miércoles, 23 de agosto de 2017

El regreso de Laura


SE DEJÓ CAER EN EL SOFÁ COMO EN LAS NUBES. Todo parecía flotar en un cosmos de sándalo y aromas de tibieza vegetal. Laura, aquella joven irreal, enigmática, como salida de un cuento de las Mil y una noches, era la responsable

Andrés nunca imaginó que con sólo oír su voz volvería a estar inmerso en las sensaciones mágicas que ella le inspiró alguna vez; pero que con el devenir de los años se habían convertido en una imagen difusa, como sumergida en el fondo de un estanque.

Nunca sospechó que Laura sería, nuevamente, la única y cimera propietaria de sus pensamientos. Recordaba sus manos hábiles, los dedos largos, tan independientes como palomas inquietas, la mirada distante e intensa a la vez, matizando el presente de algún lejano paraíso. Siempre tan ella misma, hasta en los momentos más difíciles. El cabello dócil, desbordante, la boca sensual. Aquella facilidad para la entrega, para metamorfosearse en un mero instrumento de placer cuando era necesario, lo habían atado a un amor que nunca reconoció. La manía de rascarse la cabeza al despertar, su vocación para la cólera, y el insufrible desorden, se habían oscurecido en su memoria ante ese algo tan singular que la hacía única, y que no había logrado encontrar en otra mujer. Se sabía hechizado por ese magnetismo que lo transformaba. Algo mezquino y animal moría en su interior y resplandecía su yo que lo ensalzaba. Laura le confesó que lo mismo le sucedía. Entonces... tendría que haber alguna interconexión magnética entre ambos que se sentía, casi se palpaba.

Tristemente advertía que había acabado con eso, que su machismo no le había permitido reconocer su constante entrega hacia esa mujer, por glorificante que fuera. Pero Laura no se resignaba a perder aquello que sabía insustituible. Por eso luchó, por eso aguantó tanto.

En el fondo Andrés tenía la seguridad del regreso de Laura. Nunca había fallado la manipulación sicológica que, lo sabía, llevaba a cabo con sus novias y amantes.

Se portó como un patán, lo advirtió; la engañó infinidad de veces. Hizo y deshizo a su antojo para que, al primer reclamo, al primer reproche, se quejara de su incomprensión, de su falta de sensibilidad. Se separó de ella adoptando el papel de víctima. Sabía que la culpabilidad acosaría a Laura, sin remedio.

Sin embargo, pasó el tiempo y ella no volvió a buscarlo. Se sintió tan amargado, tan frustrado, que decidió olvidarla entregado a las parrandas y al libertinaje, en lugar de reconocerse él el principal responsable y pedirle una segunda oportunidad con el propósito de reparar errores. Nunca imaginó que después de cuatro años Laura aparecería nuevamente en su vida, buscando una reconciliación, dándole a entender que jamás lo había olvidado, reconociendo sus propias fallas. Le había pedido una cita para ese mismo día. El tono de su voz era angustiado, impaciente, denotaba tristeza. Quedaba clara su desesperación por verlo. Sí, él deseaba estar con ella, estaba dispuesto a cambiar si Laura se lo pedía. Era la vecina de su mamá y quizá pudiera informarle de su vida, de su salud, porque su madre no había querido saber más de él, debido a su mal comportamiento.

Laura y Anita se llevaban muy bien. Esa niña de ojos como gemas encendidas y mejillas tersas, le gustó para su hijo. Qué tonterías dices, le dijo su esposo, son unos niños. Anita le dio la razón reconociendo que estaba desvariando, y no volvió a pensar en el asunto. Nunca imaginó que aquel deseo fugaz se cumpliría. Con el matrimonio de Laura y Andrés la relación entre ambas pasó de una simpatía común, atizada por los enigmas y la curiosidad natural que surge entre dos personas con pocas posibilidades de tratarse, a una relación de confianza acostumbrada y distante. Entre familia el nexo emocional se intensifica, pero decaen las atenciones y el mutuo interés. Cuando Andrés se marchó, el vínculo amistoso entre ambas se intensificó. Laura compensaba la carencia provocada por una madre dura y autoritaria. Y Anita llenaba parcialmente la necesidad de sentir a la hija que nunca tuvo. Además la atosigaban sentimientos de culpa cuando reconoció que había fallado en la educación de Andrés, que lo había acostumbrado a ver a las mujeres como simples servidoras e instrumentos de los hombres, con su propio ejemplo.

Sonó el teléfono. Andrés contestó con la respiración contenida. Laura, otra vez.

---Te hablo porque quedaste de llamarme y no lo has hecho --reclamó Laura con ese matiz de angustia que Andrés había captado-- Necesito verte. No podemos posponer el encuentro.

Andrés calló un instante. Sí, él quería y esperaba la insistencia de Laura. Sin embargo, se le hizo fácil aplazar la llamada acordada, para acentuar la dependencia de una joven de transparencia masoquista. Pero no esperaba que le volviera a marcar tan rápido. De hecho él pensaba buscarla unos días más tarde.

---No pude telefonearte, estuve muy ocupado. Además ¿cuál es la prisa? Tenemos mucho tiempo sin vernos. Deja que termine de arreglar unos asuntos y yo te hablo ¿okey?

---No, tengo que verte ahora, me urge hablar contigo.

---Hoy no puedo, luego te busco. Adiós. ---colgó con premura, sintiéndose deseado e importante, dueño de la situación.

Un mecanismo automático de defensa, de incontenibles deseos de huir, cada vez que Andrés se sentía acosado. En instantes se descubría odiando blandamente a Laura, por ser incapaz de amoldarse a las excitantes expectativas elaboradas por sus sueños. Con la continua insistencia y el tono inseguro de su voz, con la dignidad perdida sometiéndose a esa exacerbada necesidad de estar con él, destruía la imagen ideal, la que él necesitaba para hacer resurgir el amor. De pronto se sorprendía huyendo de ella. La imagen que conservaba de Laura se disolvía en el flujo vano e insípido de la realidad.

--- Qué pasó, Andrés ---Laura le habló por teléfono después de una semana--- He estado esperando tu llamada, por eso tuve que hablarte de nuevo.

---¿Para qué? Yo te iba a marcar al rato. Me acabo de desocupar ---le contestó secamente, desilusionado. Con tanta insistencia opacaba la magia, el suspenso que podría unirlos con la pasión de antes.

---Como ya veo que es imposible verte ---habló con voz enérgica, entrecortada-- te voy a tener que informar por teléfono... Eres un tonto Andrés, te juro que eres el hombre más tonto que conozco. Estoy sorprendida de lo que sentí por ti en un tiempo. Pensaste que quería verte para regresar contigo. Creías que estaba mendigando un poco de tu amor. Pero ¿en qué cabeza cabe, después de todo lo que me hiciste? Sí, porque yo te amaba de verdad y tú abusaste de ese amor. Lo mataste para siempre, no supiste cultivarlo ¿Crees que valgo tan poco? Me da risa lo torpe que eres, ahora me lo confirmas más que nunca. Yo, para lo único que te estoy buscando es para decirte... Es muy duro, por eso no quería decírtelo por teléfono. Tu mamá... falleció... Ya ni al entierro fuiste por cretino. Tuvieron un accidente. Tu papá está en el hospital. Adiós.

Laura colgó y Andrés se congeló de golpe. Todo su entorno se derritió hundiéndose en un remolino lento y oscuro. De pronto se dio cuenta que lo único que tenía... ¡Laura! ¡mamaaaaaá! ¡papá! Su cuerpo se hizo de tela.


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