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miércoles, 23 de agosto de 2017

La despedida


ME SUJETÓ DEL BRAZO REPENTINAMENTE, mirándome con largueza. Su mirada era dolorosa, resentida, alguna perturbadora desilusión velaba sus párpados, un reproche controlado y a la vez intenso. Pero nada dije. Éramos dos seres silenciosos con las palabras a flor de piel que traspasaban muros. Él aún atenazaba mi brazo con toda su fuerza, sin advertirlo. Y yo también, sin advertirlo, empecé a sentir la carne triturada, las venas magulladas, hasta que un dolor paroxístico me hizo reaccionar ¡basta! Entonces él se dio cuenta de su bestialidad y me soltó, aún mirándome. Sus músculos se distendieron, retrocedió y se fue cabizbajo. Lo vi alejarse. Algo muy amado sin posibilidad de retorno, algo perdido para siempre. Derramé algunas lágrimas. Todo mi rostro se congestionó y no supe si era por el dolor del antebrazo que me punzaba, o por la conclusión de aquel mundo que me había pertenecido y ahora se marchaba.

Caminé sin rumbo, solitaria. Buscaba consuelo, sustitutos. Mi ser se había vaciado. Su esencia parecía palpitar en cada objeto circundante, se adhería a la piel de otros hombres, hasta que supe que en realidad lo buscaba a él. Y así pasaron los días, sintiéndome culpable, defraudada, incomprendida, hasta tal punto inexistente que parecía un fantasma tratando sin éxito de encontrarlo para al mismo tiempo dar conmigo. Sabía que esto no tendría remedio, tontamente sin remedio. Pues el amor es un cascarón epidérmico cuya fragilidad requiere de buen tacto y paciencia, de renovados esfuerzos y mucha intuición. Yo lo había herido sutilmente, sin quererlo, con el sólo propósito de salir de la monotonía, de no parecerle aburrida y fácil. Emilio tendría que entender que sólo se trataba de una forma de autedidaodefensa natural, para fingir en algo la fragilidad inerme que me otorgaba el amor recién descubierto. No obstante, ya me era imposible solucionarlo. Él me había malinterpretado y eso significaba una ofensa considerablemente mayor que cualquiera que yo pudiera haberle hecho. Además ¿quién en este mundo no comete errores? Sobre todo me humillaba su falta de tolerancia, su nula paciencia para darme otra oportunidad. No soportaba mi coquetería, según él, mi carácter impulsivo y demasiado alegre, riéndome a destiempo, como si la ironía fuese la sombra más destellante de mi rostro. Pero lo más triste era que Emilio no podía entender que su compañía me daba esa felicidad que mi ser reverberaba en cada minuto y que sin él, sin aquella fuerza que hacía mancuerna con mi temperamento, me volvía una pobre transparencia perdida y solitaria, quizá como Emilio lo hubiera preferido, pues era notorio que mi independencia y lucidez resultaban una amenaza para su hombría. Además, ¿quién puede asegurar que en él todo me gustaba? De pronto era demasiado rígido, insociable, muy quisquilloso y delicado para mi gusto. Parecía un niño consentido, acostumbrado a la comodidad y a obtener las cosas sin esfuerzo. No me atraía por excesivamente criticón e impaciente, como si nada en él estuviera fuera de lugar. Sin embargo, después me di cuenta que todo eso ya no me disgustaba, que aquella apariencia guardaba la pasión inconfesada de un hombre en cuyo interior bullen los sentimientos más nobles. Noté que, inconscientemente, hacía uso de un mecanismo de defensa como el mío, presto a acallar su verdadero sentir del que sin remedio se avergonzaba. ¿Acaso yo lo había condenado por su frecuente incomprensión, por su poco tacto que lo obligaba a ofenderme con suposiciones suyas que no pasaban de ser puras creencias subjetivas? Yo había aguantado sus errores, ¿por qué no toleraba él los míos? Una posición demasiado cómoda otra vez, propia del hombre que evita los sacrificios, por más que valgan la pena y desemboquen en satisfactorias recompensas. Sí, Emilio escogió alejarse del peligro y en apariencia todo estaba concluso. Sin embargo, al parecer la ruptura sólo había sido física, un lazo indisoluble nos mantenía conectados en sintonía telepática imposible de transgredir, a pesar de nosotros mismos. Como si mi propia esencia se hubiese quedado con él y la suya vibrara en los objetos que salían a mi paso.

Un día lo descubrí de lejos, apreté los ojos para distinguirlo. Abrazaba a una mujer, una feliz señora embarazada: el fruto de su amor se manifestaba plenamente. A él le brillaban los ojos y parecía rejuvenecido, contemplando con ternura a su esposa. De pronto la sujetó del brazo y la miró con largueza. Su mirada era dolorosa, resentida, alguna perturbadora desilusión velaba sus párpados, un reproche controlado y a la vez profundo. Pero nada dije. Éramos dos seres silenciosos con las palabras a flor de piel que traspasaban muros. Él se mordió los labios, abrazándome de nuevo. Sonrió y me di cuenta que había comprendido. Suspiré satisfecha. Ya no podía seguir, el peso me vencía, daría a luz en dos semanas. Y a mi translúcida emoción se agregó el impacto de mi propio encuentro.

jueves, 25 de agosto de 2016

Bosque de seis lunas



Rostro que se esfuma al tacto.
Luz intensa que encandila y ensombrece.
Aceite que resbala por mi piel
hasta cubrirla.

Tu talle se quiebra
en el espejo.
En fragmentos cae al piso.
Junto los pedazos.

Castamente y con lujuria me los como
en el mar de tus caricias minerales.

Sabes a sexo y geranios.
Tu aroma es un bosque
de seis lunas.

Reconozco mi morada de silencios.
Reconozco mi sangre dividida.
Reconozco que a tu lado me lastimo.
Reconozco que soy otra y soy la misma.

La noche se pinta los labios y te llama.
Se enamoró de su estrella
más brillante.

Como un sueño me desdoblo.
El viento me arrastra
hacia tu sombra.

Llego a tu aliento como a las nubes.
Llego a tu cuello, a tu tibieza...

Emerges del amor
igual que un niño.
Robas el silencio,
raptas la nostalgia.

Sueñas que te sueño
soñando conmigo.

Rosa, plegaria, mar purpúreo.
Valle de higueras y ninfas.
Llorosa luz nocturna.

Tu mirada resplandece
con llanto risueño
enamorado,
con canto ancestral de flores y papiros,
y la vida renace
en arco iris.

Cristales que se vuelven mariposas.



Los amores de Nacho Camacho


LOS PENSAMIENTOS DE NACHO SE MEZCLAN CON EL SMOG que cachetea a la ciudad. Casi no puede caminar, rostros y más rostros se abalanzan contra él, vertiginosamente. Sin darse cuenta el malhumor se filtra en sus sentidos como una sustancia pegajosa y corrosiva que pide ser expulsada a la menor provocación. Lo empujan, casi lo atropella un coche(s): monstruos, máquinas nauseabundas, amenazadoras. Ya hasta olvidó hacia dónde va y a qué. Ah, sí, Susana, y es una asunto muy delicado, pero se lo tengo que decir, hoy mismo… ¡¿cómo empezaré!?... Oye Susana… en el café y… antes que le sirvan el pay, no, mejor no, se le va a amargar, mejor cuando se lo haya terminado. Y ya de una vez, no quiero seguir fingiendo. No ir a ninguna parte sin decírselo, pero, es muy doloroso. No me ha dado motivos para terminarla y cantárselo nomás así. Ni modo, no hay de otra… Martha dio un giro de noventa grados a mi vida y no hay vuelta de hoja. Se tropieza con la pierna de un mendigo sentado en el piso pidiendo limosna. Cae al suelo, sobre los perendengues de un mercachácharas furioso que lo insulta, le llama idiota, pendejo, fíjate por donde caminas, güey. Perdón, me empujaron, me tropecé, fue sin querer. Todos los comerciantes le gritan sandeces, groserías, pobre tonto, no sabe caminar. La gente mirando: ojos sorprendidos, risillas burlonas, miradas despectivas. Se aleja reventando de rabia e impotencia: ganas de matar. Si fuera judoca los hubiera puesto en su sitio, le pedirían perdón: bajos, vulgares, frustrados, montoneros. Está a punto de cruzar la calle, pero de pronto la muchedumbre lo derriba y pasa sobre él. Varias cruces rojas se adueñan de la avenida y la gente retrocedió empujada por los coches, para ceder el camino a las ambulancias. Nacho grita al sentir los pisotones por todo el cuerpo, nadie lo escucha, su grito se confunde con las sirenas.

Hasta que las ambulancias desaparecen y la gente se dispersa puede levantarse, trabajosamente. Siente como si acabara de salir de una pelea brutal de cantina. Entra en el metro con el cuerpo adolorido. Los baratijeros obstruyen los andenes y las personas tienen que caminar de puntitas para no pisar los dulces fayuca cachivaches al por mayor. Penetra en el vagón. Una mujer morena y gorda, sin maquillaje, destempla sus tímpanos con voy aguda: ¡Aproveche la oferta de chocolates, cacahuates y mazapanes, treees por diez pesos! Su mano quedó afuera. Cerraron la puerta antes de que pudiera meter su mano. La jala hacia adentro, le duele, se resigna. Ni modo, hasta la siguiente parada… De pronto no puede respirar. Es chaparrito. Cuatro grandulones y una mujer fornida lo apretujan, untando sudores. Le lastiman el brazo (con la mano afuera) Trata de meterla. Los hules se le pegan como resistol. En la siguiente parada se abren las puertas: Uf, al fin, pobre manita. Soba su muñeca. Sana sana, colita de rana. Hace movimientos de rotación. Entra un cantante, un ciego limosnero y más mercachácharas. Encienden su vocerío al unísono ¡Aproveche la oferta de plumas werever…! ¡Lleve ricas paletas de caramelo diez por veinte pesooos!... En el nombre de Dios señores, ayuden a este pobre ciego… Odiame siiin medida ni clemeencia. Odio quiero más que indiferencia… que tuvo la desgracia de perder la vista… El ciego extiende la mano hacia Nacho. Qué bien chingan. Se baja en la siguiente parada. Pobre Susana, pero ella debe comprender, esto ya no funciona. Ya no hay deseo, ni enamoramiento. Quizá un poco de cariño todavía, eso sí, pero… de hermanos, a poco no, se apagó el fuego. Y a ella como que no le importa, lo ve normal. Tal vez aún está enamorada… pero yo no. Prefiero terminar, de una vez… Ahora sólo Martha, Martha… Se recarga en un muro para sobarse las contusiones que aún mordisquean su piel. Con el ceño fruncido se dirige a los colectivos. Hay una fila de dos cuadras. Se forma. ¡Con  un demonio, qué larga está la cola!… ¿Para qué seguir con Susana? No tiene caso. Ya no la extraño, ni me emociono cuando la veo… ¡Carajo, esta fila no avanza!

--- ¿Me aparta un momento mi lugar? ---le dice a un joven que está antes que él… Voy a ver por qué no camina la cola.

Varias personas están sentadas en la banqueta, dormitando, otros de plano roncan acurrucados sobre sus petacas, bolsas o portafolios. Los demás comen tortas y sándwiches y beben refrescos.

--- Qué pasa ---pregunta Nacho, sorprendido--- ¿qué esta fila no es la de los microbuses?

---Sí ---le contesta una señora.

--- ¿Entonces?

--- Ay, pues… es que siempre es lo mismo. Al chofer no se le da la gana irse porque falta un pasajero. Nadie quiere sentarse en ese asiento tan incómodo. Por eso traemos nuestro lunch, por mientras… Mis hijos aprovechan para echarse un sueñito ---la señora señala a tres niños dormidos a sus pies…

--- ¡Son unos imbéciles, estúpidos, no tienen educación! ---grita un señor trajeado.

Pasa hora y media. Mientras las tortas hacen la digestión, y los que empiezan a despertar se despabilan, el malhumor y la insatisfacción se condensan a punto de erupcionar. Cólera reprimida, ganas de matar, histeria germinando. A pesar de haber suficientes colectivos el primero no puede irse.

--- ¡Una persona más! ---grita un jovencito hacia la fila de los formantes.

Nadie hace caso.

--- ¡No vamos a pagar para que nos lleven como becerros!

--- ¡Carajo, voy a llegar tardísimo! ---Nacho quiere golpear al primero que se le ponga enfrente.

--- ¡Ya vámonos, señor, recoge a la persona en el camino! ---una mujer se dirige al chofer.

--- ¿¡Qué!? ¿Usted va a pagar ese pasaje? ---el chofer gruñe, displicente, y sigue platicando con otros choferes, recargado en el cofre del microbús. De pronto unas orejas como de gatito brotan sobre las suyas. A medida que crecen, todos pueden observar que se trata de unas hermosas orejas asnales, sobre todo cuando la boca del hombre se abulta en un sensual hocico. La gente infla los ojos por la sorpresa, pero el chofer no lo advierte.

Nacho se aleja ¡carajo! Da una patada al vacío, masculla mentadas de madre. Trata de tomar un camión. Se tarda media hora y no puede subirse; de las ventanillas del autobús cuelgan traseros, piernas, brazos y casi cuerpos completos. Una mujer detiene a su hijito de las manos, afuera de la ventanilla, adentro no hay espacio y se puede sofocar. Todos los taxis transitan ocupados. Después de una hora Nacho logra subir a un camión, de palomita.

Por fin llega a casa de Susana. Ella denota aburrimiento, mal genio.

--- ¡Por qué te tardaste tanto! ---reclama sin mirarlo--- Quedaste de llegar a las 4 y ya son las 7, y tu celular apagado

--- Había mucho tráfico, no conseguía transporte… No me acordaba ---mira el bolsillo del pantalón, extrae el celular y lo enciende.

--- Mm, bueno ¿a dónde vamos?

--- Te invito un café.

De pronto Susana se fija en él.

--- Qué te pasó, estás todo moreteado.

--- Me caí de las escaleras por bajar corriendo.

--- Ah ---Susana levanta una ceja, con incredulidad, pero nada dice. Su atención se disuelve en el vacío.

Bajan los tres pisos. Se detienen junto a un Golf.

Abordan el auto. Nacho no deja que ella maneje y empuña el volante. El fastidio por la espera huye pronto de Susana. Coloca un CD de Madonna. Nacho la mira de reojo. Lo mejor será preparar terreno. Adopta una expresión distante, pero sin groserías, más bien una amabilidad fría para que a Susana no le caiga de sopetón.

Llegan al café Gino,s, aburridos por el tráfico. Está llenísimo. Tienen suerte, se desocupa una mesa. Se sientan y Susana enciende un cigarrillo, sonríe para sí misma, como pensando o acordándose de algo. Nacho la mira, está al tanto de ella. Susana pide una Sopa inglesa y un capuchino. El prefiere pay de queso y café americano. Cómo se lo suelto. Ojalá y me dé motivos. Pero Susana (sonriente) sigue fumando y le aprisiona un dedo, dulce y cachonda. Va a ser difícil decírselo.

--- ¿Qué hiciste ayer? ---pregunta a Susana.

--- Fui de compras al centro con mi mamá.

Les sirven el pedido y empiezan a degustar.

--- Me compré dos vestidos ---continúa Susana--- Están padrísimos. Cuando lleguemos a mi casa te los enseño.

Nacho sonríe, forzado. Ella dejó de aprisionar su mano y él se siente mejor, más libre. Susana, sonriente, lo mira de pronto a los ojos. Nacho desvía la vista, no puede sostenérsela. Nunca ha podido y menos ahora, se siente culpable.

--- Oye Nacho, quiero decirte algo.

Nacho entonces la observa, intrigado. Ella calla un momento. Sus ojos enfocan hacia el fondo y se detienen en un cuadro surrealista que destaca en la pared blanca, apaga el cigarrillo.

--- Desde hace algún tiempo quería decírtelo. ---prosigue Susana--- Pero no sabía cómo. Lo que quiero decirte es… es… que mejor seamos amigos ---Habla aprisa, para acabar pronto.

Nacho abre más los párpados, no sabe si escuchó bien.

--- Tú debes entenderlo, Nacho, lo nuestro hace tiempo se convirtió en pura costumbre. Y he estado viendo a otro y… bueno, debes comprender.

--- ¡Cómo! ---Nacho da un puñetazo en la mesa. Miradas sorprendidas de los comensales aledaños. Susana baja la vista, su sonrisa desapareció--- ¡Qué te pasa, cómo has podido salir con otro después de tanto tiempo de andar conmigo! ¿¡Cómo puedes tirar siete años a la basura así nomás!? ¡Quién es ese tipo!

--- Por favor Nacho, no te alteres.

--- ¿¡Qué no me altere!? ¿Te parece poco lo que me estás diciendo?

--- Pues es que… es natural. Lo nuestro hace mucho no funciona, pensé que lo sentías igual.

--- Pero es que no podemos terminar nomás así ¡Después de siete años! Yo te quiero, Susana, no puedes hacerme esto  ---Toma su mano, la besa. Ella lo rechaza.

--- No, Nacho, ya lo pensé bien. Ya no quiero andar contigo. No te amo, desde hace mucho.

Nacho mueve la cabeza y la deja caer en su puño sobre la mesa.

--- No Susana, tú no puedes hacerme esto. Todas las parejas tienen sus problemas. En toda relación hay altibajos, pero ese no es motivo para terminar. No voy a dejarte ir nomás así.

Susana lo observa apenada, compasiva. Le acaricia el hombro.

--- Lo siento, Nacho ---se endereza y se va.

Pasan cinco minutos. Sigue con la frente apoyada sobre el puño, diez minutos, con un esfuerzo descomunal reprime las lágrimas. La sopa inglesa de Susana está a la mitad, el capuchino se lo bebió de un jalón. Quince minutos y la mesera le da la cuenta.

¿Qué me pasa, no es lo que quería? Sí, por supuesto, pero con los papeles invertidos. Se siente humillado, derrotado. Quisiera correr tras Susana. Ahora que ella ¿lo abandonó? la desea, la añora. Empina el café con el pay, pero le saben a harina mojada. Paga la cuenta. La gente de las mesas de alrededor se fija en él. Nacho se va. Camina con las manos en los bolsillos, pensativo. Todo se salió de sus planes. Sigue el tránsito en su plenitud.

Está convencido que no tiene suerte en el amor. Miriam antes que Susana. Miriam lo deslumbró en la prepa ¡Qué belleza! Una mujer tan guapa jamás se fijaría en él. Varios chavos andaban tras ella, pero a la mera hora… ninguno se atrevía, temían el rechazo. Hay que tener mucha experiencia para soportarlo y hacerle frente. Nacho no la tenía. Aún no sabe cómo pudo hacerle un par de preguntas tímidas: que qué materia le gustaba más, que si quería salir con él a tomar un café… de pronto ella lo miró, observándolo. Él estaba nervioso, esperando, de improviso, un rotundo no. Bueno, sí, salgo contigo, le contestó Miriam afirmativamente y él no supo qué hacer. Jamás esperó que aceptara la invitación. Titubeante acudió a la cita y, de pronto, se hicieron novios. Él se esforzaba en agradarla, hasta el punto de perder su personalidad. Paseaba con ella orgulloso, hacía la presentación a cuanto conocido encontraba: Mi novia. Y se henchía de placer al advertir las miradas de envidia. Sin embargo… al conocer a Susana se enamoró de ella. Fue entonces cuando supo que lo de Miriam era pura vanidad. La obsesión por darle gusto en todo, por miedo al abandono, era muy desgastante. Todos la admiraban, pero nadie se atrevía a llevar una verdadera relación con ella, pues, se dio cuenta, la belleza y la fealdad convergen en el mismo cauce de aislamiento y desconfianza. Miriam era como una diosa, lejana e inaccesible; en cambio Susana era más real y palpable, más afín a él. Se sintió cómodo con ella desde el principio. Pero, después de siete años se había vuelto pura costumbre. Quizá les faltó creatividad para mantener fresca la relación, o tal vez Susana estaba evolucionando, pues le gustaba el conocimiento y la lectura, mientras que Nacho se dejaba llevar más por la zona de confort y, de esa manera, la afinidad entre ambos se había resquebrajando con el tiempo… Una chica trigueña atraviesa la bocacalle, corre porque casi la atropellan, varios autos dieron vuelta cuando a los de enfrente los detuvo el alto. Pasa junto a Nacho, lo mira: Ese chavo calvito se me hace conocido. No deja de mirarlo, directamente, trata de reconocerlo. Ya ligué; Nacho se infla como una abubilla, nota que aún tiene pegue. Hace mucho que nadie lo miraba con tanta insistencia. La cautivé, flechazo a primera vista. Algo le cosquillea en el abdomen. Intenta sonreír, sonrojado, pero el nerviosismo paraliza su sonrisa en una geometría desdibujada. Ah, no, no lo conozco, se parece al tonto de mi cuñado. La chica se sigue de largo sin modificar su andar ondulante. Nacho la persigue con los ojos. Qué tonto soy. Le hubiera dicho algo. Le gusté, se notó… y a lo menso deje escapar esta oportunidad. Sigue inmóvil, la mente en blanco por unos segundos. Todavía es tiempo, la sigue. Ella se detiene junto a un Volkswagen. Abre la portezuela y entra. Mira al conductor mientras le planta un beso prolongado. Nacho es de nuevo una estatua, observando la escena, desilusionado. El coche arranca y se aleja. Se entristece. Sigue caminando, con las manos en los bolsillos. Sí, era lo que quería, debería estar contento, sin embargo… Se le hubiera adelantado, pero no, ahora que Susana lo dejó siente que la extraña. Qué raro. Bueno, ya, que se vaya al carajo, a donde quería enviarla desde hace mucho. A las ocho y media… cita con Martha. Se recarga en un poste mientras piensa en ella. Lo tiene cautivado, hace años que no conocía una chica como Martha, tan dulcemente etérea, sí, porque ahora las mujeres son rete aventadas, ya me harté de ellas. En cambio Martha... Le recuerda a sus compañeras tímidas de la secundaria. Qué hermosa se ve cuando la tomo de la mano y se pone colorada, cuando le acaricio el cuello y se estremece, hasta tiembla, mientras me mira con sus lindos ojos verdes y húmedos como aceitunas, cuando se avergüenza que observe con detenimiento ese su fabuloso cuerpo de vedette virgen ¡Oh Martha, tú sí que me enloqueciste desde el principio! Por ti me chocó Susana, por ti este mundo gris y monótono tiene colores. Sigue caminando. El ruido citadino lo aturde ¿Qué hago por mientras? Si me voy orita llegaría muy temprano. Mejor caminando, diez minutos tarde. Así Martha estaría esperando ansiosa, creyendo ver, con pupilas palpitantes, la silueta de su galán en cada chico que se acerque al cine. Al fin aparecería él, la besaría, la invitaría al Cinépolis. Ya dentro la abrazaría mientras la sangre de ella empezaría a bombear violentamente. Después se irían al motel, pero no donde exhiben películas pornográficas y se iba con sus amiguitas reventadas, sino a uno decente, propio de su linda Marha, de tonos pastel. Ella se sentaría, asustada y nerviosa. Él deslizaría sus labios, ardientemente húmedos, sobre aquel cuello de princesa, la apretaría con suavidad, para relajar su cuerpo (el de ella) susurrando palabras cálidas y vibrantes. Ella se abandonaría a aquella seducción. Él bajaría poco a poco el cierre de su vestido mientras Martha, estremecida, cerraría los ojos. Le besaría la boca, el cuello… La haría gritar, disolverse en el placer, pues, por otro lado, él también estaría excitado hasta los cabellos ante esa inocente actitud y esa entrega total. Se sentiría un verdadero hombre. Un seductor y ya no un seducido como tantas veces ¡Oh Martha, qué fortuna conocerte!

Llega al Cinépolis quince minutos tarde. Entra por la derecha. Martha está mirando a la izquierda. 
Unos ojillos mortificados que se humedecen con cada latido. Nacho sonríe satisfecho. La abraza por atrás. Martha respinga por el susto y la sorpresa. Descansa.

--- Hasta que llegas, pensé que ya no venías ---lo mira con pupilas acuosas y enamoradas. Tiembla y se abraza a él. Nacho siente con placer la irradiación de aquel cuerpo frágil y vigoroso. Compra los boletos y entran al cine. Se sientan atrás. A los diez minutos Nacho acerca la cabeza de Martha hacia su hombro. Ella de pronto se tensa. La oscuridad protege el rubor de sus mejillas contra miradas, cierra los ojos. Nacho la abraza, acaricia devotamente su brazo. En la pantalla una pareja hace el amor. La punta de los dedos de Nacho roza un seno. Martha se estremece y Nacho rebosa satisfacción y seguridad: qué perspicacia la suya, conoce a Martha más que ella misma. Las mujeres han dejado de ser un misterio para él.

Salen del cine. Está dispuesto a ir al motel, pero Martha tiene hambre, quiere comer algo. Después de cenar en el Sanborns al fin se van. Ella está nerviosa, dubitativa.

--- No Nacho, mejor otro día, es que…

--- Para qué esperar más, ya no quiero esperar. Nos amamos ¿o no?

Martha no responde. Lo observa con una mezcla de sentimientos dispares y lo abraza. Ya no vuelven a hablar del asunto, sin embargo, Nacho advierte que ha aceptado. Toman un taxi para llegar más rápido. A Nacho casi se le revientan las venas de histeria cuando el ruletero le cobra quinientos pesos.

--- ¿¡Qué, quinientos pesos!? No traigo tanto dinero. Qué le pasa, ratero ---se apea rápidamente sujetando a Martha del brazo. Hurga su bolsillo, extrae un billete de veinte pesos, y lo avienta al chófer--- ¡Es lo único que traigo! ---corre con Martha de la mano.

--- ¡Hey, vengan acá, cabrones! ---el taxista los sigue, pero se le escabullen bajo las tinieblas.

--- ¡Ay, Nacho, qué atrevido!

Entran al motel. La ira de Nacho se derrite cuando contempla a Martha.

--- No te asustes, ese güey nos perdió de vista.

Piden un cuarto a una mujer morena, caderona, algo renca. Sin molestarse en mirarlos la señora saca una llave con una tablita que indica el número 10. Masca un chicle acompasadamente, desdeñosa. De pronto, sin disimulo, echa una mirada burlona a Martha. Martha se siente desnuda ante esa mujer. Pulga a punto de ser pisada, cara encendida, pómulos calientes. Las apariencias la colocan muy por debajo de sí misma. Se siente en desventaja con respecto a la coja, una situación bochornosamente necesaria de su vida. La incomodidad la atrapa por unos minutos. La señora los conduce al zaguán del fondo. Camacho paga y la coja se aleja sin hablar.

Nacho observa el rostro asustado y a la defensiva de Martha. Le besa suavemente el oído mientras sus manos auscultan aquella piel de nieve tibia, undívaga, palpitante. Trata de relajarla, para que se deje llevar por las sensaciones y se entregue a él sin reservas. Te amo, le susurra, y la respiración de Martha se agita hasta sentir que una hoguera se enciende en su vientre. De pronto cae sobre Nacho como un alud de margaritas salvajes. La epidermis de Nacho parece corcho pulido, olorosa a maderas tropicales. Martha aprieta, encaja uñas, muerde… el deseo y el amor explotando, reprimido tanto tiempo. Nacho está desconcertado. Me engañó. Me hizo creer que era una palomita inexperta… Oh mi amor, nunca me había pasado esto. Me hiciste sentir como jamás me había sentido, piensa Martha, y siente que flota en nubes ardientes. Está sorprendida de sí misma. Nunca imaginó llegar a ese punto. No sospechó que el amor fuera capaz de realizar tales milagros. Y todo gracias a Nacho. Él le inspiró lo que nadie y ella, tan pasiva, se convirtió en leona en celo. Lo abraza, está feliz, pero… Nacho, enojado, la mira detenidamente, como a una extraña. Ella palidece.

--- ¿Qué te pasa, no te gustó? ---pregunta mortificada.

Nacho no contesta, no sabe qué decir. Sus ojos son los de un desconocido. Está incómodo. La impotencia lo aprisionó por unos minutos y Martha se dio cuenta. Pero ¿si supiera que para ella eso fue lo de menos? Martha cree que su corazón se pulveriza mientras él sigue observándola con pupilas endurecidas y desconfiadas. Es una piruja, se portó como vil piruja. Más experta que todas mis amigas reventadas. A Martha se le tapizan los ojos de lágrimas. Siente la lejanía de Nacho. No puede ser, es la primera vez que estoy feliz con un hombre, que me hacen sentir mujer. Empieza a sentir culpabilidad, como si fuera prostituta. Baja los ojos. Nunca debió dejarse llevar por el amor y el deseo. Se visten sin hablar.


II

Nacho decidió hacer un viaje, está confundido y la confusión lo perturba. Después de sentir que todo lo conocía se da cuenta que nada sabe. Las cosas han resultado contrarias a lo previsto: Susana, Miriam, Martha… lo mejor y más sano será no adelantar el porvenir imaginándolo anticipadamente. Que salga lo que salga, total, para lo corta que es la vida.

Una gringa rubia, con bikini, pasa junto a él. Las meditaciones de Nacho se desintegran posándose en aquellos pechos frutales ¡guau! La chica sigue caminando, nalguita parada y ondulante.

La espuma enreda sus burbujas de cristal en los pies de Nacho, y desaparece bajo la arena. El sol ya no pega tan fuerte ¿serán como las cuatro? Más o menos ¡carajo! Qué solo me siento. Más mujeres transitan a su lado, todas gringas y la mayoría guapas. Las palabras inglesas se desbordan circulares, círculos de todos tamaños que se alargan hasta romperse. Se desespera. Qué frustración no saber hablar ese pinche idioma. No puedo ligarme ni una de esas gabachitas.

El sol ya toca el mar y expande su luz en tonos rojizos y ámbar. La gente parece flotar, asimilada a la naturaleza marítima. Nacho se sienta en la resaca y disfruta los lengüetazos frescos de las olas, humedeciendo su piel. Absorbe la brisa con toda la potencia de sus pulmones y deja escapar el aire poco a poco, con ojos cerrados. En la última expiración los abre y queda paralizado y sin aliento. Otra chica rubia pasa junto a él. Lo mira con la intensidad de un rayo láser. Sin proponérselo Nacho la sigue con los ojos, como si fueran arrastrados por un imán. Qué suerte, la joven se detiene a unos pasos de él, y se sienta sobre la arena. Su cabellera rubia ondea al viento y juguetea sobre su rostro. Observa a Nacho con una expresión indefinida que no llega a ser de coquetería, pero menos de indiferencia. Una lejanía presente envuelve a Nacho en su aura mágica, como si la chica se encontrara en otro mundo y en otra dimensión y, de pronto, notara la presencia de Nacho. Pero ¿por qué Nacho se sintió de golpe envuelto en ese torbellino de placeres sublimados si ni siguiera la ha visto con detalle, si no se ha fijado bien si es bonita o no? Sea lo que sea no importa. Él sintió esa atracción irresistible y extraña que trasciende lo físico y se experimenta en raras ocasiones, y es lo único que importa. Sin embargo, la joven es muy bonita. Qué piernas, qué cintura… Su piel brilla, de seguro por el aceite bronceador. Con un demonio, y ora… cómo me le acerco, qué le digo si no hablo inglés. Ella le sonríe, Nacho se levanta y se deja empujar por una fuerza visceral que lo domina. La frase en inglés fluye de sus labios con naturalidad.

---- How are you?

La chica ríe.

---- Where do you live now?

La joven ríe con más fuerza.

----My name is Nacho ---le extiende la mano--- and what is of yours?

La chica sigue riéndose.

---- No me hables en inglés, tonto, soy mexicana.

Nacho se apena, pero le da gusto.

---- ¿Eres mexicana? Qué bueno, uff. ---también ríe y se sienta a su lado.

A Nacho le da la sensación que el pedazo de arena bajo sus cuerpos se convierte en una alfombra mágica que empieza a flotar y a remontarse por encima de todo.

---- ¿Llevas mucho tiempo aquí? ---La joven pregunta, ahora sí con expresión de coquetería. Extrae un cigarrillo y lo enciende.

Las bocanadas de humo se desintegran en la brisa.

---- ¿Vienes sola?

----Sí, bueno no, ahorita estoy sola, pero en dos días llegan mis primos.

---- Ah ---Nacho la mira y siente algo extraño. Y aún más extraño de sentir eso por una desconocida. 
Una atracción que va más allá de lo tangible, más que un simple gusto, una poderosa identificación del alma y los sentidos.

---- ¿Quieres nadar? ---pregunta Nacho, observando la potencia sísmica del mar azul turquesa que amenaza con sus feroces mandíbulas de pronto vueltas espuma.

---- No puedo nadar, no tengo dónde dejar esto ---y muestra un morralito de gamuza.

---- Por qué ¿qué es?

---- Algo muy valioso que no puedo dejar en ningún lado porque se lo robarían. Pero… tal vez tú… ---mira a Nacho a los ojos.

---- ¿Quieres que te lo cuide mientras nadas?

---- No, mientras voy a arreglar un asunto ---señala con la barbilla hacia la dirección donde tiene que ir.

---- Oye, pero yo quería que nadáramos juntos.

---- Tal vez, espérame un rato. ---le entrega el morralito y se aleja.

Nacho se retira de la marea y extiende una toalla sobre la arena seca. Se unta aceite bronceador y se acuesta a tomar un poco de sol que aún asoma tibiamente en lontananza. Observa el morralito con ojos lánguidos. Lo aprieta entre sus manos, siente algo cuadrado y duro, y cierra los ojos. Piensa en la chica y… otra vez adelantando acontecimientos, imaginando el porvenir. Qué delicia sentir esas piernas de durazno entre las suyas, ese vientre liso y cálido, esa boca que parece besar y prometer paraísos mientras habla. Ojalá y no se tarde. Pasan cinco minutos, diez. Nacho se incorpora y se vuelve hacia el lugar donde ella desapareció. Nada ¿dónde andará? Quizá llegue por otro lado. Observa hacia todas partes, ni rastro de la joven. Hey, el morral pesa bastante ¿qué tendrá? Está lleno de nudos que Nacho deshace con rapidez de pronto aguijoneado por la curiosidad. Es un cofrecillo. El desconcierto engurruña sus facciones. De improviso se siente en otra época e imagina un barco de corsarios a la vista, extrayendo tesoros y cofres de pedrería. Lo más insólito es que la pequeña arca parece de oro ¿qué será? De seguro necesita llave, pero no, la abre con facilidad y se desbordan innumerables huevecillos, de todos tamaños y colores: jades, oro, plata, turquesas, brillantes… por todos lados. No es posible. Nacho recorre nuevamente la mirada por todas partes, ahora con el sentimiento contrario. Pero ¿por qué confiaría en él? Y si se fuera, si escapara. Sería rico y podría realizar todos sus planes, tendría lo que siempre ha soñado: viajes, ropa, diversiones, casas, coches… Las manos le sudan. Sólo sería cuestión de decidirlo y… Ella no podría encontrarlo, no sabe donde vive. Vuelve a observar su entorno: nada de la joven. Con ese tesoro se podrían solucionar sus problemas económicos y ya no tendría que trabajar. Pero ¿serán auténticos? No cabía duda. Desde chico le enseñaron a distinguir las piedras verdaderas de las artificiales. Su abuelo coleccionaba anillos de pedrería y los falsificaba para venderlos. Y lo que ahora tenía en las manos… A todos estos pensamientos se interponen las piernas de durazno, la mirada dulcemente agresiva, la boca sensual. Tiene años que no siento algo así por alguien, mejor la espero. El enamoramiento empieza a palpitar con la energía de un potro salvaje. Observa el cofrecillo, podría tener las mujeres que quisiera, conocería el mundo… Se dedicaría a disfrutar la vida. Total, sienta lo que sienta por ella nada dura, todo acaba tarde o temprano.

De improviso los huevitos empiezan a crecer, ya no caben en el cofre y se desbordan, siguen creciendo. Nacho se asusta. Adquieren una consistencia etérea y flotan, siempre creciendo. Trata de atraparlos, pero se le escapan igual que pompas de jabón. El firmamento se tapiza de huevecillos que brillan como soles de diversos colores. Siguen subiendo, se empiezan a ver chiquitos, hasta que se los traga la lejanía. La gente observa con estupefacción mientras una mano firme y tibia se posa con suavidad en su hombro, como una gaviota.

---- Ya regresé.


miércoles, 6 de julio de 2016

"Corazón de roca negra" y más


Qué vértigos de nubes
me amenazan,
qué sueños profundos
pasan por la almohada.

Eres humo, aire
comprimido, canto
que se extingue.

La noche es inmensa,
como el último eslabón
de mi destino.

Tejo y destejo
las horas de los muertos.
Rompo un corazón
de roca negra.
Cuánta soledad
en tu mirada,
cuánto vacío,
cuánta perpetuidad
a cuestas.

Qué a deshoras
vine a encontrarme,
qué a tiempo
me descubres.

Mírame. Con la solidez
de mis plegarias
amanezco.

Me despliego
y sólo queda ese astro,
esa quietud
explosiva.
El ojo del sol
parpadea
en la montaña.



Desintegrada
        
         Contemplo mi pierna
         poco a poco se transforma
en otra pierna.
Veo mis manos, y de pronto
no me perteneces.
Son medusas perdidas,
despeñados pétalos.

Son como mi rostro,
tan ajeno y tan mío
multiplicado en prismas
que se encadenan, se aman,
se destruyen.

Simetrías rotas,
corpúsculos
de imágenes.



Canción

La tormenta está en la mente,
el fantasma, el sonsonete.

Sólo se escapa con la muerte.




Corazón derruído 
        
         Acostumbrada a la fugacidad
         como río de luciérnagas
viajo sin destino.

Traigo una taza de chocolate,
un estimulante de amor
y de ilusiones,
una olla repleta
de claridades,
un camino seguro…

Como ladrona
llego a mi esencia
y la doy al mundo.
La reparto por igual
a los que callan,
a la mano que quiere
atrapar
y todo se le esfuma.

Me miro en los ojos de los demás.
Me miro como me miran
ellos. No soy yo, todos, distinta.

Pesada, como el plomo,
arrastro mis años
como un reo.
Los cargo
sobre mi espalda y camino
hasta el final
con el saco roto
amarrada
a mi muerte.



(De mis primeros poemas)
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