piel
hasta cubrirla.

Tu talle se quiebra
en el espejo.
En fragmentos cae al piso.
Junto los pedazos.

Castamente y con lujuria me los como
en el mar de tus caricias minerales.

Sabes a sexo y geranios.
Tu aroma es un bosque
de seis lunas.

Reconozco mi morada de silencios.
Reconozco mi sangre dividida.
Reconozco que a tu lado me lastimo.
Reconozco que soy otra y soy la misma.

La noche se pinta los labios y te llama.
Se enamoró de su estrella
más brillante.

Como un sueño me desdoblo.
El viento me arrastra
hacia tu sombra.

Llego a tu aliento como a las nubes.
Llego a tu cuello, a tu tibieza...

Emerges del amor
igual que un niño.
Robas el silencio,
raptas la nostalgia.

Sueñas que te sueño
soñando conmigo.

Rosa, plegaria, mar purpúreo.
Valle de higueras y ninfas.
Llorosa luz nocturna.

Tu mirada resplandece
con llanto risueño
enamorado,
con canto ancestral de flores y papiros,
y la vida renace
en arco iris.

Cristales que se vuelven mariposas.



Los amores de Nacho Camacho


LOS PENSAMIENTOS DE NACHO SE MEZCLAN CON EL SMOG que cachetea a la ciudad. Casi no puede caminar, rostros y más rostros se abalanzan contra él, vertiginosamente. Sin darse cuenta el malhumor se filtra en sus sentidos como una sustancia pegajosa y corrosiva que pide ser expulsada a la menor provocación. Lo empujan, casi lo atropella un coche(s): monstruos, máquinas nauseabundas, amenazadoras. Ya hasta olvidó hacia dónde va y a qué. Ah, sí, Susana, y es una asunto muy delicado, pero se lo tengo que decir, hoy mismo… ¡¿cómo empezaré!?... Oye Susana… en el café y… antes que le sirvan el pay, no, mejor no, se le va a amargar, mejor cuando se lo haya terminado. Y ya de una vez, no quiero seguir fingiendo. No ir a ninguna parte sin decírselo, pero, es muy doloroso. No me ha dado motivos para terminarla y cantárselo nomás así. Ni modo, no hay de otra… Martha dio un giro de noventa grados a mi vida y no hay vuelta de hoja. Se tropieza con la pierna de un mendigo sentado en el piso pidiendo limosna. Cae al suelo, sobre los perendengues de un mercachácharas furioso que lo insulta, le llama idiota, pendejo, fíjate por donde caminas, güey. Perdón, me empujaron, me tropecé, fue sin querer. Todos los comerciantes le gritan sandeces, groserías, pobre tonto, no sabe caminar. La gente mirando: ojos sorprendidos, risillas burlonas, miradas despectivas. Se aleja reventando de rabia e impotencia: ganas de matar. Si fuera judoca los hubiera puesto en su sitio, le pedirían perdón: bajos, vulgares, frustrados, montoneros. Está a punto de cruzar la calle, pero de pronto la muchedumbre lo derriba y pasa sobre él. Varias cruces rojas se adueñan de la avenida y la gente retrocedió empujada por los coches, para ceder el camino a las ambulancias. Nacho grita al sentir los pisotones por todo el cuerpo, nadie lo escucha, su grito se confunde con las sirenas.

Hasta que las ambulancias desaparecen y la gente se dispersa puede levantarse, trabajosamente. Siente como si acabara de salir de una pelea brutal de cantina. Entra en el metro con el cuerpo adolorido. Los baratijeros obstruyen los andenes y las personas tienen que caminar de puntitas para no pisar los dulces fayuca cachivaches al por mayor. Penetra en el vagón. Una mujer morena y gorda, sin maquillaje, destempla sus tímpanos con voy aguda: ¡Aproveche la oferta de chocolates, cacahuates y mazapanes, treees por diez pesos! Su mano quedó afuera. Cerraron la puerta antes de que pudiera meter su mano. La jala hacia adentro, le duele, se resigna. Ni modo, hasta la siguiente parada… De pronto no puede respirar. Es chaparrito. Cuatro grandulones y una mujer fornida lo apretujan, untando sudores. Le lastiman el brazo (con la mano afuera) Trata de meterla. Los hules se le pegan como resistol. En la siguiente parada se abren las puertas: Uf, al fin, pobre manita. Soba su muñeca. Sana sana, colita de rana. Hace movimientos de rotación. Entra un cantante, un ciego limosnero y más mercachácharas. Encienden su vocerío al unísono ¡Aproveche la oferta de plumas werever…! ¡Lleve ricas paletas de caramelo diez por veinte pesooos!... En el nombre de Dios señores, ayuden a este pobre ciego… Odiame siiin medida ni clemeencia. Odio quiero más que indiferencia… que tuvo la desgracia de perder la vista… El ciego extiende la mano hacia Nacho. Qué bien chingan. Se baja en la siguiente parada. Pobre Susana, pero ella debe comprender, esto ya no funciona. Ya no hay deseo, ni enamoramiento. Quizá un poco de cariño todavía, eso sí, pero… de hermanos, a poco no, se apagó el fuego. Y a ella como que no le importa, lo ve normal. Tal vez aún está enamorada… pero yo no. Prefiero terminar, de una vez… Ahora sólo Martha, Martha… Se recarga en un muro para sobarse las contusiones que aún mordisquean su piel. Con el ceño fruncido se dirige a los colectivos. Hay una fila de dos cuadras. Se forma. ¡Con  un demonio, qué larga está la cola!… ¿Para qué seguir con Susana? No tiene caso. Ya no la extraño, ni me emociono cuando la veo… ¡Carajo, esta fila no avanza!

--- ¿Me aparta un momento mi lugar? ---le dice a un joven que está antes que él… Voy a ver por qué no camina la cola.

Varias personas están sentadas en la banqueta, dormitando, otros de plano roncan acurrucados sobre sus petacas, bolsas o portafolios. Los demás comen tortas y sándwiches y beben refrescos.

--- Qué pasa ---pregunta Nacho, sorprendido--- ¿qué esta fila no es la de los microbuses?

---Sí ---le contesta una señora.

--- ¿Entonces?

--- Ay, pues… es que siempre es lo mismo. Al chofer no se le da la gana irse porque falta un pasajero. Nadie quiere sentarse en ese asiento tan incómodo. Por eso traemos nuestro lunch, por mientras… Mis hijos aprovechan para echarse un sueñito ---la señora señala a tres niños dormidos a sus pies…

--- ¡Son unos imbéciles, estúpidos, no tienen educación! ---grita un señor trajeado.

Pasa hora y media. Mientras las tortas hacen la digestión, y los que empiezan a despertar se despabilan, el malhumor y la insatisfacción se condensan a punto de erupcionar. Cólera reprimida, ganas de matar, histeria germinando. A pesar de haber suficientes colectivos el primero no puede irse.

--- ¡Una persona más! ---grita un jovencito hacia la fila de los formantes.

Nadie hace caso.

--- ¡No vamos a pagar para que nos lleven como becerros!

--- ¡Carajo, voy a llegar tardísimo! ---Nacho quiere golpear al primero que se le ponga enfrente.

--- ¡Ya vámonos, señor, recoge a la persona en el camino! ---una mujer se dirige al chofer.

--- ¿¡Qué!? ¿Usted va a pagar ese pasaje? ---el chofer gruñe, displicente, y sigue platicando con otros choferes, recargado en el cofre del microbús. De pronto unas orejas como de gatito brotan sobre las suyas. A medida que crecen, todos pueden observar que se trata de unas hermosas orejas asnales, sobre todo cuando la boca del hombre se abulta en un sensual hocico. La gente infla los ojos por la sorpresa, pero el chofer no lo advierte.

Nacho se aleja ¡carajo! Da una patada al vacío, masculla mentadas de madre. Trata de tomar un camión. Se tarda media hora y no puede subirse; de las ventanillas del autobús cuelgan traseros, piernas, brazos y casi cuerpos completos. Una mujer detiene a su hijito de las manos, afuera de la ventanilla, adentro no hay espacio y se puede sofocar. Todos los taxis transitan ocupados. Después de una hora Nacho logra subir a un camión, de palomita.

Por fin llega a casa de Susana. Ella denota aburrimiento, mal genio.

--- ¡Por qué te tardaste tanto! ---reclama sin mirarlo--- Quedaste de llegar a las 4 y ya son las 7, y tu celular apagado

--- Había mucho tráfico, no conseguía transporte… No me acordaba ---mira el bolsillo del pantalón, extrae el celular y lo enciende.

--- Mm, bueno ¿a dónde vamos?

--- Te invito un café.

De pronto Susana se fija en él.

--- Qué te pasó, estás todo moreteado.

--- Me caí de las escaleras por bajar corriendo.

--- Ah ---Susana levanta una ceja, con incredulidad, pero nada dice. Su atención se disuelve en el vacío.

Bajan los tres pisos. Se detienen junto a un Golf.

Abordan el auto. Nacho no deja que ella maneje y empuña el volante. El fastidio por la espera huye pronto de Susana. Coloca un CD de Madonna. Nacho la mira de reojo. Lo mejor será preparar terreno. Adopta una expresión distante, pero sin groserías, más bien una amabilidad fría para que a Susana no le caiga de sopetón.

Llegan al café Gino,s, aburridos por el tráfico. Está llenísimo. Tienen suerte, se desocupa una mesa. Se sientan y Susana enciende un cigarrillo, sonríe para sí misma, como pensando o acordándose de algo. Nacho la mira, está al tanto de ella. Susana pide una Sopa inglesa y un capuchino. El prefiere pay de queso y café americano. Cómo se lo suelto. Ojalá y me dé motivos. Pero Susana (sonriente) sigue fumando y le aprisiona un dedo, dulce y cachonda. Va a ser difícil decírselo.

--- ¿Qué hiciste ayer? ---pregunta a Susana.

--- Fui de compras al centro con mi mamá.

Les sirven el pedido y empiezan a degustar.

--- Me compré dos vestidos ---continúa Susana--- Están padrísimos. Cuando lleguemos a mi casa te los enseño.

Nacho sonríe, forzado. Ella dejó de aprisionar su mano y él se siente mejor, más libre. Susana, sonriente, lo mira de pronto a los ojos. Nacho desvía la vista, no puede sostenérsela. Nunca ha podido y menos ahora, se siente culpable.

--- Oye Nacho, quiero decirte algo.

Nacho entonces la observa, intrigado. Ella calla un momento. Sus ojos enfocan hacia el fondo y se detienen en un cuadro surrealista que destaca en la pared blanca, apaga el cigarrillo.

--- Desde hace algún tiempo quería decírtelo. ---prosigue Susana--- Pero no sabía cómo. Lo que quiero decirte es… es… que mejor seamos amigos ---Habla aprisa, para acabar pronto.

Nacho abre más los párpados, no sabe si escuchó bien.

--- Tú debes entenderlo, Nacho, lo nuestro hace tiempo se convirtió en pura costumbre. Y he estado viendo a otro y… bueno, debes comprender.

--- ¡Cómo! ---Nacho da un puñetazo en la mesa. Miradas sorprendidas de los comensales aledaños. Susana baja la vista, su sonrisa desapareció--- ¡Qué te pasa, cómo has podido salir con otro después de tanto tiempo de andar conmigo! ¿¡Cómo puedes tirar siete años a la basura así nomás!? ¡Quién es ese tipo!

--- Por favor Nacho, no te alteres.

--- ¿¡Qué no me altere!? ¿Te parece poco lo que me estás diciendo?

--- Pues es que… es natural. Lo nuestro hace mucho no funciona, pensé que lo sentías igual.

--- Pero es que no podemos terminar nomás así ¡Después de siete años! Yo te quiero, Susana, no puedes hacerme esto  ---Toma su mano, la besa. Ella lo rechaza.

--- No, Nacho, ya lo pensé bien. Ya no quiero andar contigo. No te amo, desde hace mucho.

Nacho mueve la cabeza y la deja caer en su puño sobre la mesa.

--- No Susana, tú no puedes hacerme esto. Todas las parejas tienen sus problemas. En toda relación hay altibajos, pero ese no es motivo para terminar. No voy a dejarte ir nomás así.

Susana lo observa apenada, compasiva. Le acaricia el hombro.

--- Lo siento, Nacho ---se endereza y se va.

Pasan cinco minutos. Sigue con la frente apoyada sobre el puño, diez minutos, con un esfuerzo descomunal reprime las lágrimas. La sopa inglesa de Susana está a la mitad, el capuchino se lo bebió de un jalón. Quince minutos y la mesera le da la cuenta.

¿Qué me pasa, no es lo que quería? Sí, por supuesto, pero con los papeles invertidos. Se siente humillado, derrotado. Quisiera correr tras Susana. Ahora que ella ¿lo abandonó? la desea, la añora. Empina el café con el pay, pero le saben a harina mojada. Paga la cuenta. La gente de las mesas de alrededor se fija en él. Nacho se va. Camina con las manos en los bolsillos, pensativo. Todo se salió de sus planes. Sigue el tránsito en su plenitud.

Está convencido que no tiene suerte en el amor. Miriam antes que Susana. Miriam lo deslumbró en la prepa ¡Qué belleza! Una mujer tan guapa jamás se fijaría en él. Varios chavos andaban tras ella, pero a la mera hora… ninguno se atrevía, temían el rechazo. Hay que tener mucha experiencia para soportarlo y hacerle frente. Nacho no la tenía. Aún no sabe cómo pudo hacerle un par de preguntas tímidas: que qué materia le gustaba más, que si quería salir con él a tomar un café… de pronto ella lo miró, observándolo. Él estaba nervioso, esperando, de improviso, un rotundo no. Bueno, sí, salgo contigo, le contestó Miriam afirmativamente y él no supo qué hacer. Jamás esperó que aceptara la invitación. Titubeante acudió a la cita y, de pronto, se hicieron novios. Él se esforzaba en agradarla, hasta el punto de perder su personalidad. Paseaba con ella orgulloso, hacía la presentación a cuanto conocido encontraba: Mi novia. Y se henchía de placer al advertir las miradas de envidia. Sin embargo… al conocer a Susana se enamoró de ella. Fue entonces cuando supo que lo de Miriam era pura vanidad. La obsesión por darle gusto en todo, por miedo al abandono, era muy desgastante. Todos la admiraban, pero nadie se atrevía a llevar una verdadera relación con ella, pues, se dio cuenta, la belleza y la fealdad convergen en el mismo cauce de aislamiento y desconfianza. Miriam era como una diosa, lejana e inaccesible; en cambio Susana era más real y palpable, más afín a él. Se sintió cómodo con ella desde el principio. Pero, después de siete años se había vuelto pura costumbre. Quizá les faltó creatividad para mantener fresca la relación, o tal vez Susana estaba evolucionando, pues le gustaba el conocimiento y la lectura, mientras que Nacho se dejaba llevar más por la zona de confort y, de esa manera, la afinidad entre ambos se había resquebrajando con el tiempo… Una chica trigueña atraviesa la bocacalle, corre porque casi la atropellan, varios autos dieron vuelta cuando a los de enfrente los detuvo el alto. Pasa junto a Nacho, lo mira: Ese chavo calvito se me hace conocido. No deja de mirarlo, directamente, trata de reconocerlo. Ya ligué; Nacho se infla como una abubilla, nota que aún tiene pegue. Hace mucho que nadie lo miraba con tanta insistencia. La cautivé, flechazo a primera vista. Algo le cosquillea en el abdomen. Intenta sonreír, sonrojado, pero el nerviosismo paraliza su sonrisa en una geometría desdibujada. Ah, no, no lo conozco, se parece al tonto de mi cuñado. La chica se sigue de largo sin modificar su andar ondulante. Nacho la persigue con los ojos. Qué tonto soy. Le hubiera dicho algo. Le gusté, se notó… y a lo menso deje escapar esta oportunidad. Sigue inmóvil, la mente en blanco por unos segundos. Todavía es tiempo, la sigue. Ella se detiene junto a un Volkswagen. Abre la portezuela y entra. Mira al conductor mientras le planta un beso prolongado. Nacho es de nuevo una estatua, observando la escena, desilusionado. El coche arranca y se aleja. Se entristece. Sigue caminando, con las manos en los bolsillos. Sí, era lo que quería, debería estar contento, sin embargo… Se le hubiera adelantado, pero no, ahora que Susana lo dejó siente que la extraña. Qué raro. Bueno, ya, que se vaya al carajo, a donde quería enviarla desde hace mucho. A las ocho y media… cita con Martha. Se recarga en un poste mientras piensa en ella. Lo tiene cautivado, hace años que no conocía una chica como Martha, tan dulcemente etérea, sí, porque ahora las mujeres son rete aventadas, ya me harté de ellas. En cambio Martha... Le recuerda a sus compañeras tímidas de la secundaria. Qué hermosa se ve cuando la tomo de la mano y se pone colorada, cuando le acaricio el cuello y se estremece, hasta tiembla, mientras me mira con sus lindos ojos verdes y húmedos como aceitunas, cuando se avergüenza que observe con detenimiento ese su fabuloso cuerpo de vedette virgen ¡Oh Martha, tú sí que me enloqueciste desde el principio! Por ti me chocó Susana, por ti este mundo gris y monótono tiene colores. Sigue caminando. El ruido citadino lo aturde ¿Qué hago por mientras? Si me voy orita llegaría muy temprano. Mejor caminando, diez minutos tarde. Así Martha estaría esperando ansiosa, creyendo ver, con pupilas palpitantes, la silueta de su galán en cada chico que se acerque al cine. Al fin aparecería él, la besaría, la invitaría al Cinépolis. Ya dentro la abrazaría mientras la sangre de ella empezaría a bombear violentamente. Después se irían al motel, pero no donde exhiben películas pornográficas y se iba con sus amiguitas reventadas, sino a uno decente, propio de su linda Marha, de tonos pastel. Ella se sentaría, asustada y nerviosa. Él deslizaría sus labios, ardientemente húmedos, sobre aquel cuello de princesa, la apretaría con suavidad, para relajar su cuerpo (el de ella) susurrando palabras cálidas y vibrantes. Ella se abandonaría a aquella seducción. Él bajaría poco a poco el cierre de su vestido mientras Martha, estremecida, cerraría los ojos. Le besaría la boca, el cuello… La haría gritar, disolverse en el placer, pues, por otro lado, él también estaría excitado hasta los cabellos ante esa inocente actitud y esa entrega total. Se sentiría un verdadero hombre. Un seductor y ya no un seducido como tantas veces ¡Oh Martha, qué fortuna conocerte!

Llega al Cinépolis quince minutos tarde. Entra por la derecha. Martha está mirando a la izquierda. 
Unos ojillos mortificados que se humedecen con cada latido. Nacho sonríe satisfecho. La abraza por atrás. Martha respinga por el susto y la sorpresa. Descansa.

--- Hasta que llegas, pensé que ya no venías ---lo mira con pupilas acuosas y enamoradas. Tiembla y se abraza a él. Nacho siente con placer la irradiación de aquel cuerpo frágil y vigoroso. Compra los boletos y entran al cine. Se sientan atrás. A los diez minutos Nacho acerca la cabeza de Martha hacia su hombro. Ella de pronto se tensa. La oscuridad protege el rubor de sus mejillas contra miradas, cierra los ojos. Nacho la abraza, acaricia devotamente su brazo. En la pantalla una pareja hace el amor. La punta de los dedos de Nacho roza un seno. Martha se estremece y Nacho rebosa satisfacción y seguridad: qué perspicacia la suya, conoce a Martha más que ella misma. Las mujeres han dejado de ser un misterio para él.

Salen del cine. Está dispuesto a ir al motel, pero Martha tiene hambre, quiere comer algo. Después de cenar en el Sanborns al fin se van. Ella está nerviosa, dubitativa.

--- No Nacho, mejor otro día, es que…

--- Para qué esperar más, ya no quiero esperar. Nos amamos ¿o no?

Martha no responde. Lo observa con una mezcla de sentimientos dispares y lo abraza. Ya no vuelven a hablar del asunto, sin embargo, Nacho advierte que ha aceptado. Toman un taxi para llegar más rápido. A Nacho casi se le revientan las venas de histeria cuando el ruletero le cobra quinientos pesos.

--- ¿¡Qué, quinientos pesos!? No traigo tanto dinero. Qué le pasa, ratero ---se apea rápidamente sujetando a Martha del brazo. Hurga su bolsillo, extrae un billete de veinte pesos, y lo avienta al chófer--- ¡Es lo único que traigo! ---corre con Martha de la mano.

--- ¡Hey, vengan acá, cabrones! ---el taxista los sigue, pero se le escabullen bajo las tinieblas.

--- ¡Ay, Nacho, qué atrevido!

Entran al motel. La ira de Nacho se derrite cuando contempla a Martha.

--- No te asustes, ese güey nos perdió de vista.

Piden un cuarto a una mujer morena, caderona, algo renca. Sin molestarse en mirarlos la señora saca una llave con una tablita que indica el número 10. Masca un chicle acompasadamente, desdeñosa. De pronto, sin disimulo, echa una mirada burlona a Martha. Martha se siente desnuda ante esa mujer. Pulga a punto de ser pisada, cara encendida, pómulos calientes. Las apariencias la colocan muy por debajo de sí misma. Se siente en desventaja con respecto a la coja, una situación bochornosamente necesaria de su vida. La incomodidad la atrapa por unos minutos. La señora los conduce al zaguán del fondo. Camacho paga y la coja se aleja sin hablar.

Nacho observa el rostro asustado y a la defensiva de Martha. Le besa suavemente el oído mientras sus manos auscultan aquella piel de nieve tibia, undívaga, palpitante. Trata de relajarla, para que se deje llevar por las sensaciones y se entregue a él sin reservas. Te amo, le susurra, y la respiración de Martha se agita hasta sentir que una hoguera se enciende en su vientre. De pronto cae sobre Nacho como un alud de margaritas salvajes. La epidermis de Nacho parece corcho pulido, olorosa a maderas tropicales. Martha aprieta, encaja uñas, muerde… el deseo y el amor explotando, reprimido tanto tiempo. Nacho está desconcertado. Me engañó. Me hizo creer que era una palomita inexperta… Oh mi amor, nunca me había pasado esto. Me hiciste sentir como jamás me había sentido, piensa Martha, y siente que flota en nubes ardientes. Está sorprendida de sí misma. Nunca imaginó llegar a ese punto. No sospechó que el amor fuera capaz de realizar tales milagros. Y todo gracias a Nacho. Él le inspiró lo que nadie y ella, tan pasiva, se convirtió en leona en celo. Lo abraza, está feliz, pero… Nacho, enojado, la mira detenidamente, como a una extraña. Ella palidece.

--- ¿Qué te pasa, no te gustó? ---pregunta mortificada.

Nacho no contesta, no sabe qué decir. Sus ojos son los de un desconocido. Está incómodo. La impotencia lo aprisionó por unos minutos y Martha se dio cuenta. Pero ¿si supiera que para ella eso fue lo de menos? Martha cree que su corazón se pulveriza mientras él sigue observándola con pupilas endurecidas y desconfiadas. Es una piruja, se portó como vil piruja. Más experta que todas mis amigas reventadas. A Martha se le tapizan los ojos de lágrimas. Siente la lejanía de Nacho. No puede ser, es la primera vez que estoy feliz con un hombre, que me hacen sentir mujer. Empieza a sentir culpabilidad, como si fuera prostituta. Baja los ojos. Nunca debió dejarse llevar por el amor y el deseo. Se visten sin hablar.


II

Nacho decidió hacer un viaje, está confundido y la confusión lo perturba. Después de sentir que todo lo conocía se da cuenta que nada sabe. Las cosas han resultado contrarias a lo previsto: Susana, Miriam, Martha… lo mejor y más sano será no adelantar el porvenir imaginándolo anticipadamente. Que salga lo que salga, total, para lo corta que es la vida.

Una gringa rubia, con bikini, pasa junto a él. Las meditaciones de Nacho se desintegran posándose en aquellos pechos frutales ¡guau! La chica sigue caminando, nalguita parada y ondulante.

La espuma enreda sus burbujas de cristal en los pies de Nacho, y desaparece bajo la arena. El sol ya no pega tan fuerte ¿serán como las cuatro? Más o menos ¡carajo! Qué solo me siento. Más mujeres transitan a su lado, todas gringas y la mayoría guapas. Las palabras inglesas se desbordan circulares, círculos de todos tamaños que se alargan hasta romperse. Se desespera. Qué frustración no saber hablar ese pinche idioma. No puedo ligarme ni una de esas gabachitas.

El sol ya toca el mar y expande su luz en tonos rojizos y ámbar. La gente parece flotar, asimilada a la naturaleza marítima. Nacho se sienta en la resaca y disfruta los lengüetazos frescos de las olas, humedeciendo su piel. Absorbe la brisa con toda la potencia de sus pulmones y deja escapar el aire poco a poco, con ojos cerrados. En la última expiración los abre y queda paralizado y sin aliento. Otra chica rubia pasa junto a él. Lo mira con la intensidad de un rayo láser. Sin proponérselo Nacho la sigue con los ojos, como si fueran arrastrados por un imán. Qué suerte, la joven se detiene a unos pasos de él, y se sienta sobre la arena. Su cabellera rubia ondea al viento y juguetea sobre su rostro. Observa a Nacho con una expresión indefinida que no llega a ser de coquetería, pero menos de indiferencia. Una lejanía presente envuelve a Nacho en su aura mágica, como si la chica se encontrara en otro mundo y en otra dimensión y, de pronto, notara la presencia de Nacho. Pero ¿por qué Nacho se sintió de golpe envuelto en ese torbellino de placeres sublimados si ni siguiera la ha visto con detalle, si no se ha fijado bien si es bonita o no? Sea lo que sea no importa. Él sintió esa atracción irresistible y extraña que trasciende lo físico y se experimenta en raras ocasiones, y es lo único que importa. Sin embargo, la joven es muy bonita. Qué piernas, qué cintura… Su piel brilla, de seguro por el aceite bronceador. Con un demonio, y ora… cómo me le acerco, qué le digo si no hablo inglés. Ella le sonríe, Nacho se levanta y se deja empujar por una fuerza visceral que lo domina. La frase en inglés fluye de sus labios con naturalidad.

---- How are you?

La chica ríe.

---- Where do you live now?

La joven ríe con más fuerza.

----My name is Nacho ---le extiende la mano--- and what is of yours?

La chica sigue riéndose.

---- No me hables en inglés, tonto, soy mexicana.

Nacho se apena, pero le da gusto.

---- ¿Eres mexicana? Qué bueno, uff. ---también ríe y se sienta a su lado.

A Nacho le da la sensación que el pedazo de arena bajo sus cuerpos se convierte en una alfombra mágica que empieza a flotar y a remontarse por encima de todo.

---- ¿Llevas mucho tiempo aquí? ---La joven pregunta, ahora sí con expresión de coquetería. Extrae un cigarrillo y lo enciende.

Las bocanadas de humo se desintegran en la brisa.

---- ¿Vienes sola?

----Sí, bueno no, ahorita estoy sola, pero en dos días llegan mis primos.

---- Ah ---Nacho la mira y siente algo extraño. Y aún más extraño de sentir eso por una desconocida. 
Una atracción que va más allá de lo tangible, más que un simple gusto, una poderosa identificación del alma y los sentidos.

---- ¿Quieres nadar? ---pregunta Nacho, observando la potencia sísmica del mar azul turquesa que amenaza con sus feroces mandíbulas de pronto vueltas espuma.

---- No puedo nadar, no tengo dónde dejar esto ---y muestra un morralito de gamuza.

---- Por qué ¿qué es?

---- Algo muy valioso que no puedo dejar en ningún lado porque se lo robarían. Pero… tal vez tú… ---mira a Nacho a los ojos.

---- ¿Quieres que te lo cuide mientras nadas?

---- No, mientras voy a arreglar un asunto ---señala con la barbilla hacia la dirección donde tiene que ir.

---- Oye, pero yo quería que nadáramos juntos.

---- Tal vez, espérame un rato. ---le entrega el morralito y se aleja.

Nacho se retira de la marea y extiende una toalla sobre la arena seca. Se unta aceite bronceador y se acuesta a tomar un poco de sol que aún asoma tibiamente en lontananza. Observa el morralito con ojos lánguidos. Lo aprieta entre sus manos, siente algo cuadrado y duro, y cierra los ojos. Piensa en la chica y… otra vez adelantando acontecimientos, imaginando el porvenir. Qué delicia sentir esas piernas de durazno entre las suyas, ese vientre liso y cálido, esa boca que parece besar y prometer paraísos mientras habla. Ojalá y no se tarde. Pasan cinco minutos, diez. Nacho se incorpora y se vuelve hacia el lugar donde ella desapareció. Nada ¿dónde andará? Quizá llegue por otro lado. Observa hacia todas partes, ni rastro de la joven. Hey, el morral pesa bastante ¿qué tendrá? Está lleno de nudos que Nacho deshace con rapidez de pronto aguijoneado por la curiosidad. Es un cofrecillo. El desconcierto engurruña sus facciones. De improviso se siente en otra época e imagina un barco de corsarios a la vista, extrayendo tesoros y cofres de pedrería. Lo más insólito es que la pequeña arca parece de oro ¿qué será? De seguro necesita llave, pero no, la abre con facilidad y se desbordan innumerables huevecillos, de todos tamaños y colores: jades, oro, plata, turquesas, brillantes… por todos lados. No es posible. Nacho recorre nuevamente la mirada por todas partes, ahora con el sentimiento contrario. Pero ¿por qué confiaría en él? Y si se fuera, si escapara. Sería rico y podría realizar todos sus planes, tendría lo que siempre ha soñado: viajes, ropa, diversiones, casas, coches… Las manos le sudan. Sólo sería cuestión de decidirlo y… Ella no podría encontrarlo, no sabe donde vive. Vuelve a observar su entorno: nada de la joven. Con ese tesoro se podrían solucionar sus problemas económicos y ya no tendría que trabajar. Pero ¿serán auténticos? No cabía duda. Desde chico le enseñaron a distinguir las piedras verdaderas de las artificiales. Su abuelo coleccionaba anillos de pedrería y los falsificaba para venderlos. Y lo que ahora tenía en las manos… A todos estos pensamientos se interponen las piernas de durazno, la mirada dulcemente agresiva, la boca sensual. Tiene años que no siento algo así por alguien, mejor la espero. El enamoramiento empieza a palpitar con la energía de un potro salvaje. Observa el cofrecillo, podría tener las mujeres que quisiera, conocería el mundo… Se dedicaría a disfrutar la vida. Total, sienta lo que sienta por ella nada dura, todo acaba tarde o temprano.

De improviso los huevitos empiezan a crecer, ya no caben en el cofre y se desbordan, siguen creciendo. Nacho se asusta. Adquieren una consistencia etérea y flotan, siempre creciendo. Trata de atraparlos, pero se le escapan igual que pompas de jabón. El firmamento se tapiza de huevecillos que brillan como soles de diversos colores. Siguen subiendo, se empiezan a ver chiquitos, hasta que se los traga la lejanía. La gente observa con estupefacción mientras una mano firme y tibia se posa con suavidad en su hombro, como una gaviota.

---- Ya regresé.


domingo, 7 de agosto de 2016

Luz vibrante



Vano paladar de siglos


Respóndeme tú, fabricante de lunas.

¿Dónde están las flores aureoladas del poeta?

¿Dónde encuentro la honda cavidad del verso en llamas?

Todo es vano paladar de siglos.

Todo es epidérmico secreto.

Todo es tan falso

como el peluquín de mi vecina.

No hay sitio, sólo sombras.



He buscado arrastrando mi nombre.

He llorado como nube en otoño.

Me he agotado

recorriendo desiertos y valles y mares

y la luna terminó en mi casa

como un plato de lentejas.

Sólo el Dios de siete cirios

sabe lo que se deshizo ante mis ojos,

sabe que mi lugar estaba lejos, tan lejos

como relámpago de nácar

en Oriente,

como la Atlántida

que aún refulge bajo el agua.



Cuando me respondas

romperé estos versos.








Druidesa de la noche rumorosa


Sabes que llego

con los labios deshechos

de repetir la misma plegaria.

Tú, que rompiste amarras antes de hora,

Tú, que clamaste siete veces hasta dar con mis pasos.

Tú, princesa de las cinco lunas

me dijiste que yo era tu espejo

y miro en tus ojos

el endrino fulgor de los míos.



Druidesa de la noche rumorosa,

ardiente pensamiento erguido.

Llámame más allá del horizonte

para que mis huellas queden ancladas

en la luz vibrante de los árboles.

Llámame más allá del eco cósmico.



¿Y quién dirá que aquí

se aposentó la estrella que guía al nómada?

¿Quién dirá que la ventisca congeló la música?

Dame el corazón salino de los mares.

Dame un poco de abono

para plantar mi árbol.

Dame el pan

que con tanto esfuerzo he amasado.

Dame de la madre tierra la sustancia.

Y he aquí que mi canto se vuelve nube

en el desierto, perenne fuego en noche

de manos pálidas.



Huye, vete sin volver el rostro

(somos una dividida)

Si lo vuelves

también seré

estatua de sal

sin rumbo y sin consuelo.







Huérfana del oleaje de reflejos púrpura



¿Dónde está el lecho de azucenas

donde arribaron los mancebos

a compartir contigo?

¿Qué fue de tu cuerpo de tibieza fértil

donde otros cuerpos ardieron

deshojando las guirnaldas de tus pechos?

¿Dónde la cicatriz que cada uno te ha dejado?

¿Dónde te volviste pira inextinguible

que de pronto en soledad te consumías?



Levántate, oh bella, camina despacio, sin mirar atrás

no sea que tú también te petrifiques.

Aún el calor de tu cuerpo deja un hechizo

en cada paso.

Aún la curva de tu cadera se llena

de constelaciones lúbricas.



Sal de ti

a contemplar el mundo.

Sigue tu ruta

aún cuando todo sucumba en tu camino.

Aún cuando sientas

que las flores más radiantes se marchitan

con el ácido sanguíneo del silencio.


El amor verdadero aún no te toca.

Cuando llegues sentirás el ardor

que te convertirá en guerrera.

Sabrás que has sido huérfana del oleaje

de reflejos púrpura.

Sabrás que sólo la luz

penetrará en tu vida.



La sal dulce de la tierra


Me dijiste que vendrías

cuando se encendieran las velas de mis sueños.

Cuando supiera, con certeza,

que me daba al mundo.

Se calcina el horizonte y aún estás ausente.

El recuerdo de tus manos

me hace bulto.



Recoge la planta

que germinó en mi almohada.

Recoge la sal dulce de la tierra.

Recoge el canto que riego tras mis pasos.

Recoge lo que de ti vive

y aún me pertenece.

Y he aquí que llego con firmeza

a esparcir la simiente

que verdeará

cuando todo lo visible esté acabado.



He aquí que mi cuerpo se humedece al recordarte

y todo cuanto amo lo retengo.



No te esperaré, lo sabes.

Voy tras el cachorro

bullicioso

de mi instinto.



Retomo el camino de los bulevares.

Retomo el periplo de las calles místicas

donde mi ser manaba

al efluvio enamorado de la noche, al placer amargo,

hacia el halo errante de quimeras.

Vino la muerte a visitarme

y me dijo: Aún no estás madura, préñate de vida aventurera

para que huelles los caminos.

Vino la serpiente y me tentó antes de tiempo.

Vino Dios con su olor a nube rancia

y el cuento de su tierra prometida.

Y he aquí que lo cociné

con las santas escrituras y le dije: ¡calla!

¿no ves ahora la desdicha circundante?

Te busqué y no llegaste.

Escribí tu nombre

en un altar de fuego

y sólo se agostaron las orquídeas.



Por eso me voy ahora,

porque la inocencia se hace humo,

porque no sé vivir de otra manera.





No basta


No basta la turquesa derretida

de los mares

para cantar a la luna.

No basta el desayuno apresurado para llegar a tiempo.

No basta la palabra dulce

en la boca seca del sicario.

No basta que se escinda el mar

ante mi paso firme.

El cielo es sórdido y derrite su pureza.

Y he aquí que estoy sobre la cama.

Sólo me levanto

a comprobar que el niño duerme.

Hay una quietud extraña

en mis pensamientos.

Alarga la noche sus tentáculos fríos.

Quiero saber que estas manos

se abrirán cual mariposas,

que buscarán el pan

más allá de su hambre y su nostalgia,

más allá de su propia identidad sin rostro.

Buscarán el tacto que acaricie

y la suavidad arisca de la rosa.



Estoy sobre la cama

con un febril delirio que atormenta.



Miro el sueño frágil

de mi niño, el pulso intermitente de su pecho,

la calentura que ha menguado.

Esta noche

se calcinan las estrellas.



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