viernes, 6 de abril de 2018

Noches de cuchillos en Irak



El ciclón de fuego se desata,
las noches son de siglos.

Thor y los Titanes
pisan odaliscas

¿Dónde los históricos paisajes?
¿Dónde mis sueños de Bagdad?
¿Dónde los corceles negros
de príncipes gallardos?
¿Dónde Ur, la cuna del profeta Abraham?

Ahora sólo escombros.
Las viscosas furias rasgan sueños
y cavan las tumbas de los niños.

Las gorgonas se adueñan
de las calles.
Las flores se marchitan,
Las noches de cuchillos
caen sobre Bagdad.

Y aún dice el sionista:
Jehová, mi Dios, nos heredó
del Eufrates al Nilo.

Cuánto daño.
Cuánta miseria.
Cuánta crueldad en la locura
y la ignorancia.
Cuánta perversión enajenada.

Se cierne la noche
y los jardines colgantes
se hacen pira.

La mitología rige al mundo
con su sabia quimera
vuelta realidad absurda.

Lloro al ver el nene
para siempre inmóvil
en brazos de su madre muerta.

Cierro los ojos
ante el joven mutilado
en el horno oscuro de la sima.

Percibo el llanto de las madres
buscando a tientas,
desgarrando el cielo con su grito.

¿Dónde el código
de Hamurabi?
¿Dónde Babilonia
de ensueños, de palmeras?
¿Dónde el país de Scherezada
descubridora de minas de diamantes?
¿Dónde el árabe bizarro
galopando en los desiertos
con su varonil figura
y su rostro de gentil conquista?

Los sordos invasores arrasaron
con inteligentes bombas,
tan inteligentes como ellos.

El gringo y el sionista
llegan de la mano
con sofismas negros
y falacias de papel raído.

No más Coca Cola
en los hogares.
No más cultura chatarra
que envenena.
No más efectos especiales
en el cine.

La verdadera identidad humana
se hace trizas.

No más Bush fanfarroneando
con su cara de reptil primario.
No más la coalición
de orcos genocidas.

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Los dragones enjoyados
cercan a camellos.
Los dragones tiene bombas racimos
que lanzan desde lejos.
Los masacran, buscan destruir su hogar.

Los dragones son cobardes,
tienen miedo de camellos.
Al mundo dicen:
El fuego del camello es peligroso
Habrá que destruir camellos
por su fuego.

Los dragones mandan a sicarios
a matarlos y a cortar pezuñas
antes de enfrentase cuerpo a cuerpo.

Los dragones lanzan lumbre
insistiendo que la lumbre
del camello
al mundo amaga.

Los camellos son valientes,
logran resistir hasta la muerte.

Los dragones enjoyados
no mencionan
que la perla negra
es su objetivo.
Hay que exterminar camellos
y robar su perla.

De Hebrón, Leviatán,
enorme hijito de dragones,
anticipa la victoria:
¡Casi está listo mi regalo!

Scherezada tiembla en su palacio.
Le cortaron las uñas,
el dragón llega a violarla.
El dragón no quiere ni un rasguño.

El dragón se enorgullece
de su “fuerza”.


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Desiertos congelados.
Milenarias sombras.
Muñones pétreos, purulentos.

Una calma helada
en los corazones
late.
Humo en remolino
entre los brazos.

Levántate pueblo
si aún respiras.
Monta el lomo de la luna.
Que de nuevo vibre
tu inquietante fuerza.



Diciembre 2004


Sangre vencida




Miro pasar los hombres,
ídolos de agua.

En sus acuáticos músculos
te reflejas.
Sus miradas de fuego:
tus cenizas.

Palpo tu torso etéreo
epidérmica imagen,
rostro de arena derrumbado.

Ya no más confundirte
con las olas,
con el hiriente coral
de mano salada,
con la muralla en ruinas
que de ti me aísla.
Sazón en su punto
consumido.
Sangre vencida,
piedra sonora.

Sabes dónde,
entre licores y orquídeas,
mi invierno arde.

Sé donde encontrar
la eléctrica paz
de tus ojos
como gemas.

Pero me quedo quieta,
con esta quietud
que te desea.


Del poemario "Ceniza erguida" 1995

Como una sombra


CUANDO DESPERTÉ, los resabios grisáceos de la noche seguían estancados en los rincones. No lo comprendía. Siempre fui noctámbula y, en toda mi existencia, no había logrado modificar mi reloj biológico para dormir a buena hora y despertarme temprano, pero aquí... No lograba acostumbrarme. No era mi casa y además no me sentía a gusto. Joaquín no podía entenderlo. Mi estado de alerta sobrepasaba mi necesidad de descanso. Antes del amanecer los murmullos y la celeridad de estas ordenadas personas se dejaba sentir y yo no podía ignorarlas. Por eso le insistía a Joaquín en la necesidad de tener nuestra propia casa. Pero a él le aterraba la idea. Su vida se convertiría en una máquina. Tendría que trocar el placer y la creatividad del artista, por algún trabajo mecánico, de seguro castrante y mal remunerado, y sólo para pagar gastos innecesarios, pues aquí tenemos todo y espacio de sobra, decía.


Pero no se trataba sólo de mi incomodidad, sentía que ellos tampoco estaban a gusto con nuestra presencia. o tal vez sólo con la mía, pues Joaquín seguía siendo parte de la casa. Y además, no estaba dispuesta a seguir fingiendo, haciéndome pasar por una más de aquellas descoloridas damas hechas para el hogar. Estaba harta de eso, pero la culpable era yo. Temía el rechazo si me mostraba tal cual era. Esa estúpida necesidad de querer quedar bien con todo el mundo, hasta con los que no son de mi agrado. Sin embargo, de pronto me pasaba por la cabeza que tal vez les hubiese molestado menos si me hubieran conocido tal y como soy. Seamos conscientes o no, todos olfateamos la autenticidad y la falsedad. Aunque las personas acostumbradas a vivir de apariencias, la mayoría en esta sociedad decadente, aceptan la hipocresía y el fingimiento como algo natural.


¡No entendía cómo Joaquín siendo tan irreverente y libre podía tener una familia tan desabrida! No parecía ser parte de ellos, ni en el aspecto ni en las costumbres. Parecía regirlo un astro mucho más luminoso y potente, pese a su exasperante pasividad y conformismo en cuanto a lo material. Quizá por ser el más pequeño lo dejaron libre, quizá sus padres ya no tenían la misma energía cuando lo trajeron al mundo. Tampoco el ejemplo y el ambiente circundante habían influido mucho en él, de seguro porque los años cruciales de su vida, en la niñez, había vivido con un tío de España que le trasmitió todo el esplendor de su arte, pues decían que había sido muy buen pintor ¡No sé cómo no se sofocaba con su verdadera familia! Más bien creo que era capaz de aguantarlo todo con tal de no tener que sacrificarse y hacer esfuerzos extras que le robaran su preciado tiempo, que lo sacaran de su zona de confort. Yo lo entendía y apoyaba, pero aquella situación se tornaba cada vez más insostenible. No, no era que me hicieran groserías, se lo dije varias veces. Ni siquiera tenían que hablar para generar una atmósfera de pesada tirantez, de pasiones y deseos insatisfechos, aunque no fueran conscientes de ello, pues, por lo que había oído hablar, se sentían realizados y felices.


De pronto apareció Toñita, una de las hermanas de Joaquín, con más peso del necesario para su estatura, las piernas cortas,  unas piernas poco acostumbradas a la fuerza y al vigor, apegadas más bien a una vida sedentaria. Nos sirvió el café en la sala. La mamá de Joaquín había encendido el televisor. Toñita sonreía y me vi forzada a corresponderle. No quería parecer hostil y desdeñosa y empezar a tener problemas. No obstante, casi de inmediato, me recriminé a mí misma. Quería sentirme como en mi casa y dejar de tener cortesías huecas que en lugar de propiciar la comunicación la alejarían definitivamente. Estaba harta de esas amabilidades fingidas. Me hubiera encantado toparme, de vez en cuando, con algún gesto espontáneo y natural, emergido desde el mismo centro de aquellos seres. Pero estaban tan acostumbrados al fingimiento que ya no podrían cambiar. Toñita siempre se portó amable, pero no se me escapaba la tensión que acompañaba su gesto más cordial. Y más de una vez advertí que su rostro se transformaba, momentáneamente, en un rictus de ansia reprimida. Sin advertirlo de pronto dejaba entrever esa necesidad de desbordar un caudal de emociones que llenaban su espíritu, sin lograr reconocerlas, sin siquiera sospechar cómo expresarlas. ¿Qué te pasa, Toñita, te duele algo? No, nada, contestaba, y volvía al bordado. Parecía querer taladrar la tela con una impresionante habilidad, donde sus manos se volvían invisibles y su rostro se encendía tal vez acallando algún pecaminoso pensamiento que se le había incrustado. Pasada esta transitoria etapa regresaba a la normalidad y retomaba la actitud mansa con la que había sido educada. Joaquín me había platicado que de chica fue caprichosa y demandante, impositiva y coqueta. Se tiraba al suelo y pataleaba para conseguir lo que quería. Pedía que le compraran collares y pulseras y se observaba en el espejo, siempre con un moño sujetando su cabello. ¿Qué había sucedido con ese temperamento? Advertí que mi antipatía hacia ella se debía a un tenaz conformismo que proyectaba a raudales, gracias a una vida mediocre, sin ambiciones ni metas. Estoy segura que yo tampoco le era grata, y no me caería tan mal si alguna vez me hubiese mostrado abiertamente esa hostilidad, perceptible a pesar de todo. Su irrevocable amabilidad simulada me resultaba un trapo sucio y maloliente que no me podía desprender. No era capaz de aceptar que dentro de ella pudiera albergar alguna verdadera pasión. Despreciaba la lectura y el conocimiento, pues no les encontraba utilidad. Sus ideales eran la comodidad y el matrimonio, una casa limpia, formar un hogar y ser feliz.

A Joaquín no le importaba eso, o más bien no se daba cuenta, pues se enfrascaba tanto en la pintura, que la vida de su familia pasaba inadvertida. Ahora me daba cuenta del egoísmo de Joaquín, pues tampoco parecía preocuparle lo que estuviera sucediendo conmigo. Subestimaba mis temores, mis dudas, mi malestar. Me decía que exageraba, que era muy delicada, que me tenía que acostumbrar, pues nunca se puede tener todo. Joaquín era ciego y hasta insensible. De qué le valía pintar tan bien si su egoísmo lo volvía torpe y poco perceptivo. Amaba la naturaleza e intuía los cambios sociales. Pero cuando se trataba de lo más cercano... Yo sospechaba de una postura comodina y confiada. Sí, era incapaz de valorar lo que poseía, quizá porque creía (sin pensarlo) que lo tenía seguro. Ahora advertía lo poco que me conocía. Yo necesitaba una verdadera comunicación, establecer un vínculo real de pareja, que me dedicara tan sólo una parte de su tiempo. Me entristecía al pensar en lo rápido que había olvidado los grandes momentos climáticos y fulgurantes que nos unieron al principio de la relación: se transformaba de tal forma con mi compañía que la inspiración llegaba a él en ondas vaporosas y electrizantes, prestas a manifestarse en cualquier momento. Se sentía rejuvenecido, lleno de vitalidad. En ese tiempo pintó los cuadros más geniales. A mi lado creció espiritualmente, y se había descubierto a sí mismo, y no lo reconocía. Mi sentimiento se tambaleaba y Joaquín no lo notaba.

Toñita tejía viendo el televisor. Ya habíamos preparado juntas la comida, muy temprano, y me parecía intolerable ser consciente de estar viviendo una vida ajena. Yo nunca había sido tan puntual y metódica, pero dentro de mi desorden funcionaba. Distribuía mi tiempo arbitrariamente Y ahora… todo en orden, todo limpio, todo al pie de la letra. Eso estaba muy bien, pero se lograba a costa de otros valores, para mí elementales, la superación personal.


Toñita esperaba casarse. Todavía era joven, pero con ese recato... Ya no volví a ser testigo de esos arranques esporádicos que la convertían, inconscientemente, en una especie de felina en celo. Ya no la descubrí triturando casi la tela con el rostro sudoroso y acezante. Su piel ya no se volvió a encender. El cristo, entre los senos pletóricos, se interponía como un escudo. Se cansó, sin confesárselo, de esperar al hombre valiente que rodara por su piel y la transportara a paraísos palaciegos, etéreos y candentes. Nunca advirtió lo que en realidad quería, y los innumerables y magistrales tejidos, de distintos colores, formas y usos, se fueron acumulando en la estancia mientras Toñita se iba convirtiendo cada vez más en una sombra.


Preparé mis cosas, ya lo había decidido. Me largaría de ahí, me independizaría. Necesitaba reencontrarme. Joaquín estaba enamorado de su pintura, no de mí. Estaba teniendo mucho éxito, pues pintaba apasionadamente, casi de tiempo completo. Y mientras mi admiración hacia él crecía, como pintor, el amor que le había profesado se estaba enranciando sin remedio. Cuando se lo comuniqué su rostro adquirió una tonalidad marmórea, y tragó saliva pensativo. Ya sea por orgullo, o porque tal vez pensara que era lo mejor, no intentó retenerme. Ni me afectó ni me sorprendió. Le había caído de golpe y seguro estaba confundido. Tal vez más adelante me buscaría y trataría de reconquistarme. Era lo de menos. Lo único que me interesaba, en esos momentos, era buscar mi propia realización y mi camino. No quería terminar igual que Toñita, como una sombra.



miércoles, 23 de agosto de 2017

El regreso de Laura


SE DEJÓ CAER EN EL SOFÁ COMO EN LAS NUBES. Todo parecía flotar en un cosmos de sándalo y aromas de tibieza vegetal. Laura, aquella joven irreal, enigmática, como salida de un cuento de las Mil y una noches, era la responsable

Andrés nunca imaginó que con sólo oír su voz volvería a estar inmerso en las sensaciones mágicas que ella le inspiró alguna vez; pero que con el devenir de los años se habían convertido en una imagen difusa, como sumergida en el fondo de un estanque.

Nunca sospechó que Laura sería, nuevamente, la única y cimera propietaria de sus pensamientos. Recordaba sus manos hábiles, los dedos largos, tan independientes como palomas inquietas, la mirada distante e intensa a la vez, matizando el presente de algún lejano paraíso. Siempre tan ella misma, hasta en los momentos más difíciles. El cabello dócil, desbordante, la boca sensual. Aquella facilidad para la entrega, para metamorfosearse en un mero instrumento de placer cuando era necesario, lo habían atado a un amor que nunca reconoció. La manía de rascarse la cabeza al despertar, su vocación para la cólera, y el insufrible desorden, se habían oscurecido en su memoria ante ese algo tan singular que la hacía única, y que no había logrado encontrar en otra mujer. Se sabía hechizado por ese magnetismo que lo transformaba. Algo mezquino y animal moría en su interior y resplandecía su yo que lo ensalzaba. Laura le confesó que lo mismo le sucedía. Entonces... tendría que haber alguna interconexión magnética entre ambos que se sentía, casi se palpaba.

Tristemente advertía que había acabado con eso, que su machismo no le había permitido reconocer su constante entrega hacia esa mujer, por glorificante que fuera. Pero Laura no se resignaba a perder aquello que sabía insustituible. Por eso luchó, por eso aguantó tanto.

En el fondo Andrés tenía la seguridad del regreso de Laura. Nunca había fallado la manipulación sicológica que, lo sabía, llevaba a cabo con sus novias y amantes.

Se portó como un patán, lo advirtió; la engañó infinidad de veces. Hizo y deshizo a su antojo para que, al primer reclamo, al primer reproche, se quejara de su incomprensión, de su falta de sensibilidad. Se separó de ella adoptando el papel de víctima. Sabía que la culpabilidad acosaría a Laura, sin remedio.

Sin embargo, pasó el tiempo y ella no volvió a buscarlo. Se sintió tan amargado, tan frustrado, que decidió olvidarla entregado a las parrandas y al libertinaje, en lugar de reconocerse él el principal responsable y pedirle una segunda oportunidad con el propósito de reparar errores. Nunca imaginó que después de cuatro años Laura aparecería nuevamente en su vida, buscando una reconciliación, dándole a entender que jamás lo había olvidado, reconociendo sus propias fallas. Le había pedido una cita para ese mismo día. El tono de su voz era angustiado, impaciente, denotaba tristeza. Quedaba clara su desesperación por verlo. Sí, él deseaba estar con ella, estaba dispuesto a cambiar si Laura se lo pedía. Era la vecina de su mamá y quizá pudiera informarle de su vida, de su salud, porque su madre no había querido saber más de él, debido a su mal comportamiento.

Laura y Anita se llevaban muy bien. Esa niña de ojos como gemas encendidas y mejillas tersas, le gustó para su hijo. Qué tonterías dices, le dijo su esposo, son unos niños. Anita le dio la razón reconociendo que estaba desvariando, y no volvió a pensar en el asunto. Nunca imaginó que aquel deseo fugaz se cumpliría. Con el matrimonio de Laura y Andrés la relación entre ambas pasó de una simpatía común, atizada por los enigmas y la curiosidad natural que surge entre dos personas con pocas posibilidades de tratarse, a una relación de confianza acostumbrada y distante. Entre familia el nexo emocional se intensifica, pero decaen las atenciones y el mutuo interés. Cuando Andrés se marchó, el vínculo amistoso entre ambas se intensificó. Laura compensaba la carencia provocada por una madre dura y autoritaria. Y Anita llenaba parcialmente la necesidad de sentir a la hija que nunca tuvo. Además la atosigaban sentimientos de culpa cuando reconoció que había fallado en la educación de Andrés, que lo había acostumbrado a ver a las mujeres como simples servidoras e instrumentos de los hombres, con su propio ejemplo.

Sonó el teléfono. Andrés contestó con la respiración contenida. Laura, otra vez.

---Te hablo porque quedaste de llamarme y no lo has hecho --reclamó Laura con ese matiz de angustia que Andrés había captado-- Necesito verte. No podemos posponer el encuentro.

Andrés calló un instante. Sí, él quería y esperaba la insistencia de Laura. Sin embargo, se le hizo fácil aplazar la llamada acordada, para acentuar la dependencia de una joven de transparencia masoquista. Pero no esperaba que le volviera a marcar tan rápido. De hecho él pensaba buscarla unos días más tarde.

---No pude telefonearte, estuve muy ocupado. Además ¿cuál es la prisa? Tenemos mucho tiempo sin vernos. Deja que termine de arreglar unos asuntos y yo te hablo ¿okey?

---No, tengo que verte ahora, me urge hablar contigo.

---Hoy no puedo, luego te busco. Adiós. ---colgó con premura, sintiéndose deseado e importante, dueño de la situación.

Un mecanismo automático de defensa, de incontenibles deseos de huir, cada vez que Andrés se sentía acosado. En instantes se descubría odiando blandamente a Laura, por ser incapaz de amoldarse a las excitantes expectativas elaboradas por sus sueños. Con la continua insistencia y el tono inseguro de su voz, con la dignidad perdida sometiéndose a esa exacerbada necesidad de estar con él, destruía la imagen ideal, la que él necesitaba para hacer resurgir el amor. De pronto se sorprendía huyendo de ella. La imagen que conservaba de Laura se disolvía en el flujo vano e insípido de la realidad.

--- Qué pasó, Andrés ---Laura le habló por teléfono después de una semana--- He estado esperando tu llamada, por eso tuve que hablarte de nuevo.

---¿Para qué? Yo te iba a marcar al rato. Me acabo de desocupar ---le contestó secamente, desilusionado. Con tanta insistencia opacaba la magia, el suspenso que podría unirlos con la pasión de antes.

---Como ya veo que es imposible verte ---habló con voz enérgica, entrecortada-- te voy a tener que informar por teléfono... Eres un tonto Andrés, te juro que eres el hombre más tonto que conozco. Estoy sorprendida de lo que sentí por ti en un tiempo. Pensaste que quería verte para regresar contigo. Creías que estaba mendigando un poco de tu amor. Pero ¿en qué cabeza cabe, después de todo lo que me hiciste? Sí, porque yo te amaba de verdad y tú abusaste de ese amor. Lo mataste para siempre, no supiste cultivarlo ¿Crees que valgo tan poco? Me da risa lo torpe que eres, ahora me lo confirmas más que nunca. Yo, para lo único que te estoy buscando es para decirte... Es muy duro, por eso no quería decírtelo por teléfono. Tu mamá... falleció... Ya ni al entierro fuiste por cretino. Tuvieron un accidente. Tu papá está en el hospital. Adiós.

Laura colgó y Andrés se congeló de golpe. Todo su entorno se derritió hundiéndose en un remolino lento y oscuro. De pronto se dio cuenta que lo único que tenía... ¡Laura! ¡mamaaaaaá! ¡papá! Su cuerpo se hizo de tela.


Domador de soles




Ven a compartir conmigo
Ven desde el origen turbulento del océano,
desde el arcano tibio que brilla
entre la noche.
Ven con toda tu inocencia deshojada,
con tu paso suelto de viajero
enfebrecido.
Sólo hay que escanciar el vino
de florida espuma
entre ménades, sátiros, silenos; entre ninfas y Pegaso
en las hamacas de Dionisos
trovador de leyendas embriagantes.
Ven, amigo, con tus ojos
donde un reflejo ancestral de transparencia
sella tus pupilas
y los cantos del silencio se desgajan.
Tu voz profunda
la noche ciega
de velos perfumados,
sueño musical que se aquieta
poco a poco.
Dime ¿dónde comienza tu cuerpo
y termina el mío?

Estrellas de vibrante cabellera,
rosa en su perfume
evaporada.

Ven, domador de soles,
no entiendo aún de entregas errabundas,
de besos sin grilletes
que llevan cataclismos
de constelación eterna
y arrebatan nuestro ser de toda vestidura.

¿Dónde la humedad dorada nos envuelve?
Y no puedo ya reconocerme en tu mirada.
Algo mío se quedó en tus manos
y mi pecho, acezante, pide un febril renacimiento.




Polvo de sol


Quisiera explicar
el pétalo envolvente y dúctil de tu cuerpo,
la tibieza dura que sella
tu epidermis,
el sol que se levanta
de tu piel dormida,
la dulzura fértil que nace de tus labios.
Pero no puedo explicar tanta magia,
tanta fuerza de lluvia
sobre las hojas tiernas,
tanto polvo de sol
acumulado en tu sonrisa.

Por eso vengo, mariposa perdida
entre tus brazos,
como alguien que perdió sus lunas hace tiempo
y encuentra los reflejos del cosmos
en el roce de tu piel de ámbar.
Por eso vengo
náufraga de mis propios mares,
amarrada a las cadenas de humo
en ti desvanecidas.
Por eso se ablandó el diluvio de mi almohada
y las flores ríen con todo su clamor
de frescura silenciosa.
Por eso las puertas de la sombra
se cerraron para siempre.

Y soy de ti
en este refugio de coagulada luz
donde la ola encendida de tus manos
conoce los secretos
de mi piel de brisa.

Y puedo decir ahora
que todas las noches
en esta noche se apiñaron.

Se desborda la rosa
de nocturnos parpadeos
y la luna sangra
con placer violeta.



La despedida


ME SUJETÓ DEL BRAZO REPENTINAMENTE, mirándome con largueza. Su mirada era dolorosa, resentida, alguna perturbadora desilusión velaba sus párpados, un reproche controlado y a la vez intenso. Pero nada dije. Éramos dos seres silenciosos con las palabras a flor de piel que traspasaban muros. Él aún atenazaba mi brazo con toda su fuerza, sin advertirlo. Y yo también, sin advertirlo, empecé a sentir la carne triturada, las venas magulladas, hasta que un dolor paroxístico me hizo reaccionar ¡basta! Entonces él se dio cuenta de su bestialidad y me soltó, aún mirándome. Sus músculos se distendieron, retrocedió y se fue cabizbajo. Lo vi alejarse. Algo muy amado sin posibilidad de retorno, algo perdido para siempre. Derramé algunas lágrimas. Todo mi rostro se congestionó y no supe si era por el dolor del antebrazo que me punzaba, o por la conclusión de aquel mundo que me había pertenecido y ahora se marchaba.

Caminé sin rumbo, solitaria. Buscaba consuelo, sustitutos. Mi ser se había vaciado. Su esencia parecía palpitar en cada  objeto circundante, se adhería a la piel de otros hombres, hasta que supe que en realidad lo buscaba a él. Y así pasaron los días, sintiéndome culpable, defraudada, incomprendida, hasta tal punto inexistente que parecía un fantasma tratando sin éxito de encontrarlo para al mismo tiempo dar conmigo. Sabía que esto no tendría remedio, tontamente sin remedio. Pues el amor es un cascarón epidérmico cuya fragilidad requiere de buen tacto y paciencia, de renovados esfuerzos y mucha intuición. Yo lo había herido sutilmente, sin quererlo, con el sólo propósito de salir de la monotonía, de no parecerle aburrida y fácil. Emilio tendría que entender que sólo se trataba de una forma de autodefensa natural, para fingir en algo la fragilidad inerme que me otorgaba el amor recién descubierto. No obstante, ya me era imposible solucionarlo. Él me había malinterpretado y eso significaba una ofensa considerablemente mayor que cualquiera que yo pudiera haberle hecho. Además ¿quién en este mundo no comete errores? Sobre todo me humillaba su falta de tolerancia, su nula paciencia para darme otra oportunidad. No soportaba mi coquetería, según él, mi carácter impulsivo y demasiado alegre, riéndome a destiempo, como si la ironía fuese la sombra más destellante de mi rostro. Pero lo más triste era que Emilio no podía entender que su compañía me daba esa felicidad que mi ser reverberaba en cada minuto y que sin él, sin aquella fuerza que hacía mancuerna con mi temperamento, me volvía una pobre transparencia perdida y solitaria, quizá como Emilio lo hubiera preferido, pues era notorio que mi independencia y lucidez resultaban una amenaza para su hombría. Además, ¿quién puede asegurar que en él todo me gustaba? De pronto era demasiado rígido, insociable, muy quisquilloso y delicado para mi gusto. Parecía un niño consentido, acostumbrado a la comodidad y a obtener las cosas sin esfuerzo. No me atraía por excesivamente criticón e impaciente, como si nada en él estuviera fuera de lugar. Sin embargo, después me di cuenta que todo eso ya no me disgustaba, que aquella apariencia guardaba la pasión inconfesada de un hombre en cuyo interior bullen los sentimientos más nobles. Noté que, inconscientemente, hacía uso de un mecanismo de defensa como el mío, presto a acallar su verdadero sentir del que sin remedio se avergonzaba. ¿Acaso yo lo había condenado por su frecuente incomprensión, por su poco tacto que lo obligaba a ofenderme con suposiciones suyas que no pasaban de ser puras creencias subjetivas? Yo había aguantado sus errores, ¿por qué no toleraba él los míos? Una posición demasiado cómoda otra vez, propia del hombre que evita los sacrificios, por más que valgan la pena y desemboquen en satisfactorias recompensas. Sí, Emilio escogió alejarse del peligro y en apariencia todo estaba concluso. Sin embargo, al parecer la ruptura sólo había sido física, un lazo indisoluble nos mantenía conectados en sintonía telepática imposible de transgredir, a pesar de nosotros mismos. Como si mi propia esencia se hubiese quedado con él y la suya vibrara en los objetos que salían a mi paso.

Un día lo descubrí de lejos, apreté los ojos para distinguirlo. Abrazaba a una mujer, una feliz señora embarazada: el fruto de su amor se manifestaba plenamente. A él le brillaban los ojos y parecía rejuvenecido, contemplando con ternura a su esposa. De pronto la sujetó del brazo y la miró con largueza. Su mirada era dolorosa, resentida, alguna perturbadora desilusión velaba sus párpados, un reproche controlado y a la vez profundo. Pero nada dije. Éramos dos seres silenciosos con las palabras a flor de piel que traspasaban muros. Él se mordió los labios, abrazándome de nuevo. Sonrió y me di cuenta que había comprendido. Suspiré satisfecha. Ya no podía seguir, el peso me vencía, daría a luz en dos semanas. Y a mi translúcida emoción se agregó el impacto de mi propio encuentro.

Aromas de tibieza


Quiero sentir
que estoy en mí
que aún dispongo
de mi aliento,
que mis pies no se adelantan
a mis pasos
y confunden los caminos.

Mi eje vacila
y es como buscar en el aire
peces.

Debo romper este albedrío
imaginario, hacerlo verdadero.
Entre aromas de tibieza
adherirme a la sustancia
de encendidos
corazones.

Hacer las paces
con mi ego y entregarme
al caudal
de la simiente.

Como pájaro ser
plumaje de viento,
canto celeste, libertad en llamas.

A los elementos restituida,
disuelta como polen
en el agua
hasta la esencia palpitante
arribo.

(De mis primeros poemas)


Bostezo de espesuras


Nada queda, sólo páramo.
Sólo este cuerpo
como roca transparente,
estas manos inútiles
que antes de alcanzar el fruto
se derriten.
Sólo este latido
de febriles ecos.

La noche es larga,
da un bostezo de espesuras.
Clorofila negra cala
árboles
que flotan
en pedestres nubes.

Vaho, cíclopes de piedra.
Vuelan esqueletos de aire.
Transfiguración del horizonte.
Rotación confusa e invertida.

(De mis primeros poemas)




sábado, 22 de abril de 2017

Buscando a Jazmín



ENTRÓ SIN DETENERSE, hasta su cuarto. Su madre contuvo la respiración en un instante de eterna angustia. El padre frunció el entrecejo, apretó los puños y los dientes. Tuvo el impulso de ir tras él, jalonearlo de esa maleza ensortijada y pajosa hasta arrancársela de raíz; rugirle en la cara lo repugnante y ridículo que se veía, pero se contuvo.

¿Qué está pasando, Toño? preguntó doña Claudia a su esposo, apretando nerviosamente las manos.

El señor Antonio, aún con los puños como magmas, no contestó. Cada vez se le parece más, susurró la señora Claudia, cerrando los ojos. Sin aflojar los puños el señor Antonio miró a su mujer. Algún recuerdo lejano y triste se interpuso entre aquellas miradas.

Ricky empezaba a sufrir las consecuencias de aquella insensata transformación. Se tumbó en la cama, sumergiéndose en sí mismo como caracol olvidado. ¿Qué está pasando? Las palabras de su madre eran correctas, pero desacertadas. Algo estaba pasando, pero no lo que sus padres creían. Toda esa incertidumbre, ese miedo, eran impropios de él. Con brusquedad, en un impulso iracundo, deshizo la posición de feto aletargado y se levantó, echando hacia atrás la abultada cabellera. Había que desbaratar pronto esa imagen, empezaba a resultarle fatal.

Salió de casa, la presencia de sus padres lo incomodaba, lo hacían sentirse culpable. Ellos no podían entender que la apariencia pocas veces coincide con la esencia y, además, él estaba tan seguro de sí, tan definido, que ni llevando las más íntimas prendas femeninas dejaría de ser un hombre.
Sus recuerdos eran un enredijo de imágenes sueltas y confusas. Parecía que lo más importante de su vida se hubiese estancado tres años atrás. Desde entonces no había vivido algo trascendental, quizá porque el recuerdo de Jazmín lo llenaba todo. Fluía en su sangre, se revelaba en su rostro, palpitaba en su corazón y en sus arterias. Con ella llegó al clímax de la felicidad y el placer. Palpó el infinito, como si ambos fueran el cátodo y el ánodo que al unirse echaran a andar el mundo. Mirarla era como mirarse a sí mismo: los ojos azules que entornaba cada vez que algún recuerdo añorado se instalaba en su centro. Jazmín tan romántica, tan cursi en ocasiones, tan impredecible, terrenalmente etérea. De pronto irradiaba una fuerza interior como un águila que se desprendiese de ella, independiente de la cotidianidad sumergida en mezquindades y rutinas. A veces tan otra que Ricky no la reconocía, adusta y ausente como una visión.

Jazmín se acercaba a él cuando necesitaba sentirse real y quería vibrar y perderse en su instinto de animal selvático; reconocerse mujer capaz de entregar una feminidad luminosa, pero reservada a momentos especiales. Ricky la amaba tal cual era y confundía su ser con el de Jazmín, tan parecidos, tan idénticos al amar, al reconocer las sutilezas del mundo. Luego la paradoja: después de galopar como amazona primitiva Jazmín aterrizaba en sus incurables sueños de romántica. Anhelaba serenatas bajo la luna llena, flores rojas que culminaran en un altar. Construía palacios de humo y edificaba su vida en planos de paradisíaca fantasía. Entonces Ricky la trataba con cierto recelo y desconfianza, como si estuviese frente a una lunática, preguntándose si él también provocaba aquella impresión en otros. Pero había algo que a Ricky embelesaba: la espontaneidad y la autenticidad que no conocían temores ni trabas. Jazmín hacía lo que sentía y nunca traicionaba sus convicciones. Algo que él había perdido y ella conservaba como venerable niña anciana. Desde aquella separación brusca... Ricky no la recordaba de niña, sólo conservaba una sensación de rompimiento vital, como si le hubieran cortado los brazos o las piernas. Después el impacto del reencuentro.

Recargado en el poste de una calle desierta, casi a la una de la mañana, con su gabán largo, sus botas, y su guitarra eléctrica, Ricky se veía hermoso. Estaba agotado de una intensa tocada en el antro y su rostro, tras el aleteo transparente de la luna, adquiría una expresión virginalmente salvaje.

El borracho se introdujo en el silencio con su voz gutural, ahogada en quién sabe qué extraño mundo de alucinaciones. La inesperada presencia de Ricky resultó una aparición edénica. Se paralizó un segundo, mirándolo con ojos semicerrados y turbulentos. Preciosa, musitó después dificultosamente. Preciosa, repitió mientras se acercaba al descontrolado Ricky. Pre-cio-sí-sima, terminó de decir, arrastrando las sílabas, antes que el guitarrista se esfumara, sobrecogido de repulsión y azoro.

La semana anterior, al bajar del autobús, un hombre chaparrito le dio la mano. Ricky alargó la suya, de varonil delicadeza, y afianzó fuertemente, hasta el dolor, aquella caballerosidad solícita y amable. La acercó hacia sí, con la brusquedad que lo caracterizaba. Muchas gracias por ayudar a las damas, caballero, dijo con su voz de barítono ronco. El moreno abrió los ojos, asustado, y tragó saliva.

Se sentó en la banca de un jardín, hundió la cabeza entre las manos mientras la apretaba desesperadamente: No pudo hacer algo. La lancha daba tumbos, el preludio de algún huracán que después se arrepintió, la agitaba con sus dedos feroces. Tomó al vuelo el visor que se iba dentro del aire. El mar empezó a jadear descompasadamente, como un monstruo líquido que despertara con violencia, herido de pronto por algún enemigo invisible.

Jazmín a veces parecía chiquilla. Su grito quedó vibrando en la atmósfera salina, ensordecedoramente. Lo desmenuzó el viento, lo sepultó después bajo las olas. Ricky no supo cómo algún trozo de aquel alarido penetró en sus oídos, enloqueciéndolo. Alcanzó a ver los ojos de Jazmín, sobre el agua, navegando entre el terror y el vacío. Había resbalado de la lancha sin que él pudiera impedirlo, todo intento por ayudarla resultó vano. Ricky gritó, rasguñó su cara, mesó sus cabellos, se arrodilló como si lo hubieran acribillado. La sangre de Jazmín se extendía hasta llenar el océano. La aleta del tiburón volvió a surcar el agua. No supo cuánto tiempo zozobró la lancha, al arbitrio del viento, hasta que unos pescadores la encontraron. Tuvieron que cargarlo entre varios, cobijarlo, darle de beber. Estaba congelado, con la mirada derretida y petrificada. Pasaron dos años antes que empezara a recuperarse. Buscó mujeres que lo ayudaran a olvidar; como esa Miriam de formas opulentas que logró retenerlo por algún tiempo. Miriam le entregaba la piel cálida, los pechos acezantes, igual que un arrullo afrodisíaco. Sin embargo, Ricky no tardó en comprender que la mujer sólo era una evasión, un autoengaño pasional. Buscaba con desesperación a Jazmín en las personas, a través de algún objeto que, de alguna manera, se asociara a su personalidad; en él mismo. Quería resucitarla, a toda costa.

Se incorporó de la banca, le zumbaban los oídos. Desde el día de la tragedia era así, como si un torbellino lo hubiese penetrado. Llegó a su casa, directo a su cuarto. Sus padres estaban de viaje, por suerte. Se detuvo frente al espejo y observó el cabello largo y teñido. Aquella transformación no lo había convertido en el viril rockero que pretendió imitar en un principio, semejante a sus compañeros de banda. Un halo de femenina sensualidad lo envolvía.


En el espejo estaba Jazmín, su hermana gemela y el amor de su vida, con la urgencia de renacer. Ahora Ricky estaba seguro de eso, Jazmín renacería.



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