miércoles, 23 de agosto de 2017

El regreso de Laura


SE DEJÓ CAER EN EL SOFÁ COMO EN LAS NUBES. Todo parecía flotar en un cosmos de sándalo y aromas de tibieza vegetal. Laura, aquella joven irreal, enigmática, como salida de un cuento de las Mil y una noches, era la responsable

Andrés nunca imaginó que con sólo oír su voz volvería a estar inmerso en las sensaciones mágicas que ella le inspiró alguna vez; pero que con el devenir de los años se habían convertido en una imagen difusa, como sumergida en el fondo de un estanque.

Nunca sospechó que Laura sería, nuevamente, la única y cimera propietaria de sus pensamientos. Recordaba sus manos hábiles, los dedos largos, tan independientes como palomas inquietas, la mirada distante e intensa a la vez, matizando el presente de algún lejano paraíso. Siempre tan ella misma, hasta en los momentos más difíciles. El cabello dócil, desbordante, la boca sensual. Aquella facilidad para la entrega, para metamorfosearse en un mero instrumento de placer cuando era necesario, lo habían atado a un amor que nunca reconoció. La manía de rascarse la cabeza al despertar, su vocación para la cólera, y el insufrible desorden, se habían oscurecido en su memoria ante ese algo tan singular que la hacía única, y que no había logrado encontrar en otra mujer. Se sabía hechizado por ese magnetismo que lo transformaba. Algo mezquino y animal moría en su interior y resplandecía su yo que lo ensalzaba. Laura le confesó que lo mismo le sucedía. Entonces... tendría que haber alguna interconexión magnética entre ambos que se sentía, casi se palpaba.

Tristemente advertía que había acabado con eso, que su machismo no le había permitido reconocer su constante entrega hacia esa mujer, por glorificante que fuera. Pero Laura no se resignaba a perder aquello que sabía insustituible. Por eso luchó, por eso aguantó tanto.

En el fondo Andrés tenía la seguridad del regreso de Laura. Nunca había fallado la manipulación sicológica que, lo sabía, llevaba a cabo con sus novias y amantes.

Se portó como un patán, lo advirtió; la engañó infinidad de veces. Hizo y deshizo a su antojo para que, al primer reclamo, al primer reproche, se quejara de su incomprensión, de su falta de sensibilidad. Se separó de ella adoptando el papel de víctima. Sabía que la culpabilidad acosaría a Laura, sin remedio.

Sin embargo, pasó el tiempo y ella no volvió a buscarlo. Se sintió tan amargado, tan frustrado, que decidió olvidarla entregado a las parrandas y al libertinaje, en lugar de reconocerse él el principal responsable y pedirle una segunda oportunidad con el propósito de reparar errores. Nunca imaginó que después de cuatro años Laura aparecería nuevamente en su vida, buscando una reconciliación, dándole a entender que jamás lo había olvidado, reconociendo sus propias fallas. Le había pedido una cita para ese mismo día. El tono de su voz era angustiado, impaciente, denotaba tristeza. Quedaba clara su desesperación por verlo. Sí, él deseaba estar con ella, estaba dispuesto a cambiar si Laura se lo pedía. Era la vecina de su mamá y quizá pudiera informarle de su vida, de su salud, porque su madre no había querido saber más de él, debido a su mal comportamiento.

Laura y Anita se llevaban muy bien. Esa niña de ojos como gemas encendidas y mejillas tersas, le gustó para su hijo. Qué tonterías dices, le dijo su esposo, son unos niños. Anita le dio la razón reconociendo que estaba desvariando, y no volvió a pensar en el asunto. Nunca imaginó que aquel deseo fugaz se cumpliría. Con el matrimonio de Laura y Andrés la relación entre ambas pasó de una simpatía común, atizada por los enigmas y la curiosidad natural que surge entre dos personas con pocas posibilidades de tratarse, a una relación de confianza acostumbrada y distante. Entre familia el nexo emocional se intensifica, pero decaen las atenciones y el mutuo interés. Cuando Andrés se marchó, el vínculo amistoso entre ambas se intensificó. Laura compensaba la carencia provocada por una madre dura y autoritaria. Y Anita llenaba parcialmente la necesidad de sentir a la hija que nunca tuvo. Además la atosigaban sentimientos de culpa cuando reconoció que había fallado en la educación de Andrés, que lo había acostumbrado a ver a las mujeres como simples servidoras e instrumentos de los hombres, con su propio ejemplo.

Sonó el teléfono. Andrés contestó con la respiración contenida. Laura, otra vez.

---Te hablo porque quedaste de llamarme y no lo has hecho --reclamó Laura con ese matiz de angustia que Andrés había captado-- Necesito verte. No podemos posponer el encuentro.

Andrés calló un instante. Sí, él quería y esperaba la insistencia de Laura. Sin embargo, se le hizo fácil aplazar la llamada acordada, para acentuar la dependencia de una joven de transparencia masoquista. Pero no esperaba que le volviera a marcar tan rápido. De hecho él pensaba buscarla unos días más tarde.

---No pude telefonearte, estuve muy ocupado. Además ¿cuál es la prisa? Tenemos mucho tiempo sin vernos. Deja que termine de arreglar unos asuntos y yo te hablo ¿okey?

---No, tengo que verte ahora, me urge hablar contigo.

---Hoy no puedo, luego te busco. Adiós. ---colgó con premura, sintiéndose deseado e importante, dueño de la situación.

Un mecanismo automático de defensa, de incontenibles deseos de huir, cada vez que Andrés se sentía acosado. En instantes se descubría odiando blandamente a Laura, por ser incapaz de amoldarse a las excitantes expectativas elaboradas por sus sueños. Con la continua insistencia y el tono inseguro de su voz, con la dignidad perdida sometiéndose a esa exacerbada necesidad de estar con él, destruía la imagen ideal, la que él necesitaba para hacer resurgir el amor. De pronto se sorprendía huyendo de ella. La imagen que conservaba de Laura se disolvía en el flujo vano e insípido de la realidad.

--- Qué pasó, Andrés ---Laura le habló por teléfono después de una semana--- He estado esperando tu llamada, por eso tuve que hablarte de nuevo.

---¿Para qué? Yo te iba a marcar al rato. Me acabo de desocupar ---le contestó secamente, desilusionado. Con tanta insistencia opacaba la magia, el suspenso que podría unirlos con la pasión de antes.

---Como ya veo que es imposible verte ---habló con voz enérgica, entrecortada-- te voy a tener que informar por teléfono... Eres un tonto Andrés, te juro que eres el hombre más tonto que conozco. Estoy sorprendida de lo que sentí por ti en un tiempo. Pensaste que quería verte para regresar contigo. Creías que estaba mendigando un poco de tu amor. Pero ¿en qué cabeza cabe, después de todo lo que me hiciste? Sí, porque yo te amaba de verdad y tú abusaste de ese amor. Lo mataste para siempre, no supiste cultivarlo ¿Crees que valgo tan poco? Me da risa lo torpe que eres, ahora me lo confirmas más que nunca. Yo, para lo único que te estoy buscando es para decirte... Es muy duro, por eso no quería decírtelo por teléfono. Tu mamá... falleció... Ya ni al entierro fuiste por cretino. Tuvieron un accidente. Tu papá está en el hospital. Adiós.

Laura colgó y Andrés se congeló de golpe. Todo su entorno se derritió hundiéndose en un remolino lento y oscuro. De pronto se dio cuenta que lo único que tenía... ¡Laura! ¡mamaaaaaá! ¡papá! Su cuerpo se hizo de tela.


Domador de soles



Ven a compartir conmigo
Ven desde el origen turbulento del océano,
desde el arcano tibio que brilla
entre la noche.
Ven con toda tu inocencia deshojada,
con tu paso suelto de viajero
enfebrecido.
Sólo hay que escanciar el vino
de florida espuma
entre ménades, sátiros, silenos; entre ninfas y Pegaso
en las hamacas de Dionisos
trovador de leyendas embriagantes.
Ven, amigo, con tus ojos
donde un reflejo ancestral de transparencia
sella tus pupilas
y los cantos del silencio se desgajan.
Tu voz profunda
la noche ciega
de velos perfumados,
sueño musical que se aquieta
poco a poco.
Dime ¿dónde comienza tu cuerpo
y termina el mío?

Estrellas de vibrante cabellera,
rosa en su perfume
evaporada.

Ven, domador de soles,
no entiendo aún de entregas errabundas,
de besos sin grilletes
que llevan cataclismos
de constelación eterna
y arrebatan nuestro ser de toda vestidura.

¿Dónde la humedad dorada nos envuelve?
Y no puedo ya reconocerme en tu mirada.
Algo mío se quedó en tus manos
y mi pecho, acezante, pide un febril renacimiento.




Polvo de sol


Quisiera explicar
el pétalo envolvente y dúctil de tu cuerpo,
la tibieza dura que sella
tu epidermis,
el sol que se levanta
de tu piel dormida,
la dulzura fértil que nace de tus labios.
Pero no puedo explicar tanta magia,
tanta fuerza de lluvia
sobre las hojas tiernas,
tanto polvo de sol
acumulado en tu sonrisa.

Por eso vengo, mariposa perdida
entre tus brazos,
como alguien que perdió sus lunas hace tiempo
y encuentra los reflejos del cosmos
en el roce de tu piel de ámbar.
Por eso vengo
náufraga de mis propios mares,
amarrada a las cadenas de humo
en ti desvanecidas.
Por eso se ablandó el diluvio de mi almohada
y las flores ríen con todo su clamor
de frescura silenciosa.
Por eso las puertas de la sombra
se cerraron para siempre.

Y soy de ti
en este refugio de coagulada luz
donde la ola encendida de tus manos
conoce los secretos
de mi piel de brisa.

Y puedo decir ahora
que todas las noches
en esta noche se apiñaron.

Se desborda la rosa
de nocturnos parpadeos
y la luna sangra
con placer violeta.



La despedida


ME SUJETÓ DEL BRAZO REPENTINAMENTE, mirándome con largueza. Su mirada era dolorosa, resentida, alguna perturbadora desilusión velaba sus párpados, un reproche controlado y a la vez intenso. Pero nada dije. Éramos dos seres silenciosos con las palabras a flor de piel que traspasaban muros. Él aún atenazaba mi brazo con toda su fuerza, sin advertirlo. Y yo también, sin advertirlo, empecé a sentir la carne triturada, las venas magulladas, hasta que un dolor paroxístico me hizo reaccionar ¡basta! Entonces él se dio cuenta de su bestialidad y me soltó, aún mirándome. Sus músculos se distendieron, retrocedió y se fue cabizbajo. Lo vi alejarse. Algo muy amado sin posibilidad de retorno, algo perdido para siempre. Derramé algunas lágrimas. Todo mi rostro se congestionó y no supe si era por el dolor del antebrazo que me punzaba, o por la conclusión de aquel mundo que me había pertenecido y ahora se marchaba.

Caminé sin rumbo, solitaria. Buscaba consuelo, sustitutos. Mi ser se había vaciado. Su esencia parecía palpitar en cada objeto circundante, se adhería a la piel de otros hombres, hasta que supe que en realidad lo buscaba a él. Y así pasaron los días, sintiéndome culpable, defraudada, incomprendida, hasta tal punto inexistente que parecía un fantasma tratando sin éxito de encontrarlo para al mismo tiempo dar conmigo. Sabía que esto no tendría remedio, tontamente sin remedio. Pues el amor es un cascarón epidérmico cuya fragilidad requiere de buen tacto y paciencia, de renovados esfuerzos y mucha intuición. Yo lo había herido sutilmente, sin quererlo, con el sólo propósito de salir de la monotonía, de no parecerle aburrida y fácil. Emilio tendría que entender que sólo se trataba de una forma de autedidaodefensa natural, para fingir en algo la fragilidad inerme que me otorgaba el amor recién descubierto. No obstante, ya me era imposible solucionarlo. Él me había malinterpretado y eso significaba una ofensa considerablemente mayor que cualquiera que yo pudiera haberle hecho. Además ¿quién en este mundo no comete errores? Sobre todo me humillaba su falta de tolerancia, su nula paciencia para darme otra oportunidad. No soportaba mi coquetería, según él, mi carácter impulsivo y demasiado alegre, riéndome a destiempo, como si la ironía fuese la sombra más destellante de mi rostro. Pero lo más triste era que Emilio no podía entender que su compañía me daba esa felicidad que mi ser reverberaba en cada minuto y que sin él, sin aquella fuerza que hacía mancuerna con mi temperamento, me volvía una pobre transparencia perdida y solitaria, quizá como Emilio lo hubiera preferido, pues era notorio que mi independencia y lucidez resultaban una amenaza para su hombría. Además, ¿quién puede asegurar que en él todo me gustaba? De pronto era demasiado rígido, insociable, muy quisquilloso y delicado para mi gusto. Parecía un niño consentido, acostumbrado a la comodidad y a obtener las cosas sin esfuerzo. No me atraía por excesivamente criticón e impaciente, como si nada en él estuviera fuera de lugar. Sin embargo, después me di cuenta que todo eso ya no me disgustaba, que aquella apariencia guardaba la pasión inconfesada de un hombre en cuyo interior bullen los sentimientos más nobles. Noté que, inconscientemente, hacía uso de un mecanismo de defensa como el mío, presto a acallar su verdadero sentir del que sin remedio se avergonzaba. ¿Acaso yo lo había condenado por su frecuente incomprensión, por su poco tacto que lo obligaba a ofenderme con suposiciones suyas que no pasaban de ser puras creencias subjetivas? Yo había aguantado sus errores, ¿por qué no toleraba él los míos? Una posición demasiado cómoda otra vez, propia del hombre que evita los sacrificios, por más que valgan la pena y desemboquen en satisfactorias recompensas. Sí, Emilio escogió alejarse del peligro y en apariencia todo estaba concluso. Sin embargo, al parecer la ruptura sólo había sido física, un lazo indisoluble nos mantenía conectados en sintonía telepática imposible de transgredir, a pesar de nosotros mismos. Como si mi propia esencia se hubiese quedado con él y la suya vibrara en los objetos que salían a mi paso.

Un día lo descubrí de lejos, apreté los ojos para distinguirlo. Abrazaba a una mujer, una feliz señora embarazada: el fruto de su amor se manifestaba plenamente. A él le brillaban los ojos y parecía rejuvenecido, contemplando con ternura a su esposa. De pronto la sujetó del brazo y la miró con largueza. Su mirada era dolorosa, resentida, alguna perturbadora desilusión velaba sus párpados, un reproche controlado y a la vez profundo. Pero nada dije. Éramos dos seres silenciosos con las palabras a flor de piel que traspasaban muros. Él se mordió los labios, abrazándome de nuevo. Sonrió y me di cuenta que había comprendido. Suspiré satisfecha. Ya no podía seguir, el peso me vencía, daría a luz en dos semanas. Y a mi translúcida emoción se agregó el impacto de mi propio encuentro.

Aromas de tibieza


Quiero sentir
que estoy en mí
que aún dispongo
de mi aliento,
que mis pies no se adelantan
a mis pasos
y confunden los caminos.

Mi eje vacila
y es como buscar en el aire
peces.

Debo romper este albedrío
imaginario, hacerlo verdadero.
Entre aromas de tibieza
adherirme a la sustancia
de encendidos
corazones.

Hacer las paces
con mi ego y entregarme
al caudal
de la simiente.

Como pájaro ser
plumaje de viento,
canto celeste, libertad en llamas.

A los elementos restituida,
disuelta como polen
en el agua
hasta la esencia palpitante
arribo.

(De mis primeros poemas)


Bostezo de espesuras


Nada queda, sólo páramo.
Sólo este cuerpo
como roca transparente,
estas manos inútiles
que antes de alcanzar el fruto
se derriten.
Sólo este latido
de febriles ecos.

La noche es larga,
da un bostezo de espesuras.
Clorofila negra cala
árboles
que flotan
en pedestres nubes.

Vaho, cíclopes de piedra.
Vuelan esqueletos de aire.
Transfiguración del horizonte.
Rotación confusa e invertida.

(De mis primeros poemas)




sábado, 22 de abril de 2017

Buscando a Jazmín



ENTRÓ SIN DETENERSE, hasta su cuarto. Su madre contuvo la respiración en un instante de eterna angustia. El padre frunció el entrecejo, apretó los puños y los dientes. Tuvo el impulso de ir tras él, jalonearlo de esa maleza ensortijada y pajosa hasta arrancársela de raíz; rugirle en la cara lo repugnante y ridículo que se veía, pero se contuvo.

¿Qué está pasando, Toño? preguntó doña Claudia a su esposo, apretando nerviosamente las manos.

El señor Antonio, aún con los puños como magmas, no contestó. Cada vez se le parece más, susurró la señora Claudia, cerrando los ojos. Sin aflojar los puños el señor Antonio miró a su mujer. Algún recuerdo lejano y triste se interpuso entre aquellas miradas.

Ricky empezaba a sufrir las consecuencias de aquella insensata transformación. Se tumbó en la cama, sumergiéndose en sí mismo como caracol olvidado. ¿Qué está pasando? Las palabras de su madre eran correctas, pero desacertadas. Algo estaba pasando, pero no lo que sus padres creían. Toda esa incertidumbre, ese miedo, eran impropios de él. Con brusquedad, en un impulso iracundo, deshizo la posición de feto aletargado y se levantó, echando hacia atrás la abultada cabellera. Había que desbaratar pronto esa imagen, empezaba a resultarle fatal.

Salió de casa, la presencia de sus padres lo incomodaba, lo hacían sentirse culpable. Ellos no podían entender que la apariencia pocas veces coincide con la esencia y, además, él estaba tan seguro de sí, tan definido, que ni llevando las más íntimas prendas femeninas dejaría de ser un hombre.
Sus recuerdos eran un enredijo de imágenes sueltas y confusas. Parecía que lo más importante de su vida se hubiese estancado tres años atrás. Desde entonces no había vivido algo trascendental, quizá porque el recuerdo de Jazmín lo llenaba todo. Fluía en su sangre, se revelaba en su rostro, palpitaba en su corazón y en sus arterias. Con ella llegó al clímax de la felicidad y el placer. Palpó el infinito, como si ambos fueran el cátodo y el ánodo que al unirse echaran a andar el mundo. Mirarla era como mirarse a sí mismo: los ojos azules que entornaba cada vez que algún recuerdo añorado se instalaba en su centro. Jazmín tan romántica, tan cursi en ocasiones, tan impredecible, terrenalmente etérea. De pronto irradiaba una fuerza interior como un águila que se desprendiese de ella, independiente de la cotidianidad sumergida en mezquindades y rutinas. A veces tan otra que Ricky no la reconocía, adusta y ausente como una visión.

Jazmín se acercaba a él cuando necesitaba sentirse real y quería vibrar y perderse en su instinto de animal selvático; reconocerse mujer capaz de entregar una feminidad luminosa, pero reservada a momentos especiales. Ricky la amaba tal cual era y confundía su ser con el de Jazmín, tan parecidos, tan idénticos al amar, al reconocer las sutilezas del mundo. Luego la paradoja: después de galopar como amazona primitiva Jazmín aterrizaba en sus incurables sueños de romántica. Anhelaba serenatas bajo la luna llena, flores rojas que culminaran en un altar. Construía palacios de humo y edificaba su vida en planos de paradisíaca fantasía. Entonces Ricky la trataba con cierto recelo y desconfianza, como si estuviese frente a una lunática, preguntándose si él también provocaba aquella impresión en otros. Pero había algo que a Ricky embelesaba: la espontaneidad y la autenticidad que no conocían temores ni trabas. Jazmín hacía lo que sentía y nunca traicionaba sus convicciones. Algo que él había perdido y ella conservaba como venerable niña anciana. Desde aquella separación brusca... Ricky no la recordaba de niña, sólo conservaba una sensación de rompimiento vital, como si le hubieran cortado los brazos o las piernas. Después el impacto del reencuentro.

Recargado en el poste de una calle desierta, casi a la una de la mañana, con su gabán largo, sus botas, y su guitarra eléctrica, Ricky se veía hermoso. Estaba agotado de una intensa tocada en el antro y su rostro, tras el aleteo transparente de la luna, adquiría una expresión virginalmente salvaje.

El borracho se introdujo en el silencio con su voz gutural, ahogada en quién sabe qué extraño mundo de alucinaciones. La inesperada presencia de Ricky resultó una aparición edénica. Se paralizó un segundo, mirándolo con ojos semicerrados y turbulentos. Preciosa, musitó después dificultosamente. Preciosa, repitió mientras se acercaba al descontrolado Ricky. Pre-cio-sí-sima, terminó de decir, arrastrando las sílabas, antes que el guitarrista se esfumara, sobrecogido de repulsión y azoro.

La semana anterior, al bajar del autobús, un hombre chaparrito le dio la mano. Ricky alargó la suya, de varonil delicadeza, y afianzó fuertemente, hasta el dolor, aquella caballerosidad solícita y amable. La acercó hacia sí, con la brusquedad que lo caracterizaba. Muchas gracias por ayudar a las damas, caballero, dijo con su voz de barítono ronco. El moreno abrió los ojos, asustado, y tragó saliva.

Se sentó en la banca de un jardín, hundió la cabeza entre las manos mientras la apretaba desesperadamente: No pudo hacer algo. La lancha daba tumbos, el preludio de algún huracán que después se arrepintió, la agitaba con sus dedos feroces. Tomó al vuelo el visor que se iba dentro del aire. El mar empezó a jadear descompasadamente, como un monstruo líquido que despertara con violencia, herido de pronto por algún enemigo invisible.

Jazmín a veces parecía chiquilla. Su grito quedó vibrando en la atmósfera salina, ensordecedoramente. Lo desmenuzó el viento, lo sepultó después bajo las olas. Ricky no supo cómo algún trozo de aquel alarido penetró en sus oídos, enloqueciéndolo. Alcanzó a ver los ojos de Jazmín, sobre el agua, navegando entre el terror y el vacío. Había resbalado de la lancha sin que él pudiera impedirlo, todo intento por ayudarla resultó vano. Ricky gritó, rasguñó su cara, mesó sus cabellos, se arrodilló como si lo hubieran acribillado. La sangre de Jazmín se extendía hasta llenar el océano. La aleta del tiburón volvió a surcar el agua. No supo cuánto tiempo zozobró la lancha, al arbitrio del viento, hasta que unos pescadores la encontraron. Tuvieron que cargarlo entre varios, cobijarlo, darle de beber. Estaba congelado, con la mirada derretida y petrificada. Pasaron dos años antes que empezara a recuperarse. Buscó mujeres que lo ayudaran a olvidar; como esa Miriam de formas opulentas que logró retenerlo por algún tiempo. Miriam le entregaba la piel cálida, los pechos acezantes, igual que un arrullo afrodisíaco. Sin embargo, Ricky no tardó en comprender que la mujer sólo era una evasión, un autoengaño pasional. Buscaba con desesperación a Jazmín en las personas, a través de algún objeto que, de alguna manera, se asociara a su personalidad; en él mismo. Quería resucitarla, a toda costa.

Se incorporó de la banca, le zumbaban los oídos. Desde el día de la tragedia era así, como si un torbellino lo hubiese penetrado. Llegó a su casa, directo a su cuarto. Sus padres estaban de viaje, por suerte. Se detuvo frente al espejo y observó el cabello largo y teñido. Aquella transformación no lo había convertido en el viril rockero que pretendió imitar en un principio, semejante a sus compañeros de banda. Un halo de femenina sensualidad lo envolvía.


En el espejo estaba Jazmín, su hermana gemela y el amor de su vida, con la urgencia de renacer. Ahora Ricky estaba seguro de eso, Jazmín renacería.



No me reconoce



Busco su rostro,
el sonido sordo de sus días,
su corazón pedestre de gigante,
el espíritu aleatorio que le vive,
las murallas que ha vencido
en la faz innumerable de los vientos,
en la ancha cadera de este mundo.

Buscando estrellas y soles milagrosos,
cayendo del pináculo de mi alma,
llego a los abismos sin fronteras.

Encuentro las plegarias soterradas
que me habitan,
los salmos que me fluyen en la sangre,
el remoto parpadeo de un ancestro.

Más allá de mí,
en el fondo donde rondan
los arcángeles caídos
busco el eco de los ríos despeñados,
la huella de Goliat petrificada.

Doy con él y es un encuentro vano.
No me reconoce ni lo veo,
pasa de largo
con el lío de su huida,
con la cicatriz aún sangrante,
con la mirada de vástago maduro.

Se ha perdido.
Las palabras de su esencia
me devastan.
Mi corazón difunde
un púrpura clamor
que lo persigue.
Hay tormento, castigo a la ceguera,
a la desobediencia tácita del cielo,
a la dura mansedumbre,
a la coraza que me asfixia.

La búsqueda se vuelve inútil,
los caminos no se juntan
y en el aire flota la nostalgia
y su olor a muerto resucita
fresco hervor
a los tejidos.




Ángel prostituido



Como licor
de cálidas
efervescencias
me llenaste:
cántaro vacío,
canción de amor sin melodía.

Llegaste a mí
con paso de ala.
Sombra de luz
que me penetra.
Fuego morado
inextinguible.

¿Y dónde estás ahora?
¿Bajo qué cielo, sobre qué piedra,
entre qué brazos
el eco de tu voz
llega susurrante con el viento,
el efluvio perfumado de tu piel
enlaza firme mis sentidos?

Estás tan lejos
tan fatalmente lejos
que te confundo con las flores,
con el pájaro de vuelos encarnados,
con la mariposa
de huella tornasol
dormida entre las hojas.

Brisa torrencial,
canto de sirena en ruinas.

Tuya soy, inevitablemente,
tercamente tuya,
como la estrella en tu mirada,
como el fulgor que anida
entre la selva

Quiero sentir tus manos:
beso de tibio manantial.
Abrazo de ángel
prostituido
entre el que sueño
y me consumo.
Vivo en cada latido de aire
que respiras.

Desde mi centro me derramo, líquida,
hasta llenar tu copa.
La certeza del amor
me arrastra
a tu espejismo, al néctar fértil
de tus labios.


(De "Ceniza erguida"  de mis primeros poemas)


viernes, 10 de marzo de 2017

De Bagdad a Cisjordania




Se anuncia el estallido de las aguas,
la voz que sangra entre los vientos.
Vengo con el rostro de los niños y las manos
que buscan la dulzura.
Vengo desde la aurora más antigua
a llorar
           el derrumbe
                              de los cielos
                                                   más sagrados.

Tócame, espejismo milagroso,
sumerge a la tormenta que renueva
su exterminio.

¿Qué hacer para apagar
el rugido de la bestia desatada?
¿Qué para detener las aguas
que anegan a mi gente?
¿Qué para arropar al niño
expuesto al blanco
del engendro puntiagudo?

Voy por los caminos recogiendo el cáliz de las mentes florecidas.
Voy por el sendero iluminado que conduce a la victoria.
Voy pisando sombras de los ogros insensibles.
Voy por la vereda limpia de abismos parpadeantes.
Voy cansada, pero firme, desoyendo
al marketing come humanos.

¿Y qué fue del simún arcaico
que cantaba entre las dunas
la canción de los siete cielos,
de Al Burak* y su profeta?

De Bagdad a Cisjordania
una conmoción de oscuras luces,
un grito de silencios entubados,
una estación subterránea y pedregosa,
una caída al precipicio
de infinitas muertes.

Muchedumbre inerme ante máquinas depredadoras,
propiedad del imperio que acumula
pírricos laureles.

El sofisma del sionismo
del orbe se apodera,
esclavos desahuciados de sus propias fantasías.
Sobre los hijos de Alá hincan el diente,
sus hogares destruyen
con táctica cobarde
de quien nunca asoma el rostro.

¿A dónde nos llevará este caos sanguinario
de falacia y corazón torcido?
¿Dónde se escondió el aliento
de niños y pájaros translúcidos?
¿Dónde la humedad serena que roza las mejillas?

El mundo pertenece a quien rompe sus cadenas
interiores
y camina, sin tropiezo, hacia la vida.




*Al Burak (el relámpago) Nombre de la yegua materializada por el arcángel Gabriel. Tenía rostro humano, cuerpo de equino y alas. Transportó a Muhammad (Mahoma) a un recorrido por los siete cielos.


9 de noviembre 2004
Después de la reelección de George W. Bush.
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