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miércoles, 23 de agosto de 2017

Polvo de sol


Quisiera explicar
el pétalo envolvente y dúctil de tu cuerpo,
la tibieza dura que sella
tu epidermis,
el sol que se levanta
de tu piel dormida,
la dulzura fértil que nace de tus labios.
Pero no puedo explicar tanta magia,
tanta fuerza de lluvia
sobre las hojas tiernas,
tanto polvo de sol
acumulado en tu sonrisa.

Por eso vengo, mariposa perdida
entre tus brazos,
como alguien que perdió sus lunas hace tiempo
y encuentra los reflejos del cosmos
en el roce de tu piel de ámbar.
Por eso vengo
náufraga de mis propios mares,
amarrada a las cadenas de humo
en ti desvanecidas.
Por eso se ablandó el diluvio de mi almohada
y las flores ríen con todo su clamor
de frescura silenciosa.
Por eso las puertas de la sombra
se cerraron para siempre.

Y soy de ti
en este refugio de coagulada luz
donde la ola encendida de tus manos
conoce los secretos
de mi piel de brisa.

Y puedo decir ahora
que todas las noches
en esta noche se apiñaron.

Se desborda la rosa
de nocturnos parpadeos
y la luna sangra
con placer violeta.



Aromas de tibieza


Quiero sentir
que estoy en mí
que aún dispongo
de mi aliento,
que mis pies no se adelantan
a mis pasos
y confunden los caminos.

Mi eje vacila
y es como buscar en el aire
peces.

Debo romper este albedrío
imaginario, hacerlo verdadero.
Entre aromas de tibieza
adherirme a la sustancia
de encendidos
corazones.

Hacer las paces
con mi ego y entregarme
al caudal
de la simiente.

Como pájaro ser
plumaje de viento,
canto celeste, libertad en llamas.

A los elementos restituida,
disuelta como polen
en el agua
hasta la esencia palpitante
arribo.

(De mis primeros poemas)


Bostezo de espesuras


Nada queda, sólo páramo.
Sólo este cuerpo
como roca transparente,
estas manos inútiles
que antes de alcanzar el fruto
se derriten.
Sólo este latido
de febriles ecos.

La noche es larga,
da un bostezo de espesuras.
Clorofila negra cala
árboles
que flotan
en pedestres nubes.

Vaho, cíclopes de piedra.
Vuelan esqueletos de aire.
Transfiguración del horizonte.
Rotación confusa e invertida.

(De mis primeros poemas)




sábado, 22 de abril de 2017

No me reconoce



Busco su rostro,
el sonido sordo de sus días,
su corazón pedestre de gigante,
el espíritu aleatorio que le vive,
las murallas que ha vencido
en la faz innumerable de los vientos,
en la ancha cadera de este mundo.

Buscando estrellas y soles milagrosos,
cayendo del pináculo de mi alma,
llego a los abismos sin fronteras.

Encuentro las plegarias soterradas
que me habitan,
los salmos que me fluyen en la sangre,
el remoto parpadeo de un ancestro.

Más allá de mí,
en el fondo donde rondan
los arcángeles caídos
busco el eco de los ríos despeñados,
la huella de Goliat petrificada.

Doy con él y es un encuentro vano.
No me reconoce ni lo veo,
pasa de largo
con el lío de su huida,
con la cicatriz aún sangrante,
con la mirada de vástago maduro.

Se ha perdido.
Las palabras de su esencia
me devastan.
Mi corazón difunde
un púrpura clamor
que lo persigue.
Hay tormento, castigo a la ceguera,
a la desobediencia tácita del cielo,
a la dura mansedumbre,
a la coraza que me asfixia.

La búsqueda se vuelve inútil,
los caminos no se juntan
y en el aire flota la nostalgia
y su olor a muerto resucita
fresco hervor
a los tejidos.




Ángel prostituido



Como licor
de cálidas
efervescencias
me llenaste:
cántaro vacío,
canción de amor sin melodía.

Llegaste a mí
con paso de ala.
Sombra de luz
que me penetra.
Fuego morado
inextinguible.

¿Y dónde estás ahora?
¿Bajo qué cielo, sobre qué piedra,
entre qué brazos
el eco de tu voz
llega susurrante con el viento,
el efluvio perfumado de tu piel
enlaza firme mis sentidos?

Estás tan lejos
tan fatalmente lejos
que te confundo con las flores,
con el pájaro de vuelos encarnados,
con la mariposa
de huella tornasol
dormida entre las hojas.

Brisa torrencial,
canto de sirena en ruinas.

Tuya soy, inevitablemente,
tercamente tuya,
como la estrella en tu mirada,
como el fulgor que anida
entre la selva

Quiero sentir tus manos:
beso de tibio manantial.
Abrazo de ángel
prostituido
entre el que sueño
y me consumo.
Vivo en cada latido de aire
que respiras.

Desde mi centro me derramo, líquida,
hasta llenar tu copa.
La certeza del amor
me arrastra
a tu espejismo, al néctar fértil
de tus labios.


(De "Ceniza erguida"  de mis primeros poemas)


viernes, 10 de marzo de 2017

De Bagdad a Cisjordania




Se anuncia el estallido de las aguas,
la voz que sangra entre los vientos.
Vengo con el rostro de los niños y las manos
que buscan la dulzura.
Vengo desde la aurora más antigua
a llorar
           el derrumbe
                              de los cielos
                                                   más sagrados.

Tócame, espejismo milagroso,
sumerge a la tormenta que renueva
su exterminio.

¿Qué hacer para apagar
el rugido de la bestia desatada?
¿Qué para detener las aguas
que anegan a mi gente?
¿Qué para arropar al niño
expuesto al blanco
del engendro puntiagudo?

Voy por los caminos recogiendo el cáliz de las mentes florecidas.
Voy por el sendero iluminado que conduce a la victoria.
Voy pisando sombras de los ogros insensibles.
Voy por la vereda limpia de abismos parpadeantes.
Voy cansada, pero firme, desoyendo
al marketing come humanos.

¿Y qué fue del simún arcaico
que cantaba entre las dunas
la canción de los siete cielos,
de Al Burak* y su profeta?

De Bagdad a Cisjordania
una conmoción de oscuras luces,
un grito de silencios entubados,
una estación subterránea y pedregosa,
una caída al precipicio
de infinitas muertes.

Muchedumbre inerme ante máquinas depredadoras,
propiedad del imperio que acumula
pírricos laureles.

El sofisma del sionismo
del orbe se apodera,
esclavos desahuciados de sus propias fantasías.
Sobre los hijos de Alá hincan el diente,
sus hogares destruyen
con táctica cobarde
de quien nunca asoma el rostro.

¿A dónde nos llevará este caos sanguinario
de falacia y corazón torcido?
¿Dónde se escondió el aliento
de niños y pájaros translúcidos?
¿Dónde la humedad serena que roza las mejillas?

El mundo pertenece a quien rompe sus cadenas
interiores
y camina, sin tropiezo, hacia la vida.




*Al Burak (el relámpago) Nombre de la yegua materializada por el arcángel Gabriel. Tenía rostro humano, cuerpo de equino y alas. Transportó a Muhammad (Mahoma) a un recorrido por los siete cielos.


9 de noviembre 2004
Después de la reelección de George W. Bush.

A los astros respondo




Desoigo la voz que me palpita.
Desoigo la urgencia de ser humo,
de volverme piedra y noche,
de volverme madre
consagrada a la penuria.
La burlona tristeza de ser brizna.

A los astros respondo
con la voz redonda del milenio
con la frase de un futuro informe
y luminoso.

Busco la voz de los caminos,
la muralla que conteste a mis preguntas.

Doy con un poliedro de silencios,
con un peñasco de respuesta misteriosa.

De pronto un mar de ternura vasta,
un susurro de arco-iris,
un hervor de geométricas burbujas.
La primera palabra entretejida.

Y no sé si voy o vengo,
si la nube es sombra o nácar,
si mis manos contienen
la negra brillantez
de la montaña.



Me entrego a mis andanzas



Innombrable y repetida
cada vez más yo
en disociación de internas notas.

Palpitante rosa entre los cardos.
Átomo de sol reblandecido.

Y me entrego a mis andanzas
sin oficio,
me entrego a lo que creo ser
sin ser del todo.

Me entrego al animal interno
que me acosa,
a mi propio abismo sin fronteras.

Queriendo salir de mí
para encontrarme.
Queriendo sumergirme
en las aguas tibias
de mi ardor.

Sol y luna en la tiniebla.

Y sólo doy con este cuarto,
con este ritornelo sin cauce
que va desde el teléfono
hasta el diario desayuno
de yogur y frutas.

Soy menos de lo que soy a veces.
Soy la luna y la muralla.
Soy la prolongación goteante
de mis noches.
Soy la sombra derramada,
la estrella muerta de frío.
La inconmensurable.
La viajera alrededor de los suburbios.

La que nunca quise ser
y me domina.


viernes, 21 de octubre de 2016

Cenote Xkeken


A las entrañas desciendo de la tierra.
Bocanada, rumor latente.

Aquí, en esta eternidad
de sombras cristalinas
se vierten lágrimas violáceas.
Petrificadas lágrimas de siglos.
Sólo agua, sudor de piedra
donde las ondinas duermen
sueños de diamantes.
Empozada agua
de caudales frescos.
Reverberante cueva de susurros.

Con tu amor a cuestas te levantas
y sabes del hechizo de tu sangre oscura.
Madre de todas las criaturas
descendiste más abajo del infierno
a borrar tus huellas.
Recoges el musgo de las rocas,
el verdín que pinta el recorrido
burbujeante de los lustros.
Los Bacabs1 titilan en cortejo
suspendidos en los puntos cardinales.

Mi cuerpo se estremece.
Mis manos de princesa
desgarran vestiduras
y tu nombre grito
hasta agotarme.

Ecos prisioneros.
Ecos del milenio.
Inmortales ecos
de la diosa maya.

Ix Chel 2, todo lo cubres
en esta gruta de líquidos
                                         presagios
donde respiran las paredes,
donde los Xibalba3
acechan sumergidos
con un ojo entre la tierra.

Y sales en la noche
a devorar el cielo.
Sabes que despunta el día
con sus manos de azucena errante.
Sabes que los astros mueven
el destino de tu estirpe.

Aquí la añoranza vive congelada.
Aquí dejó su paso la doncella.
Aquí se habló del sacrificio que llegó del norte.
Aquí se oye el corazón
de las tinieblas.

Estalactitas
de goteantes dedos.
Cavidades de conjuros
trashumantes.




1 Bacabs: los cuatro dioses del mundo celestial en la mitología maya.
2 Ix Chel: Diosa creadora lunar de la mitología maya.
3 Xibalba: inframundo de nueve estratos en la mitología maya.






Tulúm


He aquí la roca viva.
He aquí el mar y su destello azul errante.
Reverberación del sol airado.
He aquí la selva murmurante y hechicera,
habla a cada uno por su nombre.
El eco del salvaje sabio
y su ritual
de música sagrada.
He aquí la mano fresca de las olas,
los pies envuelve con su ritmo.
He aquí la primitiva iguana
de terrosa piel salina.
Su quietud de efigie sorda
al arcano remite
                            de la tierra.
He aquí la fuerza que retorna
hacia su centro.

De los árboles
                         la hechura
el viento cimbra
y levanta la maleza
de sus verdes dedos
espejeantes.

La cobrínea sombra
amaina el fuego, el azul se yergue
en lontananza.
Agua de abismal destello.
Agua sísmica que rasga
en azulado hechizo.
Boca abierta de cristal preñado.
Piedra y altitud pulidas.
Espejismo
somnoliento.
Henchida sal que estalla
en el candente aliento de los aires.

Me fundo entre las olas
batiéndome en espejos líquidos.
Me asimilo
al destierro que se esponja
en sutil plumaje
y transparencia.

Vibrante punto suspendido
                                             el pelícano
                    hiende el agua,
                                             zigzagueante.
No existe paraíso
más allá de este calor dormido.

No hay misterio solitario
sin rumor de selva erguida.

Los dioses emergieron
musitando eléctricos conjuros.

Kukulkán reptó de frente al horizonte.
Chac cavó fulgores
                                 en su tumba
           de presagios.

Brotan bocas pétreas,
inhumanas frentes monolíticas.
Sacerdotes perfumados de claveles,
ceibas hasta el cielo de diamantes.
En la sombra verde
plata y oropeles.




jueves, 25 de agosto de 2016

No tengo raíces




Como un sueño en ti renazco.
Sigo tus pasos.
Voy tras espejismos.

Por un espejismo naufrago.
Entre mis ruinas tropiezo
como una ciega.
Los ecos me perturban.

Hurgo en mi interior
como una larva.
Destellos fugaces
me lastiman.

Huyo en silencio,
entre el mar y la espiga
huyo de mí misma.
No tengo raíces,
a medio latir un tronco soy.

Busco al día
entre tus noches.
Busco la luz
que me levante.

Péndulo lunar,
lunar de tu hombro.
Huyendo de ti
te busco.

Estéril búsqueda
de sonámbula.
Infructuosa búsqueda
entre las sombras.

Bajo tu almohada me agazapo.
Convertida en lince tus huellas persigo.
De tu alma palpo heridas.
Siento el hielo y una hoguera.

La luz se derrite
en tu mirada.
La luz renace
y se hace fuente.

Firmas la paz con una flecha.


Semilla de escarcha



Corcel del aire
una ráfaga de espinas eres,
un fantasma de sensual asombro,
un suspiro
reverdeciendo
en paulatino fuego justo:
fuego de hielo
desbordante

Entera me dejaste,
con un beso de arena
ennegrecida.

Roca de pulso
moribundo,
semilla de escarcha
en mis arterias.

Tal vez un sueño
enrarecido,
una copa de elemental destello,
mar naciente
de añosa espuma.

Cada vez más sumergida
rastreo el túnel
de cristales que florecen
y siento un titilar
de huesos mudos.

La luz, el cascabel
me son remotos,
el árbol de aguerridas hojas.
La sal, el vino,
la rama inmaculada
de frutos pecadores.
La herida añeja
de los hombres.

Y somos, tú y yo
la misma piel inversa.
Efervescencia antigua,
subliminal lujuria
en trozos enterrada.
Diabólico espejismo
en el mar de los suicidas.

Hago bien, haces bien
espiga desgranada,
cometa paralítico y oscuro.
Hacemos bien al enterrarnos vivos
y nuestra muerte contemplar
cantando.



Bosque de seis lunas



Rostro que se esfuma al tacto.
Luz intensa que encandila y ensombrece.
Aceite que resbala por mi piel
hasta cubrirla.

Tu talle se quiebra
en el espejo.
En fragmentos cae al piso.
Junto los pedazos.

Castamente y con lujuria me los como
en el mar de tus caricias minerales.

Sabes a sexo y geranios.
Tu aroma es un bosque
de seis lunas.

Reconozco mi morada de silencios.
Reconozco mi sangre dividida.
Reconozco que a tu lado me lastimo.
Reconozco que soy otra y soy la misma.

La noche se pinta los labios y te llama.
Se enamoró de su estrella
más brillante.

Como un sueño me desdoblo.
El viento me arrastra
hacia tu sombra.

Llego a tu aliento como a las nubes.
Llego a tu cuello, a tu tibieza...

Emerges del amor
igual que un niño.
Robas el silencio,
raptas la nostalgia.

Sueñas que te sueño
soñando conmigo.

Rosa, plegaria, mar purpúreo.
Valle de higueras y ninfas.
Llorosa luz nocturna.

Tu mirada resplandece
con llanto risueño
enamorado,
con canto ancestral de flores y papiros,
y la vida renace
en arco iris.

Cristales que se vuelven mariposas.



domingo, 7 de agosto de 2016

Luz vibrante



Vano paladar de siglos


Respóndeme tú, fabricante de lunas.

¿Dónde están las flores aureoladas del poeta?

¿Dónde encuentro la honda cavidad del verso en llamas?

Todo es vano paladar de siglos.

Todo es epidérmico secreto.

Todo es tan falso

como el peluquín de mi vecina.

No hay sitio, sólo sombras.



He buscado arrastrando mi nombre.

He llorado como nube en otoño.

Me he agotado

recorriendo desiertos y valles y mares

y la luna terminó en mi casa

como un plato de lentejas.

Sólo el Dios de siete cirios

sabe lo que se deshizo ante mis ojos,

sabe que mi lugar estaba lejos, tan lejos

como relámpago de nácar

en Oriente,

como la Atlántida

que aún refulge bajo el agua.



Cuando me respondas

romperé estos versos.








Druidesa de la noche rumorosa


Sabes que llego

con los labios deshechos

de repetir la misma plegaria.

Tú, que rompiste amarras antes de hora,

Tú, que clamaste siete veces hasta dar con mis pasos.

Tú, princesa de las cinco lunas

me dijiste que yo era tu espejo

y miro en tus ojos

el endrino fulgor de los míos.



Druidesa de la noche rumorosa,

ardiente pensamiento erguido.

Llámame más allá del horizonte

para que mis huellas queden ancladas

en la luz vibrante de los árboles.

Llámame más allá del eco cósmico.



¿Y quién dirá que aquí

se aposentó la estrella que guía al nómada?

¿Quién dirá que la ventisca congeló la música?

Dame el corazón salino de los mares.

Dame un poco de abono

para plantar mi árbol.

Dame el pan

que con tanto esfuerzo he amasado.

Dame de la madre tierra la sustancia.

Y he aquí que mi canto se vuelve nube

en el desierto, perenne fuego en noche

de manos pálidas.



Huye, vete sin volver el rostro

(somos una dividida)

Si lo vuelves

también seré

estatua de sal

sin rumbo y sin consuelo.






Huérfana del oleaje de reflejos púrpura



¿Dónde está el lecho de azucenas

donde arribaron los mancebos

a compartir contigo?

¿Qué fue de tu cuerpo de tibieza fértil

donde otros cuerpos ardieron

deshojando las guirnaldas de tus pechos?

¿Dónde la cicatriz que cada uno te ha dejado?

¿Dónde te volviste pira inextinguible

que de pronto en soledad te consumías?



Levántate, oh bella, camina despacio, sin mirar atrás

no sea que tú también te petrifiques.

Aún el calor de tu cuerpo deja un hechizo

en cada paso.

Aún la curva de tu cadera se llena

de constelaciones lúbricas.



Sal de ti

a contemplar el mundo.

Sigue tu ruta

aún cuando todo sucumba en tu camino.

Aún cuando el llanto y la rabia te desgarren

al comprobar la masacre

hacia los que buscan la pupila de su Alá, el Altísimo.



El amor verdadero aún no te toca.

Cuando llegues sentirás el ardor

que te convertirá en guerrera.

Sabrás que has sido huérfana del oleaje

de reflejos púrpura.

Sabrás que sólo la luz

penetrará en tu vida.



La sal dulce de la tierra


Me dijiste que vendrías

cuando se encendieran las velas de mis sueños.

Cuando supiera, con certeza,

que me daba al mundo.

Se calcina el horizonte y aún estás ausente.

El recuerdo de tus manos

me hace bulto.



Recoge la planta

que germinó en mi almohada.

Recoge la sal dulce de la tierra.

Recoge el canto que riego tras mis pasos.

Recoge lo que de ti vive

y aún me pertenece.

Y he aquí que llego con firmeza

a esparcir la simiente

que verdeará

cuando todo lo visible esté acabado.



He aquí que mi cuerpo se humedece al recordarte

y todo cuanto amo lo retengo.



No te esperaré, lo sabes.

Voy tras el cachorro

bullicioso

de mi instinto.



Retomo el camino de los bulevares.

Retomo el periplo de las calles místicas

donde mi ser manaba

al efluvio enamorado de la noche, al placer amargo,

hacia el halo errante de quimeras.

Vino la muerte a visitarme

y me dijo: Aún no estás madura, préñate de vida aventurera

para que huelles los caminos.

Vino la serpiente y me tentó antes de tiempo.

Vino Dios con su olor a nube rancia

y el cuento de su tierra prometida.

Y he aquí que lo cociné

con las santas escrituras y le dije: ¡calla!

¿no ves ahora la desdicha circundante?

Te busqué y no llegaste.

Escribí tu nombre

en un altar de fuego

y sólo se agostaron las orquídeas.



Por eso me voy ahora,

porque la inocencia se hace humo,

porque no sé vivir de otra manera.





No basta


No basta la turquesa derretida

de los mares

para cantar a la luna.

No basta el desayuno apresurado para llegar a tiempo.

No basta la palabra dulce

en la boca seca del sicario.

No basta que se escinda el mar

ante mi paso firme.

El cielo es sórdido y derrite su fiereza.

Y he aquí que estoy sobre la cama.

Sólo me levanto

a comprobar que el niño duerme.

Hay una quietud extraña

en mis pensamientos.

Alarga la noche sus tentáculos fríos.

Quiero saber que estas manos

se abrirán cual mariposas,

que buscarán el pan

más allá de su hambre y su nostalgia,

más allá de su propia identidad sin rostro.

Buscarán el tacto que acaricie

y la suavidad arisca de la rosa.



Estoy sobre la cama

con un febril delirio que atormenta.



Miro el sueño frágil

de mi niño, el pulso intermitente de su pecho,

la calentura que ha menguado.

Esta noche

se calcinan las estrellas.



sábado, 9 de julio de 2016

"Espejo del mundo" y más




He quedado ciega, muda,
paralizada
en el bache
de mis tropiezos.

Soy el espejo
del mundo
y en el mundo
me reflejo.

El rostro más amado
nos puede resultar
extraño.




Aquí en la cama

Qué inútil me siento
aquí en mi alcoba,
mirando esa flor de durazno
que asoma por la ventana
y el tráfico y el smog, y la vergüenza
de aquel mendigo que brinda con el hambre
 y la desesperanza.
Qué voy a hacer con tanto hastío
que me trago, con recuerdos que exprimen mi energía,
con esta percepción desnuda
que no soporta caras agrias.

Ya me cansé de los libros
engañosos.
Qué ilusorios mundos,
qué bellezas,
qué sabidurías
que no enseñan
a vivir
y a salvar esta desgracia.




Silencios audibles

Mirar y callar.
Seguir el camino bifurcado.
En este día oscuro
todo se comprime
en silencios audibles.
Los zapatos me lastiman,
mi cabello se rebela,
la sopa me sabe agria
y el néctar de sus besos
se fermenta.

Pero ¿a dónde ir?
¿Dónde la ilusión florece
como una copa de místico licor
que embriaga
en copos alados, rutilantes?

Ahora todo me parece ajeno,
hasta el gato que miro a todas horas.
Cuando esta soledad me habla
yo me callo.




Al otro lado de la almohada

Mi cuerpo se anuda, como cráter
se agrieta.

La inmovilidad quiero escuchar
de una noche de pájaros etéreos,
de un beso escondido
entre las rocas.

Ahora es tiempo de huir
del murmullo flotante,
de la ebullición de rosas
y espinas.

Sólo un cuarto borroso
y un olor a medicina
enroscado en los muebles.
Los pensamientos ascienden
en espirales, y regresan:
transfigurados recuerdos.

Estoy aquí, sobre la cama,
como en el fondo
de un elevador
que no termina de bajar.

Delirio, fuego, escalofrío.
La vida se ha pulverizado:
un soplo que llega
hasta el dolor de huesos.
La pared, el médico,
la quietud acechando
tras la almohada.


(De mis primeros poemas)
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