sábado, 22 de abril de 2017

Buscando a Jazmín



ENTRÓ SIN DETENERSE, hasta su cuarto. Su madre contuvo la respiración en un instante de eterna angustia. El padre frunció el entrecejo, apretó los puños y los dientes. Tuvo el impulso de ir tras él, jalonearlo de esa maleza ensortijada y pajosa hasta arrancársela de raíz; rugirle en la cara lo repugnante y ridículo que se veía, pero se contuvo.

¿Qué está pasando, Toño? preguntó doña Claudia a su esposo, apretando nerviosamente las manos.

El señor Antonio, aún con los puños como magmas, no contestó. Cada vez se le parece más, susurró la señora Claudia, cerrando los ojos. Sin aflojar los puños el señor Antonio miró a su mujer. Algún recuerdo lejano y triste se interpuso entre aquellas miradas.

Ricky empezaba a sufrir las consecuencias de aquella insensata transformación. Se tumbó en la cama, sumergiéndose en sí mismo como caracol olvidado. ¿Qué está pasando? Las palabras de su madre eran correctas, pero desacertadas. Algo estaba pasando, pero no lo que sus padres creían. Toda esa incertidumbre, ese miedo, eran impropios de él. Con brusquedad, en un impulso iracundo, deshizo la posición de feto aletargado y se levantó, echando hacia atrás la abultada cabellera. Había que desbaratar pronto esa imagen, empezaba a resultarle fatal.

Salió de casa, la presencia de sus padres lo incomodaba, lo hacían sentirse culpable. Ellos no podían entender que la apariencia pocas veces coincide con la esencia y, además, él estaba tan seguro de sí, tan definido, que ni llevando las más íntimas prendas femeninas dejaría de ser un hombre.
Sus recuerdos eran un enredijo de imágenes sueltas y confusas. Parecía que lo más importante de su vida se hubiese estancado tres años atrás. Desde entonces no había vivido algo trascendental, quizá porque el recuerdo de Jazmín lo llenaba todo. Fluía en su sangre, se revelaba en su rostro, palpitaba en su corazón y en sus arterias. Con ella llegó al clímax de la felicidad y el placer. Palpó el infinito, como si ambos fueran el cátodo y el ánodo que al unirse echaran a andar el mundo. Mirarla era como mirarse a sí mismo: los ojos azules que entornaba cada vez que algún recuerdo añorado se instalaba en su centro. Jazmín tan romántica, tan cursi en ocasiones, tan impredecible, terrenalmente etérea. De pronto irradiaba una fuerza interior como un águila que se desprendiese de ella, independiente de la cotidianidad sumergida en mezquindades y rutinas. A veces tan otra que Ricky no la reconocía, adusta y ausente como una visión.

Jazmín se acercaba a él cuando necesitaba sentirse real y quería vibrar y perderse en su instinto de animal selvático; reconocerse mujer capaz de entregar una feminidad luminosa, pero reservada a momentos especiales. Ricky la amaba tal cual era y confundía su ser con el de Jazmín, tan parecidos, tan idénticos al amar, al reconocer las sutilezas del mundo. Luego la paradoja: después de galopar como amazona primitiva Jazmín aterrizaba en sus incurables sueños de romántica. Anhelaba serenatas bajo la luna llena, flores rojas que culminaran en un altar. Construía palacios de humo y edificaba su vida en planos de paradisíaca fantasía. Entonces Ricky la trataba con cierto recelo y desconfianza, como si estuviese frente a una lunática, preguntándose si él también provocaba aquella impresión en otros. Pero había algo que a Ricky embelesaba: la espontaneidad y la autenticidad que no conocían temores ni trabas. Jazmín hacía lo que sentía y nunca traicionaba sus convicciones. Algo que él había perdido y ella conservaba como venerable niña anciana. Desde aquella separación brusca... Ricky no la recordaba de niña, sólo conservaba una sensación de rompimiento vital, como si le hubieran cortado los brazos o las piernas. Después el impacto del reencuentro.

Recargado en el poste de una calle desierta, casi a la una de la mañana, con su gabán largo, sus botas, y su guitarra eléctrica, Ricky se veía hermoso. Estaba agotado de una intensa tocada en el antro y su rostro, tras el aleteo transparente de la luna, adquiría una expresión virginalmente salvaje.

El borracho se introdujo en el silencio con su voz gutural, ahogada en quién sabe qué extraño mundo de alucinaciones. La inesperada presencia de Ricky resultó una aparición edénica. Se paralizó un segundo, mirándolo con ojos semicerrados y turbulentos. Preciosa, musitó después dificultosamente. Preciosa, repitió mientras se acercaba al descontrolado Ricky. Pre-cio-sí-sima, terminó de decir, arrastrando las sílabas, antes que el guitarrista se esfumara, sobrecogido de repulsión y azoro.

La semana anterior, al bajar del autobús, un hombre chaparrito le dio la mano. Ricky alargó la suya, de varonil delicadeza, y afianzó fuertemente, hasta el dolor, aquella caballerosidad solícita y amable. La acercó hacia sí, con la brusquedad que lo caracterizaba. Muchas gracias por ayudar a las damas, caballero, dijo con su voz de barítono ronco. El moreno abrió los ojos, asustado, y tragó saliva.

Se sentó en la banca de un jardín, hundió la cabeza entre las manos mientras la apretaba desesperadamente: No pudo hacer algo. La lancha daba tumbos, el preludio de algún huracán que después se arrepintió, la agitaba con sus dedos feroces. Tomó al vuelo el visor que se iba dentro del aire. El mar empezó a jadear descompasadamente, como un monstruo líquido que despertara con violencia, herido de pronto por algún enemigo invisible.

Jazmín a veces parecía chiquilla. Su grito quedó vibrando en la atmósfera salina, ensordecedoramente. Lo desmenuzó el viento, lo sepultó después bajo las olas. Ricky no supo cómo algún trozo de aquel alarido penetró en sus oídos, enloqueciéndolo. Alcanzó a ver los ojos de Jazmín, sobre el agua, navegando entre el terror y el vacío. Había resbalado de la lancha sin que él pudiera impedirlo, todo intento por ayudarla resultó vano. Ricky gritó, rasguñó su cara, mesó sus cabellos, se arrodilló como si lo hubieran acribillado. La sangre de Jazmín se extendía hasta llenar el océano. La aleta del tiburón volvió a surcar el agua. No supo cuánto tiempo zozobró la lancha, al arbitrio del viento, hasta que unos pescadores la encontraron. Tuvieron que cargarlo entre varios, cobijarlo, darle de beber. Estaba congelado, con la mirada derretida y petrificada. Pasaron dos años antes que empezara a recuperarse. Buscó mujeres que lo ayudaran a olvidar; como esa Miriam de formas opulentas que logró retenerlo por algún tiempo. Miriam le entregaba la piel cálida, los pechos acezantes, igual que un arrullo afrodisíaco. Sin embargo, Ricky no tardó en comprender que la mujer sólo era una evasión, un autoengaño pasional. Buscaba con desesperación a Jazmín en las personas, a través de algún objeto que, de alguna manera, se asociara a su personalidad; en él mismo. Quería resucitarla, a toda costa.

Se incorporó de la banca, le zumbaban los oídos. Desde el día de la tragedia era así, como si un torbellino lo hubiese penetrado. Llegó a su casa, directo a su cuarto. Sus padres estaban de viaje, por suerte. Se detuvo frente al espejo y observó el cabello largo y teñido. Aquella transformación no lo había convertido en el viril rockero que pretendió imitar en un principio, semejante a sus compañeros de banda. Un halo de femenina sensualidad lo envolvía.


En el espejo estaba Jazmín, su hermana gemela y el amor de su vida, con la urgencia de renacer. Ahora Ricky estaba seguro de eso, Jazmín renacería.



No me reconoce



Busco su rostro,
el sonido sordo de sus días,
su corazón pedestre de gigante,
el espíritu aleatorio que le vive,
las murallas que ha vencido
en la faz innumerable de los vientos,
en la ancha cadera de este mundo.

Buscando estrellas y soles milagrosos,
cayendo del pináculo de mi alma,
llego a los abismos sin fronteras.

Encuentro las plegarias soterradas
que me habitan,
los salmos que me fluyen en la sangre,
el remoto parpadeo de un ancestro.

Más allá de mí,
en el fondo donde rondan
los arcángeles caídos
busco el eco de los ríos despeñados,
la huella de Goliat petrificada.

Doy con él y es un encuentro vano.
No me reconoce ni lo veo,
pasa de largo
con el lío de su huida,
con la cicatriz aún sangrante,
con la mirada de vástago maduro.

Se ha perdido.
Las palabras de su esencia
me devastan.
Mi corazón difunde
un púrpura clamor
que lo persigue.
Hay tormento, castigo a la ceguera,
a la desobediencia tácita del cielo,
a la dura mansedumbre,
a la coraza que me asfixia.

La búsqueda se vuelve inútil,
los caminos no se juntan
y en el aire flota la nostalgia
y su olor a muerto resucita
fresco hervor
a los tejidos.




Ángel prostituido



Como licor
de cálidas
efervescencias
me llenaste:
cántaro vacío,
canción de amor sin melodía.

Llegaste a mí
con paso de ala.
Sombra de luz
que me penetra.
Fuego morado
inextinguible.

¿Y dónde estás ahora?
¿Bajo qué cielo, sobre qué piedra,
entre qué brazos
el eco de tu voz
llega susurrante con el viento,
el efluvio perfumado de tu piel
enlaza firme mis sentidos?

Estás tan lejos
tan fatalmente lejos
que te confundo con las flores,
con el pájaro de vuelos encarnados,
con la mariposa
de huella tornasol
dormida entre las hojas.

Brisa torrencial,
canto de sirena en ruinas.

Tuya soy, inevitablemente,
tercamente tuya,
como la estrella en tu mirada,
como el fulgor que anida
entre la selva

Quiero sentir tus manos:
beso de tibio manantial.
Abrazo de ángel
prostituido
entre el que sueño
y me consumo.
Vivo en cada latido de aire
que respiras.

Desde mi centro me derramo, líquida,
hasta llenar tu copa.
La certeza del amor
me arrastra
a tu espejismo, al néctar fértil
de tus labios.


(De "Ceniza erguida"  de mis primeros poemas)


viernes, 10 de marzo de 2017

De Bagdad a Cisjordania




Se anuncia el estallido de las aguas,
la voz que sangra entre los vientos.
Vengo con el rostro de los niños y las manos
que buscan la dulzura.
Vengo desde la aurora más antigua
a llorar
           el derrumbe
                              de los cielos
                                                   más sagrados.

Tócame, espejismo milagroso,
sumerge a la tormenta que renueva
su exterminio.

¿Qué hacer para apagar
el rugido de la bestia desatada?
¿Qué para detener las aguas
que anegan a mi gente?
¿Qué para arropar al niño
expuesto al blanco
del engendro puntiagudo?

Voy por los caminos recogiendo el cáliz de las mentes florecidas.
Voy por el sendero iluminado que conduce a la victoria.
Voy pisando sombras de los ogros insensibles.
Voy por la vereda limpia de abismos parpadeantes.
Voy cansada, pero firme, desoyendo
al marketing come humanos.

¿Y qué fue del simún arcaico
que cantaba entre las dunas
la canción de los siete cielos,
de Al Burak* y su profeta?

De Bagdad a Cisjordania
una conmoción de oscuras luces,
un grito de silencios entubados,
una estación subterránea y pedregosa,
una caída al precipicio
de infinitas muertes.

Muchedumbre inerme ante máquinas depredadoras,
propiedad del imperio que acumula
pírricos laureles.

El sofisma del sionismo
del orbe se apodera,
esclavos desahuciados de sus propias fantasías.
Sobre los hijos de Alá hincan el diente,
sus hogares destruyen
con táctica cobarde
de quien nunca asoma el rostro.

¿A dónde nos llevará este caos sanguinario
de falacia y corazón torcido?
¿Dónde se escondió el aliento
de niños y pájaros translúcidos?
¿Dónde la humedad serena que roza las mejillas?

El mundo pertenece a quien rompe sus cadenas
interiores
y camina, sin tropiezo, hacia la vida.




*Al Burak (el relámpago) Nombre de la yegua materializada por el arcángel Gabriel. Tenía rostro humano, cuerpo de equino y alas. Transportó a Muhammad (Mahoma) a un recorrido por los siete cielos.


9 de noviembre 2004
Después de la reelección de George W. Bush.

A los astros respondo




Desoigo la voz que me palpita.
Desoigo la urgencia de ser humo,
de volverme piedra y noche,
de volverme madre
consagrada a la penuria.
La burlona tristeza de ser brizna.

A los astros respondo
con la voz redonda del milenio
con la frase de un futuro informe
y luminoso.

Busco la voz de los caminos,
la muralla que conteste a mis preguntas.

Doy con un poliedro de silencios,
con un peñasco de respuesta misteriosa.

De pronto un mar de ternura vasta,
un susurro de arco-iris,
un hervor de geométricas burbujas.
La primera palabra entretejida.

Y no sé si voy o vengo,
si la nube es sombra o nácar,
si mis manos contienen
la negra brillantez
de la montaña.



Me entrego a mis andanzas



Innombrable y repetida
cada vez más yo
en disociación de internas notas.

Palpitante rosa entre los cardos.
Átomo de sol reblandecido.

Y me entrego a mis andanzas
sin oficio,
me entrego a lo que creo ser
sin ser del todo.

Me entrego al animal interno
que me acosa,
a mi propio abismo sin fronteras.

Queriendo salir de mí
para encontrarme.
Queriendo sumergirme
en las aguas tibias
de mi ardor.

Sol y luna en la tiniebla.

Y sólo doy con este cuarto,
con este ritornelo sin cauce
que va desde el teléfono
hasta el diario desayuno
de yogur y frutas.

Soy menos de lo que soy a veces.
Soy la luna y la muralla.
Soy la prolongación goteante
de mis noches.
Soy la sombra derramada,
la estrella muerta de frío.
La inconmensurable.
La viajera alrededor de los suburbios.

La que nunca quise ser
y me domina.


La escapada




AL DESCUBRIRLO ME CONGELÉ DE GOLPE. Una corriente embravecida de coches se interponía fatalmente entre él y yo, entre él y la acera salvadora, igual que una playa cercana, pero inaccesible, debido a la ferocidad de las olas.

El perro estaba atrapado en un camellón. A ambos lados sólo un río tumultuoso de autos, como el mensaje interminable de la muerte.

Yo seguía paralizada. Una de las cosas que más me angustian es mirar a estos inocentes animalitos acosados por la agresividad citadina que los deja solos, a su suerte, en medio del océano.

Eran las doce y media de la noche, demasiado tarde para que una mujer anduviera sola. La atmósfera tenía un matiz sombrío, y en instantes las callejuelas traseras parecían palpitar arrítmicamente en forma de rostros acechantes y grotescos. Pensé en tomar un taxi, pero en media hora no pasó alguno, además sólo tendría que caminar cinco cuadras para llegar a mi casa, pero en esas cinco cuadras...

Fue un impulso inevitable, pero ahora me doy cuenta que ha sido la peor estupidez. Todos estaban tomados y el ambiente dio un giro vulgar y despreciable que provocó mi huida. Los desconocidos empezaron a formar parejas eventuales que los incitaría a hurgar sus respectivos cuerpos con manoseos sin futuro. Cada uno violaría la intimidad del otro dentro de una excitación grosera y servil. En ese estado nadie se acordaría de los condones y se propiciaría un cultivo del sida al por mayor. Si siempre me han repugnado los encuentros ocasionales, degradantes, ahora con mayor razón, por eso me fui, pese a mi paranoia enfermiza que adquiría tintes enloquecedores con el paso de la noche.

Caminaba rígida, como caña; el corazón golpeaba mi pecho con febril desorden. Me olvidé del perro, de la angustia por su vida, y me concentré en mi propio instinto de supervivencia. Sin embargo, de pronto me acordaba del can y me volvía. Parecía entregado resignadamente a su destino.

En la mañana me había peleado con mi esposo y quise castigarlo con esta escapada a una fiesta que me invitó una amiga, la cual quedó muy formal de llevarme a casa, pero en esas condiciones... Tito estaría por regresar del trabajo. Hoy salía temprano, porque otras veces aparecía hasta la madrugada. ¿Cuándo no me viera en casa...? No quiero imaginarlo. Generalmente era un hombre comprensivo y cariñoso de pronto hasta el empalagamiento, pero cuando se enfurecía...

Tito me ganó a pulso. No se rindió con mi rechazo. Una y otra vez lo rechazaba, no podía ser de otra manera. Yo amaba a Daniel y no quería saber de alguien más. Pero las cosas con Daniel no resultaron y parecía que Tito lo sabía. Daniel me engañaba, se portó como un patán. No cedía en nada, pero yo tenía que dar mi brazo a torcer en todo. Era desgastante hasta el agotamiento. Y mientras Daniel se iba desprendiendo cada vez más de mi corazón, más necesidad tenía de refugiarme en el calor incondicional de Tito que anduvo cuatro años tras de mí: el único que en verdad me amaba y aceptaba como soy. Finalmente eso fue un estímulo, que alguien me amara a pesar de mis defectos, reafirmaba mi valor como mujer y ser humano. Me hizo sentir tan importante que de pronto creía flotar en una dimensión irreal, fortalecedora. Era impredecible, detallista. Sin motivo especial me obsequiaba algún regalo, o me preparaba alguna sorpresa estimulante; hasta que un día me topé con un Tito desconocido: una sabandija venenosa que me agredía por cualquier insignificancia, ofendiéndome como si quisiese desquitar la humillación de haberme perseguido por cuatro largos años en los que me ocupé de otros... Y esos momentos esporádicos se fueron haciendo más frecuentes… El Tito extraño se adueñaba cada vez más del que yo tanto quería, y me costaba trabajo asimilar esa parte suya tan desagradable y nueva que me tenía horrorizada y escandalizada. Sin embargo, cuando volvía a ser el de antes, en mi mente sólo permanecía la imagen del Tito acostumbrado, del Tito que ha vivido conmigo durante dos años.

Mi paranoia ya adquiría niveles de demencia. No había alguien alrededor de mí y yo me sentía la presa idónea para el sinnúmero de violadores y criminales que sólo esperan una oportunidad como la que yo generosamente ofrecía. Los delincuentes no atacan a cualquiera. Hay personas que en el subconsciente arrastran alguna lacra de masoquismo que las hace proclives, en cualquier instante, a ofrecerse como víctimas. Desde aquella noche me di cuenta que yo era una de ellas.

En la nota roja aparecen a diario noticias escalofriantes, inconcebibles, de lo que las mentes enfermas son capaces de hacer. Los crímenes del Pípila eran lo más monstruoso que alguien pudiera imaginar. No era muy sano pensar en todo eso. En las condiciones en que me encontraba atraería el mal, sin remedio. No podía evitarlo. El Pípila, ese jorobado que apuñalaba a sus víctimas después de violarlas y torturarlas, merodeaba la Por-ta-les ¡mi colonia! Donde yo me encontraba, sola e inerme a las doce de la noche.

El terror me hundió su garra destructora. Observé al perro: un perro grande, cruza de colie. Parecía fuerte a pesar de su vida errante, sin hogar. Fue como un acuerdo mutuo. Nuestras miradas se cruzaron en un desesperado y angustiante pacto de camaradería protectora; era mi esperanza. Los autos no cesaban de pasar. Esta ciudad... ni en el fondo de la noche ofrece momentos de calma.

Casi llorando, apretando las manos contra el pecho, elevé una oración sin palabras, fugaz pero intensa. Por fin, a los diez minutos la acera quedó libre, los fanales de los autos se vislumbraban muy lejos. Corrí hacia el camellón y posé mi mano sobre la frente del can. Yo, que en condiciones normales no me hubiera atrevido a tocar un animal callejero, ahora cualquier peligro era insignificante junto al horror que vislumbraba.

De algún modo el perro entendió la solidaridad que había entre ambos. Se pegó a mí y corriendo cruzamos la calle, con las luces de los autos ya muy cerca. Está de más decir lo agradecidos que son estos animales. Me dirigió unos ojos expresivos, de gratitud, y me acompañó en mi camino. Tan enternecida me sentí que pensé en adoptarlo.

Las callejuelas estaban solas y tenebrosas. Alguna que otra desganada lucecilla sólo contribuía a acentuar el terror de la noche. Sombras susurrantes se interponían. Caminaba aprisa, con el corazón momentáneamente paralizado. La compañía de mi amigo me hizo más confiada. Pensaba en Tito, de seguro ya había llegado y estaría despotricando en mi contra, sin duda tendríamos una acalorada y desagradable discusión.

De pronto me paralicé, una de las sombras se movió. Mi respiración aumentó ruidosamente su ritmo. Mis manos se hicieron líquidas. Miré de nuevo a mi compañero y me tranquilicé un poco. Estaba gruñendo, a la defensiva. Aceleré el paso, como huyendo de alguna amenaza oculta. La sombra salió de la penumbra y cayó sobre mí con un golpe que casi me hace perder el sentido. Grité al tiempo que el can se aventaba contra mi agresor, ladrando furiosamente. Forcejearon mientras yo seguía gritando, aterrorizada. ¡El Pípila! No pude distinguir su cara, pero la giba grotesca y deforme era inconfundible. Un policía apareció repentinamente y le ordenó apartarse de mí. El malhechor parecía no oír y siguió  atacándome. Entonces el oficial disparó tres veces. Una bala hizo volar la joroba postiza. Otras dos se incrustaron en su cuerpo, y una más pegó superficialmente en el cuerpo de mi amiguito peludo que aulló de dolor. Enternecida y emocionada le expliqué que no lo abandonaría. Luego, con el corazón encogido y aun dando tumbos, me acerqué a observar el rostro del delincuente que el policía iluminaba con una linterna: un rostro maquillado. Era obvio que el malhechor ocultaba su identidad, pero... esas facciones, ese cabello... era... era… No puedo describir lo que sentí. Todo se hizo negro y mis huesos se derritieron de golpe.


Perla



NO FUI FELIZ JUNTO A MI HERMANA. Nunca me acostumbré a que las atenciones fueran sólo para ella. Mis papás y toda la familia siempre la acariciaban y le daban regalos y a mí a veces ni me veían. Y yo me quedaba con los brazos cruzados, reventando de coraje al convencerme que no habría algún regalo para mí. Sólo de vez en cuando se acordaban de mi existencia y me compraban algo, pero casi nunca. Por eso me volví muy arisca y repleta de odio y envidia, como dijo mi mamá la otra vez. Lo cierto es que yo sufría un montón, tanto, que llegué a pensar en la mejor forma de desaparecer de este planeta. Bueno, pero eso ya fue hace mucho, porque ahora ya no importa, ya nada importa...
     Perla y yo nacimos el mismo día y de la misma panza de mi mamá. La gente no podía creer que fuéramos hermanas y además cuatas, pues decían que ella era tan preciosa como una perla y que a mí no me debieron haber puesto Rosa, porque no tenía nada de rosa, sino Pancha o Soledad. Eso le oí comentar a la vecina. Y lo peor del asunto era que, cuando mi hermana y yo salíamos a la calle, ella siempre llamaba la atención con sus cachetes rosados, con sus ojos así de grandotes como aceitunas frescas, y el cabello rojizo que le caía en bucles hasta el hombro. Los niños se le quedaban mirando como tontos, hasta Carlitos que era la atracción del barrio… cómo me gustaba Carlitos. Su sonrisa ladeada, como acordándose de sus travesuras. Su ceja levantada y los ojos risueños. Parecía que estaba muy contento con su persona. Su cabello lacio era una luna negra de otoño. Pero nunca me miraba.
     Siempre lo mismo, siempre, desde la mañana hasta la noche, todos los días, la atracción era Perla. Y cada vez me daban más ganas de desbaratar con las uñas esa cara blanca y hermosa, pero estúpida. Sí, porque en inteligencia no, no era la gran cosa, en inteligencia yo era la mera mera. Rápido aprendí a robarme los dulces de la tienda y les ganaba en los juegos a mis amigas. En la escuela todo me lo sabía. Tenía unas ideas tan geniales que mucha gente decía que a mí me tocó la materia gris y a mi hermana la belleza, pero, por lo visto, esto era lo que más les gustaba porque siguieron admirándola nomás a ella. Y yo me sentía igual que chinche, como si no valiera nada. Ya ni mi talento tuvo valor al lado de la hermosura de mi hermana. Y pues, aunque la odiaba, empecé a acostumbrarme a mi suerte y a tratar de aceptarme así como soy, una niña fea y, según mis papás, llena de rencor y envidia.
     Pero sucedió lo que siempre temí, llegó la fecha de nuestros quince años. Por nada del mundo hubiera querido que se hiciera una fiesta con baile y toda la cosa, y está de más decir por qué no quería eso. Desde aquel día tuve ganas de matarla. Cada vez que me acordaba de la fiesta y de la gente amontonada alrededor de Perla felicitándola, de Carlitos y los muchachos peleandose por bailar con ella y yo, sentada en un rincón, como si no existiera, sintiendo que mi corazón se despellejaba poco a poco, y que algo me ardía por dentro igual que si hubiera tragado ácido, me daban unas ganas locas de ahorcarla. Sobre todo cuando Carlitos y ella se quedaron juntos, hasta el final, contemplándose con ojos brillantes, como si el mundo se hubiera derretido. Y Perla agitando los bucles y contoneándose con modales empalagosos de estrella de cine. A partir de ese día me puse a pensar en la mejor manera de deshacerme de ella. Ideé muchas formas, pero en todas había peligro de que me descubrieran, si no desde el principio, al investigar acabarían por saber que yo era la asesina, aunque, la verdad, no me importaba, ya ni eso me importaba. Y la hubiera matado con un fierrazo en la nuca si Marcela, mi única amiga, no me hubiera platicado de la bruja de la vecindad de enfrente. Me dijo que esa hechicera me podría solucionar el problema, que fuera con ella. Y así lo hice, rápido fui con la bruja esa. Al contarle lo que sucedía y mis propósitos, luego luego sacó de una caja vieja unos polvitos verdes. Me dijo que los espolvoreara tantito una vez al día en la comida de Perla y que todo se iba a arreglar.
     Ese mismo día empecé con la receta. Eché de los polvitos a su consomé, pero pasó una semana y yo no veía nada raro en mi hermana, hasta llegué a pensar que la dizque bruja esa era una charlatana, una estafadora.
     Después de dos semanas noté que Perla, siempre más alta que yo, me llegaba a las cejas. Lo primerito que pensé fue que yo había crecido, pero no, me medí y seguía igual. Me dije que a lo mejor era el efecto de los polvos.
     Al mes mis papás se dieron cuenta que mi hermana se estaba achicando y se la llevaron asustados al doctor, a muchos doctores. Le recetaron muchísimas medicinas. Le hicieron análisis y nada, Perla seguía achaparrándose. A los cuatro meses ya me llegaba a la cintura y mis papás lloraban y lloraban. A mí no me daba tristeza, pues que me había de dar tristeza si ni me querían.
     Y las lágrimas que derramaban los ojotes aterrorizados de Perla, como lluvia picante sobre su cara, eran lo mejor de la película, sólo que, mientras más chiquita se hacía, esa cochina hermosura se hinchaba más.
     A los dos años ya me llegaba a los talones y, aún así, las atenciones seguían siendo para ella. Mi mamá le mandó a hacer unos vestiditos y unos huaraches como para un ratón. A veces yo me burlaba, pero la burla se me atragantaba al darme cuenta que, aunque del tamaño de un conejito, su ropa era mucho más bonita que la mía. También le compró unos trastecitos de juguete donde le servía a Perla, siempre a su gusto. Y esa belleza continuaba allí, insultándome a diario, restregándose en mi cara como zacate enchilado.
     Ahora tengo que limpiar bien esta cochina sangre de mi zapato, para que cuando mis papás lleguen, crean que la Perla se perdió. 



Mi corazón



A MI PRIMER NOVIO LE ENTREGUÉ MI CORAZÓN, limpio, deslumbrante como un estero de luz. Él lo aceptó contentísimo. La emoción pintó en su rostro brochazos destellantes de vitalidad. Lo tomó con delicadeza y lo guardó en un estuche de terciopelo. Y, aunque ya sin corazón, me sentía muy contenta de que Hildebrando lo tuviera en su casa, cuidándolo como un tesoro, hasta el punto de que, en ocasiones, me costaba mucho trabajo localizarlo porque siempre estaba embebido en su contemplación.
     Después de un mes ya me había arrepentido de habérselo dado. Me puse muy celosa porque le gustaba estar más con mi corazón que conmigo. Y fue tanto su amor por él, que se puso demacrado y flaco pues no comía ni dormía por estar a su lado. Un día su mamá descubrió el estuche y me habló por teléfono para que fuera por él. Y, aunque perdí a Hildebrando, me sentí mucho mejor de haber recuperado mi corazón.
     Un buen tiempo duró en su sitio, desbocándose en sus latidos que mis emociones y sentimientos le provocaban, estremeciéndose ante las penalidades y desencantos de la vida, hasta que conocí a Teadoro y me deslumbró su andar principesco cuando atravesaba las calles. Quise dárselo, pero recordé lo perdida que me sentí cuando Hildebrando lo tuvo. Es mejor conservar los cinco sentidos que da el corazón en su sitio, pensé. Pero ese caminar de Teadoro me cautivaba tanto que, por fin, se lo entregué.
     Teadoro no era amoroso como Hildebrando y tenía una sensibilidad tan infantil que le gustaba jugar con todo lo que caía en sus manos. No respetaba nada ni a nadie, y al poco tiempo mi pobre corazón estaba tan estropeado que no lo reconocí. Teadoro exhibía su destreza malabar con él y, como decía que era muy blandito, varias veces sirvió de almohada a sus sueños fatuos de fama y posesiones materiales. Está de más decir lo que yo sufría. Temí que cuando todo terminara con Teadoro me quedaría sin corazón. Se lo pedí antes que sucediera esa inminente catástrofe, lloré, supliqué hasta la desesperación que no lo hiriera y maltratase más, que me lo regresara aunque estuviese deteriorado. Pero él se envanecía cada vez más ante mis vehementes peticiones. Y en el extremo de su sadismo, casi lo destroza delante de mí. Estuvo a punto de desangrarlo cuando se lo arrebaté y me fui corriendo. Corrí hasta más no poder, llorando con mi corazón medio desecho entre las manos.
     Llegué a mi casa, le di una friega de alcohol y con merthiolate y pomadas se fue recuperando. A los seis meses ya había sanado, aunque las cicatrices parecían gusanillos inmóviles. Desde esa vez decidí nunca más entregarlo a nadie, por lo menos no sin saber que lo cuidarían como al suyo propio. Además pensé que era más sano para él repartirse entre varios.
     Después de dos años, al recuperarse por completo, lo puse sobre una tabla y comencé una tarea delicadísima. Corté varios pedacitos de amor palpitante y los repartí, en tamaños desiguales, entre mi familia, un gato, un perro, y un niño desnutrido y harapiento que pasaba todos los días por mi casa cantando y dando vueltas de carro mientras comía hojas y flores para olvidar la tortura de su hambre. Al principio los recibieron con mucho gusto, pero después de un tiempo mi papá lo descuidó y el trocito de mi corazón se quemó en la parrilla. Mi mamá se confundió y se lo dio al gato después de haberse trincado él el suyo. Mis hermanos lo dejaron expuesto al sol y rápidamente se secó. El perro olvidó donde lo había enterrado, y al niño anémico le sirvió de comida durante dos días. Y yo me sentí más infeliz que nunca. Robotizada anduve por las calles terrosas y humeantes de la ciudad. Desolada, deprimida y sin esperanzas hasta que mis pasos se detuvieron con brusquedad al descubrir un letrero en una esquina: Hacemos corazones a su medida y al ritmo de su temperamento. Entré emocionada a aquella tienda. Hablé cinco minutos con el sicólogo y fueron suficientes para que él supiera las medidas exactas de mi nuevo corazón. Me dijeron que pasara por él en dos semanas.


     Y ahora, después de traer uno postizo, me doy cuenta que me queda chico y es mucho más duro que el original. Pero ya no quiero seguir buscando, más vale uno defectuoso que nada. Y además, así duro me sirve mejor. No se sale fácilmente de su sitio.



La pérdida





La pérdida

CUANDO ME DESVESTÍ para bañarme, no lo podía creer. Algo me faltaba y mis nervios se tensaron en notas de confusión. De momento no supe de qué se trataba, pero tenía que averiguarlo cuanto antes. Llena de ansiedad comencé a recorrer las partes de mi cuerpo: cinco dedos en cada mano y en cada pie, ojos, nariz, piernas, brazos. Me miré en el espejo: senos, pubis, todo en su lugar. Sin embargo, aún la sensación de pérdida me agobiaba.
     Entonces me fijé con más detalle, repasando meticulosamente cada centímetro de mi piel y... por fin lo descubrí. Mi vientre estaba más liso que de costumbre. El hoyito reluciente y coqueto se había borrado sin dejar huella. ¿¡Qué pasaría con mi ombligo!? exclamé con trabajo, a media voz. ¡Mi ombligo! ¡Mi ombligo! ¡No puede ser! ¿cómo voy a vivir así?
     Perdí el hambre, el sueño huyó de mi almohada. Mi querido ombligo había desaparecido lo cual significaba un insalvable problema, pues llevaba dos meses trabajando como bailarina en un centro nocturno y, por supuesto, la danza del vientre era la principal atracción ¡Qué iba a ser!
     No quise hablar del asunto con nadie. En el trabajo me reporté enferma de neumonía y conseguí, con escabrosas artimañas, una receta médica que una amiga doctora, a la cual no veía hace tiempo, después de pensarlo mucho me entregó con algo de extrañeza y mucha desconfianza.
      Era desesperante, pero mi ombligo no debía andar lejos, de seguro en algún rincón de mi propia casa. Busqué afanosamente, en los huequitos más recónditos, en los cajones más inaccesibles, en los resquicios olvidados, hasta que perdí la fe.
     Sólo faltaban diez días para que se venciera la incapacidad. Pronto debía idear algo y lo mejor que pensé fue pintarme uno, lo más parecido que se pudiera al original. Necesitaba un modelo y ahí empezó el obstáculo. Soslayando las miradas burlonas y llenas de sospechas de la voceadora, las cuales me colocaron por un instante en el centro de una desamparada intemporalidad que le brindaron la satisfacción de instalarse, un par de segundos, por encima de mí, compré varias revistas Play boy, y una Play girl, pero me decepcioné al comprobar que en todas ellas los ombligos eran lo que menos se destaca. No tenía otro remedio que realizar un viaje relámpago a la playa y, sin titubear, me fui a Acapulco en el primer vuelo que conseguí.
     Muchos ombligos pasaban a mi lado, pero tan fugaces que no alcanzaba a captar alguno con detalle. Hasta que vislumbré a un grupo de muchachas que tomaban el sol con ese abandono hedonista, propio de la ficticia despreocupación que otorga el contacto con el mar, donde el tiempo parece suspendido en un suave viento que descansa apaciblemente sobre las olas. Me acerqué con la mayor naturalidad posible y me tendí muy cerca de ellas, aparentando incontenibles deseos de que la mano del sol acariciara sin prisa los contornos de mi piel y, con el mayor disimulo, observé los ombligos mientras mi mano se deslizaba con suavidad sobre un trozo de cartulina. Por desgracia, no pude ponerme el bikini. Traía un traje de baño completo, algo incómodo.
     Hice varios bocetos y después escogí el mejor que perfeccioné con esa habilidad innata que desde niña mis padres me habían descubierto para el dibujo y que, por desgracia, por falta de voluntad y disciplina, nunca llegué a desarrollar.
     Regresé de inmediato a la ciudad. No me fue difícil trasladar la figura a mi abdomen, pero... se veía tan artificial. Sin embargo, desde una distancia prudente nadie notaría la farsa, pues en lo que la gente menos se fija es precisamente en el ombligo. Todos los días tendría que retocarlo con tinta indeleble.
     Me presenté a trabajar y, en apariencia, todo transcurrió dentro de los parámetros normales, hasta que un día advertí que Gladis, una de mis compañeras más punzantes y destructivas, poseedora de una implacable e insaciable envidia y un velado complejo de inferioridad que sin excepciones inyectaba su ponzoña al menor estímulo, se fijaba en mi vientre con insistencia. Yo me hacía la desentendida y empezaba a moverme con cualquier pretexto, para no darle ocasión de comprobar su sospecha, pero no podía estarme cuidando de ella en cada minuto y, de pronto, se desató el rumor: mi ombligo era postizo.      Todas las chicas me empezaron a mirar con mezcla de burla y desconfianza. Perdí la tranquilidad y lo incómodo de mi situación alentaba síntomas de abatimiento.
     No podía estar a gusto y me volví insegura. Sudaba en los momentos pre escénicos cuando las bailarinas esperábamos nuestro turno en los pasillos. Me tapaba el ombligo con cualquier excusa y no puedo explicar mi desolación, mi vergüenza, cuando mis compañeras me sujetaron, entre todas, cerca del camerino, y me metieron a empujones para observar de cerca mi vientre que ya me resultó imposible esconder.
     Gladis blandió una lámpara de mano que traía lista para sus malintencionados propósitos. Me vaciaron aceite de bebé, alcohol, hasta que mi ombligo se borró ante sus ojos primero atónitos y después sarcásticos. Me defendí alegando justificadamente que los senos de Olivia eran de silicón, las nalgas de Patricia y Emma viles y vulgares implantes, y que Gladis estaba reconstruida por completo y junto a tales horrores el pobre dibujo sobre mi cintura resultaba trivial. No se dieron por aludidas, como si sus postizas modificaciones corporales estuviesen dentro de lo normal, y mi carencia de ombligo fuera algo infrahumano.
     Me deprimí tanto que otra vez tuve que reportarme enferma, pues un llanto convulsivo me apresó por siete días y siete noches, después de los cuales me sentí recuperada y aquella pérdida empezaba a perder importancia.
     Abandoné ese trabajo, ahora me daba cuenta que no me satisfacía, y decidí buscar un empleo más acorde con mi personalidad. Un día mi hermana me telefoneó; el sábado por la tarde habría reunión familiar y mi asistencia era importante. Fue un descanso reunirme con los que en verdad quiero y olvidarme de aquella mala experiencia que desde entonces ya no quise recordar.
     Al principio éramos una mezcla confusa que, sin distinción, intercambiaba impresiones y comentarios. Después de un par de horas, los grupos se disociaron conforme a intereses propios de cada sexo y edad. Las mujeres hablábamos de alimentación, cocina, hombres. Ellos chanceaban y bebían cervezas en el jardín, y los niños jugaban a las canicas.
     Cuando salí por una cerveza observé a los niños. Echaban las bolitas en un hoyito bien hecho sobre un trozo de tierra despejada de césped. Los contemplé por un rato, tomando mi cerveza, mientras ese hoyito se me iba haciendo cada vez más familiar. Sí, ese agujerito era mi ombligo, ¡mi ombligo! ¿Qué estaba haciendo ahí? Lo reclamé ante el azoro de todos, recriminando a mi sobrino Pepe, con verdadera alteración, que lo hubiera tomado sin mi permiso; pues de pronto recordé que él y su mamá me habían visitado la víspera de su desaparición. Me lo encontré en el baño, tía, me contestó mortificado y resentido, me pareció perfecto para jugar a las canicas. Nunca imaginé que... No le permití concluir.       Recogí mi ombligo, lo eché a la bolsa, y me despedí de todos cuya expresión había virado hacia signos inequívocos de incredulidad y sorpresa.


     Una tía me acompañó a la puerta. Celebraba mi sentido del humor. Abordé mi auto y, antes de arrancar, salió mi parentela para desearme buena suerte.


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