miércoles, 23 de agosto de 2017

La despedida


ME SUJETÓ DEL BRAZO REPENTINAMENTE, mirándome con largueza. Su mirada era dolorosa, resentida, alguna perturbadora desilusión velaba sus párpados, un reproche controlado y a la vez intenso. Pero nada dije. Éramos dos seres silenciosos con las palabras a flor de piel que traspasaban muros. Él aún atenazaba mi brazo con toda su fuerza, sin advertirlo. Y yo también, sin advertirlo, empecé a sentir la carne triturada, las venas magulladas, hasta que un dolor paroxístico me hizo reaccionar ¡basta! Entonces él se dio cuenta de su bestialidad y me soltó, aún mirándome. Sus músculos se distendieron, retrocedió y se fue cabizbajo. Lo vi alejarse. Algo muy amado sin posibilidad de retorno, algo perdido para siempre. Derramé algunas lágrimas. Todo mi rostro se congestionó y no supe si era por el dolor del antebrazo que me punzaba, o por la conclusión de aquel mundo que me había pertenecido y ahora se marchaba.

Caminé sin rumbo, solitaria. Buscaba consuelo, sustitutos. Mi ser se había vaciado. Su esencia parecía palpitar en cada objeto circundante, se adhería a la piel de otros hombres, hasta que supe que en realidad lo buscaba a él. Y así pasaron los días, sintiéndome culpable, defraudada, incomprendida, hasta tal punto inexistente que parecía un fantasma tratando sin éxito de encontrarlo para al mismo tiempo dar conmigo. Sabía que esto no tendría remedio, tontamente sin remedio. Pues el amor es un cascarón epidérmico cuya fragilidad requiere de buen tacto y paciencia, de renovados esfuerzos y mucha intuición. Yo lo había herido sutilmente, sin quererlo, con el sólo propósito de salir de la monotonía, de no parecerle aburrida y fácil. Emilio tendría que entender que sólo se trataba de una forma de autedidaodefensa natural, para fingir en algo la fragilidad inerme que me otorgaba el amor recién descubierto. No obstante, ya me era imposible solucionarlo. Él me había malinterpretado y eso significaba una ofensa considerablemente mayor que cualquiera que yo pudiera haberle hecho. Además ¿quién en este mundo no comete errores? Sobre todo me humillaba su falta de tolerancia, su nula paciencia para darme otra oportunidad. No soportaba mi coquetería, según él, mi carácter impulsivo y demasiado alegre, riéndome a destiempo, como si la ironía fuese la sombra más destellante de mi rostro. Pero lo más triste era que Emilio no podía entender que su compañía me daba esa felicidad que mi ser reverberaba en cada minuto y que sin él, sin aquella fuerza que hacía mancuerna con mi temperamento, me volvía una pobre transparencia perdida y solitaria, quizá como Emilio lo hubiera preferido, pues era notorio que mi independencia y lucidez resultaban una amenaza para su hombría. Además, ¿quién puede asegurar que en él todo me gustaba? De pronto era demasiado rígido, insociable, muy quisquilloso y delicado para mi gusto. Parecía un niño consentido, acostumbrado a la comodidad y a obtener las cosas sin esfuerzo. No me atraía por excesivamente criticón e impaciente, como si nada en él estuviera fuera de lugar. Sin embargo, después me di cuenta que todo eso ya no me disgustaba, que aquella apariencia guardaba la pasión inconfesada de un hombre en cuyo interior bullen los sentimientos más nobles. Noté que, inconscientemente, hacía uso de un mecanismo de defensa como el mío, presto a acallar su verdadero sentir del que sin remedio se avergonzaba. ¿Acaso yo lo había condenado por su frecuente incomprensión, por su poco tacto que lo obligaba a ofenderme con suposiciones suyas que no pasaban de ser puras creencias subjetivas? Yo había aguantado sus errores, ¿por qué no toleraba él los míos? Una posición demasiado cómoda otra vez, propia del hombre que evita los sacrificios, por más que valgan la pena y desemboquen en satisfactorias recompensas. Sí, Emilio escogió alejarse del peligro y en apariencia todo estaba concluso. Sin embargo, al parecer la ruptura sólo había sido física, un lazo indisoluble nos mantenía conectados en sintonía telepática imposible de transgredir, a pesar de nosotros mismos. Como si mi propia esencia se hubiese quedado con él y la suya vibrara en los objetos que salían a mi paso.

Un día lo descubrí de lejos, apreté los ojos para distinguirlo. Abrazaba a una mujer, una feliz señora embarazada: el fruto de su amor se manifestaba plenamente. A él le brillaban los ojos y parecía rejuvenecido, contemplando con ternura a su esposa. De pronto la sujetó del brazo y la miró con largueza. Su mirada era dolorosa, resentida, alguna perturbadora desilusión velaba sus párpados, un reproche controlado y a la vez profundo. Pero nada dije. Éramos dos seres silenciosos con las palabras a flor de piel que traspasaban muros. Él se mordió los labios, abrazándome de nuevo. Sonrió y me di cuenta que había comprendido. Suspiré satisfecha. Ya no podía seguir, el peso me vencía, daría a luz en dos semanas. Y a mi translúcida emoción se agregó el impacto de mi propio encuentro.

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